▍El precio de una traición. — S E G U N D A P A R T E
Veintisiete de Noviembre.
Hacía al menos una hora que Kisa Yuven caminaba por las gélidas calles austriacas con la única compañía del humo que era expulsado del puro sostenido por sus finos dedos el que cada veinte segundos dejaba su danza para ser consumido un poquito más, hasta que finalmente se disipó ocultando el residuo antes contenido por las hojas de tabaco liadas entre sí en los pulmones de la fémina.
Cualquiera que no se fijase demasiado en ella podría pensar gracias a su mirada y apariencia física que se encontraba perdida, tal vez buscando un sitio donde resguardarse de la espesa nieve que no hacía más que caer con ilusiones de no consumirse nunca, más aquel no era el motivo de su presencia en las avenidas de la ciudad.
Frente a ella (tal vez a unos cinco metros) un hombre de mediana edad, tal vez en sus cincuenta años, caminaba desesperado por escapar de las fauces del frío que congelaba los dedos de todos los transeúntes que se habían atrevido a salir, enfrentándose de esa forma a las aceras que provocaban la amenaza de una caída con cada paso que se daba.
Los espesos cabellos de la mujer se colocaron frente a su rostro en una ráfaga de viento cuya intensidad provocó que en un traspiés el hombre frente a ella perdiese el equilibro haciendo esto que su velocidad se redujese hasta quedar estático con su espalda ahora unida a los deteriorados ladrillos que hacían la función de edificio y, en ese mismo momento, de sujeción.
Kisa detuvo su andar con parsimonia a medida que se deslizaba sigilosamente hasta quedar oculta entre las sombras, a esperas de que el mismo retomase su camino lo cual hizo minutos después de haber mantenido los ojos cerrados aún apoyado sobre la pared.
Unas campanas se hicieron oír en la distancia indicando de aquella forma que las nueve de la noche de aquel día comenzaban a abrirse paso, lo cual provocó que Kisa acelerase su propio paso aun manteniendo la distancia entre ambos cuerpos hasta que un nuevo bloque de edificios se abrió paso ante la visión de ambas anatomías.
El desconocido comenzó a caminar veloz hacia el edificio provocando esto que la metamorfa lo siguiese con la misma velocidad, inclusive más perdiendo el sigilo que le había sido entregado gracias a la parsimonia de sus propios pasos.
Agachó pues su rostro una vez el varón se giró para observarla, dejando que su cabello oscuro hiciese el resto de trabajo creando una ilusión óptica en la que ella no se parecía a alguien de su vida pasada y él no era su padre. O al menos no lo era, a sus ojos.
Ambos se introdujeron en el vestíbulo del edificio tomando cada uno una ruta distinta para llegar a su destino. Kisa tomó las escaleras, su padre el ascensor.
El piso siete se encontraba desértico para cuando la fémina hubo terminado de subir las escaleras sin haber borrado la sonrisa felina que había sido pegada en su rostro en el momento que entró al edificio pues sabía lo que ocurriría una vez que ambos se encontrasen en el mismo espacio.
Desde el momento en que ese trabajo le había sido otorgado se había autoimpuesto una meta así misma. Quería saborear la sangre ajena antes de que su propio ascendiente cerrase los ojos de una vez por todas, quería que este supiese quién había sido el causante de su final. Vástago superando a progenitor.
Uno, dos, tres segundos pasaron antes de que el sonido del ascensor anunciase la llegada del mismo y con ello el inicio de la función.
La fémina se aproximó sigilosamente hasta la figura masculina quedando a un par de pasos de la misma mientras este, inconsciente de la presencia tras él, abría la puerta de su morada deslizándose tras aquella dejando a la morena libre para entrar a su hogar.
<Comienza el juego, papá.> Sin que le diese tiempo a reaccionar, el hombre fue noqueado con un puñetazo causante, probablemente, de la dislocación de varios huesos de la para nada delicada muñeca femenina sin embargo esta no hizo nada más que reír una vez contempló al que una vez consideró un líder tumbado en el suelo, inconsciente.
Los pálidos dedos pertenecientes a la mujer fueron colocados en el cuello ajeno, justo en la arteria principal del mismo para asegurarse de que el sujeto seguía con vida pues, ¿dónde estaba la diversión en matar a alguien de un solo puñetazo? Finalmente un breve latido fue sentido en los dedos de la mujer indicando que su víctima seguía con vida, lo que hizo que se dedicase a mirar la estancia en busca de una silla.
Sus manos se posaron en los brazos ajenos, de los cuales tiró arrastrando el peso muerto del hombre por la estancia hasta dejarlo sentado en una silla con la cabeza mirando al techo. Rápidamente y con cinta americana pegó sus muñecas a los brazos de la misma rodeando su abdomen con esta, inmovilizándole.
Kisa se movió por los al rededores del salón, lugar en el que ambos se encontraban, cuando escuchó un balbuceo desconcertado lo cual provocó que se detuviese así misma justo antes de seguir explorando para volver a encontrarse cara a cara con el hombre cuyo rostro se tiñó de sorpresa al darse cuenta a quién pertenecía la anatomía frente a él.
— Hola, padre.










