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Lo lamento mucho
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La(s) vuelta(s) de la vida (AU - Falkner)
“¡¿El hermano de Pidgeot?!”, preguntó sobresaltada. “Eso significa que...tu viaje...”, trató de decir, pero las palabras se le escaparon y su rostro sólo pudo emitir una sonrisa.
Que Pidgeot tuviera un hermano era algo maravilloso, incluso más que maravilloso: ¡súper-mega-hiper fantástico! ¡Pidgeot tenía familia, y una familia que había accedido a acompañarlo! Era increíble, probablemente la mejor noticia que había recibido Bianca en mucho mucho tiempo. Tantos años de espera habían valido la pena.
“Mucho gusto, Senso. Yo soy Bianca, pero todos me dicen Bel. O bueno, sí, Profesora Bel”, expresó haciendo una pequeña reverencia, la cual imitaron sus compañeras de tipo volador. “No sabes el gusto que es al fin conocerte...”, murmuró con los ojos achinados de tanta felicidad. No había olvidado el día en que Pidgeot había huido y Falkner había ido por él...
No sabía si acercarse o no. Lo curioso era que después de tantos años de estudiar el comportamiento de los pokémon y todo lo relacionado con la amistad entre esos maravillosos seres y los humanos, al ver al ejemplar de Pidgeot frente a sí misma, dudó sobre cómo accionar. Insólito, pero teniendo en cuenta que después de veinte largos años estaba viendo a Falkner en el mismo lugar donde habían acordado, no era tan extraño, ¿cierto?
Acortó la distancia entre ella y el tipo normal/volador, mas no hizo otra cosa que mirarlo de forma tierna y exhibir una pequeña sonrisa.
“Por cierto, ¿el resto? Me gustaría mucho saludarlos, aunque sea...”, comentó unos cuantos segundos después.
Post n° 100 (@Falkner)
“¿Responder antes de que pregunte?”, cuestionó sin entender totalmente la idea. ¿Eso tenía algo de sentido? No realmente, pero era un gran gesto de Falkner, quien se estaba esforzando para ayudarla con su simple y bobo problema de no recordar la pregunta inicial. “¡Me parece bien!”, exclamó alegre al descifrar la intención del joven a su lado.
Identificó su propia pregunta como “algo a lo que le tuviera miedo el peliazulado”, pero ¿qué podía ser? Se le hacía una persona asombrosa capaz de enfrentar todos sus temores, no podía imaginar que le tuviera “bastante” miedo a algo.
Sus ideas fluían como el viento que empujaba a las pocas nubes que poblaban el cielo nocturno de Hoenn. Ellas intentaban quitarle el protagonismo a las estrellas pasándoles brevemente por encima. ¿Falkner le tendría miedo a los ascensores? Quizás a los insectos, y por eso era que siempre estaba rodeado de pokémon tipo volador. No, eso era algo... ridículo, ¡pero no se le ocurría nada mejor!
La aparición de los pokémon anunciando que era hora de cenar logró sacarla momentáneamente del mar de preguntas posibles que se había asentado en su cerebro. ¡Quizás se le ocurría algo durante la cena! O, por el contrario, pasar el rato de la comida distrayéndose con otras cosas la despejaría por completo, permitiéndole pensar con mayor claridad luego.
“¿Te refieres a Pel?”, le preguntó a su acompañante apenas este hubo tomado la palabra. No pudo evitar oír bastante asombrada toda la historia que él contó. ¿De verdad Pel había hecho todo eso? ¡Era realmente una chica fabulosa! Una boba sonrisa se dibujó en su rostro al tratar de imaginar todo lo que Falkner describía con bastante detalle. “¡Claro que es un gran pokémon! Quizás... quizás yo lleve poco tiempo con ella, ¡¡pero sé que es más que genial!!”, contestó al final del relato. “Lo único que has hecho con estas palabras es repetirme lo que ya sé”, añadió guiñándole un ojo a su más reciente amiga alada y luego soltando una pequeña risita.
El resto de la caminata hasta el lugar del campamento fue animada. Bel contó algunas anécdotas que habían tenido lugar cuando Musharna era pequeña y que tenían como objetivo hacer reír (y por qué no sonreír) a todos los presentes. La propia tipo psíquico estaba algo avergonzada, por lo que decidió ocultarse entre los brazos de Bel, al menos de momento.
La jovencita de Unova y sus pokémon comieron con ganas: había sido un día larguísimo cargado de emociones y no había mejor forma de cargar combustible que alimentarse bien para luego ir a la cama y descansar con el estómago y el corazón llenos.
“Sí, mejor voy preparando mi bolsa de dormir”, expresó dando un saltito hacia la carpa. Ella había preparado el exterior, pero había estado algo floja con la parte interna. Su bolsa de dormir estaba todavía en su envoltorio.
Diez minutos pasaron desde que acomodó lo que haría de cama, lavó sus dientes y cepilló su cabello un par de veces antes de atarlo para que no se desordenara demasiado durante sus sueños, hasta que deslizó el cierre de la bolsa de dormir para meterse allí dentro. Por supuesto, antes que nada había saludado a todos los pokémon, quienes le habían asegurado tener todo bajo control.
Tranquila, se quitó sus gafas y las dejó en el medio de la carpa, en el espacio que separaba su bolsa de dormir de la de Falkner. Cuando vio el espacio que le correspondía a él, su mente se iluminó con la respuesta (mejor dicho con la pregunta) que tanto había buscado. Por esa razón, esperó que su acompañante estuviera acomodado y listo para dormir para soltar el tan esperado interrogante: “Falkner, ¿qué tanto le temes a un tipo volador enojado?”, soltó para luego echar a reír divertida y así, apoyar la cabeza en la improvisada almohada para disponerse a dormir.
La playa era uno de los lugares predilectos de la jovencita llamada Bel. Le fascinaba el sonido de las olas en sus oídos y la sensación de la arena tibia bajo sus pies. Solía ir tan seguido como sus ocupaciones le permitían, pero siempre que iba, experimentaba grandes momentos de diversión.
La señorita del gran gorro verde se encontraba ojeando un libro mientras Samurott y Pelipper chapoteaban en el mar de lo más entretenidos mientras una curiosa Absol hacía migas con su querida Mienshao.
El equipo de la damita de Unova había llegado bien temprano a la playa, por lo que pasado el mediodía, decidieron ir a almorzar para recargar energías y luego volver a disfrutar de un bonito día libre. Sin embargo, su atención fue captada por un joven que era acompañado por un bonito pokémon extranjero.
“¿Monstruo?”, atinó a preguntar. Si había un calificativo que en casi la totalidad de las situaciones funcionaba para Bel era el de “despistada”, la muchacha rubia no se había percatado absolutamente de nada. Había estado muy concentrada en el libro, por lo que las personas alarmadas sonaron como gente disfrutando al máximo de un caluroso día de verano. Al oír toda la explicación del desconocido, comenzó a mirar a sus alrededores para comprender de qué iba todo. “Oh, ¡suena muy interesante! ¡¡Cuenta con nosotros!!”, chilló decidida levantando ambos brazos en el aire para expresar su buena disposición.
“¡¡Vayamos por ese bote!!”, exclamó para tomar al joven del brazo y conducirlo hasta la caseta del señor de los barquitos. “¡¡Denos el más veloz que tenga!!”, pidió con una enorme sonrisa, porque si había otro adjetivo que se acomodara muy bien en Bel era el de “entusiasta”.
¡¿Cheren?! (@Cheren)
“Uhmm, ¡¡eso es mucha responsabilidad para mí sola!!”, protestó inflando las mejillas al tiempo que pensaba qué rayos podían cocinar.
Repasó velozmente en su cabeza todo lo que había comido en los últimos días para no repetir, pero también para darse una idea. “Tortillas..., no, no, eso fue ayer. Ehh, ¿pastas? ¡No, eso fue el domingo! ¡¡Qué difícil!!”, se la oía hablar consigo misma.
Caminó en círculos durante unos segundos mientras jugaba con su sombrero, eso solía ayudarla a no presionarse tanto mientras pensaba.
“¡¡Lo tengo, Cheren!!”, exclamó al fin. “¡¡Podemos hacer un pastel de vegetales!! No creo que sea muy difícil y definitivamente es muy nutritivo. ¡¿Qué opinás?!”, chilló alegre por su idea.
Sociedad de conflicto. (@Bel).
Bel permaneció en silencio, algo totalmente novedoso en ella. Estaba meditando. ¿Qué meditaba? Pues todas sus fuerzas estaban concentradas en tratar de dar una opinión, una alternativa, una idea, lo que fuera, respecto a todo lo que había pasado en esos últimos minutos. Sabía que Falkner era muy reacio a los temas del corazón, ya fueran sobre amistad, amor o casi cualquier tipo de relación entre personas, y que así era él, que no debía entrometerse, ¡pero era tan difícil! La incomodaba un poco el escucharlo siempre tan pesimista, negador, e incluso la preocupaba que siempre reaccionara de mala forma ante estos temas. Por eso mismo, debía alejar sus deseos de hablarle de aquellos tópicos relacionándolos con su peliazulada persona, ¡debían resolver el caso! Luego tendrían tiempo para los asuntos personales.
“Ehh... uhh...”, balbuceó mientras intentaba esbozar unas palabras mágicas que lograrían adelantarlos en aquella situación problemática. El tiempo se agotaba y tenían muchos nudos en la cuerda.
Intentó repasar sus experiencias en la escuela secundaria. ¡De seguro había allí algo que pudiera ayudarlos! Es decir, algo más que su nula experiencia copiándose en exámenes. Sí, definitivamente en ese baúl de recuerdos encontraría alguna respuesta. Sus tiempos en el colegio habían sido de lo más “normales”. Ella había tenido notas decentes (con excepción de algunos problemillas en matemática, pero ¿quién no había padecido las funciones exponenciales?), pero recordaba que había tenido varios compañeros que podían clasificarse en “pillos”, para decirlo pronto y mal. Recordaba haber conocido jóvenes que tenían malas notas y por ello debían pasarse veranos enteros estudiando. Ellos eran astutos a la hora de saltarse clases y luego inventarse excusas que no eran más que mentiras, mas mentiras realmente muy creativas y que... ¡Momento! ¡Allí estaba!
“¡¡Lo tengo!!”, exclamó golpeando el aire y con una sonrisa de oreja a oreja. “Es una conclusión muy poco científica y apresurada, ¡pero los chicos que suelen ser malos alumnos por vagos, son buenos mentirosos y reyes de inventar excusas! También suelen ser muy carismáticos, ¡¡así que eso podría sernos muy útil a la hora de convertir a Walter Jr. en un experto en el amor!!”, soltó velozmente al tiempo que ajustaba sus gafas para que estas no cayeran al suelo en medio de su torbellino de ideas. “No soy partidaria de mentir tanto, pero si realmente podemos ayudar al niño y además al profesor, supongo que no está tan mal. Aunque suene algo bobo o infantil, creo en todo el tema de las mentiras piadosas...”, reconoció algo avergonzada.
Hizo una pausa. Habían acordado qué harían con los señores Bohmio y Montealba, al menos de forma esquemática. Faltaban los datos de los otros tres profesores y ¡manos a la obra!
El reloj marcaba las dos y media de la mañana y la señorita de Unova estaba algo somnolienta, sí, pero tenía toda la voluntad para seguir trabajando. Sabiendo que Fletchlinder y Noctowl todavía seguían allí fuera dando lo mejor de sí, ¡¿cómo no hacerlo ella también?! Se dio golpecitos en las mejillas para recuperar la concentración al chillido de “¡Vamos, Bel!” y limpió sus gafas que estaban algo empañadas. Justo cuando terminó de realizar aquella tarea, una criatura alada ingresó por la ventana más cercana. ¡¡Era Noc!! ¡¡Perfecto!!
“Falkner, yo me encargo”, dijo con toda seguridad acercándose al ave experta en viajes y localizaciones. Antes de darle la bienvenida al emplumado, cazó su lapicera naranja y el anotador que había estado utilizando.
Los siguientes minutos requirieron que la futura científica utilizara toda su capacidad cerebral para traducir de la mejor forma posible lo que Noctowl había aprendido sobre el profesor de química en palabras de humanos. Debía hacerlo bien, era la asignatura más difícil y no podían permitirse errores.
Notó todo lo que pudo que, aunque no era mucho, le daba algunas ideas para utilizarlas al menos como punto de partida. Minutos después, todo estuvo listo.
“¡¡Vengan a ver!!”, instó con una sonrisa agitando el papel con todos los datos que había reunido. “Definitivamente tenemos que hacer algo con esto”, expresó señalando las dos últimas líneas escritas con su letra. “No sé exactamente para qué, pero algo bueno saldrá de esto. ¡Lo presiento! ¡Presiento que si podemos idear algo al respecto, saldrá de maravillas!”
“Hum... yo creo que deberías calmarte...”
—… —
“D-disculpe, ¿le ocurre algo?”
La(s) vuelta(s) de la vida (AU - Falkner)
“¡Claro que sí!”, exclamó llena de orgullo al tiempo que volteaba a ver a las dos criaturas aladas. Había puesto mucho esfuerzo en cuidarlas a ambas.
En eso, Pelipper imitó el accionar anterior de Bel y se abalanzó sobre quien era su verdadero entrenador. ¡Veinte años era demasiado tiempo! Por su parte, Altaria se acercó de forma juguetona y se paró detrás de su compañera alada para esperar su turno de saludar.
“Swablu y Altaria siempre me llamaron mucho la atención por su belleza y por lo adorables que son. Cuando se me presentó la oportunidad de entrenar una, no dudé ni un segundo”, explicó ajustándose las gafas antes de acariciar el cuello de la dragona. “La verdad es que es muy bonita. Las dos, las dos son muy bonitas”, finalizó feliz y sonriendo ante el reencuentro de Pelipper y Falkner.
La(s) vuelta(s) de la vida (AU - Falkner)
¿Su sonrisa podía ser más grande? ¿En serio? Pues parecía que sí, porque al ver el trozo de madera que le correspondía al “muchacho”, sintió que su boca se estiraba al menos un centímetro más.
De forma rápida y por ello torpe, Bel consiguió su pedazo de corteza. Lo había guardado en uno de los bolsillos laterales de su bata de laboratorio al ver a Falkner.
“¿Me harás empezar a mí?”, preguntó inflando sus mejillas la Bianca de diecisiete años, quien luego le dio paso a la de treinta y siete para sonrojarse por su infantil accionar. “Te apuesto que me han pasado menos cosas divertidas que a ti”, soltó encogiéndose de hombros.
La(s) vuelta(s) de la vida (AU - Falkner)
Su sonrisa se acentuó al oír las palabras de Falkner. Claro que había parecido que había dicho eso, ¡qué torpe de su parte!
“No, no”, respondió inmediatamente sacudiendo la cabeza para reafirmar su negación. “Es sólo que... bueno, nunca usabas ropa así”, se explicó.
Su mueca en su rostro parecía imborrable y las palabras no salían. ¡Tenía tanto para decir y no sabía por dónde empezar! ¿Qué debía preguntar primero? ¡De seguro la memoria de Falkner estaba sembrada de cientos de anécdotas maravillosas e historias fantásticas!
La(s) vuelta(s) de la vida (AU - Falkner)
Tenía una especie de acuerdo tácito consigo misma para no llorar. Sabía que si empezaba, difícilmente podría parar en menos de diez minutos. Además, conociendo a Falkner, sabía que si era ella quien inauguraba el festival de llantos, él se uniría y terminarían inundando todo el bosque. Pero siendo el caballero de Johto el primero en derramar sus lágrimas, se le hizo imposible contener las propias.
Allí estaban, abrazándose y llorándose. No parecía un reencuentro para nada, se asemejaba más a un velorio. Sin embargo, Bel estaba feliz, muy feliz. Todas sus dudas, sus incertidumbres y miedos se habían esfumado al tener los brazos del hombre de cuarenta años rodeándola.
Ella fue quien terminó el abrazo, al menos por el momento. Quería verlo bien, quería hacer el juego de las siete diferencias entre el Falkner que había guardado en su memoria y el que tenía frente a ella. Quería, también, que Pelipper y Altaria pudieran observarlo. Pel lo merecía, ella también había estado esperando veinte años por aquel día. La dragona de los cielos, por su parte, había oído tanto de él que quería conocerlo, entender quién era el dichoso Falkner protagonista de muchos de los relatos predilectos de su entrenadora y su colega alada.
“Tu... Tu camisa...”, intentó decir hasta que la invadió una risa amable. No se estaba burlando ni mucho menos, era sólo que le causaba gracia el contraste entre el actual atuendo y los tradicionales trajes que solía llevar el experto en aves. El contraste también se veía entre su sonrisa y las lágrimas que seguían cayendo. Era una situación rara, pero todo estaba bien.
La(s) vuelta(s) de la vida (AU - Falkner)
Una batalla estaba teniendo lugar en la cabeza de la rubia protagonista de esta historia: una adolescente, una niña, de apenas diecisiete años estaba chillando de la emoción y se dirigía a abrazar al maestro de las aves gritando su nombre lo más fuerte que pudiera, mas una mujer adulta de treinta y largos saludaba con una amable sonrisa y le ofrecía un cordial apretón de manos. ¿Quién ganaría? Era difícil saberlo, especialmente porque faltaban pocos segundos para que Falkner se encontrara frente a sus ojos. La decisión debía ser rápida, no podía pensarlo mucho.
A medida que el de cabellos azules se acercaba, la mente de la señorita se paseaba por tópicos como la camisa del ya hombre, o las arrugas que se habían formado alrededor de sus también azules ojos: en cualquier cosa que no fuera decidirse en la forma de saludarlo. Era como si estuviera evitando poner fin al intenso combate que abarcaba el resto de sus pensamientos como quien mira una telenovela para evadir las noticias tristes que tiene para dar el mundo.
Todo eso dejó de importar al tenerlo cara a cara. ¿Guerras? ¿Saludos? ¿Veinte años más que sus cuerpos cargaban? No, nada de eso. Bianca, en ese momento, volvió a tener diecisiete, volvió a ser una chiquilla que ansiaba conocer el mundo y convertirse en una famosa investigadora pokémon, volvió a sentir un gigante gorro verde sobre su cabeza y, más importante todavía, volvió a ver a Falkner con sus ojos verdes como lo había visto hacía ya veinte años. Allí, la parte adulta tuvo que reconocer su derrota. Esa fue la razón por la cual la Bel de treinta y siete años en apariencia, pero diecisiete en sentimiento, rió al ver la mano extendida de Falkner y, en lugar de corresponder al saludo, saltó para ahogarlo en un abrazo.
“¡¡¡¡Falkner!!!!”, chilló.
Snowed in - @Bel
Antes de responderle a Apollo, la chica de gafas pensó que la relación de un entrenador con su primer pokémon siempre era asombrosa, ¡¡y era muy interesante para sus investigaciones sobre la amistad!! Definitivamente tendría que incluir eso en algún lado.
“¿¿Eso cree??”, preguntó guardando las formalidades con el caballero al que había conocido hacía unos pocos minutos. “L-la verdad es que ¡¡siempre nos esforzamos mucho!! Supongo que eso es todo...”, reconoció con simpleza, Bel creía que uno debía dar siempre su máximo.
Tras hablar, metió sus enguantadas manos en los bolsillos para intentar resguardarlas más de las consecuencias de la temperatura. Realmente hacía mucho frío, más de lo que había imaginado. Agradeció tener aquella campera gigante que había comprado hacía una hora atrás.
“¡¡Creo que ha encontrado algo!!”, exclamó. Tener una pista del camino que había seguido el niño perdido la reanimó por completo, después de todo estaban allí por el chiquillo. La ponía muy pero muy triste la idea de que aquella criatura la estuviera pasando mal, que estuviera solo y con mucho miedo. “¡¡Debemos apurarnos!!”, chilló nuevamente, esta vez empezando a caminar más rápido. Chandelure la seguía de forma implacable.
Era difícil caminar en la nieve, los pies se enterraban y quedaban a diferentes alturas, lo que ocasionaba tambaleos y pequeños tropezones que la joven de Unova intentaba esquivar lo mejor posible. De todos modos, ella se sentía segura: su queridísimo pokémon estaba allí con ella, y además contaban con la presencia de un hombre que parecía ser muy capaz y hábil. ¡¡Podrían lograr lo que se propusieran!!
“¡¡¡¡Veo algo por allí!!!!”, gritó a los cuatro vientos mientras señalaba unas sombras que apenas lograba distinguir entre los árboles. Tras su anuncio, no dudó en lanzarse a correr torpemente por un sendero iluminado por la potencia de Chandelure.
Su carrera terminó cuando vio una bandada de Delibird huir despavorida a causa de la ruidosa llegada de la chica de cabellos rubios.
“S-supongo que puede fallar”, expresó visiblemente desanimada mientras relajaba sus hombros algo desganada. “¡¡Pero no podemos rendirnos sabiendo que el niño está todavía perdido!!”, dijo para recargar nuevamente sus energías.
¡¿Cheren?! (@Cheren)
Bel suspiro profundamente. Sabía que Cheren estaba realmente muy ocupado, ¡y lo entendía! ¡Quién pudiera cargar con tantas responsabilidades importantes! Él era maestro y líder de gimnasio, todas cosas muy serias, ¡pero eso no era excusa para no hacer otras actividades!
“¿Me lo dices en serio?”, preguntó abriendo sólo un ojo y arqueando la ceja de ese. “Pasar de cero a diez en tan poco tiempo es muy difícil, podemos dejarlo en semana de por medio”, negoció formando una pequeña sonrisa.
Tras decir eso último, la chica de cabellos rubios recordó que ella estaba regresando del trabajo muerta de hambre: debía hacer algo con eso y la presencia de su mejor amigo allí sólo mejoraba la situación.
“Creo que me debes, al menos, un almuerzo, así que puedes entrar a tu casa y cocinar algo delicioso para esta trabajadora”, expresó señalándose con movimientos de su dedo índice. “¡¡Vamos, preparemos la comida juntos!!”. lo invitó abriendo la puerta de la casa del joven maestro.
La(s) vuelta(s) de la vida (AU - Falkner)
falkner-johto:
—Si me quedo más, anochecerá. No puedo permitirnos eso. Siento pedírtelo, Senso, pero necesito que hoy más que nunca te encargues de tu hermano. En la carpa hay una caja metálica llena de hierbas con las que puedes hacer un excelente té que calmará sus ansias y nos dará más tiempo para conseguir el medicamento. Mandibuzz, quiero que tú te encargues del huevo. Es posible que nazca hoy, ¿quieres quedarte con Sirk para que cuide a Vullaby? —la hembra mayor asintió agradecida. Falkner abrió entonces la cápsula de Scyther. —Te quedas con ella, muchacho. Tus ojos en Vullaby, ¿de acuerdo? —el de las guadañas asintió también. —Y tú, Pidgeot… Sé que es difícil, pero tómatelo con calma. Nos vamos. Regresaremos mañana por la mañana a más tardar. Cuídense.
Dicho eso, cada Pokémon vociferó su nombre y el hombre de cabellos azules empezó a caminar junto a Heracross en dirección al pueblo.
Cuando por fin llegaron a su destino, Falkner y Pidgeot guardaron silencio unos instantes. Luego, se abrazaron instintivamente. A los dos los consumía la emoción de retornar a Ciudad Malva luego de pasar tanto tiempo viajando.
—Estamos… en casa. Otra vez.
Al entrar a la edificación se encontraron con un gimnasio poblado únicamente por el polvo que había tenido más de un año y medio sin abrirse. La última vez que alguien había entrado a la propiedad fue inmediatamente antes de comenzar el viaje junto a Bel (Falkner prefirió dejar algunos libros y objetos de valor en su gimnasio en vez de en la casa de Ciudad Fluxus, pues juzgaba más segura a su ciudad natal).
—En veinte años… —murmuró, y se le escapó una lágrima (no la primera del día, claro).
Pidgeot miró a los ojos al joven y le explicó que no tenía por qué ayudarlo en sus problemas familiares. Agregó además que veía un prometedor futuro en la unión con Bel, y que entendería que el humano decidiese priorizar su propia felicidad.
—No —rechazó contundentemente. —Prometí ayudarte y eso haré, Pidgeot. Nos lleve cinco, diez, veinte o cien años, encontraremos a tu familia —aseguró con firmeza. —Vi a Bel hace unas horas por última vez y ya la quiero conmigo de nuevo, es cierto, pero tenemos responsabilidades. Es momento de probar que Bel no impide sino que complementa —se acomodó el cabello. —Mañana mismo reactivaremos el gimnasio y comenzaremos la búsqueda simultáneamente.
—¿Cross-a?
—Mmmmm no es “preocupado” la palabra, simplemente estoy… cansado. Me molesta actuar con la presión del tiempo. El huevo, el corazón de Pidgeot, Senso, Bel… demasiadas tareas en las que el tiempo es nuestro enemigo. Es cansador, Heracross, pero sé que llegará la tranquilidad en algún momento. Hemos pasado cosas peores, ¿no crees?
—¡Her-crossa! Crossa, cross.
—Lo sé, lo sé —rió levemente. —¿Tienes sed?
—He —negó.
—Bien. Ya casi hacemos un kilómetro. Son cuarenta hasta el pueblo.
—Her-cross, ¡heracrosssa!
—¿Chistes? ¿En serio? No, ninguno, ¿tú sí?
La travesía que habían vivido junto a Bel les había dejado de regalo dos bolsas de dormir que se volvían extremadamente útiles si se vivía en un gimnasio sin amoblar. Humano y Pokémon despertaron en el suelo del primer piso tras una noche de sueño intranquilo. Tenían mucho por hacer.
Desayunaron bayas. Simplemente bayas, sin té ni tostadas. Solo bayas. No tenían mucho más que eso.
—Estás listo para pelear, ¿cierto?
—Geot —afirmó.
—Perfecto. Hoy volvemos.
Acto seguido, el peliazulado se puso de pie y fue a abrir las puertas del gimnasio. Lo invadía una necesidad que no tenía desde hacía años: quería que llegaran retadores, sin importar lo novatos o irrespetuosos que fueran. Quería que llegara alguien que le sirviera para probar que seguía siendo el mismo. Alguien que, además, pudiera sacarle de la cabeza (al menos temporalmente) el hecho de haberse alejado de ella.
Un niño de cabellos castaños se presentó en la torre a eso de las tres de la tarde. “¿Hola?”, dijo tímidamente sin atravesar la puerta.
Falkner se sobresaltó. Finalmente alguien había llegado.
Heracross se detenía ocasionalmente a oler rocas, pero luego de eso corría tan rápido que Falkner no podía condenarlo por retrasar la llegada al pueblo. Al contrario, envidiaba su capacidad de encontrar algo divertido en cualquier cosa que hiciera.
—¿Algo interesante?
—Crossa cross her-cro, ssa.
—¿En serio? —rió, creyendo que se trataba de una broma. —¿Y desde cuándo puedes tú predecir el clima con solo oler rocas?
Inmediatamente después, una ráfaga de viento más fuerte que lo normal golpeó la cara del hombre. Venía del este.
Metros delante de Falkner se encontraba, tirado en el suelo, Fletchinder inmóvil. Metros todavía más adelante de él se encontraba el niño, festejando eufóricamente el triunfo que él y su Sentret habían conseguido.
Falkner le entregó la medalla y le pidió con frialdad que abandonara la propiedad lo más rápido posible.
—¡Dargh! —gritó una vez que el chico se fue. —¡No es posible! ¿Qué hice mal? ¿Tú lo viste? —preguntó a Dodrio.
—Rrio —negó el Ave Triple.
—¡No hice nada mal! ¡Hice todo bien y salí mal, lo que significa que yo soy el problema!
El joven de Johto se sentó en el suelo y abrazó sus rodillas. Trató de calmarse y normalizar su respiración, mas no pudo.
—¡Dejé que me afectara, eso es! ¡Sacrifiqué lo único que sabía hacer por una verdadera estupidez! ¡¡¡Dejé que me afectara!!! Me arruinó la vida, ¡ella me arruinó la vida! —notó que estaba al borde del llanto, por lo que hundió la cabeza en sus rodillas para que nadie lo viera en esa situación. —¡La odio!
La tormenta era realmente devastadora. La criatura color azul tuvo que improvisar un refugio con los troncos de dos árboles que derribó para tal fin.
—¡Faltan más de veinte kilómetros! —gritó el hombre como para que se lo escuchase a pesar del viento y los fuertes truenos.
—Her, ¿a? —preguntó el Pokémon usando el mismo volumen en su voz.
—Que no importa si se detiene o no. ¡Si no deja de llover tendremos que avanzar bajo la lluvia! ¡No quiero desperdiciar más tiempo!
—¡Cross-a!
—¿Crees que llueva en el campamento también?
—Crossa, crossa, cross.
—De acuerdo, solo espero que estén bien…
Varios meses más tarde, Falkner había recuperado una buena porción de su autoestima. En promedio, de cada diez batallas, cuatro terminaban en victoria y entre las seis derrotas restantes solía haber dos a las que poco les había faltado para no ser derrotas. Además, la situación económica del muchacho se había regularizado, y ya tenía en su haber una suma de dinero que le permitía manejarse con mayor libertad.
Y eso no era lo único que había cambiado: Noctowl, Tropius, Dodrio y (por supuesto) Pidgeot se habían unido en una suerte de “división pesada” que, liderada por el peliazulado, no tenía más propósitos que hallar a los familiares del Pokémon Pájaro, el único del gimnasio que desconocía y al mismo tiempo tenía interés en su historia familiar.
La búsqueda había comenzado en el lugar en el que la criatura recordaba haber sido capturada. Los tipo Volador se dedicaron allí a entrevistar a cuanto ser vivo encontraron para preguntar por el paradero de algún pariente del imponente Pokémon del gimnasio de Ciudad Malva. Lógicamente aquello les llevó tiempo, pero algunas pistas comenzaron a aparecer en el décimo sexto día.
—¡Te prometo una gran comida para cuando lleguemos, te lo mereces!
Habiéndose quedado ya sin tiempo para desperdiciar, Falkner y Heracross corrían bajo la lluvia tratando de no resbalarse con el barro que poblaba la ruta.
—¡Dieciocho, dieciocho más!
—Raaa —se quejó el Pokémon.
—Es importante que hagas esto, te lo agradezco —dijo agitado.
—Ra, cross crrrros.
A continuación, ambos hicieron silencio creyendo que sería lo mejor para no derrochar energía. En el cielo se vislumbraba ya un poco más de claridad, pero seguía nublado. La lluvia no paraba, y ellos tampoco.
—Heracross —rompió el silencio el hombre.
—¿R-a?
—¿En qué se parece un billete a un zapato? —preguntó animado.
Un Ledyba aseguró no saber nada de la familia de Pidgeot, pero confesó estar asombrado por la sola idea de que un Pokémon tan majestuoso hubiera nacido en el mismo lugar que él. Dos Hoothoot mencionaron que, meses atrás, unos criminales habían creado un verdadero caos en el bosque que provocó el exilio de varios Pokémon (dato que habría sido útil si estuvieran buscando criaturas que llevaran meses desaparecidas, y no años como era el caso). Una Growlithe dijo que jamás había visto un Pokémon así, y que no tenía idea de que Pidgey (especie que conocía de sobra) pudiese evolucionar en algo tan grande. Un Stantler anciano tampoco pudo aportar nada respecto del paradero de la familia, mas habló de la existencia de un Farfetch’d (amigo suyo de toda la vida) que sabía absolutamente todo sobre las familias tipo Volador de la región. Al preguntarle, sin embargo, por el lugar en el que podían encontrar al Farfetch’d, Stantler respondió que llevaba tiempo sin verlo ni saber nada de él.
Tras dieciséis días, entonces, la investigación se había ganado un importante objetivo parcial: Farfetch’d. Encontrarlo podría arrojar algo de luz sobre la búsqueda principal.
Con ese objetivo en mente, los cinco dieron por terminado su trabajo de campo y regresaron al gimnasio para discutir sobre sus próximos movimientos. ¿Encontrar a un Pokémon salvaje en particular? ¿Acaso esa búsqueda no sería igual de complicada que la orignal? Según Falkner, no.
—No salió de la región, está aquí, en Johto —explicó el humano, sentado en la mesa junto a sus compañeros.
—¿Tu? —preguntó Noctowl.
—Pues, en primer lugar, es tentador decir que si abandonó su hábitat fue por causas mayores. Yo creo que esos incidentes que mencionaron los Hoothoot lo involucraron a él. ¿Recuerdan lo de los exilios? —los tipo Volador asintieron. —Bien, ahí lo tienen.
Múltiples dudas invadieron a los Pokémon en la habitación. ¿Cómo podía estar tan seguro Falkner de que Farfetch’d fue uno de los exiliados si ningún testimonio validaba esa teoría? Y más aun: ¿cómo podía saber que no había salido de Johto? ¡Podía estar en cualquier parte del mundo! Dodrio fue el primero en animarse a manifestar todas esas cuestiones.
—Sí, sé que es un poco retorcido, pero es lo único que tenemos. Piénsenlo de esta manera: Stantler era una criatura muy mayor, y se refirió a Farfetch’d como su… ¿qué era? ¿como su qué?
—Tuuwl, tuwwl.
—Gracias, sí, eso; amigo de toda la vida. Los “amigos de toda la vida” de los seres con vidas largas, son también seres con vidas largas, ¿cierto? Quizás hasta estemos buscando a alguien mayor que Stantler. En fin: ¿por qué alguien tan mayor querría abandonar su hábitat de un día para el otro? Obviamente algo lo obligó a irse. Quienes tienen amigos de toda la vida no los abandonan porque sí, ¿verdad?
—Rrio, do —confirmó Dodrio.
—Perfecto, entonces estamos de acuerdo en que se fue de allí porque no tuvo más opción. Ahora bien, ¿podría alguien tan mayor abandonar la región por su cuenta? ¿Acostumbrarse a otro ambiente? Incluso si eligiera irse a Kanto, una región cercana, ¿podría hacerlo solo? Los Farfetch’d tienen una vitalidad increíble en combate, pero no tanto en vuelo, y menos si hablamos de alguien… viejo. ¿Me siguen?
Ahora, el razonamiento tenía algo de sentido. No era la hipótesis más obvia del mundo pero era la única que podían elucubrar en ese momento, y ya habían desperdiciado demasiados días como para continuar entrevistando Pokémon (quizás en vano). Tras la aprobación de las cuatro criaturas a cargo de la búsqueda, Falkner prosiguió:
—Perfecto, entonces… ¿lugares en los que podamos encontrar a un Farfetch’d anciano, señores?
—Tuwwl, tuwl.
—Buena idea, tú irás allí mañana. ¿Qué más?
—Rrio, rrio, do.
—Peeh, geotto.
—Sí, excelente. Ustedes dos podrían ir en equipo a ambas rutas, ¿de acuerdo? —Pidgeot y Dodrio asintieron. Inmediatamente después, el peliazulado miró a Tropius.
—¿Peah, pius? —propuso el Planta/Volador.
—Mmmm… no lo sé, allí abundan los tipo Agua, ¿por qué un Farfetch’d anciano elegiría ese lugar para un exilio? Debe estar en una zona similar a la que tuvo que abandonar.
—Piiuus, pius.
—¿Un Farfetch’d en una cueva? Eso sería rarísimo. Al menos aquí, quizás en otras regiones se los encuentre así.
—Peeau, peah, ¡trreoop! —lanzó Tropius una nueva sugerencia.
—¿Una ciudad? Espera, ¿estás hablando en serio? Tropius, ¿crees que un Farfetch’d puede encontrarse en una ciudad? Me asustas, muchacho… ¡No se encuentran en zonas urbanas! Es un disparate, ¡una locura! ¡¿Podrías dejar de decir idioteces, por favor?!
La reacción del joven de Ciudad Malva sorprendió a todos, incluso hasta a él mismo. El silencio generalizado volvió incómodo al ambiente, y fue por eso que el chico no tuvo más alternativa que levantarse de su silla y encaminarse hacia las escaleras que lo conducirían hasta su habitación.
—L-lo siento, sigan ustedes —dijo antes de subir.
Media hora más tarde, Pidgeot ingresó al cuarto de su entrenador con sigilo. Las luces estaban apagadas y la noche no demostraba un gran poder lumínico a través de la ventana. Falkner estaba sentado en el borde de su cama, de espaldas a la puerta y contemplando las hojas de papel (claramente arrancadas de un cuaderno) que tenía en la mano.
—¿Qué harías tú en mi situación? —preguntó al ave sin apartar la vista de los papeles.
—¿Peh? —repreguntó Pidgeot, tratando de entender a qué se refería el humano.
—Quizás es que yo… —comenzó a hablar ignorando la repregunta. —Yo… ¿pasé mucho tiempo solo? Es decir, pasé la mitad de mi vida estando aquí, con ustedes. Jamás creí que necesitaría algo más. ¿Una soledad de diez años pierde contra un… contra un mísero viaje de un año? Pasé por el abandono de mi madre y la muerte de papá, todo gracias a que ustedes estuvieron conmigo. ¿Por qué esta vez no? Incluso es hasta menos grave, ¿por qué no puedo estar sin ella? La extraño, Pidgeot. La necesito conmigo, ¿por qué la necesito conmigo? —suspiró e hizo una pausa. —Llevo meses soñando que me despierta con el desayuno, pero al abrir mis ojos no veo los de ella, nunca. Y no importa cuántas veces me pase, siempre me ilusiono. ¿Y luego qué? ¡Luego debo fingir que no me importa y que lo que más quiero es que honremos el puesto de papá! ¿Sabes? ¡Al demonio el gimnasio! ¡Cuando estaba con ella no me importaba el gimnasio! ¡Aquí no hacemos más que estancarnos en lo que creemos que está bien! ¡Somos unos farsantes!
El maestro de los Pokémon tipo Volador se acostó en su cama sin soltar los papeles. Con los ojos cerrados, se revolvió el cabello usando la mano que le quedaba libre.
—Peh, peh… geot.
—No. Ya te dije que lo haremos de todas formas. No puedo condenarte a abandonar lo que quieres porque alguien más está sufriendo… No es… No es correcto… De hecho, olvida lo que dije, estaba enojado y no pensé correctamente, pero este gimnasio es lo más importante que tenemos, sí… Solo… solo necesito que me hagas un favor…
—¡Peh, geott! —aceptó con firmeza.
—Mañana por la mañana, ¿podrías llevarme a la 119? Un viaje rápido, y regresemos aquí justo antes de que ustedes empiecen con la búsqueda de Farfetch’d, ¿sí?
El Normal/Volador asintió dulcemente, y se retiró de la habitación. Falkner, tras agradecerle, volvió a observar los papeles que tenía en la mano y soltó otro suspiro.
—No es cierto, tú eres lo más importante —le dijo a las hojas.
Acto seguido, dejó los papeles sobre la mesa de luz e inauguró su serie diaria de intentos por quedarse dormido. A su izquierda, desde una hoja de papel, uno de los rostros de las Bel dibujadas pareció sonreírle.
—¡Derribo!
A la voz de “¡Rrrrrcros!”, Heracross embistió a uno de sus cinco rivales con toda la fuerza que pudo. Donphan, por supuesto, cayó debilitado, pero todavía quedaban otros cuatro y el Bicho/Lucha terminó algo lastimado tras su movimiento. Por fortuna, dos de los tipo Tierra se limitaron a utilizar Rastreo, y los dos restantes atacaron con Giro Rápido.
Por orden de su entrenador, Heracross debilitó a uno de los cuatro haciendo uso de su Contraataque, y llevó un tiempo
más derrotar al resto a fuerza de Demolición. Mas la batalla terminó a favor de Falkner y su atento compañero.
—¿Estás bien?
—Cross… ha… —afirmó agitado.
—Siento el Derribo inicial, no lo pensé bien. ¿Puedes seguir? No queda mucho.
—Crrroosss… crossssa.
—Si no los derrotábamos continuarían molestándonos y no podemos perder más tiempo, lo siento. Ven, déjame ayudarte.
El hombre de ojos azules tomó a su Pokémon por detrás del cuello y comenzó a caminar sosteniéndolo de esa forma.
—No tengo nada para curarte ahora, prometo que será lo primero que haremos ni bien lleguemos. ¡Demonios, ni siquiera alcanzo a ser la mitad de lo malo que era como entrenador cuando tenía el gimnasio!
—¿Ra…? Crros, crros-a.
—No hace falta que digas eso, sé perfectamente que estuve mal. Tratemos de evitar los combates en el camino o esto no terminará del todo bien.
—Cross… —suspiró.
El viento de la Ruta 119 llevaba más de un minuto haciendo flamear el cabello de Falkner y las plumas que nacían en la cabeza de Pidgeot. Ambos estaban inmóviles en su lugar, pero el humano llevaba mucho tiempo navegando por el tiempo y el espacio de la mano de su memoria. El árbol frente al cual estaba parado le traía los más terribles recuerdos; esos que, de tan buenos, lo atormentaban a diario. Cuando su mente regresó por fin al momento y al lugar que le correspondían, el peliazulado metió la mano en su morral y sacó una caja de madera de aproximadamente 20 x 30cm. Levantó la tapa para corroborar que todo seguía allí: ¿los dibujos que (sin saber dibujar) había hecho de Bel? Sí. ¿El espejo que le había comprado semanas atrás con la idea de dárselo cuando volvieran a verse? Sí. ¿La mitad del trozo de madera que le correspondía? Sí. ¿Las (casi) tres docenas de fotografías (con dedicatorias en el reverso) que había sacado con la cámara que ella le regaló? Sí, también. ¿Qué hay de la bufanda, esa que ella había tejido con sus propias manos? Sí. Oficialmente, estaba todo. Teniendo esa seguridad, Falkner dejó la caja en el suelo y agarró la pala que Pidgeot tan gentilmente se había ofrecido a llevar en el pico.
No recordaba haber hecho otro pozo antes, al menos no uno tan trabajoso. El agujero que hizo en la tierra contó con un tamaño quizás algo exagerado para el objeto que se introduciría en él, mas no importó.
Colocó la caja en el agujero, y arrojó la primera palada de tierra sobre ella. Inmediatamente después, se detuvo como si hubiera recordado algo, y suspiró.
—No puedo… Yo… No… No puedo…
Dejó caer la pala, y se agachó delante del pozo para limpiar la caja con una mano. Luego, extrajo la tapa y echó una (ahora sí) última mirada al contenido. Con pulso tembloroso tomó el trozo de madera. Lo apretó con el puño y volvió a colocar la tapa. Retomó luego su tarea, y la caja se vio totalmente enterrada en cuestión de segundos.
—Vámonos —ordenó a Pidgeot con seriedad. —Nada que hacer aquí, y mucho que hacer allá.
Al regresar al gimnasio; Noctowl, Dodrio y Tropius estaban listos para partir en busca de Farfetch’d. Falkner, cada vez con mejor ánimo, comentó que acompañaría a Tropius (creyendo que tendría una buena oportunidad para disculparse por lo sucedido la noche anterior), y pidió a los otros tres Pokémon que salieran cuanto antes para tener más tiempo para examinar las zonas que les habían sido adjudicadas.
Una niña se hizo presente en la puerta del gimnasio justo cuando Tropius y Falkner estaban por irse.
—Oh, no, joven… Verá usted, el gimnasio está…
—Trrrop, trop —interrumpió Tropius.
—¿Qué? ¿Seguro?
—Peeah, paeah, us.
Tropius sugería que aquella batalla, como cualquier otra, sería útil para que Falkner continuara su “entrenamiento”, y aseguró que la búsqueda de Farfetch’d no sería problema para él solo. El joven de ojos azules dudó unos segundos, y aceptó la propuesta permitiendo a la niña ingresar al edificio.
—Tres contra tres —explicó. —¡Permítame presentarle a Fletchinder! —exclamó después, arrojando con imprevista energía la cápsula del Fuego/Volador.
Las luces del pueblo, que ya se veían a lo lejos, reanimaron a Heracross y le dieron la fuerza necesaria para continuar la caminata por su cuenta en el último tramo.
—Ra, ¿cross?
—Dame un segundo.
El hombre nativo de Johto metió la mano en su morral marrón para sacar de allí a su obsoleto pero fiel aparato de telecomunicaciones. Presionó un botón, observó la pantalla y luego volvió a guardarlo.
—Dos y treintaicinco. Llegaremos antes de lo que yo creía, son buenas noticias.
—¿He…he-ra?
—¿Aquí? No lo sé, ¿por qué no esperamos unos metros más? Falta poco.
Heracross aceptó con tibieza; realmente quería detenerse a descansar y el hecho de que estuvieran haciendo tan buen tiempo fomentaba ese deseo, pero entendía que las cosas no estaban tan bien como para darse ese lujo.
—Ánimo, solo un poco más. Además, me gusta que tengamos estos momentos para conversar; parece que te llevas mejor conmigo que con mis Pokémon. Dime…
Fue así que el hombre dio inicio a una pura y exclusivamente sobre él y Heracross. Llevaban tiempo viajando, pero ninguno de los dos sabía demasiado del otro. Dialogaron sobre sus intereses, sobre su pasado, sobre cómo habrían querido que fuera como su pasado, y sobre el hecho de que Pidgeot y Mandibuzz hubieran formado una familia. De esa manera, no solo el conocimiento del uno sobre el otro fue incrementándose, sino que el camino que faltaba por recorrer se volvió más interesante.
Noctowl fue el primero en regresar al gimnasio sin novedades. Hora y media más tarde, Pidgeot y Dodrio aterrizaron frente a la puerta del gimnasio; ¿habían conseguido averiguar algo sobre el dichoso Farfetch’d? No, nada.
—Tranquilo, estoy seguro de que lo hallaremos. Además, aún no vuelve Tropius, quizás él haya tenido éxito.
Mientras los tres Pokémon comenzaron a sugerir nuevos lugares de búsqueda (la mayoría de ellos disparatados), Tropius se encontraba a unos cuantos kilómetros, remojando sus patas en el Lago de la Furia. Y no, no estaba solo, lo acompañaba otra criatura. Otra criatura de tipo Volador, que no tenía dos alas sino una sola con la cual sostenía un puerro.
El Planta/Volador llevaba mucho tiempo tratando de convencer a Farfetch’d de ir con él a Ciudad Malva, mas el Pokémon se resistía alegando que no quería dialogar con humanos (la primera vez que Tropius hizo el ofrecimiento, el Pato Salvaje aceptó gustoso, pero cambió de opinión al enterarse de que tendría que hablar con Falkner). Con miedo a mentir, Tropius trató de hacerle entender al anciano que su entrenador era persona amable y respetuosa con los Pokémon. Sin embargo, eso tampoco funcionó.
Tuvo que pasar otra hora más para que, en el tren de la conversación, Tropius descubriera que el ave que podría arrojar algo de luz sobre el paradero de la familia de su colega, tenía una seria obsesión con… las tartas. Según su propio testimonio, Farfetch’d robaba muy frecuentemente tartas a quienes se acercaban al Lago de la Furia para compartirlas con amigos. Además, admitió tener escondida en algún punto de la Ruta 43 (su lugar de residencia) una importante cantidad de tartas a modo de reserva por si pasaban más de dos días sin que pudiera robar alguna. Tropius, lento pero no tonto, supo que acababa de encontrar el punto débil que podría ayudarlo a cumplir su objetivo.
Al regresar al gimnasio, el ave de cuello largo rogó a su valioso huésped que se pusiera cómodo y fue directo a hablar con Falkner para explicarle la condición que el anciano había puesto para tratar de ayudar: diez tartas.
—¿¡Diez!? Es una locura, Tropius, ¿sabes cuánto tardaremos en hacer diez tartas?
Farfetch’d intervino desde la otra punta de la habitación diciendo la mitad de su nombre y moviendo la única ala que tenía. El maestro de los Pokémon voladores fue incapaz de traducir eso a un idioma comprensible, y pidió ayuda a Tropius. “Tengo tiempo”, resultó significar aquello en lengua humana.
Sin más opción, Sirk y Falkner se pusieron a trabajar. Era tarde como para salir de compras, de modo que debían cocinar con los ingredientes que tenían a mano. Pidgeot, ignorante de la cocina, se limitó a ayudar alcanzando utensilios a aquel que los necesitase.
De baya kouba. De carne. ¡De crema de leche! Puramente de tomate. De baya zidra. De mermelada de arándanos. ¡De pan humedecido con el jugo de la única yapati que quedaba! (Idea de Sirk). De queso y orégano. Ocho, ocho tartas.
—Lo siento, Farfetch’d —se lamentó el líder de gimnasio llevando a la mesa la última tarta. —No podemos más que esto, usamos esta noche los insumos que compramos para todo el mes, ¿podríamos llevarte las otras dos mañana?
El invitado se mostró ofendido. Bufó, arrojó su puerro sobre la mesa, y volvió a bufar. Luego, permaneció en silencio hasta que no pudo seguir soportando la tentación, y se lanzó a por una de las tartas.
—¡Fetch! ¿Fe? —exclamó el (ahora) alegre anciano, con el pico inundado de crema.
—Traap, iu —tradujo Tropius.
—Gran noticia. Come, te entrevistaremos al terminar.
Luego de haberse devorado al menos un tercio de cada una de las tartas, Farfetch’d se declaró satisfecho y se tumbó contra el respaldo de la silla que le había tocado. En esa posición, concedió el inicio de la entrevista levantando su ala.
Y así comenzaron las tan ansiadas preguntas. Se organizaron de la siguiente forma: cualquiera podía preguntar, pero Farfetch’d podía reservarse el derecho a contestar si el cuestionamiento era planteado por un humano. Por otra parte, Tropius se dedicó exclusivamente a traducir las respuestas para su entrenador; y Dodrio a transcribir en español cada pregunta y su correspondiente respuesta valiéndose de la máquina de escribir.
—¿Qué edad tienes?
—83.
—¿Y cuánto tiempo llevas viviendo en la Ruta 43?
—¿¡Cómo respondo eso!?
—No importa, ¿dónde naciste?
—En camino de arbolitos que está cerca de aquí… creo.
—¿Lo conoces a él?
—Déjame ver… sus plumas… sus plumas son como las de… ¡recuerdo, recuerdo!
—¿Qué recuerdas?
—En el camino de arbolitos yo era amigo de todos, pero principalmente de mi querido Stantler y de una pareja de Pidgeot que… que… ¡sí! ¡Tuvieron cría! ¿Esa cría eres tú? ¡Sorprendido! ¡No verlo desde que lo capturó un humano! Era Pidgey en ese entonces.
—¿Qué pasó después de la captura?
—Pidgeot y Pidgeot llevaban tiempo queriendo escapar de camino de arbolitos, pero cría no quería. Cuando el humano se presentó en camino de arbolitos y pidió permiso para capturar a Pidgey, Pidgeot y Pidgeot aceptaron con lágrimas. No querían perder a cría, pero la cría estaba emocionada con el humano y no se negaron.
—¿Los padres de Pigdeot abandonaron la Ruta 37 después de que lo capturaran?
—Sí. Camino de arbolitos les hacía extrañar a cría.
—¿Y hacia dónde se fueron?
—Norte.
—¿No sabes el lugar exacto?
—Sí, yo acompañé a Pidgeot y Pidgeot.
—¿Y cuál es el lugar?
—Okrima.
—¿¡Qué es eso!?
—Norte. Una región del norte con paisajes realmente bonitos y recursos ilimitados.
—¿Okrima? ¿Por qué no conocemos eso?
—Porque tiene paisajes realmente bonitos y recursos ilimitados. Y humanos malos.
—¿Estuviste allí con los padres de Pidgeot? ¿Están allí ahora?
—Pidgeot y Pidgeot murieron, yo perdí un ala en Okrima.
…
—De acuerdo, continuamos: ¿Cómo murieron?
—Okrima es una región bonita y mala. Humanos matan todo lo que no les gusta en Okrima, y Pidgeot y Pidgeot no se llevaban bien con los humanos de Okrima.
—¿Por qué no?
—Los humanos en Okrima no hacen lo que quieren, solo obedecen a un líder. Lo que el líder quiere, lo tiene; lo que no quiere, lo mata. Pidgeot y Pidgeot quisieron… resistirse… a ese líder, junto a otros Pokémon y yo. A muchos les costó vida, a mí un ala. Volví a Johto con mucho esfuerzo y no quise irme nunca más. No quiero Okrima, no quiero.
—¿¡Una región que desconocemos!? ¿No figura en mapas? ¿Podemos confiar en ti, Farfetch’d?
—Tú no, humano. Pero ellos sí. No le mentiría a ninguno, y menos al hijo de Pidgeot y Pidgeot.
—Bien, gracias… supongo… supongo que no necesitamos más.. Tropius te llevará de regreso a tu ruta, Farfetch’d, gracias por colaborar.
—¿Eso es todo?
—Sí, gracias. Mañana te llevaremos las… tartas. Ahora, por favor, creo que debo ir a hablar con Pidgeot.
—¿Humano detendrá la búsqueda?
—Eso creo, a menos que Pidgeot quiera…
—Pidgey nunca pudo escapar de Okrima.
—¿Pidgey?
—Pidgey, hijo de Pidgeot y Pidgeot y hermano de Pidgeot con entrenador. Pidgeot y Pidgeot tuvieron otro huevo al llegar a Okrima. ¡También lo vi nacer! Humanos de Okrima robaron a Pidgey y se deshicieron de Pidgeot y Pidgeot cuando ellos intentaron tenerlo otra vez. Intentaron matar a mí también, me encadenaron un ala mientras decidían qué harían conmigo. Yo quise escapar, y lo logré, pero tuve que dejar mi ala en Okrima.
—Espera, Farfetch’d, vamos despacio, ¿estás diciendo que Pidgeot tiene un hermano?
—Sí.
—¿Sabes algo más de él?
—Salí de Okrima sin ala al poco tiempo de que se llevaran a Pidgey, no sé más.
—Gracias. Terminamos.
Pidgeot había dejado de presenciar la entrevista desde el momento en el que se enteró de que sus padres llevaban tiempo muertos. En vez de continuar oyendo a Farfetch’d en la mesa del comedor junto al resto del equipo, el Pokémon Pájaro optó por retirarse hacia la habitación de su entrenador, en la que siempre había lugar para él. Permaneció allí en silencio, tratando de procesar la información. Tan concentrado estaba, que ni se percató de que Falkner había ido a sentarse a su lado ni bien se liberó de la entrevista. El humano contemplaba a la criatura alada en silencio, mientras trataba de armar una frase útil para un momento tan difícil. Obviamente, no existía tal frase.
—Creo conocerte un poco, ¿sabes? —susurró. —Creo conocerte tanto como me conozco a mí, porque sé que no somos muy diferentes. Y… estoy tratando de pensar… ¿cómo me sentiría yo? En tu situación… ¿qué haría yo? ¿Lloraría? ¿Te hablaría? ¿Te pediría que te alejes? ¿Te pediría que te calles (porque seguramente me hablarías)? ¿Qué haría? Y… y creo que llegué a una respuesta: me culparía. Me culparía a mí. Querría que lo peor me pase solo porque las cosas no salieron como esperé. Y, si te conozco, Pidgeot, no puedo permitir que hagas eso. No quiero que te culpes. Necesito que no lo hagas. No fue tu culpa, ¿sabes? Pasaste tiempo… mucho tiempo… creyendo que te habían abandonado y por eso te resistías a indagar. ¿Crees que de haber sabido a tiempo dónde estaban podrías haber evitado algo? ¡Ni siquiera sabemos dónde queda ese lugar! ¿Qué tal si es tan terrible como dijo Farfetch’d? Podría haberte pasado algo, Pidgeot, ¡podría habernos pasado algo! Pidgeot, no sé cómo habrían sido las cosas, solo quie-
El emplumado interrumpió el discurso de Falkner rodeándolo con sus alas en un abrazo sentido con el cual ambos perdieron la capacidad de contener las lágrimas.
—T-ienes un he-hermano, muchacho… un hermano en Okrima… —comunicó sin concluir el encuentro.
Durante los siguientes diez días, el gimnasio desempolvó una vieja costumbre: estar cerrado. No había ánimos de combate y medallas. Lo cierto es que Pidgeot salía de la habitación de Falkner solo cuando era necesario, y eso obligaba al humano a hacer exactamente lo mismo.
Con las primeras asunciones de la realidad (a los ocho días de la entrevista), el joven de Ciudad Malva solicitó a Dodrio y Noctowl que pusieran todas sus energías en averiguar todo lo que pudieran sobre la región de Okrima. Todavía no podían descartar la idea de que la historia no fuera más que un delirio de un Farfetch’d adicto a las tartas.
Las semanas siguientes transcurrieron entre enciclopedias, bibliotecas, mapas, y más enciclopedias. Los Pokémon, hartos de la falta de información, plantearon a Falkner la idea de descreer el testimonio del anciano y comenzar la investigación de cero.
—¿Nada? ¡Tiene que haber algo! ¿No hay mapas muy completos en la biblioteca de Ciudad Canal? ¡Quizás estamos buscando una isla muy pequeña!
Noctowl informó apenado que ya habían consultado cada mapa de dicha bibliotecta y no habían podido hallar nada. Tampoco en libros de historia universal, ni en las decenas de videos de discursos y exposiciones de exploradores mundiales que habían vieron en internet. Si Okrima realmente existía, su existencia estaba muy bien disimulada.
—Quizás… quizás… ¡quizás solo eran idiotas! ¿Por qué no hablamos con alguien más… culto…? ¿Llamaron a Cynthia?
Las aves negaron con la cabeza. Inmediatamente después, Falkner llamó a Tropius y le pidió que se comunicara con la campeona de Sinnoh a través del Videomisor.
—Saludos, Cynthia. Escucha, no tengo demasiado tiempo. ¿Qué sabes de un lugar llamado “Okrima”? Lo que puedas aportar servirá —habló al aparato una vez se estableció la comunicación.
—¿"Okrima" dices? Pues no tengo la menor idea. Si me dejaras investigar un poco, quizás podría encontrar algo, pero así en seco no sé nada, lo siento.
—Te lo agradeceré —dijo tras suspirar decepcionado. —Llámame ni bien tengas algo, te lo ruego.
Tropius cortó la llamada bajo orden su entrenador, quien se alejó del lugar refregándose el cabello. Repentinamente, se golpeó con fuerza el muslo izquierdo.
—¡Nada, nadie sabe nada! ¡Nos engañaron, eso hicieron! ¡Ese viejo estúpido quiso que lo llenemos de comida y nos hizo perder semanas buscando un lugar que no existe! ¡Ni siquiera sabemos si los padres de Pidgeot viven o no! ¡Farfetch’d jugó con la culpa de mi amigo! ¡¡¡Yo no voy a permitir eso!!! ¡Vayamos a buscarlo! ¡Vayamos a buscarlo ah-
El peliazulado se detuvo cuando su registro de ira le recordó que ya se había sentido así de violento antes. Casualmente, aquella vez también había sido con un Farfetch’d y el motivo de fondo también había sido un ser querido. Inhaló profundamente y trató de calmarse.
—¿Qué tal si es todo cierto? Es decir, Farfetch’d dijo que tenían muchos recursos y personas ambiciosas. Si a mí me gustara mi fortuna, no le diría a nadie que soy rico, ¿no creen? Vamos, ¿cómo podría un Farfetch’d mentirnos tanto?
Aquellas palabras hicieron dudar a los dos Normal/Volador, pero no convencieron a ninguno. Si aceptaban que no había información de la región en ninguna parte, ¿en qué se basarían para hallar al hermano de Pidgeot? El peliazulado sabía perfectamente qué hacer frente a ese problema.
—Si no hay información, la haremos nosotros.
Falkner tenía claro que poner en marcha su plan le llevaría meses, pero, tal y como lo prometió, no le importaría invertir toda su vida con tal de hallar a la familia de Pidgeot.
Tras meses (¡Trece!) de gimnasio abierto día y noche, los ahorros del muchacho fueron lo suficientemente grandes como para invertirlos en la que probablemente sería la compra más importante de toda su vida: una lancha a motor a la que bautizó “Dama Celeste” en honor a Pelipper. Dicha lancha fue el vehículo más costoso de su categoría debido a la considerablemente baja cantidad de combustible que consumía. A pesar de no ser sorprendentemente espaciosa, la lancha permitiría a Falkner y probablemente a uno o dos de sus Pokémon moverse con libertad mientras se adentraban en el océano.
Planear una expedición con tan pocas certezas era realmente atrevido incluso hasta para los más entusiasmados con la idea. Aun así, no solo nadie protestó jamás sino que todos colaboraron con los preparativos. El plan era no regresar a Johto hasta estar completamente seguros de que Okrima no existía y, para eso, lógicamente había que hacer muchas tareas previas.
La mayor parte de los salarios de Falkner posteriores a la compra de la lancha fue destinada a la adquisición de provisiones para el viaje (comida, combustible, medicamentos, etc). Sirk visitó el gimnasio de Elesa más de cien veces durante ese tiempo (quiso asegurarse de que vio a Galvantula todo lo que pudo antes de emprender tamaña travesía). Pidgeot, por su parte, entrenó más que nunca; se levantaba temprano y se proponía volar más rápido que en la mañana anterior; además de tener combates diarios con los Pokémon salvajes más duros de Johto.
Cuando llegó el día de la partida, el peliazulado se presentó muy temprano en la Administración de la Liga Pokémon de Johto. Regresó a su casa a mediodía, ni bien su renuncia al puesto de líder de gimnasio de Ciudad Malva fue aprobada. No había tiempo de ser nostálgicos.
Horas antes de montar la Dama Celeste, las preocupaciones de Falkner fueron incrementándose. ¿El viaje tendría sentido? ¿Encontraría lo que buscaba? ¿Volvería a su gimnasio? ¿Volvería a tener su trabajo? Y lo que sin dudas era lo peor: ¿regresaría a Johto con todos sus Pokémon?
El chico sintió la necesidad de hablarle a sus amigos mientras ultimaban los preparativos.
—Deténganse un momento, por favor… yo… necesito pedirles disculpas…
La duda se vio reflejada en los rostros de todas las criaturas del gimnasio, pero ninguno se atrevió a hablar.
—No puedo… no puedo arriesgarlos a un viaje que ni siquiera sabemos si va a terminar o no. Si lo que dijo Farfetch’d es cierto, visitaremos un lugar en el que nadie le teme a robar o herir y hasta matar Pokémon. Y no me perdonaría eso nunca, chicos. Es por eso que yo… yo… Lo siento…
Con esa última disculpa, el ex líder de gimnasio se acercó hasta Mamoswine con pasos cada vez más lentos.
—Mi muchacho peludo… —dijo, acariciándolo. —Fuiste un desafío para mí, ¿sabes? No sé por qué tardé tanto tiempo en conocer al Mamoswine fiel e incondicional que tengo ahora delante. Gracias por todo, Mamoswine. Quiero que te quedes con el gimnasio. Renuncié al puesto y pueden reemplazarme, sí, pero la propiedad es de mi padre y no pueden usarla. Es tu responsabilidad ahora, sé que no puede estar en mejores patas —lo palmeó.
Dejando atrás la expresión de sorpresa de Mamoswine, Falkner avanzó hasta Noctowl secándose una lágrima.
—¿Qué puedo decir de ti, muchacho? La primera cápsula vacía que arrojé es la que hoy te contiene a ti. Marcaste mi inicio como entrenador, Noctowl, y te lo agradeceré por siempre. Me harás mucha falta en el viaje, pero prefiero protegerte y apostar a que tengamos muchos otros viajes en el futuro. Noctowl, quiero que te quedes en la Ruta 119. Es a donde volveré algún día, y nada me haría más feliz que encontrarte allí entonces.
El siguiente fue Tropius, que llevaba varios minutos intentando no emocionarse.
—Tú no eres tan insensible como aparentas, ya lo sabemos todos —lo abrazó. —Tropius, siempre envidié tu personalidad en secreto. Afrontas los problemas a tu ritmo como si no te afectaran, y los resuelves sin importar lo que pase. Te admiro, Tropius, y te agradezco mucho que hayas querido ser parte de mi equipo. Quiero que acompañes a Noctowl. Me alegraría mucho que consiguieran un Videomisor para hablarme cada vez que quieran, pero entiendo que puede ser difícil. Gracias, Tropius.
Falkner permaneció en silencio unos segundos antes de dirigirse a Dodrio.
—¿Recuerdas cuando decíamos que nuestra madre dejó a papá por nuestra culpa? Lloramos noches enteras, jamás olvidaré eso. Jamás olvidaré que estuviste durante toda mi niñez, Dodrio. Confieso que por momentos envidio tu inteligencia y rapidez, pero mayormente me enorgulleces. Gracias, Dodrio, por tantos años. Quiero que continúes tratando de averiguar todo lo que puedas sobre Okrima junto a Cynthia. Le serás tan útil a ella como ella a ti.
Fletchinder fue el siguiente.
—Nunca me simpatizó Corelia, Fletchinder. Nunca pude perdonarle que te haya dañado el día en que nos conocimos. Eres la criatura más talentosa que conozco, muchacho. Un artista completo y un guerrero incansable. Te agradezco que hayas querido formar parte de esto. Quiero que protejas a Bel, pero sin que ella lo note. Quiero que vayas al lugar al que ella viaje siendo su sombra e incendiando a todo lo que quiera molestarla, pero sin presionarla. Es la persona que más quiero en el mundo, y me tranquilizaría mucho que estés a su lado. Gracias.
Con esa última despedida, Falkner dejó en claro quiénes lo acompañarían y quiénes no. Por supuesto, el momento no era alegre para ninguno de los presentes, que instintivamente se fundieron en un abrazo grupal.
—¡Gracias a todos, gracias, muchas gracias! —sollozó el peliazulado en medio del acto.
Horas luego, cuando la Dama Celeste tenía ya el motor encendido y a sus tripulantes a bordo, Pidgeot preguntó algo a su entrenador.
—No, estoy bien. Si todavía no entendimos que vivir es despedirnos de seres queridos, algo estamos haciendo mal —respondió, y pisó el acelerador.
El objetivo era Okrima pero, ¿el destino? Por lo pronto avanzarían hacia el norte, quizás lo suficiente como para que se convierta en sur. Durante los primeros momentos de viaje, las paradas en islas remotas se hacían día por medio, pero fueron espaciándose conforme el tiempo pasó. Después del primer mes, todos podían estar más de tres días sin parar en ninguna isla. A los seis meses, el récord fue de cuatro días y medio. Al año de viaje, cinco días. A los tres años, estar una semana sin parar en ninguna isla se volvió algo normal.
Lógicamente, hubo muchas falsas alarmas: islas que podían ser Okrima, islas que decían ser Okrima, islas a las que arribaron queriendo convencerse de que eran Okrima, e islas a las que les rogaron (¡por Arceus!) que fueran Okrima.
¿Se perdieron en algún momento las esperanzas? No, jamás. Falkner había dejado atrás todo aquello que lo hacía feliz para ver feliz a su mejor amigo, y siempre tuvo eso presente. Regresaría a Johto solo cuando estuviera convencido de que Okrima no existía.
—¡Hola, mis muchachos! Pidgeot y yo hablábamos de ustedes hace unos minutos, ¿cómo están? —preguntó el peliazulado con el Videomisor en la mano.
—¡Tuwl, tooowl! Tttuuuwl, tuuw, nooc tuuuwl.
—Me alegra oír eso. ¿Y Tropius?
—Tuwwwl, tuwl, toowl.
—Oh, no hay problema. Dile, cuando lo veas, que lo extrañamos.
—Nooc-tu.
—De acuerdo, Noctowl, te llamaremos en la noche, estamos a punto de parar. Cuídense —rogó, y dio por finalizado el llamado.
Habían pasado seis días desde la última parada. Pidgeot y Sirk ardían en ganas de darse un baño. La Dama Celeste se detuvo a orillas de una isla de gran tamaño, y los navegantes pisaron tierra.
—Mójense ustedes, yo voy a hacer compras. ¿Quieren algo en particular?
Pidgeot, Sirk, Vullaby y Zubat negaron con la cabeza, habilitando a Falkner a caminar rumbo a la civilización.
Lo primero que quiso comprar el ex líder de gimnasio fue, lógicamente, combustible. Las calles desiertas fueron de gran ayuda en la tarea de desplazarse velozmente hasta la primera ferretería que identificó.
Dos personas esperaban ser atendidas cuando el chico ingresó en el local. No se oía allí más ruido que el que hacía el televisor.
“…una excelente alternativa para ignorar cualquier adversidad en este verano. Continuando con el plano político, se llevó a cabo esta semana la Reunión Mensual de Control Interterritorial de la que participaron los dieciocho comandantes de…”
—¿Quién sigue? —preguntó el dueño del local.
—Yo —contestó un hombre, adelantándose.
“Entre los temas a tratar, la erradicación de conductas sospechosas volvió a jugar un papel fundamental. Escuchamos las palabras del Comandante a cargo del Territorio XII”.
Cuando Falkner comenzaba a impacientarse, el ferretero le llamó la atención; había llegado su turno de ser atendido. Para establecer contacto visual con el hombre, la mirada del maestro de los Pokémon voladores tuvo que pasar obligatoriamente por el televisor. Con esa ojeada, el chico alcanzó a ver a un hombre hablar junto a un Pokémon, y rodeado a su vez de otros hombres junto a otros Pokémon. La tercera de las criaturas (en sentido izquierda-derecha), captó su atención entonces. Se trataba de un Pidgeot muy serio y con postura imponente junto a otro hombre que quería dar la misma sensación. Falkner se sobresaltó, y empezó a oír lo que decía el hombre que estaba en el centro de la imagen.
“…nuestros hijos! Vaya este mensaje para los habitantes de mi territorio: ¡piensen a futuro! Lo que estamos haciendo no es dañar, es mimar con fuerza. La obediencia es el mejor repelente. Muchas grac…”
—Chico, ¿qué vas a querer? —preguntó el ferretero. Falkner no respondió, embobado con la transmisión televisiva.
“Las palabras del Comandante fueron sin duda lo más destacado de la jornada. Todos los gobernantes legítimos (la gran mayoría) adhirieron a esa postura en sus respectivos discursos. Sobre este tema, no podemos dejar pasar las palabras del Comandante a cargo del Territorio VIII, tan eufórico y conciso como siempre: «Me parece un buen momento para pensar…»”
La cámara enfocaba ahora al hombre junto a Pidgeot. Los ojos de Falkner se abrieron a más no poder. El ferretero perdió la paciencia.
—¡Joven, no tengo todo el d-
—¡Ese Pidgeot es…! ¡Es él!
“¡Mi función aquí es mantener el control, y eso haré! ¡No me temblará el puño al momento de combat…”
—¡Si no vas a comprar nada, retírate o llamaré a la policía!
«…hordas de rebeldes… ¿Qué quieren que diga? ¿Que les temo? ¡Soy gobernante, señores! Y estoy y estaré aquí go-ber-nan-do…»
El ferretero pulsó un botón escondido debajo de su mostrador y se alejó unos pasos. Falkner, totalmente absorbido por lo que veía, todavía no reaccionaba. No podía dejar de observar los movimientos de aquel tipo Volador.
«Creo que no tengo nada más que decir. Felicito a mis compañeros por tan magnífica exposición, e incito a los habitantes de mi territorio a cooperar con las fuerzas para hacer de esta vida…»
—¡¡¡Es Pidgeot!!! —concluyó Falkner eufórico, y se dispuso a regresar corriendo a la calle.
Por desgracia, se topó en la puerta del negocio con dos uniformados que le cerraron el paso.
—¿Algún problema, señor? —preguntó uno de los oficiales.
—¡¡¡Pidgeot!!! ¡Es…! ¡Pidgeot! ¡Yo… él! Lo siento, debo irme —intentó abrirse paso a través de los hombres, pero lo detuvieron.
—Si no se calma no podemos dejarlo ir.
—¡Pero Pidgeot! ¡Es Pidgeot! ¡Ese Pidgeot es…! ¡Yo…! ¡Encontramos! ¡Él es…! —el chico trató de dejar de lado la emoción que sentía para explicar lo que le estaba sucediendo. Decidió hacerlo de una forma mucho más efectiva: —¡Mire! —gritó, y volteó para señalar el televisor.
Segundos luego, sintió un golpe en la nuca lo suficientemente fuerte como para hacerlo caer al suelo. “Se lo advertimos”, fue lo último que oyó.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya no estaba en la ferretería. Tampoco en la calle, ni sobre la Dama Celeste. Estaba en una celda gris cuya iluminación se basaba únicamente en la pequeña ventana enrejada que estaba en la pared del fondo. Entraba mucha luz por allí, lo que le dio la pauta de que todavía era de día. De hecho, entraba demasiada luz, y recordaba al Sol cerca del horizonte cuando arribó a la isla. Intentó ponerse de pie para corroborar la teoría de que había pasado varias horas inconsciente, mas las esposas que amarraban su mano izquierda a una reja se lo impidieron. Quiso romperlas, pero recordó que el acero era algo difícil de romper. Tanteó sus bolsillos queriendo encontrar la ayuda de Pidgeot, pero recordó que se había desprendido de él antes de ir por combustible. Luego, recordó sus sospechas de que había pasado toda la noche en ese lugar, y enloqueció: ¡sus Pokémon posiblemente llevaban más de medio día sin saber nada de él! Gritó, pidió por algún responsable, amenazó con hacer demandas y hasta con destruir la celda a golpes. Así y todo, nadie se hizo presente. Ni con cinco minutos de gritos, ni con diez, ni quince, ni treinta, ni una hora. Nadie apareció nunca; las esposas no se rompían; y Falkner había pasado de la ira al llanto por no saber dónde estaban sus Pokémon. Lloró. Lloró. Trató de romper las esposas. Lloró. Y lloró más hasta quedarse dormido.
Lo despertó una explosión que pareció ser cercana. Al tener de nuevo todos sus sentidos en alerta, descubrió que también podía oír una voz humana. Dos minutos más tarde, otra explosión. Tras ella también pudo captar una voz humana, e incluso la de un Pokémon.
La tercera explosión no solo la oyó sino que la vio, pues causó un enorme agujero en la pared del fondo de su celda. Al quitarse la mano de los ojos, vislumbró dos siluetas a través del polvo.
—¡Vaya, un dormilón! ¿Cómo pueden dormir en un lugar tan feo y sin colchones de resortes? Jamás lo entenderé—comentó una voz femenina. —¿Estás encadenado?
Cuando logró salir del asombro y pudo vencer el miedo, Falkner asintió.
—Encárgate, Heracross —ordenó la joven.
—Her-a —respondió el Pokémon.
Acto seguido, la criatura azul se acercó al prisionero y colocó su cuerno debajo de la cadena que unía las esposas. El cuerno comenzó a emanar luz blanca, y Heracross lo elevó con violencia. Las esposas se rompieron.
—Estupendo. ¿Te hirieron, chico?
—N-no… —respondió Falkner ni bien pudo levantarse.
—Perfecto, espérame bajo aquel árbol. Vamos, Heracross, aún quedan tres cel-
—Espera, ¿eres de los que me metieron aquí?
—¿En serio? No lo sé, no parezco ser muy talentosa en eso de encarcelar gente, ¿no crees? Por allí, Heracross.
El peliazulado se asomó por el agujero de la pared y contempló a la joven alejarse con su Pokémon. Luego, miró al árbol que se le había señalado. Bajo la sombra del mismo había otras tres personas. Falkner se sumó a ellas, y esperó a entender la situación.
Se mantuvo al margen de la conversación que se generó bajo el árbol hasta que la chica de largo cabello y su Heracross volvieron a aparecer en escena.
—Bien, ¡ustedes son todos! Siento la desprolijidad, pero la rebeldía tarda en llegar a las fuerzas —rió la jovencita, haciendo reír al resto de los presentes, a excepción de Falkner.
—Disculpa, ¿qué rebeldía? ¿Qué es esto? ¿Dónde est-
—Wow, wow, despacio, chico. ¿Cuánto tiempo llevabas ahí? ¿Dos siglos?
Nuevamente, todos menos Falkner comenzaron a reír. Al ver que la desorientación en el peliazulado era real, la (¿)entrenadora(?) de Heracross comenzó a explicarse:
—Creo que no eres de por aquí, ¿cierto? Tenemos que trabajar con los medios de comunicación, pero no es lo que más nos importa ahora. En fin, ¡bienvenido a Okrima! Creo que preferirás la versión corta para que no pase a ser yo la que te tenga prisionero —rió. —La Resistencia de Okrima lleva décadas combatiendo a los regímenes que se instalaron por la fuerza hace tiempo y nos cortaron la comunicación con el exterior. Nadie sale, nadie envía cartas, nadie exporta.
Tú tienes suerte, chico, llegas justo cuando la Resistencia acaba de tomar el control de este territorio. La rendición del Comandante a cargo de este, el Territorio VI, se logró hace muy poco tiempo. Y, por desgracia, todavía no pudimos “desprogramar” a las fuerzas policiales, que encarcelarán prácticamente a todo lo que se mueva. De hecho, tenemos que demoler estas celdas, fueron creadas específicamente para los que “molesten” en la vía pública. Una locura. Ya, más tarde podemos conversar sobre lo difícil que es ordenar las cosas, pero creo que te vendría bien airearte un poco.
En realidad, Falkner dejó de prestar atención luego de haber descubierto que se encontraba en la polémica Okrima. Había confirmado la existencia de la región de la mejor manera posible: pisándola.
—Bien, señores, les pido perdón nuevamente. Yo me marcho, ¡este pueblo no se hace solo! —exclamó la chica, y, con una mano en alto, se alejó junto a Heracross.
Los liberados comenzaron a dispersarse en lo que Falkner trataba de asimilar que estaba despierto. ¡Todo había salido bien! ¡El viaje había valido la pena! ¡Había… “Espera, ¿y Pidgeot? ¿Qué hay de Sirk? ¿La Dama Celeste? ¿Y el Pidgeot de la televisión? Qué demonios…”, pensó el joven.
—¡Espera! —gritó a la señorita que se alejaba. —¡Mis Pokémon!
—¿Qué Pokémon? —preguntó la mujer, visiblemente preocupada.
—Yo… Necesito ayuda… Llevo años esperando este momento y… y… ¿Cómo te llamas?
—Qué modales los míos, es verdad. Esmeralda, ¿y tú?
—Fal-
—Eh, momento —lo interrumpió tras chistar. —Lección número uno de Okrima: no es conveniente dar tu nombre a un completo extraño.
—Oh, pero tú…
—Es un sobrenombre. Mi novio comenzó a llamarme así hace mucho por el color de mis ojos, y lo adopté yo misma la primera vez que me metieron en prisión. Ahora sí, ¿cuál es tu nombre?
—Pegaso —contestó el chico, recordando a la criatura mitológica de la que tanto habló siempre Dodrio.
—Un gusto, Pegaso. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?
Aquella conversación fue el primer paso concreto que Falkner pudo dar en su búsqueda después de años. Tras explicarle a Esmeralda su situación, la chica se contactó con uno de sus aliados a través de un artefacto extraño y le preguntó si había visto un grupo de Pokémon tipo Volador. La voz del otro lado pidió unos momentos para revisar (y de paso desmantelar) las celdas en las que se encarcelaba a las “criaturas potencialmente peligrosas”. Mientras esperaban, Pegaso preguntó por el Pidgeot que vio en la televisión.
—¿Senso, dices? Agh, odio llamarlo así, odio usar cualquier palabra que usen los comandantes. Es el “Pokémon Institucional” del Comandante del Territorio VIII. Se supone que los Pokémon Institucionales deben ser el ejemplo a seguir de cualquier criatura que no quiera ser catalogada como peligrosa, pero en realidad son lo que usan los comandantes para demostrar poder. Se pelean por ver quién tiene el Pokémon más majestuoso, raro e intimidante, otra estupidez.
Pidgeot, Sirk, Vullaby y Zubat habían pasado, efectivamente, toda la noche en uno de los Centros de Detención de Criaturas Potencialmente Peligrosas (CeDeCriPP). Fueron capturados por un oficial que los encontró circulando en medio de la noche buscando a su entrenador. Esmeralda condujo a Pegaso hasta dicho lugar, y el esperado reencuentro tuvo lugar entonces.
—Supongo que se enteraron de mala manera el lugar en el que estamos, ¿cierto? —bromeó Falkner, recibiendo como respuesta no más que un abrazo de Pidgeot al que se sumaron sus otros amigos. —Bien, ¡ya sabemos dónde está tu hermano, Pidgeot! Esmeralda dice que es el Pokémon Ins-
—Espera, ¿quieres robarte a S-ese Pidgeot?? —interrumpió Esmeralda, tentada de risa.
—No, solo queremos hablar con él. Verás, mi Pidgeot es su hermano. Solo queremos… conocernos.
—Chico, lección número dos: intenta tocar a algo que le importe a algún Comandante o cualquiera cercano a él… y despídete de tu cabeza. ¿Qué pensabas? ¿Ir al Territorio VIII y pedir hablar con el Pokémon Institucional?
—No estoy metido en conflictos internos, no veo por qué no me recibirían…
—¡Lo estarás si haces esa estupidez! ¿Crees que habría Resistencia si los comandantes nos recibieran así porque sí? ¿No eres tú el mismo que rescaté luego de que encarcelaran por levantar un poco la voz? Estamos en lucha, Pegaso, esto es algo serio.
No fue aquella la última de las lecciones sobre Okrima que Falkner tuvo que aprender. Incorporarse a la Resistencia le demostró que todavía faltaba mucho para que su objetivo pudiera cumplirse, pero también que no soñaba con un imposible.
Poco a poco, el ex líder de gimnasio fue conociendo el entramado de la región invisibilizada. La Resistencia, por ese entonces, tenía ganado un tercio de los dieciocho territorios que componen Okrima. El peliazulado conoció a varios de los comandantes impuestos por la organización popular, e incluso llegó a entablar una amena relación con quien quedó al frente del Territorio VI (quien resultó ser también el novio de Esmeralda). Pronto, su colaboración se volvió imprescindible en la erradicación de las secuelas del régimen autoritario que supo atacar el Territorio VI: destruyó celdas (obviamente junto a Pidgeot, Sirk, y, a veces, también el Heracross de Esmeralda), pintó edificios en mal estado, administró por un tiempo los recursos de una pequeña localidad del territorio, y hasta llegó a reeducar a los efectivos policiales que tenían la cabeza lavada luego de tantos años de gobierno sin escrúpulos. Llevó tiempo (cuatro años… y algunos meses más), pero el pueblo recuperó el control total de su territorio.
Cuando la libertad por fin se arraigó firmemente en el Territorio VI, fue momento de continuar. La Resistencia no iba a conformarse con la tercera parte de Okrima. De hecho, una de las expresiones de euforia más populares en las reuniones de los rebeldes era “¡Todo para todos!”. Y para que todo fuera para todos, había que continuar con la liberación.
Incluso después de tantos años de colaborar en la organización, a Falkner le esperaban experiencias nuevas en su “etapa Pegaso”. Cuando el tema a tratar pasó a ser “el nuevo territorio a liberar”, la Resistencia comenzó a reunirse mucho más seguido (a veces hasta más de una vez por día). Organizar la invasión del Territorio VII no era tarea fácil: ¿Cuál sería el lugar más seguro para establecerse? ¿Cómo atacar a las fuerzas de seguridad? ¿Deberían pedir ayuda a rebeldes de territorios colindantes? De ser así, ¿cuánta ayuda? ¿Quiénes estarían al frente de los combates?
—Señores, ¡señores! ¡Silencio, por favor! —gritó el Comandante a cargo del Territorio VI cuando se aseguró de que había suficiente gente como para dar inicio a la reunión. —Estamos aquí para discutir lo propuesto por José Luis. Por favor, levanten la mano quienes no la conozcan para poder explicárselas.
No más de diez personas levantaron sus manos en ese momento. Falkner las miró con cierto rencor, ¿cómo podían no estar al tanto de lo que sucedía y llamarse a sí mismos “rebeldes”?
—Bien. Procedo a detallar: José Luis conserva los planos de los acueductos subterráneos de la región desde sus épocas de trabajador estatal, y propone utilizar como base de operaciones provisoria a este tramo que podrán ver en los planos —levantó el papel para que todos pudieran verlo. —Si no alcanzan a verlo, les ruego se acerquen aquí para poder examinarlo antes de votar. Según él, ese tramo es espacioso y no tiene conexión directa con el exterior. Además, nos asegura que las paredes subterráneas que separan el Territorio VI del VII no son tan robustas, y podremos destruirlas para avanzar hacia allí sin pisar jamás la superficie. Voy a darles cinco minutos más para deliberar, y luego les pido que levanten la mano los que estén de acuerdo con la propuesta. Gracias, señores, ¡por todo para todos!
La votación la ganó el “sí” con 191 votos sobre un total de 253. Y como el resto de las decisiones estratégicas ya estaban tomadas, solo restaba ponerse en marcha.
El Territorio VII se fue convirtiendo paulatinamente en el hogar de la Resistencia. Un dato curioso es que lo más doloroso de esa transición no tuvo que ver con infraestructura o movilidad, sino con sentimentalismo: para todos fue difícil afrontar la realidad de que Esmeralda vería cada vez menos a su novio, pues este no podía abandonar su puesto como Gobernador del Territorio VI.
La guerra había comenzado, y no era la primera vez que los rebeldes participaban en una. Primero tomaron una porción de acueducto; luego de meses, una localidad entera; luego otra; luego de afianzar ambas, consiguieron una tercera. Distrito a distrito se fue eliminando el régimen, y Falkner, por supuesto, no fue un colaborador pasivo.
—¡Protección! ¡Sirk, Tajo Umbrío! —ordenó el peliazulado, con la rapidez suficiente como para que Pidgeot protegiera a buena parte de sus aliados de las balas de los rifles enemigos, y Sirk pudiera rematar al Sigilyph enemigo de una buena vez. —¡Ve al Sector Tres, Pidgeot, dale el reporte a Esmeralda! ¡Sirk, Doble Golpe!
Luego de controlar la situación, Pegaso regresó al acueducto en el que estaban Vullaby y Zubat. Les había pedido que se resguardaran allí hasta que todo arriba fuera seguro para luego llevarlas hasta el interior de lo que fue el Edificio Municipal y ahora era una Base Superficial de la Resistencia.
Con ambas hembras en brazos, el hombre de cabello azul comenzó a correr hasta la base. Mientras lo hacía, pudo ver cómo Pidgeot no pudo alejarse demasiado por tener que detenerse a pelear con un Braviary enemigo. Pudo contemplar también cómo metros detrás de él un Salamence se acercaba a enormes velocidades con intenciones poco amistosas.
—¡¡¡Muchacho, cuidado atrás!!! —gritó Pegaso, mas estaba demasiado lejos de su amigo como para que este pudiera oírlo.
Milésimas de segundo más tarde, Vullaby fue la que no soportó la desesperación y saltó desde los brazos del humano para correr a socorrer al Normal/Volador.
—¡Vullaby, no! —rogó, el hombre, y comenzó a seguir a la hembra.
Lo cierto es que Vullaby estaba alcanzando a pie una velocidad impresionante, y a Falkner le fue imposible seguirle el ritmo. La Siniestro/Volador abrió el pico en su máxima extensión y dio un salto impresionante antes de rodearse de luz. Sus patas crecieron, su cuello se estiró, y su cabeza se agrandó, pero, por sobre todas las cosas, sus alas aumentaron cuatro veces su tamaño. Falkner dejó de correr, y Mandibuzz interceptó a Salamence con una embestida que lo dejó inconsciente en el acto.
Así, en medio de una importante batalla campal, Pegaso no pudo evitar detenerse a admirar la valentía de Vullaby y la fuerza de Mandibuzz.
—Quizás… quizás algún día ella haga algo que no me sorprenda —susurró a la jocosa Zubat, dejando caer una lágrima.
“…sión cubriendo un importante acto oficial en vivo desde la Casa de Gobierno del Territorio VII; escuchamos al Comandante a cargo: «Secretarios de comando, medios de prensa local, representantes militares: no es mi intención aquí dar un discurso extenso, ni tampoco engañarlos con un mensaje esperanzador que no siento real. Ante el incontrolable avance de las fuerzas rebeldes, es mi deber comunicarle a la sociedad la rendición de las fuerzas del Territorio VII que, a lo lar…»”, y una furiosa ovación tapó el sonido de la televisión en la Base Superficial. Todos los miembros de la agrupación se abrazaron con quien tenían a su lado. En el caso de Pidgeot, fue Mandibuzz. En el caso de Falkner, fueron Sirk y Zubat, pero también levantó el puño mirando a Esmeralda (ubicada en la otra punta del salón junto a Heracross).
—¡Atención, por favor, atención todos! —calmó a todos la mujer de pelo largo minutos luego de anunciada la rendición. —¡Antes que nada: felicitaciones! ¡Hicimos justicia una vez más! ¡Un nuevo territorio que recuperamos para nosotros, para nuestros hijos! —los presentes volvieron a enloquecer, y Esmeralda tuvo que calmarlos nuevamente. —¡Quiero decirles que es un honor formar parte de esto! Y agradecer también a mi compañero de toda la vida, que a pesar de estar resistiendo desde otro lugar, nos acompañó siempre. También, y esto es muy importante, pedirles un fuerte aplauso para Pinzas… —hizo una pausa para que estallara la ovación, y luego trató de hablar sobre ella. —Cuya ayuda técnica fue importantísima durante estos dos años de combate… ¡gracias, Pinzas! ¡Y a Pegaso también, claro que sí! ¿Qué sería de nuestro batallón sin Mandibuzz, Pidgeot y ese Scyther? ¡Los guerreros más feroces del mundo tienen alas, compañeros! ¡Y ahora los invito a instalarse en esta, nuestra casa! Y a prepararse para los festejos de esta noche, ¡hagamos de esta la recuperación más alegre de todas, compañeros!
Los gritos volvieron a descontrolarse en el interior del antiguo Edificio Municipal. Abrazos, silbidos, remeras voladoras, cánticos y demás manifestaciones de alegría que, lejos de irritarlo, hicieron que Falkner abandonara el edificio con una sonrisa.
Ya de noche, Falkner escribía en un cuaderno cuando Pidgeot ingresó a su carpa y preguntó por qué no estaba en la fiesta.
—Vamos, Pidgeot, no estoy en contra de que festejen por lo logrado pero sabes que eso no es para mí.
—¡Geott-to!
—Claro, y estoy muy feliz de haberlo logrado.
—Geh, ¿tto?
—No lo sé, no es para mí.
Mandibuzz y Pidgeot pusieron fin al conflicto arrastrando a su entrenador al Edificio Municipal en el que tenía lugar la fiesta. Esmeralda era quien recibía a los invitados y les agradecía por el esfuerzo, de manera tal que los tipo Volador dejaron a los humanos juntos antes de irse a disfrutar de los festejos.
—Te arrastraron, ¿no? —preguntó Esmeralda entre risas.
—¿Tú qué crees?
—Sí, imaginé que no querrías venir. Yo tampoco tenía muchas ganas pero, ya sabes, mi responsabilidad está con ellos.
—Oh, vamos, ¿tienes responsabilidades todo el tiempo? La fiesta es para ti también, ¿no tienes derecho a disfrutarla no disfrutándola?
—-Es cierto, sí…
—¿Por qué no te vas entonces?
—¡Wow, despacio, sargento Pegaso! —ironizó divertida. —De acuerdo, salgamos de aquí.
Habían pasado meses desde la última charla informal de Esmeralda y Falkner, pero nunca antes hubo una tan larga como la que se dio al huír de la fiesta. Al hombre de ojos azules le resultaba interesante no hablar, aunque sea momentáneamente, de tácticas y estrategias.
—¡Bromeas!
—¡No, es en serio! ¡Cientos de Joltik!
—Por Arceus, qué espanto —rió. Esmeralda también prefería escuchar anécdotas divertidas de Pegaso de vez en cuando. —Y qué, ¿saliste con ella?
—¡No! —dio un paso hacia atrás. —Por el cielo mismo, ¡no! Sirk y su Galvantula se querían mucho, pero, ¡ogh!, no más que eso.
—Eh, Pegaso, ¡no somos niños! ¿No dijiste que era modelo?
—Sí, precisamente —carcajeó, y su compañera lo imitó.
—Pero, en serio, nunca te he visto con nadie. Y las guerreras vemos todo, que te quede claro.
—Bueno, sucede que… Es largo de explicar. Y aunque te lo contara, no oirías la historia terminada.
—¿Y qué tal si quiero oírla?
—Lo siento, no corresponde.
—Bah, ¡Pegaso! ¡Tú no correspondes!
Acto seguido, Esmeralda le dio al diálogo el desenlace esperado. Tomó a su interlocutor por sus hombros y “redujo a cero” la distancia que había entre sus labios. Falkner demoró en reaccionar, y decidió entregarse una vez que lo hizo. Cerró los ojos para olvidarse del contexto en el que se encontraba y limitarse a vivir lo que estaba viviendo. Estuvo cómodo varios segundos, hasta que se le ocurrió utilizar la imaginación para creerse a sí mismo fuera de Okrima. Más precisamente en Hoenn, en la Ruta 119. Trató de visualizarse a sí mismo unos cuantos años más joven, y de sentir que su compañera no era quien realmente era sino la que él quería que fuera. Pensó que podía engañar a su cerebro, pero se equivocó. En poco tiempo, la culpa hizo de aquella farsa una verdadera tortura.
—Esmeralda, yo… —dijo, esforzándose por tomar distancia.
—Malena —corrigió, y volvió a unir su boca a la del hombre.
Ante esa obligatoria segunda oportunidad, Falkner trató nuevamente de disfrutar el momento. Y fracasó, también nuevamente.
—No —alejó a la mujer empujándola con las manos bajo el cuello. —No es real. No puedo.
Esmeralda (finalmente Malena), se sintió frustrada, y dedicó los segundos posteriores a observar a Pegaso con curiosidad.
—Tienes razón —concluyó la mujer. —No corresponde. Descansa, Pegaso —se despidió, y regresó a la fiesta.
—Seis unidades de Propanzol, por favor.
—No puedo venderle Propanzol sin una receta.
Tras bufar, el hombre de ojos azules sacó de su morral un talonario y arrancó uno de los papeles para entregarlo al hombre de la farmacia que, inmediatamente, fue al cuarto colindante a buscar lo que le habían solicitado.
—Farmacéuticos, no pueden hacer nada sin recetas —se quejó el hombre.
—Her-her —rió Heracross.
Bel se encontró a sí misma en el bar del hotel pasada la media noche. Las agujas de su reloj de pulsera anunciaban que faltaban veintiún minutos para la una de la mañana. Había sido un día largo, merecía estar allí disfrutando de revolver su bebida nocturna.
Dos partes de café, una medida de licor de chocolate, cuatro cucharadas de crema batida y dos de leche condensada yacían en una taza alta aguardando ser ingeridos por la mujer de cabellos rubios y gafas de color rojo. Ella estaba con la vista fija en un cuaderno que utilizaba como un pequeño diario. No era que se ponía a redactar extensos párrafos sobre su día a día y sus sentimientos en cada jornada, sólo hacía puntilleos de cosas importantes e incluso hacía las veces de anotador multiuso (hasta llegaba a anotar las cosas que debía comprar en tal o cual tienda). Las hojas llenas de tinta azul o negra le devolvían muchos recuerdos de lo que habían sido sus años desde que había empezado a trabajar en su propio laboratorio, hacía tan sólo cinco años.
Su Videomisor vibró sobre la mesa, cambiando hacia él el foco de la atención de la única persona sola en el sector de mesas del bar en aquel hotel de Hoenn. Presionó la pantalla para leer el correo que le había entrado: era de su madre.
Bel, cariño. ¡Ya llegué! El vuelo ha estado bien. Aurea, Oryza y yo hemos compartido asientos en la fila de tres. No fue lo mejor en cuanto a comodidad, pero estuvimos charlando todo el rato. La comida estuvo muy bien para tratarse de un avión, no me quejo. En fin, ¡cuídate mucho y disfruta de tu día mañana! ;-)
La mujer que alguna vez había sabido ser una niñita que no se separaba de enormes sombreros color verde sonrió. Su mueca tenía varios motivos: el principal, claro, era que su progenitora había llegado bien a su casa y, encima, habiendo tenido un buen viaje según sus propias palabras. Pero además debía admitir que le parecía simpático que su madre utilizara emoticones, que se preocupara tanto por el encuentro que tendría al día siguiente con Falkner. Su madre sí que había cambiado mucho después del divorcio.
Si bien no podía decir que la separación de sus padres había sido su mejor momento, podía asegurar, allí, mientras revolvía su bebida caliente trece años después de todo eso, que había sido lo mejor para todos. Recordaba a la mujer mayor cansada de estar todo el día sola haciendo las tareas del hogar mientras su esposo recorría, por trabajo, las ciudades más grandes de todas las regiones donde estaba establecida la empresa de la cual formaba parte. Había entendido de inmediato que su madre había pasado mucho tiempo en ello, le había resultado lógico el planteo de la señora, deseaba probar otras cosas. ¿Su padre? Bueno, quizás él no se lo había tomado de la mejor forma, pero todos los trámites legales se habían hecho bajo acuerdo amistoso entre ambos, nada de abogados dispuestos a sacarle los ojos a nadie, ni largas audiencias llenas de gente gritándose sus supuestas verdades a la cara. Lo que se había referido a la relación entre ambos se había tratado de forma civilizada.
Todavía estaba el recuerdo en su memoria, en imágenes muy vívidas, de ella misma llegando a su casa para anunciarles a sus padres de la ceremonia de entrega de diplomas cuando, por fin, había terminado su carrera. Tenía fresca la escena de haberle entregado la invitación formal a su madre y que esta se largara a llorar, primero de alegría y luego por la naturaleza de los acontecimientos sobre los que debía ponerla al tanto. La mujer sabía lo mucho que Bel amaba la estructura de su familia. Los tres, siempre que su padre no estaba de viaje, eran muy unidos, y la mayor lamentaba mucho ser quien pusiera fin, según su percepción del asunto, a aquella unión familiar. La jovencita de, por entonces, veintitrés años, había negado con la cabeza y se había levantado para tomar una servilleta con la que recogería las lágrimas de su madre. No había visto el problema, lo único que había dolido había sido el hecho de que la mujer que le había dado la vida se lamentara por algo que no era su culpa. Si no estaba siendo feliz, no estaba siendo feliz, no había muchas vueltas que darle al asunto, más teniendo en cuenta que ella ya era grande y ni siquiera vivía con ellos.
—Entonces, ¿me perdonas? —le había preguntado la que apenas podía dejar de llorar.
—No hay nada que perdonar. ¡A mí lo único que me interesa es que seas feliz! —había exclamado ella sin siquiera un pequeñísimo dejo de duda en su voz. Siempre había sido muy sincera, por lo que si hubiese mentido, su madre se habría dado cuenta.
—Te quiero, hija. Gracias —había sollozado quien la había criado.
—Y yo a ti. Ahora, veamos algunos vestidos para la graduación.
Se le escapó otra sonrisa al notar que de allí había salido el repentino amor por la ropa de su madre. Aquella mujer que siempre había estado interesada en cosas como la política y el correcto funcionamiento de su hogar, “repentinamente” (ya que Bel acababa de caer en cuenta de cómo había sido) había desarrollado un interés en las prendas de vestir y en todo lo que fuera tendencia, ya que también se había emocionado con los adornos para la casa y con algunas técnicas novedosas de cocina.
Sorbió un poco de su bebida, no quería que se enfriara demasiado, el sabor de aquel trago era mejor a una cierta temperatura. Sabía bien, el calor propio del café se veía potenciado por el licor, lo que la hizo sentirse muy a gusto en aquel salón dominado por el frío que salía del aire acondicionado gigante y que el sistema de ventilación se encargaba de esparcir. Mientras tanto, siguió hurgando un poco en sus recuerdos de la época del comienzo de la separación de sus padres y de su graduación.
Tenía muy presente, gracias a las fotografías, del atuendo que tanto ella como su madre habían lucido. Al recordar las imágenes digitales, su mente había hecho un parate en el día de la compra de las prendas de gala.
—Cariño, ¿crees que esto me quede bien? No quiero parecer un mamarracho en tu día especial —preguntó la mayor sosteniendo un vestido en negro y acompañado por diversos tonos de verde. Era largo por debajo de las rodillas y al parecer era eso lo que no le agradaba del todo.
—¡¡Es bellísimo, ma!! —exclamó ella con una sonrisa de oreja a oreja. —¡¡Tienes que aprovechar tus piernas!!
—Eres una exagerada, pero tomaré el cumplido —le devolvió con una risa. —Por cierto, ¿has invitado a tus amigos a la ceremonia?
—Umm, ¡¡sí!! Cheren me dijo que hará todo lo posible para estar allí, que no quiere perdérselo por nada del mundo, por más ocupado que esté intentando alcanzar el puesto de director del colegio en el que está ahora. Touya me confirmó de inmediato, pero de Touko no he sabido nada en varios años —fue su respuesta. Nada deseaba más que tener a todas las personas que quería en el acto donde le daban su título como Profesora Pokémon y ellos lo habían jurado por el meñique, así que a ella no le cabían dudas sobre la asistencia de ambos muchachos.
—Eso es genial —admitió con una mueca alegre. —Me gustaría preguntar si has hablado con tu padre o con Falkner sobre su asistencia o no, pero no sé cuál de los dos es más incómodo.
Bel recordaba perfectamente las caras que ambas habían puesto en ese preciso momento. Estaban sonriendo con algo de resignación, había sido una expresión muy específica que las dos habían mostrado al mismo tiempo. Jamás podría olvidarlo.
—¡¡Papá me dijo que irá!! Incluso me prometió que se compraría un traje nuevo para la ocasión. Azul marino o similar, dijo que era el color de mi traje favorito de los que él tenía. ¡¡Irá con la abuela, que tiene muchísimas ganas de asistir!! —comentó esperando no incomodar a su madre, aunque la verdad es que ninguna de las dos se estaba sintiendo plena en ese momento. —Y ya sabes de qué va el asunto con Falkner. No hablamos, de hecho, no sé nada de él. Ya, o recién, han pasado siete años...
—Lo siento, cariño, no quería hacerte sentir mal —se apresuró a decir la mujer mientras buscaba un conjunto apropiado para su hija, quien no quería ir de vestido porque se sentía más cómoda con pantalones largos.
—No, no. No hay problema. Es sólo que es... raro —expresó con una pequeña sonrisa genuina. —La verdad es que ni siquiera sé si él está bien, o incluso si sigue siendo líder de gimnasio. Me he prometido no intentar averiguar nada.
En ese momento, mientras revisaba las perchas de la sección de pantalones de vestir de aquella tienda, por la mente de Bianca habían desfilado los acontecimientos de los que había querido avisarle al chico experto en aves. Al principio (durante las primeras semanas e incluso meses), al pasar por un parque y ver un tipo volador, pensaba en llamar a Falkner sólo para contarle lo genial que le había parecido aquel pokémon y para preguntarle si alguna vez había pensado en entrenar alguno. Con el transcurso de los años, había pasado a sólo tener la idea de llamarlo en ciertos momentos, algunos más coherentes que otros...
El día que, a sus dieciocho años, había llegado la carta donde la admitían en la universidad, en la más prestigiosa para lo que quería estudiar, ese día, había tenido ganas de llamarlo. Había querido contarle que la Universidad de Kalos contaba con asignaturas dictadas por los más renombrados Profesores Pokémon de todo el mundo; que hasta el mismísmo Profesor Oak tenía a su cargo algunas clases mientras que otras simplemente utilizaban sus artículos científicos y sus libros como bibliografía; que gracias a su esfuerzo y a la bondad de la Profesora Encina por haberla tomado como su aprendiz (y por haber conseguido de parte de ella y de su padre, Carrasco Encina, las cartas de recomendación) no habían habido dudas por parte del comité de admisiones sobre aceptarla o no como alumna. Ese día, tras haber devorado el contenido de la misiva y haber chillado de felicidad junto a sus padres y a sus pokémon, Bel había tenido muchísimas ganas de comunicarse con el muchacho de los cabellos color azul para contarle de la buena noticia. Y ese sólo había sido el primer ejemplo contundente.
En su primer día de universidad, Bel no conocía a nadie. Recién llegada a una institución nueva y gigante en comparación a los otros lugares donde había estudiado a lo largo de su vida, y que encima se encontraba en una región distinta a la que llamaba “hogar”, la chica se sentía intimidada pero motivada a la vez. Tras acomodar sus cosas en la habitación dentro del campus que le había sido asignada, tras haberle escrito varios correos a sus padres, amigos y mentores, tras haber recorrido el lugar con sus queridísimos pokémon, había sentido que le faltaba algo. Ella era de compartir las cosas buenas con todos sus seres amados, por lo que notó que lo que le estaba faltando era compartir aquella noticia con Falkner. Y ahí había empezado con los cuadernos.
¿Qué eran los cuadernos? Eran pequeñas agendas o libretas en las que Bel anotaba sus cosas, como la que tenía en el presente encima de la mesa del bar del hotel de Hoenn. Al principio habían surgido para ser “lo que le mostraría a Falkner cuando se reencontraran”, pero luego se habían incorporado a su vida como agenda del día a día, ayuda de memoria y anotador cotidiano para una persona algo olvidadiza.
Al comprar el primero había pensado que la idea de anotar las cosas que le iban pasando y que deseaba contarle al experto en aves era algo muy del estilo del muchacho, por lo que había considerado que a él le agradaría mucho ese pequeño gesto. Y era de nuevo el presente cuando ese pensamiento se había vuelto una duda. ¿Seguiría siendo ese tipo de persona? ¿En qué habría cambiado Falkner, además de en aspecto físico? ¿Habría cambiado? ¿Sería el mismo con el que había compartido aquel increíble viaje hacía ya veinte años? Su café estaba por la mitad, pero su curso sobre el barco que transitaba el río de sus recuerdos durante esas dos décadas recién zarpaba y tenía planeado un viaje algo extenso (era provechoso que el bar estuviera abierto hasta las cinco de la mañana).
Tras ese sorbo que indicaba que había llegado a la mitad de la taza, continuó preguntándose si Falkner sería el mismo muchacho al que había tenido tantas ganas de llamar cuando hubo aprobado su primera asignatura de la universidad, cuando hubo obtenido la calificación perfecta en un examen que se veía imposible, pero también cuando hubo reprobado su primera prueba oral y la vez que había enfermado por los nervios de tener muchos exámenes acumulados en poco tiempo, aunque sabía que él se habría preocupado de sobremanera, de haberlo sabido.
En su bolso, que para no perder la costumbre era grande y verde, guardaba otros cuadernitos de ese estilo. Concretamente, guardaba todos los cuadernitos que había hecho en todos esos años. Más de una docena de anotadores desparramados en la gigantez de aquella monstruosa cartera. Se vio tentada de tomarlos todos y abrirlos. Estaba nostálgica y tenía ganas de revivir lo que habían sido los últimos veinte años con los testimonios más puros que tenía: los de ella misma en esos momentos.
Segundos después, tenía el primer cuaderno en sus manos. Aquel pequeño de páginas amarillas que se fue llenando velozmente porque contaba con sus primeros relatos universitarios. Había estrés, incertidumbre, diversión y sobre todo mucha alegría expresados con tinta. Sí, leer alguna que otra página no sería nada malo, tenía tiempo de sobra hasta que el bar decidiera cerrar sus puertas.
Rió. El relato de su primerísimo primer día de clases en la Universidad de Kalos le sacó unas carcajadas que intentaron ser silenciosas para no molestar a las demás personas en el salón. Era increíble que la misma niñita que había escrito en mayúsculas que le daba vergüenza que los profesores le preguntaran cosas, era la misma que el día anterior había hablado ante un auditorio lleno de personalidades de su especialidad.
¡Uf! Los relatos de todos sus “veces número uno” eran geniales. Primer día de clase, primer juntada de estudio, primera salida a un bar, primera amiga del campus, ¡primer examen! Todas esas experiencias primitivas de lo que era la vida de una joven universitaria la llenaban de emociones positivas producto de revivir aquellas memorias tan pintorescas.
Debía admitir que de lo que había sido ese año, que abarcaba desde el primero de abril de 2016 hasta el 31 de marzo de 2017, las escenas que más había disfrutado habían sido las de los viajes: las playas de Arenisca con Claudia, las montañas de Sinnoh con ella y con Sebastián, y obviamente, la Cueva Celeste con Green Oak. El haber recorrido tantos lugares bonitos con gente agradable había sido fantástico. En todas esas travesías había aprendido muchas cosas, desde la preparación de unos tragos que utilizaban mucho jugo de bayas dulces, hasta cómo hacer que Mewtwo se dé por vencido en un combate doble.
Bianca continuó leyendo las hojas de sus cuadernos y cuando se dio cuenta, eran las tres de la mañana e iba por el segundo café con licor. Las anotaciones de lo ocurrido en la Cueva Celeste eran las más extensas de todas, ocupaban tres cuartos de cuaderno. Era lógico, se trataba de su primera investigación seria para el Profesor Oak junto con Green, un experimentado en aquella actividad (la de la investigación y la de ayudar a su abuelo) y un buen amigo.
—¡¡Levamos más de una semana aquí y sigo pensando que en algún momento aparecerá un monstruo o que se derrumbará el piso de arriba!! —exclamó un poco en broma y un poco en serio mientras le colocaba un chip rastreador en el lomo a un gentil Dodrio.
—Qué exagerada eres —respondió escuetamente su compañero, pero exhibiendo media sonrisa. Era un chico complicado.
—Tu lo dices porque has sido el Campeón de la Liga y ahora eres el Líder de Gimnasio más fuerte de Kanto, así cualquiera... —lo riñó inflando sus mejillas.
—No lo digo por eso. Bueno, no sólo por eso —expresó dejando salir su costado más engreído.
—Ya veremos quién gana en una batalla —amenazó ella, sabiendo que no había chance de que pudiera derrotarlo.
—Reto aceptado. Cuando tengamos un poco más ordenado el asunto de los rastreadores y los mapas, estaré encantado de explicarte por qué fui el Campeón.
Ella rodó los ojos y suspiró para echarse algunas carcajadas. Le hacía gracia la personalidad de Green, en cierto punto le recordaba mucho a Cheren.
Sí, todo el asunto de la Cueva Celeste había sido importante a nivel profesional y a nivel humano para Bel, ella lo recordaba como una experiencia asombrosa. En cuanto a lo laboral, había sido increíble porque había podido trabajar con mucha tecnología de última generación empleándola para actividades básicas que todo investigador pokémon debía conocer; en lo que se refería a lo humano, bueno, había encontrado en Green una persona interesante y que, debajo de una capa fría y distante, había un joven muy amable, inteligente y capaz de lograr cualquier cosa (menos de ganarle a Red, claro).
—Esta es una batalla no-oficial del Líder de Gimnasio de Ciudad Verde. Las reglas son simples: yo usaré cuatro pokémon, tu usarás todos los que necesites. Yo elegiré siempre primero y no puedo hacer cambios en el medio del combate mientras que tu sí. Lo que sí, siempre se puede cambiar cuando al otro le debiliten un pokémon. ¿Objeciones? —preguntó arqueando una ceja.
—Ninguna —respondió ella ajustándose las gafas y echando fuego por los ojos. Había olvidado la última vez que había tenido un combate tan prometedor.
—Bien. Alakazam, ve —indicó con simpleza.
—¡Chandelure! —exclamó la rubia aprovechando la ventaja de tipos. Sabía que tanto su pokémon como el de Green encabezaban la lista de pokémon con ataque “especial” más poderosos, sería interesante.
Lamentablemente, el combate para la tipo fantasma y fuego había durado muy poco. La diferencia de poder entre ambos era lo suficientemente grande como para que el pokémon de las cucharas no hubiera hecho gala de su forma mega. Ni siquiera había hecho uso de movimientos súper-efectivos, se había valido fundamentalmente de movimientos de estado, especialmente de los que alteraban las velocidades y las estadísticas.
Lo mismo había ocurrido con Porygon Z y Far, aunque el tipo normal contaba con la increíble ventaja que le otorgaban sus movimientos característicos. ¿Mienshao y Scizor? Tampoco, el durísimo bicho/acero no había tenido ningún problema cons su hermosa tipo lucha. Los únicos que habían tenido algún tipo de oportunidad habían sido Stout y Sam contra Pidgeot y Arcanine, respectivamente.
—Eso ha sido... intenso —admiró Bel todavía asombrada del increíble poder de los pokémon de Green y de la maestría de él para darles indicaciones.
—Sí, lo haces muy bien para no tener ningún puesto como líder de gimnasio y eso... Aunque es lógico, no se le da una Pokédex a cualquiera —fue la respuesta de él, increíblemente sin ninguna pizca de niño engreído. —Supongo que en unas tres o cuatro batallas me tendré que poner más serio.
—Supones bien, no me daré por vencida. ¡¡No hasta derrotar a Charizard!! —exclamó ella muy segura de sí misma.
—Bueno, eso ya es otro asunto... Charizard ha desecho a gran parte del Equipo Rocket por su cuenta, sin mis indicaciones, él es un tema aparte —sopló meneando la cabeza.
—¿El Equipo Rocket? ¿Tu estuviste vinculado con eso? —preguntó la ya no tan niña sorprendida.
Así empezó una conversación que duró, como mínimo, tres horas. Ambos habían compartido el tener que combatir a una organización criminal increíblemente poderosa cuando eran muy jóvenes y bastante inexpertos. Los dos aseguraban haber aprendido muchísimo de las batallas y del mundo en esa época. Green en Kanto, como ella en Unova, se habían lanzado a recorrer su región con sus amigos y se habían visto envueltos en una historia que iba mucho más allá de eso. Asombrosamente tenían mucho más en común que una Pokédex, estudiar en la misma universidad la misma carrera y el amor por las batallas pokémon.
Desde esa charla, el chico Oak y Bel se volvieron cercanos, lo que hizo que aquel mes que pasaron en la Cueva Celeste estuviera lleno de momentos divertidos entre ambos y que no sólo fueron del disfrute de la alegre señorita, sino también del distante chico de Kanto.
—Habías dicho que tu cumpleaños era el veintiocho, ¿no? —preguntó él el veintisiete de febrero por la mañana, mientras preparaba el café del desayuno.
—Buenos días primero, ¿no? —contestó ella bostezando al salir de su carpa individual al oír al joven. —Pero sí, así es, ¿por qué preguntas?
—Entiendo. Entonces esta noche podríamos ir a cenar y luego por unos helados. De ese modo, a medianoche estaremos en otro lugar que no sea la cueva que tanto miedo te da —explicó teniendo que agregar ese comentario al final.
—¡Me gusta la idea! ¡Eres muy atento! —expresó regalándole una amplia sonrisa a Green. Realmente no había esperado eso de él.
El muchacho la había llevado a un restaurante bastante elegante y ella se había sentido muy aliviada de que su madre la hubiera obligado a llevar ropa bonita y no sólo cómodos pantalones de campamento. El lugar tenía un ambiente cálido y calmo, lo que hacía que pudieran hablar con tranquilidad. Los camareros habían reconocido al señorito Oak y lo habían tratado como si fuera un importante embajador.
La comida estaba sabrosa y Bel había comido bastante. Las latas de conserva que tenían en el campamento no eran comparables ni de lejos con el plato de autor de aquel restó. Green tenía bastante idea sobre la buena gastronomía, a diferencia de ella que era fan de los platillos caseros que hacía su madre o su abuela.
A las doce, uno de los meseros se acercó con un pastel repleto de fresas y crema batida: ¡su favorito! ¿Cómo lo sabría Green? Bueno, en realidad eso no le importaba, lo principal era agradecerle por haberse tomado la molestia de preparar eso para ella. Realmente no debía haberse molestado.
—Feliz cumpleaños, Bianca —le dijo él con una sonrisa poco común en su persona.
—Gracias —había respondido antes de regañarlo por llamarla por su nombre completo, siempre le decía así y no “Bel”.
—Como sea... En fin, esto es para ti —añadió dándole un paquete envuelto. ¿De dónde lo había sacado? Estaba con ella prácticamente las veinticuatro horas. —Le he pedido a Pidgeot que lo trajera por mí.
—¡¡Green!! ¡¡¿¿De dónde has sacado esto??!! —preguntó con sus ojos como platos al ver esa Pokédex. Era distinta a cualquier modelo que había visto en su vida, parecía muy sofisticada y aseguraba que tenía funciones nuevas y muy avanzadas.
—Es un modelo nuevo que por ahora sólo utilizan los Profesores Pokémon. Mi abuelo, Encina y Sycamore son los únicos que la tienen por ahora. Bueno, ahora te agregas tu a la lista. La mía estará lista mañana —explicó exhibiendo media sonrisa de satisfacción al ver la reacción de la rubiecita.
Sí, Green y Bel se habían vuelto muy cercanos (cercanos para lo que alguien podía ser para Green, en realidad. Era un chico extremadamente complicado). La niña de Unova había logrado sacar el mejor costado del de Kanto, un lado que solía estar tapado por su manto de indiferencia o soberbia. Él, por su parte, había sido una especie de maestro para ella. Había puesto mucho esfuerzo para ayudarla a mejorar como entrenadora y como investigadora pokémon principiante, incluso la ayudaba en las asignaturas complicadas de la universidad.
No faltaron quienes opinaron que ambos eran demasiado cercanos, pero la verdad es que nada de eso había pasado (aunque había que reconocer que hubo ocasiones en las que se miraron con otros ojos, pero nada hubiera arruinado la buena y bonita relación de colegas, compañeros y amigos que compartían).
—¡¿E-e-e-e-e-ese e-es...?! —alcanzó a chillar ella, creyendo que el alma se le salía del cuerpo.
—Sí —expresó él intentando mantener la calma, pero era mucho hasta para él. —Es Mewtwo.
—¿Q-qué hacemos? —preguntó.
—Asegurarnos que esté guardado en nuestra Pokédex e irnos lo más rápido posible.
—D-de acuerdo.
—¿Se puede saber qué hacen todavía aquí? Pensé que su pequeña investigación duraría un mes, y hasta toleré que estuvieran en mi casa, pero no, siguen aquí —fue lo que les comunicó la gruesa voz de la criatura que empezaba a abrir sus ojos.
—L-la verdad es que yo quise quedarme unos días más. ¡Estábamos esperando verlo a usted! —respondió Bianca sin pensarlo. ¿Acababa de tratar de usted a un pokémon?
—¿Otros humanos que vienen a intentar averiguar sobre mí? Tsk, ¿cuándo aprenderán? Les hice el favor de no alterar sus vidas resguardándome aquí, ¿y siguen queriendo encontrarme? Ustedes no aprenden nunca.
—¡Tenemos intriga de conocerlo! —intentó explicarse la jovencita, avergonzada.
—Bel, ya basta —expresó Green utilizando su apodo por primera vez. Se veía muy nervioso y su mano tanteaba una de las cápsulas de su cinturón.
—¿Quieres pelear, joven humano? Inténtalo. Inténtenlo los dos. He oído sus peleas, no llegarán muy lejos, pero no los detendré si quieren probar.
—Yo lo haré, Bel. Quédate al costado, por favor. Charizard, ¡vamos a hacer esto! —exclamó.
—¡¡Ni lo pienses!! ¡¡Samurott, ven conmigo!! —chilló convencida. —¡¡Daremos lo mejor de nosotros!!
La niña de las gafas y el sombrero le indicó a su pokémon que utilizara voto agua sin perder el tiempo. Estaba segura de que, entre los dos, podrían debilitar al poderosísimo tipo psíquico. Green, por su parte, gruñó porque su compañera y amiga no le había hecho caso, pero ya no podía hacer nada al respecto. “Voto fuego”, había sido su orden.
La combinación había sido efectiva, el voto agua había doblado su potencia y tenían más chances de lograr los efectos secundarios de los ataques siguientes, debían aprovechar eso.
—¡¡Escaldar, Sam!! —pidió la joven tras ver el impacto de los movimientos anteriores.
—Charizard, usa pantalla de humo y danza dragón —ordenó él. Estaba convencido de que había algo malo en todo eso, ¿por qué Mewtwo se dejaba atacar?
—Necesitarás más que un par de trucos para detenerme, humano. Observen.
Una onda de energía psíquica recorrió la distancia entre Mewtwo y Charizard hasta que golpeó al fuego/volador impidiendo que terminara el movimiento de tipo dragón. Inmediatamente, Green accionó su pulsera destinada a lograr que su pokémon mega-evolucionara. Mega-Charizard X lucía más aterrador que en su aspecto normal, lógicamente.
Retomó el equilibrio agitando sus alas y afianzó sus extremidades traseras en el suelo, haciendo retumbar todo el piso de la cueva. Estaba decidido a darle batalla al tipo psíquico.
Bel había entendido que Samurott no se encontraba en el mismo escalón que Charizard o Mewtow, ni ella con Green y el mismo Mewtwo, ¡pero estaba dispuesta a ayudar en todo lo que fuera posible!
La estrategia del chico de Kanto era asediar al tipo psíquico con poderosos ataques físicos que implicaran estar cerca de este, así se reducirían las chances de que Mewtwo invocara uno de sus increíbles movimientos de su tipo. Era una buena idea, pero había que poder mantener la cercanía entre ambos. Mewtwo no lo haría fácil, entendía que era su desventaja.
Hierba lazo, ventisca y movimientos de estado eran la forma en la que Bel apoyaba a Charizard y a Green. Era una empresa complicada, en especial porque el ritmo de la batalla era intenso, pero nadie podía negar que estaba haciendo todo lo que tenía a su alcance.
En cierto momento, ella había buscado la mirada del chico de Kanto para indicarle, de alguna extraña forma, que aumentara la frecuencia de los golpes físicos que Charizard estaba utilizando, que ella tenía un plan. Green y el fuego/dragón hicieron todo lo posible para hacerle caso a la petición de la chica de las gafas, aunque les estaba costando mucho. Ella, por su parte, sigilosamente se acercó hasta una formación rocosa enorme y liberó a Hax, esperando que nadie lo notara. Así, el tipo dragón corrió y sujetó a Mewtwo con todas sus fuerzas.
—¡Ahora, Green! Denle el mejor golpe que Charizard tenga —exclamó decidida ya que su pokémon se había mostrado conforme con el plan.
—Patéticos humanos, todavía creen que pueden hacer algo que yo no quiera. No entienden que... ughhh —había comenzado a transmitir el tipo psíquico, pero Green no había tenido paciencia como para escucharlo (no como en las películas que siempre se escuchan los discursos del “villano”). Mega-Charizard X había atacado con su mejor envite ígneo.
—¡¡¡Hax!!! —chilló la niña viendo que su pokémon había sido estampado contra una pared, producto del movimiento indicado por Green y por actor reflejo psíquico de Mewtwo.
Se arrodilló al lado del tipo dragón y le hizo algunas caricias en la cabeza mientras lo regaba con sus lágrimas. Él se había sacrificado por el bien del plan, para darle una oportunidad única al más poderoso del grupo. Eso era un héroe.
—Tsk, humanos. No hay caso, me iré. Ya tienen lo que querían.
Bel y Green intercambiaron sonrisas, pero todavía era temprano para festejar: debían curar a sus amigos. Velozmente, cazaron las cápsulas de Pelipper y Pidgeot respectivamente y volaron al Centro Pokémon más cercano.
La charla en la sala de espera era animada gracias a la naturaleza de su aparente victoria y por los nervios que la chica de Unova estaba experimentando, temía por la salud de su querido tipo dragón.
—¿Qué crees que quiso decir con “ya tienen lo que querían”? —le preguntó Bel al de ojos color verde.
—No lo sé. Probablemente algo así como “ya me han visto y me han dado una buena paliza” —respondió algo irónico, aunque realmente ese golpe había sido increíble.
—¿Señorita Bianca? —llamó la voz de la enfermera encargada del lugar. —¿Podría venir un momento?
—S-sí —asistió temblorosa. No estaba preparada para recibir una mala noticia.
—Verá, Haxorus se encuentra bien. Es más fuerte de lo que todos creíamos. Lo único es que tiene algunas fracturas y cortes, pero por suerte nada expuesto o muy profundo. Será mejor que pase la noche aquí, pero mañana al mediodía estará listo para irse. Lo que sí, nada de batallas por un tiempo —explicó pacientemente la mujer de cabellos rosados. Trataba a la joven con la misma amabilidad que ponía con los pokémon, cosa que la había tranquilizado desde que había empezado con toda su respuesta.
—¡¡¡¡Mil gracias, enfermera!!!! —exclamó sonriendo de oreja a oreja. La mueca de felicidad abarcaba todo su rostro.
Salió de la habitación y le contó todo lo sucedido a Green, quien también suspiró aliviado. Como tanto Samurott y Charizard debían pasar la noche en el Centro Pokémon para asegurarse de que tuvieran una recuperación total, los jóvenes acordaron dormir ahí y esperar a que sus amigos estuvieran listos para partir.
Gracias a esas historias que había recordado, la Bianca de treinta y siete años estaba sentada completamente sola en el bar del hotel al lado de dos tazas vacías y su reloj marcaba las cuatro y cuarto de la mañana. Se asombró por la hora y decidió marcharse lo antes posible, debía estar bien descansada para el gran día: en menos de doce horas, volvería a estar cara a cara con Falkner luego de veinte largos años.
Al regresar a la habitación, reemplazó su ropa por el cómodo camisón que estaba guardado en su valija y se sentó sobre la cama: tenía tiempo para husmear en otro cuaderno de notas en forma de improvisada agenda. Bajo la excusa de que tenía que repasar los acontecimientos de su vida durante las últimas dos décadas para relatárselos a Falkner, siguió alimentando su nostalgia.
Había tomado otro anotador entre sus manos, el que correspondía a su tercer y cuarto año de la universidad. Realmente allí había sólo anécdotas del día a día, la mayoría no muy interesantes porque sólo comentaba sus experiencias durante la cursada, que generalmente eran todas muy similares. Había anotaciones de libros que debía comprar, cosas que había hecho en sus días libres, viajes de un día a las diversas ciudades de Kalos o cosas sobre sus amigos.
En esa época, la Bel de veinte años no había tenido problemas en su vida ni nada para destacar que no quedara en el plano de lo académico. Veía a su familia para las fiestas y gran parte de enero mientras que estudiaba y trabajaba durante el resto del año. Había seguido con las prácticas con el Profesor Oak y también se le habían agregado algunas con la Profesora Encina, aunque estas últimas las hacía en solitario ya que Green no podía con todo. Sus amigos seguían siendo Claudia, Sebastián y el Oak más joven. Se llevaba bien con otros de su clase, pero iban rotando según las materias, en cambio los otros tres eran fijos. Seguía en contacto con Cheren y con Touya, todas las semanas intercambiaban correos electrónicos y para los cumpleaños trataban de reunirse. Sí, habían sido tiempos tranquilos que recordaba con una gran sonrisa.
Lo que sí, se detuvo en una anotación que había hecho el veinticuatro de junio del dos mil dieciocho, el día del cumpleaños de Falkner. Recordaba haberle comprado hebras de té de hierbas nativas de Kalos. Había de todo tipo y ella las reconocía de las clases de la universidad, así que podía dar fe de sus propiedades benéficas para los humanos y los pokémon. Las había comprado porque pensaba que podrían aguantar diecisiete años, en ese momento no le había parecido que era mucho tiempo, aunque con el paso de los abriles notó que sí, era mucho y que las hebras no resistirían intactas. Por esa razón había decidido tomarlas en año nuevo, cuando sufría de malestar estomacal por un fuerte dolor de barriga producto de haber comido en exceso (pero ella siempre aseguró no arrepentirse de nada, todos los platillos habían valido la pena).
Nunca escribía sobre Falkner, sobre sus pensamientos, temores y esperanzas para con él. No era por vergüenza a que él lo leyera, sólo era que Bianca no era una persona que creyera en plasmar sus sentimientos más profundos en una hoja. Ni siquiera se le había pasado por la mente hacerlo, así de ajena era para ella esa idea. Pero que no hubiera escrito sus sentimientos hacia el elegante maestro del tipo volador en todos esos años no significaba en lo más mínimo que a sus treinta y siete primaveras no recordara con bastante exactitud todo lo que le había pasado con él y con el hecho de su separación. Quizás sonara tonto que en poco más de un año hubieran pasado tantas cosas como para “seguir pendiente” de él durante veinte años, entendía que era difícil de, justamente, entender, mas era algo que a ella le resultaba... natural, hasta emplearía el término “lógico”.
Habían pasado juntos situaciones intensas, como aquel terrible problema con Noctowl y la banda de asesinos lunáticos, y el viaje en el que más cosas había aprendido. Incluso siendo una adulta como lo era después de dos décadas entendía que aquello no había sido un simple enamoramiento de la adolescencia, por más trillado que sonara. Pero (¡vamos!) en poco más de un año había aprendido más del amor y de sus sentimientos que en los veinte siguientes. Sí, había salido con varios chicos durante su época de universitaria, pero el tiempo máximo que había durado con ellos había sido un mes y medio. Luego, había estado con quien había compartido prácticamente seis años de su vida, mas no había sido lo mismo, ni siquiera podía establecerse un punto de comparación. Eso se encontraba en un cuaderno posterior, uno de una época que sí había sido complicada en su vida, aunque no por eso renegaba el abrirlo para rememorar las cosas por las que había tenido que pasar sola, con su familia y con quien fue increíblemente paciente con ella durante casi seis años completos (y en realidad, muchos más).
Estaba recostada en la cama, tenía la espalda apoyada en un grueso almohadón y sostenía otro de sus preciados anotadores con las manos. No había escogido por accidente el que contenía los dos años más turbulentos que había pasado durante los últimos veinte. Sabía que tarde o temprano iba a tener que repasarlos, ya que estaba pasando por lo más relevante, y no podía hacer como que no había pasado nada. Además, no es que había pasado algo que no hubiera tenido solución, el problema estaba en que le producía una gran congoja recordar las emociones que había sentido en esa época.
Corría el año dos mil veintiuno y la Bianca de veintitrés años estaba cursando su último año de universidad. Estimaba que para marzo de dos mil veintidós ya tendría su diploma que acreditaba que ella era una Profesora Pokémon con todas las letras, una verdadera investigadora. Luego de eso, debería hacer un posgrado y una tesis final para su área de especialización, pero todo el mundo aseguraba que eso era pan comido. En lo que era el aspecto académico, por ende, todo marchaba sobre ruedas: se había acostumbrado a los exámenes, no tenía picos de estrés ni se sentía ansiosa.
En el plano familiar todo marchaba bien. Sus primos estaban todos en pareja y eran felices, sus abuelos y familiares más mayores gozaban de buena salud y sus padres seguían igual de amorosos con ella que siempre. No había problemas.
¿Sus amigos? Como siempre, bien. Seguía siendo muy cercana con Claudia y, a su modo de cercanía, con Green. Sebastián seguía siendo un buen amigo pero nunca nada especial. Además, se escribía e incluso se veía ocasionalmente con Cheren y con Touya, incluso habían continuado la costumbre de reunirse para las fiestas. Sí, todo en orden.
Sus pokémon estaban en excelente estado. Como se había ordenado muy bien con los estudios, tenía más tiempo para dedicarles para entrenar y hacer actividades recreativas. Contaba con algunos nuevos en el equipo, como Spritzee y Steelix, a quienes había conocido en la ruta 7 y en Ciudad Témpera, respectivamente.
En el plano amoroso no había mucho que contar. Había salido con un par de chicos pero nada importante, ni siquiera algo relativamente serio como para involucrar nombres. Quizás se debía a que ella estaba buscando en el corto plazo sentirse igual que con Falkner, algo bastante ridículo pero uno no controla el corazón: si no lo sentís, no lo sentís.
Sí, aquel año había sido bonito, su cuaderno había empezado muy bien, con anécdotas simples pero alegres. Los problemas empezaron poco antes de cumplir los veinticuatro años. Ya había hecho memoria en el bar sobre el día que su madre le había comentado sobre la separación, por lo que no volvería a repasarlo en su mente. Le interesaba recordar sus sentimientos en aquel momento, lo que se le había pasado por la cabeza...
Bel estaba terminando de mudarse, puesto que no podía seguir viviendo en las residencias de la universidad. Volvería a su hogar con su madre, debido a que su progenitor había decidido mudarse a un pequeño departamento en Ciudad Porcelana, así estaría más cerca de su trabajo. Hasta ahí, no había ningún problema, ella misma había entendido que su madre la necesitaba más que nadie en ese momento y quería estar para la mujer cuando más la precisaba, realmente la quería mucho.
El traslado había sido sin problemas: ella había volado sobre Pel con una pequeña maleta con sus cosas más importantes y delicadas mientras que el resto llegaría por encomienda aérea, como solían hacer los alumnos de la universidad que vivían en regiones distintas a Kalos. La habitación que había ocupado siempre en su hogar estaba tal cual la había dejado, con excepción de que ahora tenía sábanas nuevas.
¿Cómo estaba su madre llevando todo el asunto? Bueno, eso era más difícil. La mujer había estado “encerrada” durante muchos años, por lo que ahora estaba “tratando de recuperar el tiempo perdido” (todo según sus propias palabras, claro), lo que hacía que Bianca no la viera mucho por su casa. Había recuperado el contacto con viejas amigas a las que tenía un poco olvidadas y había decidido irse un fin de semana con ellas, por lo que no estaría durante unos días. En ellos, la joven de veinticuatro años había aprovechado para ponerse al día de las novedades de Cheren y Touya y contarles las propias.
Los tres amigos de toda la vida se habían reunido en la casa de Bel porque estaba desocupada y no molestarían a nadie quedándose varias horas allí. La cita fue el viernes por la tarde, cuando todos terminaran sus ocupaciones.
En uno de los hogares que los habían visto crecer se encontraban el futuro director del Colegio de Entrenadores de Unova, el futuro Campeón de la Liga de Unova y una Profesora Pokémon, la segunda a cargo de la región ya que la Profesora Encina seguía ejerciendo la profesión que tanto amaba. Los tres habían pasado de ser pequeños jóvenes que sólo conocían los pokémon de la televisión a tener trabajos relacionados con su entrenamiento, comportamiento y los combates entre ellos. Era algo asombroso, pero totalmente predecible.
—¡¡Chicos!! ¡¡Ya están aquí!! ¡¡Tanto tiempo!! —había chillado ella al ver a sus dos mejores amigos de toda la vida, sin menospreciar a Green.
—Nos vimos en año nuevo, Bel, no exageres —pidió Cheren algo avergonzado por la efusividad de la rubia. Los años no pasaban para su entusiasmo.
—¡Bel! ¡Touya! ¡Qué alegría verlos, amigos! ¡Los extrañaba! —saludó Touya con su sonrisa sincera y bonachona.
Los tres empezaron la charla con café y galletas dulces que había hecho la anfitriona. El primer tema fue la graduación de Bel, los caballeros juraron asistir sí o sí, incluso lo prometieron por los dedos meñiques, como cuando eran muy pequeños, lo que hizo increíblemente feliz a la chica de las gafas. Tocaron también el atareado “trabajo” de Touya. Él aseguraba que después de su viaje para aclarar su mente luego de todo lo sucedido con el Equipo Plasma y N, había estado varios años sin decidirse qué hacer exactamente puesto que le encantaba la aventura, los pokémon y sinceramente no le atraía ninguna carrera convencional, era lógico, el chico de cabellos castaños nunca había estado interesado en eso. Había explicado que, como les había contado por correo y durante las celebraciones de Navidad y Año Nuevo, había tenido algunos trabajos temporarios como repartidor y entrenador de entrenadores, pero ninguno muy serio. Se había propuesto ganar la Liga y asumir como el Campeón cuando había visto que sus amigos habían encontrado lo que querían y, tras hablar con N, había llegado a esa conclusión. Ya había superado al Alto Mando por segunda vez (la primera vez había sido cuando eran niños de quince) y había derrotado al Campeón del momento, pero necesitaba, según las leyes de Unova que regían en esos años, lograr esas cosas nuevamente de forma pública, para asegurarse de que no hubiera sido suerte o algo circunstancial. Nadie tenía dudas de que lo lograría, pero Touya seguía entrenando de forma muy exigente consigo mismo y sus pokémon eran iguales que él.
Cheren, por su parte, había escalado rápidamente dentro del sistema educativo relacionado con los jóvenes entrenadores. A sus veinte años había completado el profesorado mientras mantenía su puesto como el Líder de Gimnasio especializado en tipo normal, siendo además el que contaba con mayor cantidad de días con el gimnasio abierto en todo Unova. Luego, a sus veintitrés años (era el más joven de los tres por algunos meses de diferencia con Bel) estaba por asumir como director debido a la jubilación del anterior en el puesto y por su excelentes aptitudes para el puesto.
Con esos temas de conversación al que se le sumaron diferentes temas de la vida cotidiana, chusmeríos sobre el barrio y sobre personas que conocían los tres, resúmenes de sus para nada increíbles o interesantes vidas amorosas y un pequeño resumen sobre el divorcio de los padres de la chica y sus sentimientos al respecto, se hizo la hora de unos tragos: es decir, ya era medianoche.
—¿Qué prefieren? ¿Té y café o unos tragos que he aprendido a hacer en la universidad? —preguntó alegre la rubia ajustándose las gafas.
—¡Bianca! ¿En qué te han convertido? Pareces... una universitaria cualquiera —dijo el más serio de los tres.
—Ay, Cherry, lo dices como si fuera algo malo. Y ni siquiera es que lo he aprendido en las enormes fiestas que realizaban los de la carrera de Medicina Pokémon, me han enseñado Claudia y Sebastián —explicó para defenderse.
—Como sea, yo prefiero té. La verdad es que todavía no le encuentro la gracia al alcohol.
—Yo, entonces, acompañaré a Cheren y tomaré un té —comentó Touya con una pequeña sonrisa.
—¡Uff! ¡Bueno! ¡¡Como quieran!! —finalizó Bel mientras iba a poner la tetera y a preparar las tazas. Sus amigos se encargaron de recoger la vajilla y lavarla.
Con las bebidas calientes siguieron charlando. Intentaron sacarle alguna anécdota “picante” al chico de los cabellos negros, pero nada. Ellos sabían que su buen Cherry había estado saliendo unos meses con Homika, la chica experta en veneno y líder de una banda de rock pesado. Él les aseguró que no había sido la gran cosa, que incluso había sido básicamente nada, se veían poco y discutían en todo ese poco tiempo que pasaban juntos. Ambos, Touya y Bel, habían bufado al oír eso, esperaban algo mucho más emocionante de una mezcla entre alguien tan “recto” y amargado como Cheren y una mujer tan “libre” y con aspecto rebelde como Homika. Estaban muy decepcionados de su amigo.
El futuro Campeón, por su parte, contó que había salido con la hija de uno de sus clientes. El joven iba a la casa de un hombre de mediana edad a ayudarlo con el entrenamiento de los pokémon tanto a él como a su hija, que tenía dos años menos que Touya. Definió la relación de más de seis meses como “estuvo bien”, pero que había tenido que romper con ella porque le parecía una chica bastante “simple”, que era muy buena y le había agradado, pero la verdad era que él no estaba enamorado. También había salido con otras mujeres, pero nada serio.
—¿Y tu, Bel? Cuéntanos. Una chica como tu nunca puede estar sola mucho tiempo —dijo Touya al finalizar sus historias, que había completado con algunas anécdotas muy graciosas. —Eres amable, bonita y siempre tienes una sonrisa, seguro te han llovido los chicos...
—¡¡Touya!! —lo retó Cheren, quien veía a su amiga como una joven demasiado inocente para que el de cabellos marrones hablara así de ella.
—La verdad es que no fue la gran cosa. Tuve algunas “citas” con algunos muchachos, pero nada importante, con ninguno salí más de tres veces. Supongo que cuando no llega, no llega —explicó con simpleza.
—¿Y qué ocurrió con el muchacho ese, Falkner? —preguntó el Líder de Gimnasio poniéndose más serio de lo usual. —Tu madre nos contó alguna que otra cosa sobre tu viaje.
—Ah, sí. Eso fue hace tiempo, ¿saben? Y llegó un momento en el que nuestros caminos iban por senderos muy separados y tuvimos que ir cada uno por nuestro lado —expresó de forma escueta, no le apetecía ponerse melancólica luego de las geniales historias de Touya. —En fin, ¡veamos esa película que has alquilado, Cherry!
Dejando tranquilos a sus amigos con su amplia sonrisa, la rubia corrió a buscar el proyector que su padre utilizaba para sus películas en blanco y negro (y que todavía no había llevado a su nuevo departamento) para reproducir el video que había llevado el futuro director. Seguro era una de esas películas con una historia no muy interesante pero con muchos detalles hechos “para reflexionar” que tanto le gustaban al joven de cabellos negros y que sus amigos no entendían mucho pero igual disfrutaban porque siempre encontraban de qué reírse.
—¿De qué trata esta? ¿Otra vez hay filósofos de la antigüedad jugando al fútbol? —preguntó Touya recordando aquella comedia.
—No, ese episodio cómico de un famoso grupo de comediantes fue, como he dicho, sólo un episodio. Su humor es bastante fino y entiendo que no les haya gustado —atacó con media sonrisa en su rostro. Bel recordó a Green y rió bastante al hacer la comparación mental.
—Ya, ¡¡pórtense bien o los echo de mi casa!! —chilló ella acaparando el centro del sillón.
—Vamos, Cherry —invitó el ligeramente mayor sin ningún tipo de rencor.
—Sí, Tou, ya has oído a la dama —quien sí se había amargado un poco por la discusión sobre cine, aunque tuvieran la misma desde que tenían ocho años.
Los dos caballeros tomaron asiento a cada lado de la rubia y ella presionó el botón para hacer comenzar el filme. Al parecer era un musical histórico basado en una famosísima novela de un prestigioso autor y que contaba con grandes dosis de aventura, algo que les gustaría a los tres.
Media hora de película y Cheren ya estaba roncando suavemente acurrucado en uno de los brazos del sofá. Era lógico, entraba a trabajar a las siete de la mañana y eran casi las dos, debía estar exhausto. Touya y Bel acordaron apagar la película, acomodarlo al profesor tapándolo con una manta y dejarlo dormir mientras ellos seguían charlando en la sala de estar.
Gracias a que la madre de la dueña de casa (o sea, la verdadera dueña de casa) había dejado una revista de moda y viajes encima de una mesita de café, había salido el tema del divorcio. Si bien antes lo habían tocado, había sido de forma muy breve y el chico castaño suponía que no podía haber tan poco para decir al respecto. Lo que más le preocupaba al muchacho era que su amiga y su madre se encontraran bien, no porque no le cayera bien el padre de Bel, sólo que a su criterio las dos mujeres estaban en una posición más... vulnerable por decirlo de alguna forma.
—Pero, ¿no es que tu madre no trabaja? —preguntó él para empezar por algún lado.
—No, no trabaja. Está buscando hacer un emprendimiento... Quiere vender la comida que hace. Es muy rica, así que supongo que le irá bien. Y, mientras tanto, papá le seguirá enviando algo de dinero, así que por ese lado está todo bajo control. Además, yo puedo ayudarla con las cosas de la casa y las facturas —explicó sin problemas, ese aspecto no la preocupaba en lo más mínimo.
—Ya veo, entonces tienen todo en orden...
—Supongo... Es que no lo sé, Tou, mamá está extraña. Entiendo que haya estado más de treinta años con mi padre y que ahora quiera tener cierta ¿libertad? Lo que me parece raro es que actúe tan diferente, me recuerda a una niña pequeña. ¡Y sé que está mal que me preocupe tanto o diga ago así! ¡Pero realmente no dejo de pensar en eso! El otro día fue a un bar con pista de baile. Tu sabes que yo soy incapaz de criticarlo desde el lado de que me parece inapropiado de una mujer de su edad porque no, no es por eso. Lo que pasa es que ha hecho muchos cambios en poco tiempo y jamás había visto este lado de ella. Sé que no debería preocuparme tanto y darle tantas vueltas, pero es que no puedo. Suena algo tonto, pero lo veo así —explicó frunciendo el ceño por las cosas que había dicho. —Siento por haberme explayado así, la verdad es que no es para taaaanto.
—No, no. No te preocupes. Debías hablarlo con alguien. Tu sueles guardarte esas cosas y cuando explotan, explotan, ¿no te parece? —replicó Touya con una de sus amables sonrisas.
—Puede que tengas razón —admitió algo sonrojada porque su amigo le había “sacado la ficha”.
—Pero dime, ¿hay algo más que te preocupe? Puedes decírmelo, tenemos toda la noche —alentó el joven motivándola con su serena expresión facial.
—Ya que lo dices... sí, hay algo más. Apenas mi madre me contó todo el asunto del divorcio, me pidió perdón. Ella dijo algo así como que sentía mucho haberme perjudicado, que sabía lo mucho que me gustaba vivir con ambos y que, si no hubiera sido por eso, habría dejado antes a mi padre. ¿E-entiendes, Tou? ¡M-mi ma-madre eligió muchas veces ser infeliz antes que hacer algo que supuestamente me podría triste! —exclamó, intentando no excederse para no despertar a Cheren, rompiendo en llanto. —¡¡Co-como que hizo to-todo lo que pudo pa-para guarda-darse todo hasta que yo estuviera estu-tudiando!! ¡¿Lo puedes creer?!
Pero Touya no encontró una respuesta apropiada. Lo que había hecho la madre de Bel había sido... bueno, complicado. Era un tema delicado como para decir algo sin pensarlo lo suficiente y le parecía que su mejor amiga merecía algo mejor que una respuesta genérica sin contenido. Por eso mismo, estiró su brazo para que su mano encontrara la de ella y así intentar transmitirle que, de alguna forma que todavía no conocía, todo estaría bien. Le llenaba de pena ver a alguien que siempre había sido muy buena y atenta con todo el mundo (pese a ser bastante despistada en general) sufrir por algo en lo que ella no podía hacer nada y él tampoco.
Ambos permanecieron unos minutos en silencio. Ella lloraba mientras él intentaba reconfortarla sin hablar. Entendía que debía desahogarse, debía haber estado cargando con eso desde el día que había hablado con su madre, era más que lógico que lo tuviera atravesado esperando para salir todo junto, como cuando se pone la mano en la salida de la manguera para taparla y luego se la quita, que el primer chorro sale con mucha más fuerza.
—Y, encima, como si fuera poco, papá también está mal. No me lo ha dicho de frente, pero sé que él se siente increíblemente culpable por haberle causado tanto daño a mamá y no haberse dado cuenta por haberse preocupado mucho por sus viajes de trabajo. Él le ofreció intentar arreglar las cosas, pero mamá ya había explotado. No sé cómo fue el asunto exactamente, no sé si se habrán gritado o algo así, pero estoy segura de que papá habrá llorado bastante —expresó cuando las lágrimas habían dejado de caerle por las mejillas. —La verdad es que ya no estoy muy segura de nada.
—No digas eso, Bel —respondió instintivamente el futuro Campeón de Unova. —No es tu culpa. Nada de esto lo es.
—¡¿Cómo que no?! —inquirió ella en lo que fue un grito apagado.
—No. ¿O crees que deberías haber querido menos a tus padres o haber sonreído menos cuando estabas con ellos para que en el momento de una eventual separación no se sintieran tan mal por romper la unión? —le devolvió con una mirada grave. —Repito, no es tu culpa. Intenta dejar de torturarte, por favor...
—Lo intentaré —prometió con lo que fue el esbozo de una sonrisa.
—Gracias —le sonrió él de forma sincera.
Para cortar el clima, Bel y Touya siguieron hablando de sus pokémon. El joven dijo que no le sorprendía para nada que Musharna y Samurott hubieran terminado siendo pareja, que siempre los había visto muy juntos. Por su parte, ella le preguntó por Serperior y Reshiram, quería asegurarse de que ambos se encontraran bien. Touya le había respondido que sí, que más que bien, que todos sus compañeros estaban muy emocionados por la batalla que tendrían en un mes y medio.
—Vendrás a vernos, ¿verdad? Ya tendrás tu diploma para esa época.
—¡¡Claro que iré!! ¡¡No me lo perdería por nada!! —exclamó sin dejar lugar a dudas. —Lo único, ¡¡quiero que me guardes los mejores asientos!! Cada día veo menos...
—Es una promesa entonces —comentó él entre risas, sorprendido de que Bel ya estuviera haciendo bromas nuevamente. —Por cierto, ¿cómo seguirás con tu carrera? Habías dicho algo de una especialización en uno de tus correos, pero la verdad es que no entendí mucho del tema y prefiero que me lo expliques aquí.
—Oh, eso no es nada complicado. Tengo que hacer una tesis sobre mi especialización y listo. Luego puedo elegir seguir estudiando. Como dicen que el tema de la tesis y eso es simple, me anoté a un posgrado al mismo tiempo, ¡¡así seguiré bien activa!!
—Eso es genial, ¡esfuérzate mucho! Quiero verte reemplazar a la Profesora Encina algún día —dijo un poco en chiste y un poco en serio.
—¡Ay, Tou! ¡No digas eso! —lo calló entre risitas. —¿Qué tal es vivir en Ciudad Negra?
—Nada del otro mundo, ya sabes... Está llenísimo de turistas y por eso, todo es más costoso, pero dejando eso de lado, lo común... Tampoco es que estoy mucho en mi departamento, la verdad es que sabes que me gusta estar al aire libre y demás —comentó algo avergonzado por estar pagando un departamento carísimo y usarlo sólo para dormir y ver la televisión muy de vez en cuando.
—¡¡Debe ser genial!! Ciudad Negra es muy imponente. Y con los precios, bueno, siempre se puede comprar en otro mercado y listo. Al menos eso haría yo.
—¿Has pensado en mudarte? —le preguntó él, curioso.
—Sí, pero sólo lo he pensado. Con todo este tema, sé que mi madre necesita alguien que le baje los pies a la tierra varias veces por semana. Además, me queda muy cerca del trabajo —explicó con simpleza refiriéndose a ser la vice-Profesora Pokémon de Unova. El título era inventado, pero era cierto que ella era la segunda a cargo.
—Tiene sentido. Igualmente eres muy buena por quedarte —expresó con otra de sus amables sonrisas, debía comprarlas al por mayor. —¿Vamos a dormir?
—Podríamos —respondió con un bostezo gigante que alcanzó a tapar con una de sus manos.
Como el bello durmiente había acaparado el sillón más grande, Bel decidió ir a dormir al cuarto de sus pad... de su madre y dejar a Touya en su propia habitación de paredes color verde claro. Se desearon las buenas noches y, antes de subir, le tomaron una fotografía a Cheren para poder mostrársela luego, sería bastante divertido.
La tarde del sábado, ya que Touya y Bel habían despertado luego del mediodía y el Líder de Gimnasio no mucho antes, transcurrió en plena alegría. Habían comido pizzas caseras que había preparado el castaño, quien aseguraba que era una de las pocas cosas que sabía cocinar, y luego habían pasado todo el día en las rutas cercanas divirtiéndose con sus pokémon. Spritzee, Steelix, Furfrou, Lopunny, Doublade y Skrelp fueron las estrellas de la jornada. Los dos compañeros más recientes de Bel, Cheren y Touya respectivamente estaban llenos de energía, a su modo, para pasar toda la tarde combatiendo. Incluso Skrelp evolucionó luego de la ardua jornada de entrenamiento, que igualmente seguía siendo menos rigurosa que las sesiones de prácticas sólo con Touya y el resto de su equipo.
Tras cenar en un pequeño restaurante al que solían ir cuando eran más jóvenes, cada uno partió por su lado. Bel debía preparar todo para el regreso de su madre mientras que Cheren debía organizar las clases de toda la semana y el chico de cabellos castaños continuaba su exigente entrenamiento.
—¡¡Ha sido divertido!! —exclamó tras relajarse en el sillón frente al televisor.
Un bostezo no fue suficiente para sacar a la Bianca de treinta y siete años de los recuerdos de aquella época de su vida. Si bien aquel pedazo de fin de semana con sus mejores amigos de toda la vida había sido increíble, los problemas no tardarían en llegar.
—¡¡Biancaaaa!! ¡¡Cariiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiñoooo!! ¡¡Mami ya ha regresado!! —chilló una voz cerca de las dos de la madrugada del lunes.
—¡¡Mamá!! ¡¿Dónde te habías metido?! ¡¡Habías dicho que llegarías cerca de las diez!! ¡¡Tampoco contestaste mis llamadas!! —protestó la chica de las gafas, que estaba más preocupada que otra cosa.
—Relaaaajate. No hay que estar tan seria siempre, ¿sabes? —contestó la mujer arrastrando las palabras, probablemente estuviera un poco ebria. —Sólo fuimos con las chicas a tomar algo y se nos hizo un poco tarde. ¡¡Volví en taxiii!!
Bel suspiró. Sabía que su madre solía beber con sus amigas y que, de vez en cuando, se excedía un poco. No era nada grave mientras no se volviera una costumbre, y ella se encargaría de que eso no ocurriera. De todas formas, no le hacía mucha gracia tener que tratar con su progenitora en ese estado, se ponía bastante insoportable. Decidió darle agua y mandarla derechito a la cama.
A la mañana siguiente, la mujer se apareció en la cocina mientras la joven de veinticuatro años revisaba sus correos en su ordenador portátil. La mayor aseguraba tener una “resaca de muerte” y que a sus casi cincuenta años “ya no estaba para esos trotes”.
—Me alegra que te des cuenta —expresó Bel ofreciéndole una sonrisa amable. —Te he preparado el desayuno. Hice café, jugo exprimido y te dejé unas aspirinas por si acaso.
—Eres un Sol, linda —le agradeció besándole la frente con delicadeza.
Y ese había sido sólo el primer episodio de tantos otros que había tenido aquella mujer mayor. Si bien se había controlado un poco hasta la graduación, sólo habian sido dos semanas.
Para aquel fin de semana en Kalos, la chica que recibiría el diploma que acreditaba sus estudios había conseguido cuatro habitaciones para dos personas en un bonito hotel en Ciudad Luminalia. No era el Gran Hotel Ricachilton, pero estaba muy bien. Además todos los gastos habían ido por su cuenta, había estado ahorrando mucho para eso.
Su padre y su abuela, Cheren y Touya, Aurea y Oryza, y ella y su madre eran los grupos que se dividirían en las diferentes habitaciones. En el mismo hotel estaban Claudia, Sebastián y los padres de ambos, mientras que Green junto con su abuelo, que tenían que dar los discursos de la ceremonia, sí estaban hospedados en el Gran Hotel Ricachilton, pagado por la universidad.
Aquellos dos días fueron hermosos. Su madre y su padre hasta se habían saludado de forma amistosa y no había habido problemas de ningún tipo. Sí, todavía todo seguía bajo control.
Fue la semana que comenzó el lunes en que volvieron cuando todo había comenzado a derrumbarse.
Bel, gracias a la charla que había tenido con Touya en su hogar, estaba en paz consigo misma. No se preocupaba por el divorcio ya que parecía estar bajo control. Incluso su madre había desacelerado el ritmo al que llevaba su vida, lo que había sido bueno para que la jovencita de gafas empezara a dedicarse de lleno a su tesis, que tenía fecha de presentación en diciembre.
—Bianca, cariño, ¿te apetece ir a cenar esta noche a Ciudad Mayólica? —le había preguntado su madre un día.
—¡¡Sí, claro!! He estado leyendo libros sin descansar durante los últimos dos días para darle un marco teórico importante a la tesis, ¡¡me encantaría despejarme un poco!! —exclamó la ya no tan niña sin problemas.
—¡Excelente! Estate lista siete y media que reservé un taxi —comentó.
—¡Genial!
La rubia menor se había puesto unos pantalones de jean y una blusa “de tiritas” del mismo tono de sus ojos. Había acompañado el atuendo con unas sandalias y un saquito de hilo también blanco, por si levantaba algo de viento a la salida del restaurante. No era nada sofisticado, podría haberse puesto lo mismo para ir al supermercado cualquier tarde de primavera.
Cuando llegaron al local de comidas, su madre se acercó hasta una mesa que estaba ocupada por un hombre.
—Bel, él es Mauricio —informó señalando con toda su mano al señor que debía tener la misma edad de su madre.
Esas habían sido las palabras que habían empezado todos los problemas.
Mauricio era un vendedor de inmuebles que tenía cierto prestigio en su rubro. No tenía hijos, cosa que a su madre le parecía genial, y habían empezado a salir desde hacía un mes (Bel notó que eso había sido antes de que ella se enterara del divorcio). La mujer mayor contó que se habían conocido en la oficina de trámites de divorcios, algo que consideraba como “muy romántico”. La joven no había sabido qué pensar. Había saludado de manera cordial al ¿novio? de su madre y hasta le había caído simpático, ¡pero todo había ocurrido muy rápido! ¡¡Y su madre ni siquiera le había dicho que irían a cenar con él!! ¡¡Ni nunca le había dado siquiera una pista de la existencia del hombre en su vida!!
Si la comida había transcurrido en paz, había sido sólo porque Bel no había tenido tiempo de procesarlo. Por eso, al llegar a su hogar, había comenzado con el interrogatorio:
—¡¿Por qué no me habías contado nada?!
—Es que, Bel, todo ocurrió demasiado rápido. Apenas me he dado cuenta yo de lo que ha pasado.
—¡¡Esa no es excusa, mamá!! Entiendo que ambas somos grandes, pero me parece... feo que no me hayas dicho nada hasta tener al hombre extendiéndome la mano para saludarme.
—“Hombre” no, su nombre es Mauricio —la corrigió.
—Como quieras —respondió ella, siendo el peor tono y las peores palabras que había usado en una conversación con su madre en toda su vida hasta el momento, lo que hablaba de lo buena que había sido su relación hasta entonces. —Pero me da mucha pena haberme enterado así.
—¡Tu no entiendes! Después de haber estado años atrapada con tu padre, merezco esto... ¡Merezco alguien que me haga sentir querida! ¡En este último mes he vivido más que en mis últimos quince años! Mauricio sí se preocupa por mí, me acompaña en todos lados y se asegura de que esté sonriendo en todo momento. ¡Yo era un mueble para tu padre y lo sabes! ¡Realmente necesitaba un cambio!—chilló la mujer.
—Yo... no puedo con esto —musitó Bel antes de irse a su habitación, dolida por haber oído eso de su querido padre.
Si bien la rubia menor entendía que su madre se había sentido muy sola, eso no le daba el derecho de hablar así del que había sido su marido por más de treinta años. Además, ¿qué tanto podía conocer a Mauricio en un mes? ¡De seguro había vivido con su padre años enteros de felicidad, un mes no era parámetro de nada! Estaba realmente enojada con su madre en ese momento. Se estaba comportando como una adolescente que se creía muy rebelde. En sus veinticuatro años jamás la había escuchado decir algo así de horrible. Ella ni siquiera creía que su madre hubiera sido vista como un mueble. Era verdad que su papá se había concentrado demasiado en su trabajo, ¡pero nunca le había faltado el respeto a la que consideraba como “la mujer de su vida” después de su única hija! ¡Le hervía la sangre por haber oído esas cosas!
Bel no era una persona rencorosa ni que, si hacía algo bueno por alguien, luego se lo echara en cara luego, pero en ese momento estaba furiosa. Había llegado a pensar que estaba arrepentida de haberse quedado en su casa por su madre mientras ella le ocultaba las cosas y le mentía sin que se le moviera un cabello. Sí, la chica de gafas realmente estaba enfadada con la mujer que le había dado la vida.
A la mañana siguiente, cuando bajó a desayunar, notó que su madre estaba viendo la televisión con Mauricio, mientras ambos tomaban café y comían medialunas de una famosa tienda de Ciudad Porcelana. En ese momento Bel entendió lo que significaba la presentación de la noche anterior: Mauricio estaría allí muy seguido.
Tras saludarlos sólo con palabras y de forma muy escueta, había partido a una cafetería en Ciudad Engobe, donde vivía Cheren. Si bien el joven no estaba disponible en ese momento (no atendía el Videomisor ni respondía al timbre de su hogar), la joven no se desesperó más de lo que ya estaba. Optó por llamar a Touya.
—¡Bel! ¡Hola! ¿Qué hay? ¿Ha pasado algo? Has llamado dos veces. Perdón por no responder a la primera vez, creí que era propaganda, nadie me llama tan temprano —contestó velozmente al atender la llamada.
—¡Tou! —exclamó aliviada. —N-no, no es nada urgente. Quería saber si estabas libre para charlar nada más...
—Sí, claro. Siempre estoy disponible. ¿Dónde quieres que nos veamos?
—Eso da igual, yo estoy en la cafetería cerca del colegio de Cheren, en Ciudad Engobe.
—De acuerdo, espérame allí. Iré de inmediato —dijo antes de colgar.
Bel estaba realmente muy aliviada de que Touya estuviera disponible. Realmente no habría sabido a quién más llamar.
En menos de quince minutos, una figura de cabellos castaños desordenados y una campera desalineada hacía su entrada. Al parecer, la desprolijidad se debía a la velocidad con la que había salido de su hogar y la rapidez con la que había viajado desde Ciudad Negra hasta allí gracias al poderosísimo Reshiram.
—¡Bel! ¡Aquí estás! ¿Estás bien? —le preguntó apenas la vio con los ojos rojos, como si hubiera estado llorando durante los últimos minutos. —Vine lo más rápido que pude...
—Está bien, estoy bien —pudo articular antes de romper en llanto.
—¡¿Qué ha pasado?! —repreguntó poniéndose nervioso.
—E-es mi ma-madre.
—¿Ella está bien? —inquirió él sin que disminuyera su preocupación. Bel asintió y recién entonces Touya pudo sentarse en el lugar enfrente al de su amiga. —Entonces, tómate tu tiempo para contarme. Si es que quieres hacerlo, claro. Yo pediré unos capuccinos para los dos, ¿sí?
La rubia esperó unos minutos hasta que las lágrimas dejaran de salir y, tras sonarse la nariz y beber algo, comenzó a explicarle todo lo que había pasado con su madre, lo que había dicho, la presentación de Mauricio y todo con lujo de detalles. Su amigo la escuchaba con la paciencia que lo caracterizaba, pero no con una sonrisa, tenía el ceño fruncido, no le agradaba lo que estaba escuchando.
—Vaya, Bel... —fue lo primero que dijo, sorprendido. Conocía a la madre de Bel desde que tenía memoria, jamás había imaginado que aquella señora cambiaría tanto, tampoco que pudiera decir cosas así. —Yo... no sé qué decirte, lo siento.
—Es suficiente con que hayas venido sin siquiera peinarte —respondió con una pequeñísima curvatura de sus labios.
—Eres fantástica —comentó él sin siquiera pensarlo. —No sé cómo haces para poder bromear en el medio de todo esto...
La sonrisa de la rubiecita se acentuó y él sintió vergüenza de no poder hacer nada por ella. Sólo pudo seguir haciéndole preguntas para entender un poco más la situación y así tratar de ayudarla en algo, por más mínimo que fuera.
—¿Crees que Mauricio se mudará con tu madre?
—No lo sé. Probablemente sí. Él nos contó que está alquilando en Ciudad Porcelana ya que le dejó la casa a su ex-mujer. Mi madre, además de ser buena de por sí, está muy entusiasmada con Mauricio, así que yo creo que sí lo hará—respondió aflijida.
—Quizás deberías preguntarle y en base a su respuesta, mudarte tu o no. Sé que no es lo mejor, pero lo digo porque te será imposible vivir ahí...
—No sé, Tou... Me da algo de... cosa dejar a mi madre con un casi extraño. ¡Mira si le hace algo! ¡Ella todavía está muy vulnerable!
—En eso tienes razón, pero tienes que ver qué tanto aguantas tu. Por más que te suene egoísta, tienes que cuidarte.
—Sí, es sólo que no sé...
—De acuerdo. Ve viendo según como vayas evaluando la situación. Cualquier cosa, puedes llamarme las veinticuatro horas.
—¡Pero falta poco para tu gran batalla! ¡Debes estar muy ocupado!
—Ocupado sí, pero tampoco la gran cosa. Ya hemos ganado antes y somos muy fuertes. Además, eres mi mejor amiga desde que tengo uso de razón, no puedo verte mal.
—¡¡Eres el mejor, Tou!! —exclamó la señorita sentándose al lado del joven para abrazarlo, él estaba siendo su roca.
Las siguientes dos semanas fueron un calvario para Bianca. Estaba muy desgastada. Su madre y Mauricio estaban en la nube rosa del amor, hacían todo juntos, eran inseparables. Si bien el hombre no se había mudado de manera formal, pasaba todos los días en la casa de su novia y la hija de ella. La chica de gafas estaba harta. Los escuchaba reír y/o gritar (entre otras cosas menos agradables) a cualquier hora y sin ninguna consideración por ella, que estaba utilizando todo su tiempo en casa para concentrarse en su tesis. Les había pedido que por favor intentaran contenerse, pero no había durado mucho (en realidad, no se habían tomado el comentario muy en serio, la tomaron como una amargada).
La gota que había hecho rebalsar el vaso había sido una noche en la que, por un supuesto descuido, la mujer había dañado el archivo de texto de la introducción de su tesis mientras intentaba reservar unos pasajes aéreos para irse junto a “Mau” a las exóticas Islas Sete de Kanto. No lograba entender cómo había hecho para destrozar parte de su trabajo intentando entrar a internet, sin embargo lo había hecho y su excusa había sido “es que con Mau tenemos muchas ganas de irnos cuanto antes, y cuando me lo propuso yo estaba muy emocionada, ¡¡debes entenderme!! ¡¡He estado encarcelada por treinta años, no puedo no estar ansiosa por la libertad!!” Sí, Bel estaba harta. Eso del “encarcelamiento por treinta años” al principio, había sido razonable, pero últimamente lo estaba empleando como excusa para cualquier idiotez que intentara hacer. Además, su progenitora había estado trabajando menos porque Mauricio estaba mucho en su casa y, en lugar de cocinar juntos, habían estado haciendo cualquier otra cosa. ¡¡Incluso había tenido que devolver dinero porque se había podido cumplir con los pedidos ya que “lo había olvidado por completo” y Bel no podía estar en todo!!
Ese día, tuvieron su peor pelea. Ni siquiera podía recordar los diálogos porque habían sido demasiado fuertes. No habían llegado a los insultos, pero las frases hirientes habían volado desde los dos bandos, fundamentalmente del de la más adulta de las dos mujeres, que trataba a su hija como una suertuda ya que se había ido a estudiar lejos mientras la dejaba sola encerrada en una casa que más que hogar parecía una prisión, que ella todo lo que hacía era por su bienestar pero que en un momento no había podido más así que Bel debía aprender a callarse porque ella no entendía nada. Al oír la frase “Y si no sabes aceptarme tal cual soy, con mi nueva vida y el hombre al que amo, no me importa, seguiré viviendo igual. No necesito guardaespaldas, ve a divertirte con tus pokémon. Mauricio me ama, yo lo amo a él y eso es todo lo que necesito en mi vida”, la joven de veinticuatro años tomó su bolso y se fue, sin darle a su mamá la satisfacción de oírla y verla de golpear la puerta al salir.
Estaba desesperada y desconsolada, jamás había esperado escuchar todas esas cosas, tanto de su boca como de la de su madre. Siempre se habían llevado muy bien, tenían una relación hermosa, ¡¿por qué debía haber ocurrido todo eso?! Pel, mientras volaba con la joven en su lomo, intentaba animarla un poco, pero no podía, esto era una herida enorme que sería difícil de sanar. Viajaron sin rumbo durante un largo rato, hasta que Bianca notó que no podía seguir forzando a Pelipper con la excusa de que estaba triste. Por ese motivo, le pidió ir hasta Ciudad Negra. Mientras tanto, la humana llamaría a Touya.
—T-tou. Estoy yendo a tu casa, ¿puede ser? Si no quieres, no hay problema, pero me gustaría verte ahora de ser posible... —había dicho inmediatamente después de que él la saludara.
—Sí, obviamente. ¿Estás bien? —le preguntó antes que nada.
—No —reconoció. —Cuando llegue te cuento.
Pel descendió en la puerta del edificio donde el joven amigo de Bel ocupaba un departamento de dos ambientes. Él estaba esperándola en la puerta de entrada y ella corrió a abrazarlo apenas hubo tocado el suelo con sus pies. Estaba desecha y no paraba de llorar.
Recién diez minutos después pudo moverse y ambos se dispusieron a entrar al espacio de Touya, que se encontraba en el segundo piso. La tipo agua/volador había regresado a su cápsula por su cuenta, quería ahorrarle cualquier esfuerzo posible a su amiga, tal como Falkner hubiera querido.
Hubo lujo de detalles en la explicación de Bianca, quien había hablado acostada en el sillón con las piernas levantadas ya que se sentía realmente muy mal también a nivel físico. Touya, que no sabía mucho de esas cosas, había estimado que se trataba de un caso de presión baja. Mientras la joven hablaba, él la había invitado con unos snacks de paquete que no eran la gran cosa, pero eran salados y le harían bien.
—No puedo creerlo... —balbuceó al final del relato. —Jamás pensé que tu madre podría hacer o decir algo así...
—Lo sé... —dijo desganada como estaba,
—¿Podrás recuperar el archivo?
—No lo sé. Le preguntaré a Cheren si él conoce una forma. De todos modos, son unas pocas páginas nada más, no es tan grave, supongo que podré reescribirlo —explicó, pero Touya estaba con el ceño fruncido. —Me preocupa más lo que haré. Tengo dinero para mudarme, pero no quiero estar cerca de ellos, mi madre ya me ha dejado muy en claro que no me necesita.
—Entiendo. Pero bueno, ¡te puedes mudar aquí! —propuso él sin pensarlo dos veces.
—¡Ay, Touya! ¡No podría! —exclamó con algo más de vida en su voz.
—¿Por qué no? Es un departamento bastante espacioso para ambos. Este sillón se hace cama, yo podré dormir aquí. Además, no estoy mucho en casa, podrías concentrarte en tu tesis todo lo que quieras, yo no molestaré. Y no te cobraré —comentó animado.
—No lo sé... Ya has hecho mucho por mí, no te podría seguir molestando...
—¡No es molestia alguna! No me quedaré tranquilo si no vives aquí conmigo. Suena horrible lo que dije, pero la verdad es que no quiero que te esfuerces demasiado, no te veo bien...
—Lo sé, entiendo lo que dices. Yo tampoco me siento bien, estas semanas han sido las peores de mi vida, pero eso no es justificativo para molestarte en tu hogar.
—¡Claro que lo es! ¡Y no digas molestarme, porque me encanta que estés aquí! ¡Vamos, Bel, no lo hagas difícil! ¡Piensa sólo en ti por una vez! —insistió él en lo que fue casi un ruego.
—Supongo que no aceptarás un “no” como respuesta, ¿verdad?
—Has entendido —contestó con una sonrisa triunfal.
—De acuerdo, pero con una condición...
—¿Cuál?
—Yo dormiré en el sillón —dijo Bianca con mirada pícara.
—Oye, ¡eso no es justo! —chilló Touya deshaciéndose en risas.
—Claro que lo es, soy la invitada.
—¡Y por eso mismo! Además, necesitas dormir bien para ir a trabajar y hacer tu tesis.
—Pero si el sillón se ve muy cómodo...
—Mmm, lleguemos a un acuerdo. Cambiaremos cada noche, ¿de acuerdo?
—¡¡Sí!! —asintió sintiéndose ganadora por la discusión y por tener un amigo tan genial como Touya.
Esa primera noche, el casi Campeón de Unova accedió al pedido de su invitada y la dejó dormir en el sofá en el que ya se había instalado. Habían acordado que al día siguiente, domingo, él iría a recoger una lista de cosas que ella precisaba para vivir en otro lado. Había anotado su ordenador portátil, algunos de sus libros, ropa de todo tipo, el cargador de sus dispositivos electrónicos y otras cosas que tenían cierta importancia para la rubia.
La madre de Bel se había enojado mucho al ver al joven de cabellos castaños pedir permiso para entrar. En realidad, al verlo se había asombrado, pero cuando escuchó por qué estaba allí, se enfureció, pero él usó argumentos muy convincentes para que la mujer, de mala gana, lo dejara entrar para buscar las pertenencias de su mejor amiga. Mientras tanto, la chica de las gafas había salido a hacer algunas compras con Pel. Debían ir a una farmacia a conseguir la solución para limpiar sus lentes, un buen cepillo de dientes y otras cosas de uso estrictamente femenino y que Touya no tenía en su casa por razones más que obvias. Además, aprovechó para ir al mercado de Pueblo Biscuit, que tenía los mejores precios en toda la región, y compró bastante comida. A decir verdad, la despensa de su amigo estaba prácticamente vacía. Si bien él le había dejado claro que ella no pagaría ni el 1% del alquiler, la jovencita había insistido con pagar los alimentos y las facturas de gas, luz e internet.
Por la tarde, ambos se encontraron en el departamento que habían empezado a compartir.
—Echa un vistazo a la alacena y dime si no te gusta más así.
—¡Vaya! No esperaba todo eso —reconoció el joven revisando todo lo que Bianca había comprado. —No debiste haberte molestado. Mis pokémon y yo no comemos tanto.
—Es la comida de un mes esto, ¡tranquilo! —explicó riendo. —Por cierto, ¿cómo te ha ido?
—No ha habido problema, tu madre estaba muy entretenida con Mauricio —mintió para no preocuparla con la discusión que habían tenido. —Conseguí todo lo que me habías pedido. No sabía cuánta ropa traer, así que agarré casi todo lo que estaba limpio. Menos mal que Reshiram es fuerte, porque el bolso pesa una barbaridad.
—¡¡Mil gracias, Tou!! ¡¡Significa mucho para mí!!
—¡No es nada! ¡Me gusta poder ayudar!
Las dos semanas que faltaban hasta la gran batalla de su compañero de piso se pasaron volando. El joven de cabellos castaños y ojos del mismo tono se esforzaba muchísimo con entrenamientos muy intensos. Bianca lo ayudaba en todo lo que podía: le preparaba un almuerzo nutritivo a él y a sus pokémon según las necesidades de cada uno, lo ayudaba a curarlos cuando se herían y hasta empleaba su poco tiempo libre para tener algunos combates en los que ella demostraba lo mucho que había aprendido con Green Oak y sus temibles aliados. Sí, fueron catorce días duros, pero todo el esfuerzo había dado sus frutos: Touya se había consagrado como el flamante Campeón de la Liga Pokémon de Unova.
Durante los años siguientes reinó la tranquilidad en Bel. Había terminado su tesis y había logrado exponerla obteniendo una mención de honor por lo buena que era, había obtenido el título correspondiente al posgrado de Comportamiento Pokémon y, además, había logrado alejarse de su madre, de quien sabía poco y nada. Con Touya todo marchaba de lujo, su mejor amigo y ella congeniaban a la perfección y vivir juntos era algo que ya se les había hecho muy natural. Habían encontrado un punto perfecto en el que cada uno tenía sus proyectos pero se ayudaban para alcanzar sus metas sin saturarse mutuamente. Además, Cheren los visitaba muy seguido y eso era lo único que faltaba para que toda la situación fuera inmejorable.
Recién en marzo del año dos mil veintisiete y siete había habido un cambio significativo en la vida de la joven rubia. Ella tenía veintinueve años y estaba muy feliz viviendo con su mejor amigo en todo el mundo. El “problema” (ella no lo consideraba como tal) era que hacía dos años él había empezado a salir con alguien que había sido muy importante en su vida: N. La historia entre los dos jóvenes era más que conocida para Bianca y para Cheren, por lo que no los sorprendió en nada. Todos se llevaban de maravillas con el chico de cabellos verdes, era realmente una amor de persona y se preocupaba mucho por todos, especialmente por Touya.
Un buen día, los dos muchachos se presentaron en el trabajo de la rubia, en el horario de almuerzo, para contarle que habían resuelto irse a vivir juntos. A Bel le pareció fantástico y les dijo que no se preocuparan, que tenía dinero suficiente como para mudarse de inmediato. Ellos se negaron, le dijeron que N tenía una casa fabulosa y enorme (cosa que era cierto, la mujer había ido varias veces) y que allí estarían bien los dos junto con sus pokémon y demás sin preocuparse por un alquiler, aunque el trabajo del castaño dejaba una cantidad de dinero asombrosa.
—¡¡Entonces tienen todo listo!! ¡¡Estoy tan feliz por ambos!! —chilló abrazándolos a ambos.
—¡¡Nosotros también, créelo!! —le respondió N, a quien le salía felicidad de los poros y cuya sonrisa parecía imborrable. La historia de él con Touya había sido muy intensa.
Bel, además de estar feliz por las buenas noticias de sus amigos, se encontraba muy animada y entusiasmada por la nueva etapa que comenzaría: la de vivir sola. Por suerte ganaba bien en su amado trabajo, lo que le permitiría pagar el alquiler y todo lo necesario. Ya se había encariñado con el departamento de Ciudad Negra, no podría irse así como así.
La Bianca de treinta y siete años salió del trance de sus pensamientos al ver que Chandelure estaba regresando de su paseo nocturno. ¡¿Qué hora era?! Comprobó el reloj de la habitación: las seis menos veinte. ¡¡Ya estaba amaneciendo!! Por eso, sin dudar un segundo, se metió en la cama decidida a dormirse. Tenía hasta después del mediodía para descansar sin problemas.
Se dispuso a soñar con las mejores anécdotas de sus años más felices, como cuando cocinando junto a Touya habían incendiado una cortina y Samurott los bañó a ambos para regañarlos, o como la vez que Cheren se había quedado dormido en el cine y lo habían abandonado por quince minutos en la sala vacía.
Al despertar, la mujer vio que su reloj anunciaba la una de la tarde. Se rió, no dormía tanto desde la primera noche que había pasado en el departamento de Ciudad Negra, su residencia en ese momento, cuando volaba de fiebre por el malestar que le había producido la horrenda pelea con su madre
Se estiró en la cama y, después de unos “cinco minutitos más”, decidió levantarse: tenía tres horas hasta el encuentro con Falkner y tenía bastantes cosas por hacer. Al recordar el nombre del hombre con el que se reuniría se armó de ganas para saltar a la ducha.
No tuvo tiempo para tomar un baño relajante, sin embargo aquella ablución fue suficiente para despertarla y dejarla fresca y radiante como lo requería aquella jornada tan especial e importante en su vida. ¡¡Había esperado veinte años por aquel día!!
Al momento de cambiarse, se puso el vestido que había comprado la tarde anterior junto a su madre, aquel blanco con un lazo en naranja pastel. Lo acompañó con sandalias de ese tono, su fiel boina verde y la infaltable bata blanca que la distinguía como una Profesora Pokémon.
Pidió un refrigerio a la habitación porque el horario de desayuno del hotel ya había pasado, y lo consumió leyendo el diario de la región. Estaban pronosticados chubascos por la tarde-noche, pero el servicio del clima era bastante malo, por más irónico que sonara decir eso en Hoenn. Además, sólo hablaba de ciudades, en ningún momento aclaraba sobre el clima de las rutas, que solía ser bastante independiente del de los centros poblacionales.
“¿Tenemos todo?”, le preguntó a sus pokémon a las tres y cuarto de la tarde.
Spritzee, uno de sus más recientes amigos, le acercó un paquete envuelto con papel azul y un moño blanco mientras que Musharna le pasaba una campera (desde que había sido madre estaba muy al tanto de esas cosas) y Far le recordaba que debía peinarse. “Pequeño detalle, ¿no?”, comentó al normal/volador tomando el cepillo para acomodarse los rubios cabellos.
Cerró su valija y acomodó el candado. Debía llevarla a la recepción del hotel antes de irse. Todavía no había reservado la habitación para esa noche ya que no tenía bien en claro qué era lo que haría luego del encuentro con el originario de Johto, pero tampoco podía ir a todos lados con la pesada maleta con rueditas.
Una vez hechos todos los trámites con el personal del hospedaje y con todo listo, la caravana de dos aves (Pel y Altaria) y Bel, con la agua/volador a la cabeza, partió hacia la ruta 119, donde el árbol al que le faltaba un pedazo de corteza los estaba esperando.
Si bien las tres estaban ansiosas por llegar, decidieron que no irían muy rápido porque no tenían ganas de pasar más tiempo esperando del necesario, eso sólo lograría ponerlas nerviosas. Hablando de nervios, ¿cómo estaba la mujer de treinta y siete años? Bueno, ella... ella estaba. No sabía cómo reaccionaría al tener frente a sus ojos a aquella persona que por dos décadas había desaparecido de todos lados menos de sus recuerdos, tampoco lo había pensado mucho dado que quería que fuera totalmente espontáneo.
Al llegar, una sensación cálida la invadió: no había pisado aquel lugar desde que se había separado de Falkner, sin embargo lo veía prácticamente igual que aquel día tan lejano en el tiempo.
Pelipper y Altaria se acomodaron en el piso, expectantes. Por otro lado, la mujer de las gafas de color rojo relajó su espalda con un suspiro en el gran árbol al que le faltaba un pedazo de corteza. Sacó de su gran bolso (verde) la caja azul marino en la que había guardado el trozo de madera que le correspondía a ella. Su forma de pasar los minutos hasta que el joven apareciera o no, sería acariciando su mitad con la yema de los dedos.
¿Él iría? De eso no podía estar absolutamente segura, mas si había algo que Bianca sí sabía era que, si Falkner era capaz de trasladarse hasta allí, iría. No le cabía duda alguna de que el muchacho quería asistir, sólo una enfermedad o una causa de fuerza mayor harían que él se ausentara.
Una flor al día AU - Abierto
kirxu:
Bien. La linda muchachita rubia estaba de acuerdo, con eso le bastaba de confirmación, se sentía satisfecho, podría decir que era una de las primeras veces que la cita la hacía él, que no era parte de su itinerario, se sentía… bastante bien.
Por otro momento, una genuina sonrisa de gusto se formó en sus labios, asegurándoce de recordar el horario de salida de Bel.
-”El lugar es una sorpresa, pero te dejaré una pista, te parece ? No me gusta arruinar sorpresas”- respondió, cruzándoce de brazos, pensando en que podría ser la pista.
Ahora que lo pensaba bien, además de restaurantes caros que podía decir le gustaban o lugares a los que había acudido por eventos no tenía un lugar en específico que dijera le gustara a él. Eso solo hacía las cosas más difíciles, se estaba dando una oportunidad y no sabía por donde empezar.
-”Es curioso, nunca he pensado en un lugar que me guste visitar… “- la confesión se le escapó de los labios, dándoce cuenta y procediendo a improvisar algo de nuevo en un tono más juguetón.
-”Pero qué digo ? Si esta salida no se tratará de mí, sino de tí, floresita”- dijo guiñándole un ojo acompañado de una risa suave.
-”La pista… un lugar generalmente vacío apenas se pone el Sol, sin embargo lleno de compañía del tipo que solo se ve por las noches”- concluyó. Si, eso le parecía adecuado sin decir algo que pudiera arruinar la sorpresa.
-”Mañana nos vemos, Bel, hasta entonces”- finalmente dedicándole una sonrisa antes de darse la vuelta y marcharse.
Bel dejó ver una pequeña mueca de sorpresa cuando escuchó que Kiryu no tenía un lugar que le gustara visitar, que nunca había pensado en uno. ¿¿Trabajaría demasiado como para tener tiempo libre?? Se concentró tanto en pensar esa frase que ni siquiera notó la siguiente, por lo que se ahorró el sonrojarse
Algo le decía que debajo (o al lado, podía funcionar esa idea también) de tanta seguridad que mostraba el chico de los ojos violetas, había un costado totalmente distinto. ¿Distinto cómo? Bueno, eso todavía no lo sabía, ¡pero tenía muchas ganas de descubrirlo!
Enfocó toda su atención en las palabras del muchacho cuando escuchó que este hablaría de la pista. Debía escuchar esa parte a la perfección, sería lo único que tendría para descubrir el sitio al que debía ir el día siguiente. Eso la puso algo nerviosa, era una chica bastante torpe, así que no estaba segura de poder comprender la pista a la perfección. Tenía miedo de interpretarla mal y acabar en cualquier otro lugar de la ciudad.
“’Lugar generalmente vacío apenas se pone el Sol’”, repitió en voz baja algo extrañada. No entendía esa parte. “Y ‘lleno de compañía del tipo que sólo se ve por las noches’”, continuó. No tenía la menor idea. Suponía que esa compañía de las noches eran las estrellas, ¡¡pero tampoco estaba tan segura!!
Estaba perdidísima, no tenía ninguna buena idea sobre qué lugar podía ser ese. Se le ocurrió que podría preguntarle a su madre, ¡pero debía explicarle todo el asunto y eso le daba algo de vergüenza! Su mamá era genial, pero su padre podía ser un verdadero pesado cuando se trataba de todas esas cosas, incluso aunque le jurara que Kiryu sólo era un chico al que quería conocer como amigo. Suspiró, ya tendría tiempo de pensar en eso.
“¡Hasta mañana!”, exclamó con una sonrisa amable. “Estaré allí cerca de las siete y media”, prometió omitiendo decirle que estaría en el lugar de poder resolver la pista, cosa de la que no estaba completamente segura.
Al ver muchacho de orbes violetas alejarse hasta convertirse en una simple silueta borrosa en la calle, se planteó una serie de cuestiones que comenzaron a preocuparla: ¿qué pasaba si no lograba descifrar la pista? No tenía forma alguna de comunicarse con el muchacho, ni siquiera habían intercambiado números de teléfono. ¿Qué tal si se trataba de un lugar que ella no conocía? A decir verdad, Bel no era de las que salían muy seguido, su lista de lugares de seguro era muchísimo más limitada que la de alguien popular, como debía ser el caso del chico de las flores. Entonces, al tener un abanico más pequeño de opciones, podía ser que la respuesta a todo el acertijo no se encontrara allí, sino en un abanico más grande como el de Kiryu. Y no terminaba en eso, sino que también estaba el inconveniente de a quién preguntarle sobre la pista, cómo asegurarse que la conclusión a la que llegara fuera la correcta y un aparente sinfín de cosas que en aquel momento parecían lejanas nimiedades.
Suspiró y notó que ya era hora de volver a su puesto detrás del mostrador de la florería. Sentada en el banquito, movía sus piernas pensativa, intentando encontrarle una respuesta satisfactoria a ese interrogante que seguía paseándose por su cabeza. Acompañó el movimiento de sus extremidades inferiores meciendo todo su cuerpo tarareando la canción que sonaba en la radio.
En eso, entró una señora a la tienda. Sus cabellos blancos y grises, aunque no tuviera la edad de una abuela, estaban recogidos en un moño algo desprolijo, pero este no dejaba de lucir bonito a ojos de la rubiecita. Con una amable sonrisa indicó que estaba buscando una planta para interior que pudiera tener flores durante todo el año. Era algo muy específico y en la tienda no contaban con muchas que cumplieran con esos requisitos, mas no dudó en mostrarle algunas de las que tenían.
“Estas son las ‘alegrías del hogar’, hay de todos los colores y pueden ser tanto de interior como de exterior, hay varias formas de lograr que sus flores duren bastante y que aparezcan en todo el año”, comenzó a explicarle a la dama que la miraba atenta. “Por otro lado, están las afelandras. Son un poco más llamativas porque poseen hojas muy bonitas, al igual que sus flores, que son amarillas y duraderas. Crecen rápido mientras se tenga en cuenta la humedad que necesitan. ¿Qué le parecen?”, preguntó curvando sus labios en una sonrisa, no podía evitar sonreír al ver lo interesada que parecía la clienta.
---No lo sé ---admitió la mujer riendo brevemente. ---Ocurre que esta planta es para hacerle un regalo a mi hijo, que acaba mudarse con su esposa y están esperando un hijo. Se estila regalar plantas en las inauguraciones y bueno, me pareció un bonito gesto.
“¡Lo es!”, acompañó la rubiecita expandiendo la mueca que ocupaba gran parte de su rostro. La había hecho feliz esa pequeña anécdota.
Los minutos siguientes se la pasaron viendo otras plantas que respondían a los pedidos de la señora mientras charlaban animadamente sobre su hijo, la esposa de este y la apariencia y estilo de la casa nueva. La mayor era muy amable y escuchaba pacientemente todas sus explicaciones sobre las características de cada planta y sus necesidades de luz, humedad y regado.
Cuando aquella clienta por fin se decidió, ambas se acercaron a la caja para empezar el trámite de envolver para regalo el ‘”lirio de paz”, incluir un papel con anotaciones sobre sus cuidados y recibir el dinero. Al lado de la máquina registradora, la mujer encontró una dalia de color rosa pálido.
---¿Qué hace esta niña por aquí? Se secará ---expresó con un dejo de tristeza al ver a la flor tan solitaria.
“Oh, es verdad. ¡Qué mal! Me la han regalado y la dejé ahí sin más...”, chilló Bel antes de apresurarse y meterla en un vaso con agua para que se mantuviera en mejor estado hasta irse a su casa.
---Un regalo, ¿eh? ---le preguntó la señora alzando las cejas.
La niña de las gafas apenas había notado que había dicho que había sido un regalo. Había tomado tanta confianza con la señora que no se había dado cuenta de que había hablado un poco de más.
“Ehh, s-sí. Es de un amigo. Bah, no sé si es un amigo...”, expresó confundida. Había visto a Kiryu unas pocas veces y hablado con él en menos ocasiones todavía. No sabía cómo referirse a él. Sin embargo, la mujer tenía tiempo para oír la historia y alentó a la muchachita a que se la contara de punta a punta.
La trabajadora de la florería no escatimó en detalles, relató todo lo que recordaba, incluso las especies de flores que habían intercambiado con el casi desconocido de los fríos ojos violetas. De más está aclarar que comentó también su dilema con la pista que le había dado el chico y la serie de confusiones que había tenido gracias a eso.
---Linda, creo poder ayudarte con eso ---la reconfortó la mujer de los cabellos sal y pimienta. ---Se refiere a un espacio abierto, como un parque, pero no a uno cualquiera, tiene que ser uno maravilloso... ¡Lo tengo! ¡El parque del mirador!
“¿El parque del mirador?”, le preguntó no estando segura de conocer aquel lugar.
---¡Sí, ese mismo! Se encuentra al sudeste de la ciudad. Es un parque gigante que tiene varias atracciones de lo más pintorescas. Si mal no recuerdo, cuenta con unos... ¿laberintos? o algo así de rosales, mesitas para picnic y, por supuesto, un gran mirador. Es el punto más bello para ver el atardecer al aire libre ---explicó con brillo en sus ojos, como si estuviera recordando anécdotas increíbles que había tenido en ese lugar.
“¿Lo dice en serio? ¡Eso es fantástico! ¡Ha resuelto todos mis problemas!”, dijo y la abrazó de forma espontánea. “¡¡¡Mil millones de gracias!!!”, no dejaba de agregar mientras terminaba de colocarle los moños al bonito paquete para regalo que estaba preparando.
Cuando por fin tuvo todo listo, le entregó la bolsa a la mujer que le había hecho pasar una media hora increíble y que, además, la había ayudado a la perfección con su ya no tan inmenso problema.
“¡¡Mil gracias por todo!! ¡¡Espero que todo vaya bien para su hijo y su esposa!! ¡¡Regrese cuando quiera!! ¡¡Hasta luego y que tenga un buen día!!”, la saludó cuando estuvo por cruzar la puerta automática de salida.
El resto de su jornada laboral, la chica de las gafas rojas atendió a unas pocas personas que buscaban ramos de flores y charlando con su compañero sobre que la empresa abriría otra sucursal en el barrio más céntrico de la ciudad, lo que era muy bueno para expandirse y demás.
“¡Bueno, yo cerraré hoy, entonces!”, avisó cuando estaba empezando a guardar las plantas. “¡Pero no olvides que mañana te toca a ti!”, agregó con unas risitas, su compañero era igual de despistado que ella.
Con todo listo para bajar las persianas, recordó que había dejado la flor que le había regalado Kiryu en agua, justo al lado de la caja registradora. Le parecía feo dejarla ahí toda la noche, por lo que decidió regresar y llevársela dentro de un libro, como solía hacer en varias ocasiones con las flores “sueltas”, se lo había enseñado su abuela y le parecía algo bonito.
El viaje en bus se le pasó rapidísimo. A decir verdad, había estado ocupada pensando en el lugar al que iría al día siguiente con su ¿nuevo amigo? y en que debía ir la semana entrante a la universidad a inscribirse, ¡algo que la tenía muy nerviosa!
Ya en su casa, el tiempo siguió volando a su lado. Cuando se quiso dar cuenta, ya estaba poniendo la alarma para despertarse a las nueve en punto. Tenía muchas ganas de comenzar a revisar los programas de las diferentes asignaturas que cursaría, y también había pensado en pasar por una tienda a comprarse una bonita blusa para usar en la salida con Kiryu. ¡Y tenía que pensar una flor para regalarle! ¡Eran muchas cosas!
El sonido de la radio taladró su cabeza, interrumpiendo sus sueños con mundos llenos de flores y árboles en lugar de humeantes fábricas y basura en los ríos y arbustos. Apagó el despertador con una mano y se puso las gafas con la otra, lo que no dejó extremidad libre para taparse la boca cuando emitió un bostezo enorme que logró sonrojar sus mejillas de la vergüenza.
Tras una ducha rápida y un desayuno con su madre, Bel partió para comprar algunos libros y la blusa que se había auto-prometido con la esperanza de que aquel día sería grandioso.