Quién le iba a decir a la Zhenya de aquélla noche, hace ya semanas, que acabaría realmente encantada con el encontronazo que tuvo con cierto chico, al que en un principio demostró tanta molestia así como curiosidad. Y ahora, bueno, ahora era todo lo contrario; la curiosidad era conservada, pero las sonrisas sin duda alguna sustituían la molestia. La verdad era que realmente no estaba segura si abrirse nuevamente a alguien era lo correcto, pero con él sí que lo parecía y confiaba en seguir sus intuiciones, a no ser que éstas demostrasen lo contrario, o que el mismo chico lo hiciese. Rió por la pequeña charla que se dio entre ambos, a la que atendió con sumo interés y gracia. Eso le hacía pensar, de nuevo, que quién le iba a decir a ella que incluso el chico llegaría a conocer a su hermano. El castaño de entre sus brazos inspeccionó a Vic una vez más antes de volver sus adorables facciones a la joven, a la que susurró, aún bastante alto, lo siguiente—: Z, ya no quiero ser alto —y realizó un breve pucherito, negando con suavidad a la misma vez que sujetaba su cabeza por apenas unos pocos segundos. Al momento, ya pedía ser bajado y atendiendo a sus gustos, la castaña le soltó. En respuesta a ello, el pequeño tomó la mano de la misma y, con la restante, la del rubio, y empujó a ambos a seguirles en su dirección—. Espera, espera… ¿Y April? —quiso saber, aún así siguiéndole; mirando entretanto a su acompañante, disculpándose con la mirada por la hiperactividad que el niño presentaba—. No está, se fue —aseguró el pequeño, finalmente soltándose cuando supo que ambos les seguiría, por lo que Zhenya aprovechó para buscar la mano de Vic y sonreírle con gracia, divertida por la situación—. Así que, uhm, me decías que no te gustaban los niños, eh —le echó en cara, en un tono más bajito para que el pequeño no escuchase la conversación—. Aunque ya te avisé, es el encanto Ivanov. De hecho, no sé tú, pero en nada yo ya te veo en el tobogán o en los columpios con él —rió, pese a que estaría relamente encantada de presenciar aquélla imagen. Volvió a poner un ojo en su hermano, asegurándose sin embargo de seguir con ambas manos unidas; y es que el contacto con el contrario había comenzado a serle algo indispensable.
El mero hecho de que aquella castaña, no sólo causas de su primer jaqueca después de un tiempo, sino que también aquella que encendió su vida en un fuego incapaz de ser apagado, se haya convertido en una de las cosas más importantes en las que pensar en la mente de Vic, era algo completamente increíble —para verse en aquel lugar nuevamente con alguien más tendría que haber pasado un milagro y haber traído consigo un desastre; ni siquiera una suave brisa de verano a la que, luego de cualquier catástrofe, le vendría bien a un alma completamente problemática. Y por la más extraña de las razones, Victor la veía como un hermoso vórtice de emociones con respecto a sus chocolates ojos, de los que sabía que no se cansaría jamás. Y la verdad es que estaba encantado de verse a sí mismo envuelto en algo sin salida, por mucho que aquello le atemorizare a muerte de igual modo. El rubio se permitió reír brevemente después de que el pequeño acotare su nuevo deseo, y aquella carcajada continuó incluso hasta cuando el más bajo se mostró entusiasmado por traerles consigo. Sin embargo, las mismas desaparecieron tan pronto escuchó lo siguiente. Bien, esa tal April era un cuento infernalmente distinto, pensó—. No me gustan —reforzó, frunciendo su ceño en un intento de ocultar lo mucho que le había agradado el niño—. Tampoco me gustas tú, por eso es que paso tanto tiempo contigo y me muero por rozarte con cada fibra de mi cuerpo a cada instante que te alejas —y si bien la comparación hizo justicia a lo que trataba de especificar... sencillamente se vendió a sí mismo. Había comparado ambas cosas que no quería admitir, y aquello entonces era un problema. Largó un quejido silencioso, sintiéndose derrotado al mismo tiempo que miraba sus zapatos—. Sería aquel en empujarlo para que se cayere y yo me pudiere reír, eso es distinto —señaló, intentando recolectar todo aquello que perdió con la antigua oración. Y para el momento que quiso robarle un casto beso sólo porque sus labios lo imploraban, se vio amenazado por la apuesta. Y para el momento, se retrajo a sí mismo una vez más, y aún así le dedicó un guiño a la menor, para poder seguirle el paso al chico y sacudir sus pensamientos—. Y bien, Alek, ¿te gustan los superhéroes? —inquirió.










