Su angustia se consume
conforme yo lo hago,
no duro más que unos minutos...
unos minutos en que ella
ve el horizonte desde su balcón.
Mi vida empieza con pasión ardiente,
me reencarno constantemente,
ardo intensamente mientras ella cierra los ojos,
soy posiblemente su más frecuente antojo,
cierra los ojos y exhala penas,
cierra los ojos e imagina su sino.
De repente el verano se torna en invierno,
pero esto solo pasa dentro de su cuerpo,
bajo su temperatura,
desaparece lentamente la amargura,
ella se relaja,
me absorbe lentamente,
lleno su interior,
luego me separo en lo que dura un suspiro
y me desvanezco en el viento limeño.
La humedad y el aire me llenan,
viajo entre casas, luego nubes, luego estrellas,
viajo interminablemente y después no existo,
pero parte de mí aún yace entre sus dedos.
El aire de Lima ahora huele a ella,
su perfume, su esencia,
su lívida piel, su sudor, su aroma,
mezclado con el mío,
pero aún se siente sola.
De repente estoy muriendo,
ya no tengo más importancia,
pasarán segundos y me habrá olvidado,
me consumo con sus penas, alegrías y llantos,
ella luego sonríe y corre a su cuarto.
Una magia sensual,
que talvez todos conocemos,
corre ahora por sus venas
y aquel vaso de agua helada
que sujeta entre los dedos
ha reemplazado mi llama,
mi humo, mi fuego.
Aquí me encuentro entonces, casi muerto
me consumo finalmente en este fugaz momento,
Quizá no fue mucho tiempo
pero ahora hay una unión de por medio,
esta me une con su pecho
y mi consecuencia recorre su sangre,
hasta que otra noche, como esta, haya otro encuentro.