🌑 El duelo por la identidad que fui
Pérdidas invisibles
Hay pérdidas que no se ven.
No son objetos, ni lugares, ni personas.
Son versiones de nosotros mismos que dejamos atrás.
La identidad que fuimos…
esa que nos sostenía, que nos daba confianza, que nos hacía “predecibles”,
a veces se va sin avisar.
Se desarma cuando emigramos, cuando cambiamos de vida,
cuando el miedo nos obliga a soltar.
El dolor del cambio
Y duele.
Duele profundo.
Porque al perderla, sentimos que perdemos parte de nuestro eje,
y con él, nuestra manera de existir en el mundo.
Lloramos la seguridad que creímos eterna,
la certeza de saber quién éramos,
los roles que nos definían:
madre, hija, amiga, profesional, protectora, soñadora…
Cada máscara que abandonamos deja un hueco
que parece imposible de llenar.
Un espacio para lo nuevo
Pero también es un duelo que abre espacio.
Espacio para la versión que está por nacer.
Espacio para reconciliarnos con lo que realmente somos
y no con lo que la vida o la sociedad nos pidió ser.
Mirar el duelo de frente
No hay atajos para atravesar este duelo.
No sirve evitarlo, ni disimularlo, ni llenarlo con ocupaciones.
Hay que mirarlo a la cara:
aceptar la tristeza, la nostalgia, la confusión.
Honrar la identidad que se fue, agradecerle por lo que nos permitió vivir,
y poco a poco, sin prisa, dejar que algo nuevo crezca en su lugar.
Transformación silenciosa
Porque en el fondo, perder una versión de uno mismo
no es morir.
Es desnudarse ante la vida y descubrir que hay capas más profundas,
una esencia que nunca se pierde,
solo se transforma.
Hoy puedo reconocer que cada versión que dejé atrás
me preparó para la siguiente.
Que cada duelo, aunque silencioso, me acercó
a quien soy hoy,
y a quien aún me atrevo a ser mañana.















