“¿Por qué soy el único que está a prueba? ¿Y si tú no cumples con mis expectativas?” La protesta queda silenciada. Son los labios ajenos quien acallan los propios, exigentes, le roban el aliento con el roce violentos de las almas. Por supuesto, en realidad no cree eso. El castaño ya ha cumplido con creces al acorralarlo en el confesionario. Sinceramente, Samuel había pensado que era otro de esos chicos ricos y bonitos que son solo palabras (como la mayoría de esa escuela). Agradecía inmensamente a los cuadros colgados por toda la capilla por haberse equivocado. La danza continuaba, fogosa, exigente, las bocas batallaban por el control y Sam dejaba que el dulzor sabor de los carmines ajenos le embriagara por completo. Pero se sentía avaricioso, quería un poco más, así que cuando la pequeña le robó un quejido, aprovechó para invadir la cavidad de Mike. Su lengua curiosa quería descubrir aquel nuevo mundo, pero sus pulmones le estaban exigiendo un respiro. Se detuvo, complaciente, a descansar cuando ambos necesitaron el soplo de vida. Pero el cuerpo del cobrizo se negaba a mantenerse quieto y eran sus caderas, traviesas, las que seguían con la suave cadencia de roces. Su sangre ardía, especialmente en su inquieta entrepierna y su palpitar anunciaba las revoluciones de su cuerpo. En la oscuridad proferida, frente con frente, el muchacho se permitió reír. Ronca, corta, casi espontanea, el sonido murió, consumido por sus propios jadeos. Y sólo estaban comenzando. Aprovechando que su mente luchaba por la lucidez, comenzó a trazar un descenso con su diestra por la espalda ajena: las vértebras, los omóplatos, la espalda baja… Sus huellas quería abarcarlo todo, pero había un pecho problema: la tela actuaba como obstáculo. “Mmmm…” Un ronroneo proferido por el fondo de su garganta marcó el final del recorrido, cuando sus dedos se anclaron en el cinturón y acariciaron la circunferencia, hasta llevarlo a la parte baja del vientre. Su índice tocó todos y cada uno de los botones cuando su mano subió hasta el cuello. “¿Puedo…?” No es que necesitara permiso, pero estaba anunciando lo que su impaciencia le exigía.
En cualquier otra situación, Samuel se habría quedado con las ganas, puesto que Milo no solía salirse de su pequeña caja, cómodo entre sus paredes de cristal. En especial ante el peligro de ser delatado y expuesto ante todo el instituto por sus deseo inmorales. Pero había momentos como aquel, en el que el castaño se encontraba cansado de fingir ser alguien que no era y tomaba la oportunidad que le era ofrecida. En especial si eso significaba pasar un buen rato con un muchacho atractivo como el contrario. Con la respiración entrecortada, se entregó completamente al beso, perdiéndose sin remordimientos. No estaba acostumbrado a ser tocado de aquella manera, ni a recibir esa clase de besos clandestinos, fogosos y apasionados. Hambriento por aquella clase de contacto, se dedicó a entregarle todo con cada roce de sus lenguas. La desesperación se hacía notar, caderas propias devolviendo el movimiento, sus pantalones sintiéndose más apretados con el pasar del tiempo. Pulsando, la necesidad se volvía cada vez más obvia, su cuerpo demostrando interés por el avance de aquel beso. Un pequeño sonido escapó sus labios al sentir aquella varonil mano descender sobre su espalda, arqueándose cual felino complacido, a la espera de más de esas caricias. Enfocó sus ojos en la mirada ajena al escuchar la pregunta, su respuesta era obvia, pero aún así asintió con la cabeza. Sus dientes se hundieron en su labio inferior, incluso por sobre la tela podía sentir como el contacto con el otro le quemaba, provocando reacciones en él que ni él mismo reconocía. Se alejó apenas un poco para permitirle que hiciera de su camisa lo que quisiera, propias manos tomando la camisa ajena y subiéndola hasta que el torneado abdomen ajeno quedó libre. Callosas manos se escabulleron sin advertencia alguna hasta poder tocar su piel, boca buscando la contraria para reanudar aquel beso interrumpido.