Y, sólo en ese momento, cayó en cuenta de lo que aquello podía aparentar: ella conservando una prenda que había pertenecido a Vincent tiempo atrás y todavía conservándola entre sus cosas como el tesoro más preciado jamás visto. El peso de las palabras salidas de entre los labios masculinos ocasionó que Valarie enfocara sus orbes en una de las esquinas más gastadas, comenzando a jugar con un hilo rebelde que pretendía buscar la independencia. Lo jaló hasta que se separó del resto, decidiendo entonces enredarlo en el índice de la diestra. Tragó, atrapando el labio inferior entre sus dientes y aplicando la fuerza necesaria. —Sí, me trae buenos recuerdos — admitió. ¿Era necesario mentir? No, pero tampoco consideraba que entrar en detalles fuera lo correcto. ¿Para qué decir que se había acostumbrado a ella como si de una segunda piel se tratara? Tras la partida de Vincent, la enfermera había quedado completamente rota, en casi todos los sentidos. Y sí, buscó una forma de “salir adelante”, aferrándose a cosas ocurridas en el pasado. Aquellas que no habían sido tan malas y que le brindaban la esperanza necesaria para enfocarse en el futuro. La prenda era un recordatorio de que cosas buenas, por más mínimas y distorsionadas que éstas fueran, realmente ocurrían. Tomó una bocanada de aire cuando la mirada ajena se posó en ella, el cosquilleo formándose en aquellas zonas protagonistas de la atención masculina. Carraspeó la garganta con ligereza, moviéndose lentamente en dirección a la cama. Pudo respirar finalmente cuando estuvo un poco lejos de los orbes ajenos, Valarie tomando asiento en la orilla del colchón con la intención de terminar cualquier cosa que se hubiese dedicado a hacer luego de salir del baño. Ah sí, entonces la toalla en la mano se lo recordó. Sin embargo, decidió dejarla a un lado. —Pensé que lo sabías todo — refiriéndose claramente a cada detalle de su vida.
Había una sensación extraña que invadía con rapidez cada partícula del cuerpo del castaño, una satisfacción que se extendía desde el centro de su cuerpo hasta alcanzar los rincones más oscuros de sus pensamientos. Y es que no era tan difícil mantenerlo tranquilo: sólo se trataba de no llevarle la contraria, de hacer exactamente lo que él pedía que se hiciera. ¿Era eso imposible? No, no creía que lo fuera. Hasta para recurrir a la violencia había tenido razones (sus propias razones, muchas ridículas y creadas por su propia mente para justificar cada una de sus acciones). La característica sonrisa ladeada se mantuvo aferrada a sus labios, curvando la comisura derecha de éstos. Siguió atento los movimientos de la fémina, desde los toqueteos de sus manos sobre la tela, evidencia de nerviosismo, hasta la forma en que, desde el inicio, parecía rehuir su mirada en momentos específicos. Ah, pero Vincent no era alguien que se diera por vencido, y mucho menos alguien que no fuera algo menos que insistente. Esa insistencia hizo que volviera a acortar la distancia con un par de pasos, hasta mantenerse a un brazo de distancia de la enfermera. ---Me imagino,--- dejó salir las palabras con calculada lentitud, antes de eliminar la distancia entre ellos y dejar que sus dígitos rozaran la tela de la prenda que en algún momento había sido suya. Soltó una risa breve, un tanto ronca, y se encogió de hombros. ---Me considero ignorante en cuanto a tu elección de ropa para dormir,--- admitió con una expresión resignada, deslizando sus dedos desde la tela hasta el rostro de Valarie, con su pulgar levantando con lentitud la barbilla de su ahora pareja, obligándola a mirarle. ---Pero el resto sí que lo sé. De hecho, podría jurar que soy capaz de leer tu mente.---
Pese a que los dígitos masculinos se habían encargado de rozar la tela, Valarie fue capaz de sentirlo como si de su piel misma se tratara. El estómago le dio un vuelco y se obligó a sí misma a contener el aliento. Era una jodida sensación a la que había jurado no volver a enfrentarse nunca, porque era lo mejor. Pero estaba Vincent, apareciendo luego de dos años con la intención de apoderarse de su vida. Apoderándose de cada detalle de ésta, de cada latido de su corazón (pese a que se tratara de un sentido más negativo, un ritmo más temeroso), de cada reacción que su cuerpo tenía en presencia de él. Todo, por más mínimo que fuera, era por culpa suya. El efecto que Vincent Ferlay siempre había tenido en Valarie Murphy. Y, que parecía ser, seguía teniendo. Se mantuvo inmóvil una vez que el contrario movió la mano hasta colocarla en su mentón, Murphy sin otra opción más que alzar la mirada y enfocarla en las facciones ajenas. Sus orbes recorrieron cada rincón a su alcance, humedeciendo sus labios discretamente al escuchar aquella confesión. No dudaba que fuera capaz de cualquier cosa, pues siempre encontraba la mejor forma para sorprender a Valarie. Y, a veces, también la peor. Guardó silencio, pensando detenidamente en cada una de sus palabras. —¿En qué estoy pensando ahora? — formuló, entornando los ojos en su dirección. Si la respuesta salida de entre los labios masculinos era un “nada”, entonces Valarie no sabría cómo reaccionar. Que sí, que sus pensamientos se encontraban en pausa, muy lejos de intentar colaborar con la enfermera. Quizá era malo, muy malo, pero no había mucho que ella pudiera hacer para evitarlo. Y existía la posibilidad de que la lectura de pensamientos fuera una simple excusa a lo que de verdad estaba ocurriendo: la conocía tan bien que ya era capaz de leerla a la perfección.
Quizá Vincent nunca había dejado de poseer a Valarie. En realidad, no, nunca había dejado de poseerla. Ni siquiera cuando abandonó la vida de la enfermera por su propia seguridad, dejó de saber de ella, como debió haberlo hecho de haber estado en una relación sana. En cambio, se dedicó a tenerla vigilada, a hacer que sus subordinados le dijeran lo que hacía, y si se veía con alguien, que fueran ellos quienes le decían que se había comprado un perro y que no había tenido nada serio con ningún otro hombre durante esos dos años que pasaron en que no dejó que ella supiera nada de él directamente. No, nunca había dejado de ser suya. Él lo sabía, y estaba seguro que ella, en algún lugar, profundo o no, lo sabía también. Ni siquiera por un segundo dejó que sus orbes abandonaran los de ella, era como si intentara ver a través de los claros orbes el color del ámbar, y buscar en lo más recóndito de ella la información que buscaba obtener, los detalles que quería saber para usarlos en ese momento. Por obra de algún bajo instinto, desvió la mirada a los bien formados labios de Valarie, por un efímero segundo que había sido suficiente para quebrar el contacto visual, pronto retomado, como si nada hubiera ocurrido. O, al menos, eso quería pensar. Vincent entrecerró los ojos sutilmente, dudando antes de responder: ---Es raro. Porque ni siquiera tú lo sabes,--- su respuesta le resultó satisfactoria. ---Has pasado de detestar que te toque...--- inició, apartando un mechón de cabello húmedo de la tez de la fémina con su mano libre. ---A esto. Y esto, te lo puedo asegurar, no es rechazo,--- conocía muy bien la forma en que una mujer obligada reaccionaba, y Valarie... Bueno, ella no estaba cediendo, pero tampoco intentaba alejarlo. O también existía la posibilidad de que ella sabía que sería inútil.
No, no lo sabía, pero debía saberlo. ¿Qué había ocurrido con todos aquellos pensamientos respecto a Vincent entrando en su vida? Desde el primer encuentro (después de dos largos años sin verle) le había quedado bastante claro que no lo quería cerca, que cualquier cosa relacionada con él le causaba náuseas y una sensación extraña en el pecho. Ah, pero las cosas no habían cambiado mucho, pues sentada sobre aquella cama seguía bastante segura de que Vincent dentro de su vida era el peor error de todos. Con los orbes enfocados en los ajenos pudo revivir las últimas escenas antes de que él decidiera liberarla (según sus pensamientos en ese entonces) y desaparecer de la nada sin dejar ningún rastro que le hubiese permitido a Valarie saber si algún día regresaría. Quizá simplemente se había cansado de sostener aquella barrera que mantenía a Vincent fuera y solo la había dejado caer, porque no tenía otra opción. O, tal vez, se trataba del simple momento y nada más que eso. ¿Era posible? —¿Qué caso tiene rechazarte? — añadió en voz baja, deleitándose por un momento con sus masculinas facciones antes de bajar la mirada y enfocarla en un punto lejano, ignorando de dicha forma el rastro "del pasado" que había dejado aquel simple contacto. Suspiró para sí, atrapando el labio inferior entre sus dientes. ¿No era mejor ceder por las buenas que ser testigo de una escena violenta? ¿No lo había aprendido ya con el tiempo? Si Vincent quería algo, lo conseguía de igual forma. —Siempre obtienes lo que quieres, de todas formas — admitió, elevando el mentón para enfrentarlo nuevamente. Ni siquiera sabía cuál era el punto de toda aquella conversación, si era sincera.
Oh, y vaya que era un error. Pero un error mayor era el creer que había una posibilidad de libertad cuando de Vincent Ferlay se trataba. Si él quería que ella estuviera libre de él, entonces lo estaría, pero como ya había dejado muy claro cuando la vio en la cafetería, ella nunca se libraría de su presencia. Nunca. Había sido una promesa, quizá una amenaza si lo veía desde el punto de vista de la enfermera. Y allí residía una verdad absoluta, una de aquellas que el ex federal creaba para su propio bien y el de nadie más. Ni siquiera el de Valarie. Mucho menos el de Valarie. Y no, no tenía caso rechazarlo, porque bien sabía cómo era que terminaban esos casos. Él no tenía ningún inconveniente en usar la fuerza, en abusar de la voluntad de las personas para dejar en claro que siempre obtenía lo que quería. Después llegaban, en algunos casos, acusaciones judiciales de abuso que nunca llegaban a ningún lado. ¿Qué podía decir? Tenía amistades en lugares altos, y esas amistades tenían abogados jodidamente buenos. ---Ninguno,--- concedió a pesar de que no era necesario, con la fiera seriedad que requería ese tipo de respuestas, pronto remplazada por una sonrisa petulante y corta. ---Siempre lo hago,--- asintió con un dejo perezoso, contrario a la firmeza que mostró su diestra cuando sujetó el cuello de la enfermera, sin apretar, pero asegurándose de que sus dedos rozaran puntos sensibles de su garganta. ---¿Te gustaría tener la opción de negarte?--- imaginaba cuál sería la respuesta, pero ¿qué diversión había en no escucharla y, después, contrariarla?
Y si antes había tenido dudas, por más mínimas que éstas hubieran resultado, se disiparon inmediatamente cuando la diestra ajena buscó hacerse con el cuello femenino. Valarie se mantuvo inmóvil, temiendo realizar algún movimiento en falso que sirviera como excusa para que el contrario empleara la fuerza necesaria para finalizar con aquel trabajo. Si comparaba el tamaño de ambos (y la experiencia, también), resultaba sumamente obvio que la figura masculina le llevaba una gran ventaja; en todos y en cada uno de los sentidos. Y sí, sería demasiado sencillo finalizar con su vida ahí mismo. De sus labios, separados entre sí para permitir que el oxígeno tuviera un acceso rápido a sus pulmones, escapó un apenas audible: —No — porque precisamente era eso lo que quería evitar. Deseaba, con todas sus fuerzas, que los encuentros de aquel tipo pudieran ser contados con los dedos de una sola mano. Aunque bien sabía que una vez en el departamento del contrario, las cosas subirían muchos niveles que en el pasado ya habían superado. Valarie se mantuvo con el mentón alzado y los orbes fijos en los contrarios, sin realmente contar con la libertad que deseaba para moverse a su antojo. Y esperó, en silencio. Esperó a que el próximo movimiento llegara. O a que el contrario diera por finalizada aquella conversación que ya no deseaba mantener. Porque sí, se seguía preguntando cuál era el caso de todo aquello... No sabía cuanto tiempo había transcurrido, pero la simple idea de despertar temprano y comenzar su turno se le antojaba la mejor de todas.
Lo cierto era que si quisiera experimentar la adrenalina, el poder, que otorgaba el doblegar a alguien, simplemente se buscaría a alguna mujer fácil en algún bar, la sacaría del establecimiento, y se forzaría en ella sin dudarlo y sin complicarse. Pero, por esa noche, no era ésa su intención. ¿Es que acaso nadie apreciaba sus (escasos) momentos de relativa calma? Había llegado allí conducido por una preocupación que no sabía que había experimentado y... Bueno, no se lo estaban poniendo fácil. Tampoco debería culparla, pero lo estaba haciendo de todas formas. A fin de cuentas, a los ojos de Vincent, Valarie era la responsable de aquellos despreciables actos que cometía en su contra. Sí, porque era culpa de Murphy que él decidiera violentarse en su contra. Vincent tenía el don de repartir culpas y, siempre, exentarse de ellas. Al escuchar la respuesta, una sonrisa más desagradable que las anteriormente mostradas se forjó en su boca. Y, entonces, la soltó. ---Estás mintiendo. Y lo estás haciendo como la mierda,--- aseveró, caminando al otro lado de la cama, al lado que siempre había ocupado en el lecho de la enfermera. Terminó de desfajar la oscura camisa que llevaba puesta, y sacó el arma que tenía cerca, posándola con cuidado sobre la mesa de noche. ---Honestamente, Murphy, no sé de qué te quejas: eres jodidamente afortunada,--- por más de una razón lo era, pero el ánimo del castaño para soltar explicaciones iba en un peligroso descenso.
Una vez liberada, Valarie se llevó la diestra a la zona de su cuello, como si intentase borrar cualquier rastro dejado con anterioridad. Humedeció sus labios porque la situación en general lo demandaba, permaneciendo aún inmóvil en el mismo lugar. —No estoy mintiendo — porque no lo estaba haciendo, ¿no? O quizá sí y ya ni siquiera lograba identificarlo. El punto de aquel comentario era mantenerse firme respecto a lo dicho segundos atrás, o tal vez simplemente romper aquel silencio que realmente comenzaba a molestarle. Un minuto después tomó una pequeña cantidad de oxígeno, permitiendo que éste permaneciera dentro por más tiempo de lo planeado. Una vez lo dejó escapar, la fémina decidió que era momento de moverse y recostarse finalmente. Su cabello húmedo entró en contacto directo con la almohada, mientras sus orbes se mantenían fijos en algún punto realmente interesante del techo. Entonces, de la nada, reparó en una pequeña mancha que comenzaba a formarse en una de las esquinas más alejadas. Cuando lo consideró necesario, desvió la mirada hasta enfocarla en la figura masculina, dispuesta a ser testigo de cada uno de sus movimientos. El arma llamó su atención, decidiendo seguir el mismo camino de ésta hasta que quedó decorando la mesita de noche, casi brillando. —Soy jodidamente afortunada — hizo énfasis en la segunda palabra, permitiendo que una risa carente de gracia saliera de entre sus labios. —Lo había olvidado — resopló por lo bajo, agitando (como pudo) la cabeza hacia ambos lados.
La noche podría tonarse terrible. Podía sentirlo. Ahí, en lo más profundo de su ser, esos impulsos que se había prometido a sí mismo que mantendría bajo control, aunque fuera por esa noche de peticiones y de -lo admitiera o no- preocupaciones. Pero ¿desde cuándo podía mantener dentro de su dominio sus propios impulsos? No era una persona controlada: Vincent era jodidamente explosivo. Parecía tener dentro de él una furia especial, como si una tormenta estuviera a la espera de soltarse en su interior. Se mantuvo de pie, poniendo orden a sus pensamientos, tomando respiraciones profundas que nunca funcionaban en un inútil intento de tranquilizarlo. Y, pronto, extrañó la forma del mango de su pistola contra su mano y el peso de ésta, calmante para él. Luchaba, luchaba por no, sencillamente, soltar un golpe que le devolvería la sensación de superioridad en una lucha de poder que, en realidad, no existía, y que él mismo estaba inventándose. Buscando distraer el rumbo de sus pensamientos, su mirada se apoderó del cuerpo femenino, del perfil que le fue otorgado cuando Valarie permaneció acostada, con la vista en el techo. El insultantte énfasis en la voz femenina arruinó todo intento, y con simplemente un par de movimientos que evidenciaban la eficiencia de los reflejos del ex policía, se las arregló para situarse sobre su interlocutora, haciendo uso del peso de su cuerpo para aprisionar la zona inferior de su cuerpo, pues la parte superior ya estaba bien controlada por las manos de Vincent, que se mantenían sobre los delgados hombros ajenos. ---Grave error, olvidar algo tan importante,--- dio un empujón contra el colchón sobre las clavículas de Murphy, antes de continuar: ---¿O acaso necesito recordarte las razones?---
Cualquiera que conociera de cerca la relación de Vincent y Valarie (que no eran muchos, por no decir ninguno), llegaría a pensar que los comentarios realizados anteriormente iban destinados para provocarle, como si no estuviera ya al tanto de las reacciones violentas a las que podía enfrentarse. Pero no era el caso. A veces, quizá para su mala suerte, las palabras que abandonaban sus labios no pasaban por el proceso riguroso de selección y simplemente optaban por salir tal cual las había pensado. Ya sabía que con Vincent debía calcular, medir y estar al pendiente de cada una de las respuestas, porque de lo contrario había consecuencias. Sin embargo, tras decir lo añadido anteriormente, realmente no le importó. ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¡Ya casi lo había vivido todo! Lo peor, quizá, sería enfrentarse nuevamente a las cuestiones curiosas realizadas por sus compañeros de trabajo. Y, tal vez, las miradas reprobatorias de todos aquellos que se negaran a creer en las excusas a las que recurrió alguna vez en el pasado. Su respiración fue en aumento una vez observó las acciones ajenas, apenas teniendo tiempo de pestañear antes de percatarse de qué era lo que se encontraba ocurriendo. Sus facciones se deformaron hasta que el dolor se vio reflejado en éstas, la ligera arruga que se formaba entre sus cejas presente en todo momento. Oprimió los labios hasta que formaron una perfecta línea recta, Valarie cerrando los párpados con la intención de hacer más soportable aquel contacto. Se hundió (o algo así) en el colchón cuando la figura masculina aplicó la fuerza necesaria para empujarla, la fémina haciendo todo lo posible por mantener la distancia, pese a que a aquellas alturas era casi escasa. —No, no necesitas recordarme — respondió finalmente, testigo del esfuerzo empleado por sus pulmones para trabajar con normalidad.
En la mente de Vincent, funcionó como una provocación. Ni más, ni menos. Y si bien era cierto que, posiblemente, la única que se atrevía a provocarlo era Valarie; también era cierto que no por eso tendría mayores consideraciones al momento de sentirse obligado a responder. Para él, las consideraciones no existían, ni con ella, ni con nadie. Oh, pero debería de saberlo ya, a esas alturas de su relación. ¡Debería de saberlo! El pensamiento le molestó más de lo que debió hacerlo. Suspiró con pesadez, apoyando entonces ambas manos sobre la cama, soportando gran parte del peso que antes había dejado como prisión sobre su acompañante. ---A veces, me daba la impresión de que todo lo haces con la intención de hacerme reaccionar, Murphy,--- admitió con la tensión palpable en su tono de voz, y con sus ojos puestos sobre los de ella, a una distancia tan corta que, desde donde estaba, podría ponerse a contar las pestañas de la enfermera. ---¿Crees que disfruto de hacer esto? A veces, es la única manera...--- negó con la cabeza con lentitud, presionando los labios con sutileza antes de continuar. La realidad era que sí, sí lo disfrutaba. Disfrutaba el miedo, la violencia, la impotencia... Sí, lo disfrutaba más de lo que debería de ser sano. No obstante, como ya sabía, la culpa nunca recaía en él. Ah, y vaya que era experto en hacer sentir a los demás culpables de algo que no habían hecho. ---Y aun así, creo que hoy he sido bastante paciente.---
Cuando se vio un poco liberada del peso ajeno, la fémina relajó los músculos y tomó una pequeña bocanada de aire. Una vez abrió los párpados, se encontró con el rostro ajeno a una distancia ínfima del propio. Intentó hundir la cabeza sobre la almohada, esperando de dicha forma recuperar un poco de su espacio personal. Cayó en cuenta de que ya no podía retroceder más de la cuenta hasta que el contrario decidiera liberarla completamente. Era casi imposible ignorar el aliento del contrario provocando un ligero cosquilleo en aquellas zonas (sus propios labios, más que nada) que se encargaba de golpear cada vez que una nueva frase era añadida. —No es mi intención — añadió en voz baja, apenas moviendo los labios propios. —Esa nunca ha sido mi intención — enfatizó, esperando que fuera lo suficientemente bueno como para que ese tema fuera dejado a un lado. Aprovechando la corta distancia que los separaba, Murphy reparó en unos cuantos detalles de los que casi se había olvidado. Demonios, que si no estuvieran en aquella situación y vivieran dos años y medio en el pasado, entonces le encantaría elevar la mano y acariciar la cicatriz que adornaba al rostro ajeno, esa misma que le otorgaba un aire de "no sé qué" que a Murphy le había fascinado al principio. —Lo lamento — porque era la frase más usada dentro del vocabulario de la enfermera. ¿Qué podía decir? Se había acostumbrado. Además, Vincent tenía razón, pues se había demostrado con mucha más paciencia de la que verdaderamente poseía.
Escuchar las disculpas (que en realidad no se merecía, a pesar de la arrogancia de sus creencias), de inflexión sincera, generó en él una calma momentánea: de ésas que se asemejan a la calma que otorga el ojo de un huracán. Cualquier otro podría ver que no, que ésa no era la intención de Valarie y que nunca lo había sido, que en realidad era Vincent quien se tomaba todo de una manera terrible y lo volvía personal, lo volvía una forma de justificarse, sólo en caso de que fuera a necesitarlo, porque de ser por él, ni siquiera le buscaría un razonamiento lógico a sus actos. Así de jodida era toda su situación. ---Siempre y cuando no vuelva a ocurrir, está todo bien,--- aseguró en un tono bajo y confidencial, sin que necesitara de levantar la grave voz, debido a la distancia nimia que mantenía con ella. ---No debería de ser algo malo, si no quieres que lo sea, Val,--- y lo ponía como si ella tuviera elección alguna, como si en verdad dependiera de ella las reacciones que Vincent pudiera tener. Era el cinismo en su máxima expresión. Su mirada descendió con parsimonia a los labios ajenos, llenos y rosáceos, como lanzando una invitación que no estaba seguro de ser capaz de rechazar. Ladeó el rostro sutilmente y dejó que sus labios y su respiración rozaran con intención los ajenos, tentando, probando. ---No todo es tan malo...--- recordó, intentando ignorar el cosquilleo que se formó en sus labios cuando rozaron con los femeninos. ---¿Recuerdas?---
Una parte de ella se tranquilizó un poco tras escuchar la respuesta otorgada por el contrario, decidiendo que desde ese momento y por lo que restaba de la noche (al menos el tiempo que faltaba para terminar con aquella interacción) intentaría que transcurriera pacíficamente. Aunque, bueno, no todo dependía de ella. O quizá sí. Inmediatamente captó cuando los orbes ajenos siguieron un camino distinto, descendiendo hasta detenerse (ella creía) en sus propios labios. Contuvo el aliento por una mínima fracción de segundo cuando la distancia entre ambos quedó dependiendo de casi nada. Sus párpados cedieron y el corazón, en respuesta, comenzó a trabajar a una velocidad impresionante. —Sí — la voz apenas audible, los recuerdos apresurándose a buscar el mejor lugar para ser seleccionados. Valarie se dedicó a disfrutar del roce durante un par de segundos, intentando con todas sus fuerzas mantenerse firme en aquella situación. Sin embargo, Vincent no se lo estaba poniendo para nada fácil. Tal vez por ese mínimo detalle Valarie se encontró a sí misma permitiendo que sus instintos más bajos la controlaran, considerando que aquel roce no había sido suficiente y que solamente había provocado que deseara obtener un poco más. Entonces, unos segundos más tarde, los bien formados labios femeninos acortaron la ínfima distancia que los separaba de los masculinos. Los atrapó, inmediatamente sintiéndose sumamente familiarizada con la textura y la forma de éstos.
Casi podría jurar que había previsto que todo saldría de esa forma. Que estaba seguro que resultaría de manera positiva, tal y como estaba sucediendo. Casi. Porque no había creído que resultaría tan fácil, que cedería a él con la rapidez con que un lápiz puede caer. Debería de haberse sentido vencedor, sí, de no ser por la disposición que su cuerpo tuvo (sin su permiso, claro está) de corresponder con creces un gesto que, de manera indirecta, él había iniciado. Las terminaciones de su cuerpo se encendieron de manera inmediata, y sus labios se movieron a la par de los femeninos, rápidamente comenzando con un nuevo ritmo, más agreste y exigente. Descubrió, de buena gana, que seguían exactamente a como los recordaba: con la misma textura, la misma calidez, el mismo sabor dulzón que no había sido capaz de quitarse de la memoria. Su rostro se ladeó un poco, buscando con ello un ángulo distinto, en el que pudiera obtener mayor profundidad en el beso. Y una de sus manos inició un viaje desde aquel punto de apoyo en el colchón, hasta la pequeña cintura con que contaba su pareja, arreglándoselas para colar su ancha mano bajo su cuerpo y posarla contra su espalda baja, simplemente para poder levantar un par de centímetros el delgado cuerpo femenino y pegarlo al suyo. Poco estaba consciente del imperante y primitivo instinto que conservaba, y que impulsaba el desmedido deseo que experimentaba por ella.
Tampoco Valarie había creído que aquello resultaría tan sencillo como un simple roce de labios para terminar cediendo completamente. Tenía que admitir que no estaba dentro de sus planes agregar una nueva victoria a la larga lista que seguramente Vincent poseía, sin embargo, la debilidad nuevamente se había mostrado. Sus labios, ansiosos por deleitarse con el sabor ajeno que era ya un recuerdo borroso en su memoria, siguieron el nuevo ritmo impuesto por el contrario. Exigencia, demanda, todo con la intención de complacer al protagonista de aquel encuentro: el deseo. Cualquier pensamiento coherente buscó alejarse de la cabeza femenina, ocasionando que Murphy se dejara llevar simplemente por el momento. Sí, quizá se arrepentiría más tarde tras hacerle saber a Vincent que seguía teniendo poder en aquel sentido. Y en cada uno de los existentes también. Pero no importaba, pues lo único signifcante en aquella ocasión era la vibración que se extendió desde la zona que la mano ajena se encargó de controlar, buscando con dicha acción eliminar cualquier distancia existente entre ambos, que lo cierto no era mucha. Y Valarie agradeció la sensación producida por el roce de cuerpos, por aquellos movimientos involuntarios que se apoderaban del mismo. Sí, quizá llegado a un punto consideró que la tela de ambas figuras no hacía otra cosa más que comportarse como un cruel obstáculo, pero decidió enfocarse en otros detalles. Tal vez un poco fuera de juego, la fémina alzó las manos y las colocó a los costados del rostro masculino, buscando satisfacer cada uno de los deseos que se apoderaban de ella en dicho instante. En un intento de acallar las demandas realizas por sus pulmones, Valarie pausó el beso durante una fracción de segundo, antes encargándose de atrapar el labio inferior ajeno entre sus dientes con una delicadeza propia de ella.
La usualmente ocupada mente de Vincent se vio momentáneamente apagada, sin otro pensamiento más que el momento que estaba experimentando, las sensaciones que comenzaban a embargarle y a hacerle sentir vivo. Se trataba de una distinta clase de adrenalina, o quizá no era adrenalina en absoluto y era algo más profundo, algo a lo que debería de darle más pensamiento. En definitiva era distinto a lo que sentía cuando estaba “trabajando”, era algo que se sentía más puro, de alguna u otra forma, a pesar de que sus intenciones no tuvieran ni un poco de esa intención tan natural. Después de todo, podía sentir el bien formado cuerpo femenino reaccionar debajo del suyo, casi podría jurar que escuchaba los latidos del corazón de Valarie aumentando su cadencia y adecuándose al frenesí al que ambos estaban entregándose. Vincent esperaba que su contraparte estuviera consciente de que el acto carnal e impulsivo era su momento, un momento en el que todo podía pasar, en el que no había prohibiciones como las usualmente aplicadas. Una sonrisa apenas perceptible se posó en sus labios al sentir las suaves caricias que le eran otorgadas, tan contrarias a las que él solía proporcionar. La necesidad de respiración se volvió imperante y tuvo que separarse un poco, decidiendo que esa pausa no sería desperdiciada; deslizó entonces su boca desde la ajena hasta su barbilla, y hasta su garganta, procurando besos cargados de pasión con los que podía sentir el perfume del jabón de baño que ella usaba contra su respiración. Su cuerpo, inquieto, se posó entre las largas piernas femeninas, presionando su pelvis contra la ajena con un firme movimiento de su cadera con toda intención, una intención que le sacó una sonrisa obscena, previa a la sutil presión que sus labios evocaron sobre el cuello de la enfermera.
Valarie estaba consciente (o en parte, al menos) de que cualquier cosa podía ocurrir. Y lo estaba esperando, pues se sentía sumamente prepada al respecto (según esa parte de ella que se encontraba nublada por aquel ligero manto que se había apoderado de cada uno de sus pensamientos). Era interesante la necesidad con la que la fémina jugaba con fuego cada tanto, como si no hubiera aprendido con el pasado que era ella la única en quemarse. Dolía, sí, pero no era una herida permanente según creía. Cuando los labios ajenos buscaron descender por su barbilla, la enfermera alzó el mentón con toda la intención de dejarle tanto espacio libre como fuera necesario. Sí, a aquellas alturas se estaba entregando completamente y ni siquiera se sentía mal al respecto. ¿Dos años para volver a caer con la misma piedra? Bueno, consideraba que aquella necesidad no se podía posponer durante más tiempo aunque se esforzara en mantenerlo dentro de sus planes. ¿Cuál era el caso, de todas formas? Con el corazón palpitando y sus pulmones esforzándose por trabajar como normalmente lo hacían, decidió que realmente no importaba. Su piel quemándose con cada caricia proporcionada por el contrario era un recordatorio de que cualquier cosa que Vincent decidiera hacer, lo hacía mil veces mejor a comparación de lo que ella alguna vez había experimentado. Entonces, sus piernas le brindaron el espacio necesario para que éste se acomodara entre ellas. Una vez se percató de aquel movimiento que iba con la intención de hacerla reaccionar, la vibración subió por su garganta hasta que ésta escapó en forma de un jadeo apenas audible.
Quizá todo era parte del juego, eso de querer y desear. Vincent, como ya bien había asumido, estaba hecho de puros instintos y hormonas. ¡Y vaya que había estado conteniéndose! Ahora, no obstante, todo ese autocontrol (poco, pero existente) había sido tirado por la borda. No lo necesitaba más. Lo que quería hacer, lo hacía, lo que quería tocar, lo tocaba. A quien quería besar, besaba. Y, en esos instantes, la quería a ella, entregada por completo a él y rendida ante cada uno de sus roces. Ya la había tenido antes, muchas veces, pero después de dos años, era de esperarse que se encontrara en un estado de excitación que pocas veces había experimentado antes. Valarie Murphy seguía teniendo el mismo efecto en su cuerpo que dos años atrás, podía sentirlo en su torrente sanguíneo, nublándole el juicio y los pensamientos. No necesitaba palabras, no eran necesarias cuando se tenían las acciones. Apoyado en sus rodillas, se encargó de que sus manos recorrieran las piernas desnudas, que se encontraban a sus costados, a hacer descender de nueva cuenta sus dedos, que se presionaron contra la blanca piel y dejando tras su paso un camino rojizo que apenas se marcó por un par de segundos. Los besos que antes se habían encargado de marcar su cuello descendieron a la clavícula femenina, mordiendo con suavidad, tratando la piel entre sus dientes antes de apretar con más fuerza, marcando con una pequeña mancha rojiza la piel de su pareja. Ah, sí, y quería hacer más de esas pequeñas marcas. Una de las manos del castaño ascendió por el cuerpo perfecto de Valarie, aún sobre la prenda que parecía funcionar como un impedimento, hasta posarse sobre uno de sus pechos y deleitándose con la falta de una prenda interior bajo ésta. Alzó la mirada hacia la de ella, y enarcó una ceja con una nota de satisfecha sorpresa, sólo para dejar que su mano se llenara con la curvatura de su seno, que procedió a tocar con expertas caricias.
¿Qué sentido tenía permitir que sus párpados se mantuvieran abiertos? Su vista se encontraba nublada debido al calor del momento, gracias a la excitación que había pasado a ocupar niveles más allá de los que Valarie había presenciado antes. Además, el resto de sus sentidos estaban bien alerta. Podía escuchar la respiración ajena, el latir de su propio corazón, el sonido casi silencio que provocaba cada una de las caricias que las manos expertas se encargaban de dejar. Incluso todavía podía sentir el sabor de los labios ajenos en los propios, como si éste buscase una duración permanente. Y si seguía así, entonces lo lograría. Un momento después, Valarie se encontró a sí misma humedeciendo sus labios discretamente. La piel desnuda al alcance fue presa de la necesidad que el contrario tenía de marcarla de cualquier forma que le permitiera al mundo entero estar al tanto de que seguía siendo suya, que nadie más tenía acceso ni mucho menos el privilegio de observarla en aquel estado, de hacerla reaccionar de la forma en la que solamente respondía ante sus roces y a cualquier otra caricia otorgada. Estaba consciente de que los dientes se encargaban de dejar pequeños matices rojizos un poco más duraderos que aquel camino formado en sus piernas desnudas. Y quizá éste no se encontrara visible ni mucho menos, pero Valarie lo tenía tan marcado en la piel, tan guardado en la memoria que bastaría simplemente con querer revivir ese momento para hacerlo detalladamente. Cuando sus orbes claras se encontraron con las ajenas durante una mínima fracción de segundo, éstas se mantuvieron fijas en ellas hasta que uno de sus senos comenzó a ser testigo de los movimientos ágiles y expertos proporcionados por su contrario, considerando que era sumamente difícil mantenerse enfocada en un mismo punto aunque así lo intentara. Si en ese momento el oxígeno no era suficiente, lo cierto era que no deseaba imaginarse cómo sería más avanzada la noche.
De repente, el calor en la habitación pareció intensificarse sin que él o nadie pudiera hacer nada al respecto. Su cuerpo le pedía en un ruego que se deshiciera de la molesta prenda que evitaba que pudiera poseer el cuerpo de la enfermera por completo. Y es que la urgencia pronto amenazó con apoderarse de él. ¡Al diablo los preliminares! Eran tan sobrevalorados. ¿Qué preliminares eran necesarios cuando su cuerpo se moría por satisfacer la necesidad que el cuerpo de su pareja había creado en él? Ah, y es que siempre había sido su perdición, ni siquiera durante aquellos meses que pasó en prisión de nueva cuenta dejó de pensar en las curvas de Valarie siendo recorridas por sus manos, en la calidez que su cuerpo irradiaba, en aquellos suaves jadeos que correspondían con perfecta sincronía sus actos. Allí, en ese momento, no le quedó ninguna duda acerca de por qué volvió a ella, de por qué su control sobre ella había sobrepasado la obsesión y lo sano, del por qué la simple idea de que alguien más siquiera intentarla hacerla suya le hacía hervir la sangre. ¿Podría ser posible que dos personas con una relación como la suya compartieran semejante sincronía en la intimidad de la habitación? Así parecía. Dedicó un lascivo apretón más en su pecho, antes de jalar hacia arriba con una mano la camisa que la enfemera había usado como ropa para dormir, descubriendo su vientre, zona que se encargó de acariciar con toda intención de formar un camino hacia la pequeña prenda íntima, que apenas rozó con las puntas de sus dedos, antes de continuar con frenéticas caricias en su entrepierna, tentando. Quería tocar cada centímetro de su cuerpo, quería probarla, quería… Quería muchas cosas, pero la apremiada excitación le rogaba consumar lo que su cuerpo anhelaba. Impulsado por esos bajos deseos, se deshizo con rapidez movimientos de la prenda que le había pertenecido, despojando el cuerpo de su contraparte de éste, para permitirle admirar la magnífica belleza del cuerpo femenino con una mirada indecorosa.
Sólo en ese momento cayó en cuenta de todo lo que había dejado a un lado a lo largo de los últimos dos años, de todo lo que se había perdido. Tampoco podían culparla, ¿no? Luego de salir de una relación tan tormentosa como lo había sido aquella que mantuvo con Vincent durante unos cuantos meses lo único que deseó fue tener paz y tranquilidad. Y tuvo de ambas a montones. Además, conseguir un par de citas nunca fue tan sencillo, pues luego de unas cuantas semanas dejaban de llamarla o se comportaban como si no la conocieran. Entonces llegó a la conclusión de que había algo mal con ella, así que dejó de intentarlo. Se enfocó en su trabajo y en cosas que realmente resultaban relevantes, dejando sus necesidades a un lado. Tiempo había, ¿no? Y de sobra. Aunque si se detenía a pensar, las cosas con Vincent (tal cual él había dicho esa misma noche) no eran tan malas, pues había algunos aspectos que separados del resto se salvaban completamente. El sexo era una de ellas, en donde las palabras no eran necesarias y las acciones hablaban por sí mismas. Y, por alguna extraña razón, en la cama (y en muchos otros lugares, por supuesto) era en donde se entendían a la perfección… Fue sumamente sencillo para Valarie identificar que la temperatura se había elevado dos niveles más allá de lo normal, ocasionando que todo se tornara un tanto insoportable. Quizá se debía a la prenda que llevaba puesta, o a la especial atención que el contrario le estaba entregando a su entrepierna. Valarie consideró que se trataba de un simple juego para medir cada una de sus reacciones, quizá para probar la fuerza de voluntad que la había abandonado cuando el primer beso se presentó o simplemente para tentarla. Era imposible mantenerse inmóvil y en silencio cuando su cuerpo demandaba todo lo contrario. Cuando Vincent consideró prudente deshacerse de la prenda que una vez le perteneció, Valarie le ayudó a dejarla a un lado, quedando apoyada en el colchón y observándole con aquel brillo peculiar que sus ojos habían adquirido a lo largo de la noche.
Quizá (sólo quizá) él tenía un poco (mucho) que ver con la repentina desaparición o la falta de interés de los pretendientes de Valarie. Puede que hubiera realizado algunas amenazas, era ligeramente posible, sí. No se arrepentía de nada, porque el saber que no había existido nadie más después de él que pudiera lograr lo que él estaba logrando, era un aliciente que elevaba sus lascivos pensamientos y hacía que el bulto que comenzaba a formarse en sus pantalones le punzara con una mezcla de anticipación y desesperación por ser liberado del pantalón que lo aprisionaba. Los labios del ex-federal se curvaron en una media y peculiar sonrisa que no sirvió más que para corresponder el brillo en los ojos ámbar de su pareja, que una vez atraparon su mirada, encontró que era imposible apartar su atención de la intensidad con que veía. No lo hizo, no hasta que sus labios reclamaron atención y debió inclinarse para besarla de nuevo. Distinto al primer beso, ése fue más impetuoso, dejando caricias casi violentas en la boca femenina, buscando de alguna forma marcar sus labios también con roces de su lengua y tirones breves que sus dientes procuraban. Su mano derecha, inquieta, se deslizó entre sus cuerpos y apretó la zona interna de sus muslos, antes de que la palma de su mano se posara encima de la ropa interior de Valarie, sólo para que su dedo medio se presionara contra la íntima línea que ocultaba la delgada tela. Un ronco sonido de satisfecha opinión se formó en su garganta y se ahogó contra los labios de la enfermera, justo en el momento en que sus dedos apartaban la ropa interior a un lado para dejar que dos de sus dedos se deslizaran con calculada lentitud por su intimidad, en un roce indagador.
Cuando los labios ajenos decidieron buscar nuevamente la atención que los propios habían brindado con anterioridad, Valarie no tuvo más remedio que verse en la obligación de complacer (aunque tampoco se quejaba, eso era cierto); éstos danzando a un ritmo mucho más violento que momentos atrás, ambas lenguas encontrándose de vez en cuando durante todo aquel frenesí, buscando así satisfacer los deseos más bajos de los protagonistas. Ya no era suficiente, no cabía duda. Cada uno de los sentidos de la fémina se enfocaron en aquellos inquietos movimientos realizados por el contrario, Valarie expectante a lo que estaba por seguir. Mientras tanto y en la búsqueda de mantener a sus manos ocupadas, la enfermera las deslizó sobre la tela que todavía se encontraba cubriendo uno de sus principales objetivos, desabotonando de un rápido movimiento cuando la mano masculina se posó en su totalidad sobre la prenda parcialmente húmeda. Una vez removida con ligereza y los dedos traviesos buscando el mejor camino en su zona íntima, la mujer permitió que un sonido de satisfacción pura se ahogara contra los labios ajenos. Decidiendo ocuparse de otras cosas, ésta descendió por su barbilla, recorriendo la garganta y llegando a una de las zonas más sensibles del cuello masculino. Los dientes y los labios uniéndose para un fin común, recorriendo así la piel expuesta y manteniéndose a un ritmo suave, elegante. Sus manos, todavía inconformes, descendieron por el abdomen ajeno hasta que el inicio de su pantalón actuó como un verdadero obstáculo, Murphy seleccionando dos de sus dedos para introducirlos con ligereza sin llegar más allá, simplemente buscando tentar. Tras dos segundos transcurridos, ascendió por el camino seguido con anterioridad. Y quizá para obtener el efecto deseado, la enfermera elevó la rodilla con ligereza (que había quedado entre las piernas masculinas gracias a aquella nueva posición) hasta rozar la entrepierna de Vincent.
No iba a ser tan jodidamente cínico y mentiroso como para asegurar que no había tenido sus encuentros físicos con otras mujeres. A fin de cuentas, un hombre como él tiene muchas necesidades que necesitan ser llenadas o, de lo contrario, las consecuencias en su humor no son especialmente positivas para nadie que se encuentre a su alrededor. Además, Vincent tampoco era un hombre que pudiera contenerse demasiado: si quería algo, lo obtenía. Ya la misma Valarie lo había dicho: siempre obtenía todo aquello que tuviera a bien desear. No había otra opción más que obtenerlo. No obstante, tampoco podía negar que la enfermera se había encontrado en sus pensamientos de manera constante, con aquellos sonidos provocadores que salían de sus labios y las caricias que sus manos otorgaban y que, sin realmente buscarlo, hacían que su corazón latiera a un ritmo diferente: más errático, más profundo. ¿Qué tenía que la hacía tan especial aunque a él le encantara recordarle lo contrario? No tenía ni idea. Y en aquel tiempo que pasaron juntos tampoco lo averiguó. Una sonrisa complacida se formó en sus labios cuando las manos femeninas comenzaron a desabrochar su camisa. Y lo permitió. De momento. Inconscientemente, los orbes del ex-federal se cerraron cuando la calidez y humedad de los labios de Valarie se apoderaron de su garganta, un punto sumamente sensible de su anatomía. La excitación que lo invadía aumentó considerablemente en cuanto sus dígitos se vieron conscientes de la humedad con que lo recibía la intimidad de su pareja, evidenciando con esa traición del cuerpo lo que en realidad estaba experimentando. La cadera del castaño se movió en busca de un roce más intenso contra la rodilla femenina, anhelando calmar la palpitación dentro de su pantalón, casi dolorosa. Sin intenciones de quedarse atrás, las puntas de su índice y anular se deslizaron con lentitud cerca de su entrada, acariciando la sensible piel, antes de, con suma lentitud, permitir que su dedo medio se introdujera en ella con facilidad.
En muchas ocasiones Valarie se preguntaba cuál era la razón de que él siguiera apareciendo en su vida, como si no se hubiese cansado ya de repetirle una y otra vez que no era lo suficientemente buena. A veces no lograba comprender cómo es que la tocaba o besaba de cierta forma cuando sus pensamientos respecto a su persona eran claramente, uh, negativos. Aunque, quizá, ambas cosas estaban separadas entre sí, o simplemente los factores que formaban a dichas ideas eran tan diferentes que no deberían pertenecer ni ser mencionadas en una misma oración. O bueno, siempre cabía la posibilidad de que sus pensamientos no fueran lo suficientemente coherentes cuando los mencionados y hasta sus propias acciones estaban siendo controlados por la temperatura del momento. Y era mucha, no lo iba a negar. Bah, realmente nada de eso era importante, pues ambos estaban ahogando a ese deseo sexual palpable y nada más. Era así de sencillo, claro estaba. Cualquier cosa positiva sentida por él en algún momento había desaparecido completamente, ¿no era así? La respuesta correcta era el sí, pues no estaba dispuesta a adentrarse a una discusión para la que no tenía ni un poco de tiempo. Entonces, como era de esperarse, los labios femeninos fueron a encontrarse nuevamente con los masculinos, dispuesta a satisfacer a todos los deseos internos que quizá ya habían pasado a ser sumamente obvios. Cuando el ágil dedo masculino entró en contacto con aquella zona sensible y buscó el camino correcto hasta deslizarse en su interior, el sonido que escapó de entre sus labios se ahogó contra los ajenos. En las facciones femeninas se instaló una expresión que dejaba bien en claro que Vincent, como siempre, sabía cómo hacer las cosas bien. Con los párpados cerrados, sus labios formando una perfecta línea recta (como si pretendiera tragarse cada uno de los sonidos que amenazaban con escapar) y quizá reaccionando un poco tarde, la fémina permitió que su rodilla se encontrara nuevamente con el bulto protegido por el pantalón.
Tendría tiempo de sobra para cuestionarse las dudas que lo atacaban en el momento menos indicado, justo como lo era ése. Seguía sorprendido de que su mente pensara en otra cosa que no fuera el esbelto cuerpo de la enfermera debajo del suyo, irradiando un calor lascivo que aceleraba su respiración y profiriendo sonidos que hacían que su corazón diera la impresión de saltarse un latido, de no saber que era físicamente imposible. No. Poco tardó su atención completa en ser dedicada a Valarie, y a esos besos que parecía necesitar y que él no dudó en corresponder con la misma vehemencia con que su cuerpo lo pedía. Saboreó el sonido de placer que salió de los labios femeninos, y ¡ah! quería escuchar más de ésos. Un jadeo sutil escapó de su garganta cuando su silenciosa petición fue cumplida, y su erección recibió un poco de la atención que tanto requería. No era suficiente ya. Con habilidad, dejó que un segundo dígito se uniera al lento movimiento de su mano, penetrándola con fácil lentitud con sus dedos, iniciando un vaivén consistente, buscando presionar ese punto dentro de ella que aumentaría con creces la excitación que ya podía sentir humedeciendo sus dedos. Sus dientes, entonces, aprisionaron el labio inferior femenino, tirando suavemente de éste antes de liberarlo y continuar con un violento contacto de sus labios, que podría asegurar que no tenían ninguna intención más que la de marcar los ajenos, de dejarlos cansados e hinchados de tanto uso. Quizá así era. Su mano libre, entre tanto, encontró su camino hacia uno de los pechos de su pareja, comenzando a acariciarlo con la misma cadencia con que entraba en ella cada vez, deteniéndose a ratos para presionar su pezón entre dos de sus dedos sólo para después continuar con el brío de esas caricias. Y entonces, la verdad de sus actos llegó a él: quería complacerla, sí. A su forma. Quería que gritara su nombre y recordarle que no importaba nada de lo ocurrido, que no importaba ni siquiera el futuro, porque nadie, nunca, podría proporcionarle el placer que él le daba.
Cuando el segundo dedo se unió al primero, ambos con el objetivo de alcanzar aquel punto correcto, Valarie dejó a un lado aquella fuerza con la que había estado uniendo sus labios para que éstos finalmente se separaran entre sí y permitieran que el aire (que parecía ahogarla, más que nada) escapara finalmente, ocasionando entonces que sus pulmones trabajaran a una velocidad sumamente impresionante. De vez en cuando las vibraciones que se formaban en su garganta lograban escapar de entre sus labios disfrazados de un sonido silencioso, ésto ocurriendo cada vez que los dedos se adentraban a la zona erógena, prometiendo la estimulación requerida para que Valarie alcanzara los niveles más elevados de todo aquel acto (para empezar, quizá). Sí, probablemente al despertar (si es que lograba dormir en algún punto de la noche) se enfrentaría a unas cuantas “consecuencias” que de momento resultan poco relevantes. Fue esa razón por la que permitió que los labios ajenos tomaran control total de los propios, cediendo completamente a cada uno de los “caprichos” del contrario. Resultaba increíble lo “intocable” que Vincent podía resultar en ocasiones, pero lo era más que se encontrara en donde se encontraba y que desprendiera esa sensación de igualdad (de cierta forma) que la enfermera casi podía palpar. Que sí, que para Valarie era así: ambos jugaban un papel importante y compartían fines similares. Fuera lo que fuese, ambos querían llegar a a donde mismo y, de alguna forma, colaboraban para que se convirtiera en una realidad. Sus manos, más inquietas que con anterioridad, buscaron toda piel desnuda al alcance para poder brindar caricias de la misma magnitud que el vaivén iniciado por el contrario, marcando la piel ajena como si aquello realmente pudiera significar gran cosa. Éstas descendieron finalmente hasta que dos de sus dedos se encontraron con el botón del pantalón, deteniéndose a juguetear con el mismo tras haber olvidado su principal objetivo. Una vez lo recordó, se encargó de desabrocharlo.
Había un dicho con el que Vincent podía estar completamente de acuerdo: se decía que todo giraba alrededor del sexo. Que, en sí, todo tenía como fin el sexo. Excepto el sexo. Porque eso, precisamente, tenía como único fin el poder. Ah, sí, y el ex-federal no podría dejar que fuera de otra forma, mucho menos cuando se trataba de la primera vez que estaba de forma íntima con Valarie después de tanto tiempo. Quizá no ejercía su poder con violencia física o haciendo gala de su fuerza, sino de formas más discretas, como lo eran el hecho de que la enfermera estaba prácticamente desnuda ante él mientras que su cuerpo aún seguía cubierto por varias prendas. De alguna manera, ese hecho no hacía más que provocarle una punzada de excitación que hacía dolorosa la erección que ya no podía ocultar ni siquiera bajo la gruesa tela de sus pantalones. Todo convergía en contra suya, para llevarlo a esa sensación parecida a un sueño, en donde no existía nada más que el placer provocado y el que le provocaban. De momento, no existía nada más que los débiles y casi tímidos sonidos que salían de los labios de su pareja, que prometían ser más fuertes conforme la noche transcurriera. Cuando su pantalón fue desabrochado, un jadeo que pecaba de frustrado salió de sus labios, porque iba por buen camino, sí, pero no estaba obteniendo lo que quería de inmediato. Después de dejar una estocada más con su mano en la intimidad femenina, llevó sus manos a la camisa que su acompañante usaba como ropa de dormir y la despojó de ella, dejando el cuerpo femenino expuesto ante él como tantas veces lo había estado. Y mierda, que había extrañado verla así. Apenas le hubo dedicado una larga mirada a su torso desnudo, se inclinó de nueva cuenta, dejando que sus labios se encargaran de estimular sus pechos con presiones de su lengua y sus labios, en tanto, con una de sus manos y movimientos extrañamente torpes, terminaba por desabrocharse el pantalón, sólo para jalarlo junto a los boxers lo necesario para liberar la casi total erección que ansiaba ser liberada.
Antes de que la mano fuera retirada por completo, un sonido escapó de entre sus labios, éste resultando ser diferente a los anteriores que se había encargado de ahogar: buscando con dicha acción sentirse liberada (de cierta forma), hacerle saber lo satisfactorio que habían resultado aquellas caricias que, admitirlo o no, eran más necesarias de lo que alguna vez había creído. Permitió que los músculos de su cuerpo se relajaran, pero siempre manteniéndose atenta a los siguientes movimientos realizados por el contrario. Cuando su ropa de dormir desapareció por completo, un nuevo estremecimiento se apoderó completamente de ella, ocasionando que las puntas de sus senos otorgaran una respuesta que resultaba obvia para la vista humana. Humedeció sus labios discretamente, esperando que aquello resultara suficiente para regresarlos a un estado medianamente normal, pese a que sabía era una acción totalmente en vano. La velocidad con la que su pecho bajaba y subía aumentó cuando el contrario se inclinó con la intención de prestarle la atención que, como cada rincón de su cuerpo, estaba demandando. A veces, en ocasiones muy contadas y todas quedando en el pasado, se preguntaba cómo era posible que una persona se comportara de forma distinta estando en situaciones similares a la que ella se encontraba protagonizando. Sí, que siempre se sentía como una persona completamente diferente. O, quizá, lo mejor era decir que se podía sentir como realmente era, pues todos los factores le permitían desenvolverse libremente. ¿Para qué buscar justificar su comportamiento cuando no era necesario? Solo era cuestión de seguir a sus instintos. Entonces, cuando el clic finalmente llegó (no de forma literal, claro estaba), decidió escuchar a esa voz interna que le gritaba qué hacer, que le indicaba cuál era el siguiente paso. Permitió que sus manos descendieran nuevamente, pero esta vez sin detenerse. Siguieron el camino hasta que sus dedos se encontraron directamente con la erección masculina, permitiendo que éstos proporcionaran las caricias necesarias. Sí, a veces también le gustaba escuchar (y comprobar), que era capaz de ocasionar ciertas reacciones en Vincent.
No tenía manera de negarlo. ¿Cómo hacerlo, cuando su cuerpo se había encargado de dejar de obedecer lo que su mente le dictaba y simplemente se dejaba guiar por el intenso deseo y el básico instinto? No podía haber nada malo en seguir a su instinto, que nunca fallaba y siempre lo sacaba de las más peliagudas situaciones. ¿Cómo siquiera dudarlo cuando la innegable excitación se había apoderado de él desde hacía varios minutos? Todo en Valarie Murphy significaba una tentación, una provocación abierta y tajante; desde la forma en que se humedecía los labios que ya había besado hasta la forma en que su femenino cuerpo lo recibía aún contra sus intenciones. Sin querer evitarlo (y tampoco hubiera podido, de desearlo), un profundo jadeo escapó de su garganta cuando la calidez de los dedos femeninos se apoderaron de su dureza, a la par que sus párpados se cerraron para poder disfrutar del placer que el simple roce proporcionó a la palpitante erección. Si se lo preguntaran abiertamente, Vincent negaría con insistencia acerca del efecto que su pareja tenía en él; pero también había cosas que no podía ocultar, tal y como seguro lo estaría comprobando la enfermera en ese momento, sin importar lo mucho que a él le gustara ocultar ese hecho en otras situaciones, en las que su mente no se encontraba nublada y completamente entregada a la mujer a la que se encontraba besando casi con adoración, encargándose de que sus labios no perdieran centímetro de la magnificencia de sus pechos, ya erectos contra las caricias que continuaba brindando con la cálida humedad de su boca, y la experiencia de una de sus manos. No quería dejar a uno desatendido, que le parecía un pecado absoluto. ---Maldita sea, Murphy...--- jadeó contra su pecho, alzando la mirada de claros orbes que, apostaba, se veían oscurecidos por lujuria pura, buscando observar las expresiones que pasaban por las facciones de la fémina. Sin despegar su atención de ella, se ocupó de apartar su mano con firmeza, sólo para reemplazarla por la propia y, sin más, guiarse hasta la intimidad de su contraparte, dejando que un empujón de su cadera culminara lo que había deseado por tanto tiempo, de inmediato sintiendo la humedad y calidez de su estrecho interior. La increíble sensación fue lo que necesitó para expulsar un profundo jadeo satisfecho, que sirvió como preliminar para comenzar a moverse contra ella, adoptando un ritmo constante, pero lento.