En cualquier otra situación, Samuel se habría quedado con las ganas, puesto que Milo no solía salirse de su pequeña caja, cómodo entre sus paredes de cristal. En especial ante el peligro de ser delatado y expuesto ante todo el instituto por sus deseo inmorales. Pero había momentos como aquel, en el que el castaño se encontraba cansado de fingir ser alguien que no era y tomaba la oportunidad que le era ofrecida. En especial si eso significaba pasar un buen rato con un muchacho atractivo como el contrario. Con la respiración entrecortada, se entregó completamente al beso, perdiéndose sin remordimientos. No estaba acostumbrado a ser tocado de aquella manera, ni a recibir esa clase de besos clandestinos, fogosos y apasionados. Hambriento por aquella clase de contacto, se dedicó a entregarle todo con cada roce de sus lenguas. La desesperación se hacía notar, caderas propias devolviendo el movimiento, sus pantalones sintiéndose más apretados con el pasar del tiempo. Pulsando, la necesidad se volvía cada vez más obvia, su cuerpo demostrando interés por el avance de aquel beso. Un pequeño sonido escapó sus labios al sentir aquella varonil mano descender sobre su espalda, arqueándose cual felino complacido, a la espera de más de esas caricias. Enfocó sus ojos en la mirada ajena al escuchar la pregunta, su respuesta era obvia, pero aún así asintió con la cabeza. Sus dientes se hundieron en su labio inferior, incluso por sobre la tela podía sentir como el contacto con el otro le quemaba, provocando reacciones en él que ni él mismo reconocía. Se alejó apenas un poco para permitirle que hiciera de su camisa lo que quisiera, propias manos tomando la camisa ajena y subiéndola hasta que el torneado abdomen ajeno quedó libre. Callosas manos se escabulleron sin advertencia alguna hasta poder tocar su piel, boca buscando la contraria para reanudar aquel beso interrumpido.
Estaba empezando a sudar. Podía sentir las gotitas lamer su piel sin piedad, porque su temperatura corporal iba en ascenso con cada segundo transcurrido. El beso agresivo, la mordida y el ardor de la piel, le hicieron soltar un quejido de placer, porque el punzar de su carne se sentía mucho mejor de lo que podía admitir. Lo cual no era malo, pero lo volvía impaciente. Por eso la confirmación llegó cuando sus manos ya estaban trabajando con maestría conferida por el momento. Uno a uno, los botones cedieron revelando la tierra prometida. Los músculos se definían aquí y allá, la blancura de la piel solo se antojaba ser marcada. Porque Samuel quería hacer eso; dejar su marca en todos los rincones. Besar y morder su abdomen sonaba tan jodidamente irresistible que el impulso casi lo llevó a hacerlo. Pero él también era exigido y sus ropas ordenadas a liberar el camino. No opuso resistencia. Feliz de ayudar en la tarea, elevó sus manos con obediencia, para que la prenda expusiera toda la amplitud de su torso. Y se dejó adorar cuando las manos le comenzaron a descubrir: cálidas, fuertes, un poco toscas… Sam estaba encantado, así que el otro tuviera una buena vista de sí mismo. Sabía que su cuerpo no era nada despreciable. Las horas derramadas en prácticas no eran en vano. Orgulloso, se pavoneó, sonriente, bajo las huellas ajenas. “No estoy tan mal, ¿cierto?” Cuestiona casi con casualidad, porque de verdad quiere que las llamas en los obsidiana orbes le devoren. Sin embargo, no soporta mucho de aquella corta separación. Sediento, los labios ajenos le ofrecen el mejor y más sabroso néctar. Adictivo, se hunde en los placeres del roce de lenguas. La húmeda cavidad le recibe y él, gustoso, se aventura y pierde en sensaciones. Succiona el labio inferior, como si aquello fuese suficiente para devorar y aplacar su hambre. La danza continua, sus respiraciones marcando el ritmo y el palpitar de Sam se acompasa, desbocado a la fuerza con que se buscan monopolizar uno del otro. Para este punto, la obviedad de una erección creciente es algo que el cobrizo no puede ocultar.