'¡Puta! ¡Te lo quiero hacer hasta por La Oreja!' Le susurraste allí incluso antes de sentir Su Cuerpo semidesnudo sobre el tuyo.
Serían ya, quizás, alrededor de las cinco o seis de la mañana, ambos iban alterados por varias y diferentes sustancias, ambos ansiosos y esperando a medias lo que, bajo el manto ardiente de Tezcatlipoca, los espíritus curiosos pudiesen ofrecer.
Tus manos se convertían ya en llamaradas de fuego que crecían con cada caricia a Su Piel de leche. Su Piel erizada, Su Piel de diosa, Su Piel helada, Su Piel ardiente, Su Piel que ahora compartía contigo.
Si buscabas conquistarla, sería mejor no lo hicieras, porque Ella no era la América de los indios, cariño, Ella era La Diosa del Placer, La Diosa de La Purificación, La Diosa del Pecado, La Diosa de la Muerte; era La Diosa del Fuego y Los Volcanes, La Diosa de La Tierra, La Muerte y La Vía Láctea; era La Diosa del Inframundo, La Diosa del Infierno; Ella era La Diosa de Los Mares, La Diosa de Las Mareas, Los Ríos y El Agua que corre.
Era La Diosa de Las Diosas.
Y tú, tú eras esas islas vírgenes a la mitad del pacífico esperando entregarte a Las Manos de la Conquistadora, ese crío esperando ser limpiado, el pecador esperando El Pecado, el anciano rogando por La Muerte; eras la lava ordenada por Ella Suprema, las plantas que crecen cuando Ella lo quiera, eras la niña implorando esta Deliciosa Muertecilla, eras las estrellas capturadas por La Vía Láctea; eras las almas en desgracia que quedan en nada o en lo peor; eras los peces que respiran por El Mar y se mueven con Las Mareas, eras las caracolas en Los Ríos y las olas en El Agua que corre.
Eras el más mortal de los mortales.
Tus manos acariciaron Su Cuerpo Estrellado y Abollado y Rasgado, Lo acariciaron de arriba a abajo, Obra de Arte que busca ser tocada, Ola buscando rompeolas.
Tu cuerpo se endureció al sentir el peso, el frío de Su Cuerpo Helado contra tu pecho, contra tus piernas, contra ti.
El juego comienza, Su blusa ondea cual banderilla antes de la carrera.
El golpear de piel con piel rompía el silencio de la noche a dueto con los gemidos que forzabas de Su Boca Santificada, Su Boca Consagrada, Su Boca Canonizada. Su Boca Liberada por el placer de tu ofrenda puesta ante Sus Ojos Negros, ante Su Mano de Obsidiana.
Se hincaban tus dedos en La Piel de Sus Costillas, tomándolas de soporte quizás de una vida sin sur ni norte, tomándolas como ancla al momento en que Su desnudez y la tuya eran una o dos, tomándolas con tal fuerza que sentía Su Piel rasgarse para dejar salir todas las impurezas que llevaba dentro, todas las que no pudiste sacarle entre gemidos y gritos ahogados.
Ella yace tendida entre la muerte y tus brazos, acercándose más a Ella que a ti; acaricias Sus Hombros, Su Espalda, Su Cuerpo que llega Helado a tus manos tibias. Tiembla y, justo antes de dejarla ir, plantaste besos en Su Frente, pero estos besos no eran besos, estos eran apenas las semillas de las que crecería un hermoso jardín de enmarañadas dudas y ordenadas confusiones.
Tienes un nombre bíblico, cariño, pero ¿que no sabes es justo allí donde se nombran los pecados capitales?