El azar es caprichoso
Hoy, sábado 23 de enero, mientras subía por la calle de la droguería de mi pueblo, oigo el sonido de un golpe fuerte contra el cristal de una ventana. Me giro súbitamente, mirando al aire, y veo plumas que vuelan libremente. Al girar la esquina, me encuentro a un mirlo en el suelo, con los ojos bien abiertos, boca arriba y convulsionando. La expresión de mi cara no sé qué es. Me acerco, lo cojo como puedo intentando no dañarlo y me lo llevo a casa de un colega al que iba a visitar, mientras lo acaricio en el pecho y en la cabeza. Aún respira, pero no se mueve apenas. En casa del colega, le doy un poco de agua pero no sé si bebe, diría que no. Parece que quiere volar, así que lo dejo en el suelo de la montaña, al lado de casa mi colega, pero se queda quieto, cerrando el ojo derecho de vez en cuando. Apenas se puede sostener con sus patas. Al mirarme la mano con la que lo sostenía, veo un poco de sangre, así que supongo que se ha hecho daño en el pecho. Lo llevo corriendo a casa de mi abuelo, un par de calles más abajo, que él sabe de pájaros. Durante el trayecto, veo que le sale sangre del ojo, y la respiración empieza a disminuir paulatinamente. Temo lo peor. En casa de mi abuelo, le damos agua, pero dice mi abuelo que no puede darle de comer, porque comen insectos y no alimento para canarios. En sus manos, hace una especie de estiramiento, los ojos se le abren y abre el pico, y de repente el cuello le cuelga, inerte. Está muerto. No sé si ha sufrido, supongo que sí, pero yo poco podía hacer más. No sé nada de pájaros, ni siquiera sabía lo que era. Mi abuelo, que es cazador, paradójicamente me ha dicho que lo llevará a enterrar al patio trasero. Sé que no lo hará. Pero yo asiento y en un momento que me deja a solas con el recién ido amigo que había hecho, le susurro mientras le acaricio y le cierro el ojo que tenía abierto: “requiescat in pace”.
Qué caprichoso es el azar: si no hubiera ido a casa de mi amigo en ese mismo momento, si ni siquiera hubiera ido 2 minutos antes o después, no lo hubiera visto. Quizás no he hecho todo lo que podía, pero no sabía cómo reaccionar, no sabía qué hacer para ayudarlo. Sé que no es mi culpa, que se haya muerto, pero seguramente, en otras circunstancias, podría haberlo salvado. Mi abuelo y mi colega hablaban y actuaban tranquilamente, como si no les importara, con una sonrisa. Si no fueran ellos, ya les hubiera pateado el trasero. Pero los entiendo, entiendo que no tengan esa manera de ver todo esto. Al menos, ha podido morir con alguien, y no solo.










