Breathe out, tonight it's your last chance.
La madera crujía con el frío, la madera crujía con el calor, la madera crujía. Por eso Natalie había cubierto los cuartos con alfombra, para que cada vez que diera vueltas de un lado a otro la madera no crujiera y se volviera paranoica, porque irían, irían por ella. Lo sabía, porque las deudas se pagaban, y se pegaban caro, mucho más cuando te comenzabas a esconder para evadirlas.
Escuchaba el martilleo de su corazón en sus tímpanos, aunque sabía que era imposible, pero lo escuchaba. Era molesto, y a ella le molestaba mucho. Cada día empeoraba, cada día aumentaba el miedo, la desesperación y la incertidumbre. ¿Cabía la posibilidad de que la hubiesen olvidado? ¿Qué ya no tuviese que pagar?
Se acercó a la cuna para ver a su pequeña. Su razón, su vida. La bebita dormía plácidamente, ignorante e inocente de las maldades del mundo, del exterior, de las personas y de los demás... no de las personas, sino de ellos.
La madera crujió nuevamente y el corazón se le detuvo. Era lo mismo todas las noches, así que se convenció de que solo era el frío, el invierno era crudo, cada año más, y esa maldita casa crujía. Pero volvió a crujir, y no solo eso, escuchó los pasos a la lejanía, uno tras otro, como los martilleos de su corazón en sus oídos.
Natalie llevó sus manos hacia sus oídos, intentando aplacar el sonido, repitiéndose una y otra vez que solo era su imaginación, que eso no era real, que solo era el frío, la madera, la maldita casa. Pero los pasos se acercaban, igual que su hora.
La puerta de la habitación se abrió violentamente dejando entrar la ráfaga de aire frío a la pequeña habitación. La bebita comenzó a llorar ante el ruido, pero Natalie no escuchaba a su hija, ni el martilleo de sus oídos, o el temblor de su cuerpo. Ante ella se extendió la más oscura sombra que haya visto en toda su vida, y se materializó ante sus ojos.
— No, no, puedo explicarlo, necesito tiempo, prometo que cumpliré, pero está Beatriz, tiene un mes, no puedo dejarla. ¡No puedo! — Exclamó la mujer en un total estado de histeria, pero aquel monstruo se abalanzó sobre ella. Su cuerpo se golpeó contra la madera con un sonido sordo, y escuchó el llanto descontrolado de su bebita. — Beatriz... — Susurró, incoherente a su cuerpo que se agitaba bajo a la bestia, intentando zafar, intentando escapar, huir, tomar a su hija y salvarla.
Observó el cuerpo inerte de la mujer en el piso. El charco de sangre aumentaba su radio a cada segundo y sonrió satisfecho ante su trabajo. Limpio, rápido, sencillo. Los humanos era deplorables, le daban asco en su mayoría, demasiado ilusos.
La mujer ni siquiera se había dado cuenta de quién la había atacado y se había llevado su vida y alma al mismísimo infierno. Sentía pena y asco por ella. Hacer tratos con demonios siempre había sido peligroso, por no decir idiota, porque su bando siempre conseguían lo que querían, y más cuando era Abalám quién había cerrado el trato. La mujer que nunca perdía. Y ahí estaba él, un peón más de un gran tablero de ajedrez.
No entendía demasiado porque Abalám se había mostrado tan interesada en el seguimiento de aquella humada, ni porque le había dado tanto tiempo de sobra. Normalmente en cuanto llegaba la fecha, lo enviaba a ir por el cobro, pero con ella... a Natalie no le había dado días, le había dado meses. Meses que eran valiosos.
El llanto de la cosa dentro de la cuna le retumbaba en los oídos. La observó con desagrado. Era pequeñita, y muy rosada, y chillaba con el potencial del más grande animal. Desenfundó su daga y la alzó en el aire, dispuesto a concretar el ataque y callar a la maldita cosa con vida allí.
— ¿Qué crees que estás haciendo, Lázarus?
La voz de Abalám lo tomó por sorpresa, y giró sobre sus talones para ver a su madre, en aquel cuerpo de mujer que siempre le había quedado bien, incluso era hermosa, con cuerpo de humana.
— Hice mi trabajo, tomo mi paga. — Resolvió por responder. Eso, y encontrar paz para disfrutar de su trabajo un momento más, sin esos chillidos.
Observó a Abalám acercarse hasta donde se encontraba él, y miró a la cosa viva dentro de esa cuna, con sus ojos centellando el veneno.
Abalám observó detenidamente la casa abandonada, los muebles cubiertos de aquel polvo irritante, y las paredes con aquel papel desgarrado que se caía a pedazos dejando ver el cemento debajo. Pocas veces abandonaba la comodidad de sus aposentos, los cuales siempre conservaban un orden y limpieza impresionante para tratarse de un demonio, y aunque no era ella quién se preocupaba de ello (Para eso estaban las almas errantes), pero ahí, entre todo ese abandono, le molestaba.
— Abalám. Me siento honrada de tu presencia en mi casa. — Ellen salió de entre las sombras, dejándose ver a la luz de una noche iluminada.
— Ellen. Adorada por los demonios, odiada por los ángeles. ¿Qué clase de pacto habrás hecho con Lucifer para mantenerse a salvo de quienes podrían matarte?
La rubia ladeó una sonrisa poco emocionada, casi irritada, y se acercó al demonio frente a ella.
— Mejor no tentar a la suerte, ¿No, Abalám? Te sienta bien el envase humano que te adecué. — Replicó. Sabía que no le convenía ganarse el odio de aquella mujer, y Ellen tenía serios problemas para contener sus palabras. — Entonces, ¿Cuál es el motivo para que la mismísima Abalám, líder de los ejércitos de Lucifer, venga personalmente a mi casa?
— Quiero darle mis habilidades, poderes y capacidades a un humano. — Sentenció el demonio sin la más mínima pizca de expresión en su rostro.
Ellen rió con una carcajada por unos segundos. Una risa cruda para la delicadeza de su rostro. Y acabó por fruncir el ceño.
— ¿No tienes ya a Lázarus?
— Necesito a alguien de confianza a mi lado, y Lázarus no es de fiar detrás de esa maldita alquimista, la cual ya debería estar muerta. — Espetó la mujer con el odio vivo en sus palabras, lanzando veneno. Esperó unos segundos, y ante la ausencia de una respuesta, sentenció. — ¿Puedes hacerlo, o la gran Ellen esta vez está limitada? — Se burló.
Ellen tensó la expresión de su rostro, pero acabó por dejar ir el aire retenido en un largo suspiro.
Ellen guió a la mujer por la casa hasta donde trabaja realmente, al sótano de la fachada de aquella casa. Tardó apenas minutos en preparar la poción, la cual terminó con algunas gotas de sangre del demonio, el cual ni dudó en tomar el cuchillo de la mesa y cortarse el brazo humano sin la más mínima expresión de dolor.
Le entregó un pequeño frasquito de vidrio al demonio, que contenía un líquido oscuro, tanto como la sangre y el petróleo.
— Con eso será suficiente. — Informó. — Pero tienes que saber, que aunque le des eso a un humano, su parte humana siempre se conservará en su interior. No podemos negar nuestras naturaleza, aunque tengamos apariencias que engañen. — Decretó la rubia mujer, sin expresión en sus ojos, o en sus palabras..
Abalám la miró de manera escéptica, ignorando sus palabras de advertencia de aquella mujer, después de todo, ¿Quien era sino una bruja con privilegios? Y Abalám sabía que aquello no duraba toda la eternida, que en algún momento, seria olvidada. Guardó el frasco y dio media vuelta para retirarse sin más, ya no tenía nada que hacer allí.
Ellen la observó en silencio, llamándola poco antes de que cruzara el umbral, con la mirada tan fría como su corazón.
— Abalám, las guerras que uno disputa no siempre están destinas a convertirse en batallas ganadas.
— Las guerras no se ganan por una batalla, Ellen, se gana cuando se vence al enemigo. Y yo siempre gano.
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Terminó de cepillar su cabello con una tranquilidad fingida, bajando la mirada del espejo del tocador para dejar sobre este su cepillo. El antiguo tocador, perteneciente a su verdadera madre, era lo único que conservaba de un pasado que jamás le perteneció.
Alzó la vista para ver su reflejo nuevamente, pero fue la presencia de Abalám la que la sobresaltó.
— Deberías aprender a anunciarte.
— Yo no me anuncio, Beatriz. No lo necesito. — Respondió la mujer, acercándose a ella para deslizar sus dedos por el cabello de la muchacha. — Lo mejor que sacaste de Natalie fue el cabello. — Susurró la mujer con un falso orgullo por la chica.
Beatriz se levantó del tocador irritada, caminando por la habitación para alejarse de ella. Podía ser la única mujer que conocía como madre, pero no quitaba el hecho de que fuese un monstruo, y lo peor de todo, era que ella también lo era, que parecía ser hecha a su medida.
— ¿Qué quieres, Abalám? Tu no vienes a verme por nada. Te dije que estoy cansada de ser la...
— Encontré al culpable de que seas lo que eres, Beatriz. — La interrumpió Abalám. Sus ojos se encontraron con los de su hija. — Sé quién te dio mi sangre y re convirtió en mi hija.
Beatriz frunció el ceño y todo su cuerpo se tensó. El culpable, el que la había condenado a vivir en las sombras, en las tinieblas de una vida sin sentido, sin final, sin principio.
— ¿Quién es? ¡¿Quién es?! — Exclamó perdiendo la poca paciencia que tenía, volviendo sus ojos negros. Los muebles a su alrededor crujieron, y la casa pareció tiritar sobre sus cabeza.
— Lázarus. Lázarus Wolgast lo hizo.