POV: Tú
No sé en qué momento
te volviste costumbre.
Yo,
que siempre he sabido irme.
Yo,
que nunca aprendí a quedarme
demasiado tiempo
en ningún sitio.
Pero contigo
quiero perderme.
Y eso me asusta.
Porque apareces en mis días
sin pedir permiso
y de pronto te cuento cosas
que no sabía que quería contarle a alguien.
Te enseño
pequeñas partes de mí
que normalmente escondo
debajo de la lengua,
detrás de los ojos,
en ese lugar donde guardo
todo lo que no sé nombrar lo que no quiero decir.
Qué peligro.
Yo no sé querer a medias
cuando algo me importa.
Pero tampoco sé decirte
cuánto me importas
sin sentir que, al hacerlo,
te estoy entregando
un poco demasiado de mí.
Así que te lo digo así:
me gustas.
Me gusta tu manera de existir.
Tu caos.
Tu libertad.
Esa forma tuya
de ir y venir por el mundo
como si siempre hubiera
una puerta que todavía no has abierto.
Y me gusta descubrirte.
Poco a poco.
Sin prisa.
Sin promesas.
Sin preguntarnos demasiado
qué nombre tiene esto
que nos sucede.
Porque quizá no necesito saberlo.
Quizá me basta
con saber que cuando estás cerca
algo en mí cambia de lugar.
Y quizá ese sea
el verdadero peligro:
que no sé si llegaste
para quedarte, o para irte lento.
Lo único que sé es que desde que llegaste
ya no me da igual
que te vayas.
Y lo peor
es que no quiero irme, salir huyendo y no mirar atrás porque el miedo paraliza
No quiero dejar de contarte
lo que veo,
lo que pienso,
lo que escucho.
No quiero que desaparezcas
de mis días
como desaparecen las cosas
que una cree
que nunca perderá.
Porque yo,
que siempre he sabido irme,
contigo descubrí algo peor:
que quiero quedarme.
Aunque no sepa cuánto.
Aunque no sepa cómo.
Aunque todavía
no sepa
qué somos.
Solo sé
que hay personas
que llegan a la vida
y se van.
Y hay otras
que, sin hacer ruido,
se convierten en una habitación
a la que una ya no quiere
dejar de volver.










