La verdad, Daeyoung debió haberlo visto venir. Hasta los más debiles tenían un punto de quiebre, más no esperaba que el del chico fuera tan fácil de alcanzar, que fuera tan simple hacerlo perder la calma, cuando aplastarlo había sido tan sencillo. Cerró los ojos al sentir el alcohol deslizarse por su camisa, respirando profundo para mantenerse centrado, aunque cada inspiración se sentía como fuego en sus pulmones, su sangre hirviendo y a punto de estallar. Hacía años que nadie lo irrespetaba de tal forma, mucho menos un simple bartender y la curiosidad de saber que tan lejos estaba dispuesto a llegar fue lo único que lo mantuvo en su silla mientras el liquido goteaba en lugar de saltar sobre la barra y dejarse llevar.
Se puso en pie, mirando al chico con la misma calma burlona de antes y levantó una mano, chasqueando los dedos. Lentamente se retiró la chaqueta que aún estaba intacta, sosteniendola en el aire hasta que dos hombres vestidos de negro aparecieron a sus espaldas; le entregó la chaqueta a uno, girando la cabeza para mirar al otro ❝El señor Bong debe tener una camisa para mí❞ habló en tono seco, esperando a que su guardaespaldas se pusiera en marcha antes de girarse de nuevo hacia el bartender.
❝No son realmente mi estilo❞ Se dirigió a su nuevo juguete, enarcando las cejas mientras sus manos encontraban el primer botón de su camisa, deshaciéndolo con facilidad y continuando ágilmente con los otros, ❝pero no te preocupes, siempre salgo preparado.❞ Se quitó la camisa con los mismos movimientos lentos, usandola para secar su estómago y las gotas rebeldes de sus jeans y en un capricho, la enrolló para lanzarla a la cara del bartender con un poco más de fuerza de la necesaria. Con una sonrisa, estiró el brazo para recibir su chaqueta, deslizandola sobre su torso desnudo.
❝Ponte tus orejitas, cachorrito. No sea que venga el manager y vea el estado en el que me has dejado❞ Se sentó en la silla a la izquierda de su original y señaló el charco de alcohol que aún quedaba en la barra ❝y limpia la barra, que la has vuelto un desastre.❞
Era una sensación extraña. Todo parecía moverse a la par que la arena en el reloj: un grano a la vez. Sin embargo, también se sentía demasiado rápido, casi le daba vértigo. Su victoria ilusoria que dura no más de dos segundos, el tintineo del alcohol derramado al llegar al suelo le reprocha su acción fallida. ¿Por qué? No lo entiende. ¿Por qué no está molesto? ¿Por qué sigue parado frente a él?
Los hombres trajeados desaparecen de la misma manera que aparecieron: sin palabra alguna y con órdenes frescas. Estúpidos ricos. Y los ojos de Theo posiblemente arden cuando los centra en su contrario y sabe que posiblemente se le nota en toda la cara. Aunque siempre ha sido un mentiroso, le cuesta mantenerse en control. Las emociones no parecen menguar cuando lo escucha hablar. ¿Es aquello a propósito? ¡Por supuesto que lo es! Su torso se alza presuntuoso, perfectamente esculpido y Theo lo odia un poquito más. Estúpido, estúpido niño rico.
La tela duele más que una bofetada. Y también le humilla más que si los puños contrarios hubieran encontrado su rostro. Ah, el martilleo ha llegado a sus oídos. Su corazón corre al mismo ritmo que su sangre y muerde su labio con fuerza haciendo el sabor metálico explotar. No le va a dar el gusto. No quiere darle la victoria, pero, sinceramente, ¿no ganó ya? El inglés intentó luchar una guerra que ya había perdido desde el inicio.
Inhala, exhala. El espejo líquido refleja su rostro abatido. Inhala. La camisa sigue en sus puños cerrados. Exhala. Ahora funge de trapo. Esa camisa que fácilmente podía costear un mes de sus clases de danza, ahora absorbe el alcohol derramado. No, no va a volver a usar las orejas. El ornamento yace ahora en el suelo detrás de la barra. No, no va a explotar de nuevo. Inhala. Sus ojos suben finalmente y espera que el chocolate fundido de sus pupilas dejen el mensaje claro: está preparado para luchar nuevamente si insiste en provocarlo. Exhala.
La tela gotea y su propio traje presenta salpicaduras por todos lados. Presiona la tela por última vez y la proyecta en el pecho desnudo que sigue plantado delante. “Creo que esto es suyo.” Y su infantil ser espera que le dé un resfriado. ¿La verdad? Sólo quiere que se vaya. Sus estropeados nervios no saben cómo jugar sin perder en el proceso. “¿Algo más en lo que pueda ayudarle?”