La señora Verónica había llevado siempre una vida de oficinista. Estuvo durante 40 años trabajando como administradora y asistente todera a una empresa aseguradora familiar, y la verdad, que después de escuchar sus cuentos de cómo se había “partido el lomo” trabajando para otras personas, era fácil entender su estado de salud. No estaba mal, ni postrada en una cama, pero sufría y le dolía todo. Físicamente era muy flaca y cada día que pasaba, su cabeza y cuello se acercaban más al suelo, en forma de puente.
Era incómodo verla caminar por su casa buscando algo en algún gabinete superior. Aunque había pocos, pues trataba de mantener todo en el piso, donde lo pudiera fácilmente ver. Constantemente me aupaba a que aprovechara mi juventud, y saliera cada noche en busca de aventuras-sanas, que ahora que lo pienso, se refería a cenas y tragos de whisky 18 años en alguna tasca de la Solano.
Yo tendía más por las bebidas espirituosas rusas y transparentes, servidas en lugares sin sillas y con muy poca luz. Para ese entonces, usaba tacones muy altos, y trataba de mirar hacia arriba, pero sólo para buscar hacia en el horizonte quien me interesara entre la multitud.
En esa época me diagnosticaron escoliosis idiopática, compensada, para mi alivio…y me fue recetado el estiramiento exhaustivo con algún tipo de ejercicio que le permitiera a mi columna maltrecha estirarse y aparte fortalecerse.
Así llegué al Yoga. Al inicio me pasaba lo mismo que le sucede a un adolescente cuando trata de leer Rayuela o Cien Años de Soledad. Simplemente tiras el libro contra el suelo y sales corriendo. No soportaba el silencio y la lenta respiración. No podía entender cómo esas posiciones podrían ayudarme. Dejé de asistir por mucho tiempo, frecuenté gimnasios, piscinas…y me masajeaba la espalda con cualquiera que mostrara unas manos fuertes para aliviar mis intermitentes dolores de espalda.
Hasta que un día, mi madre, que irónicamente es profesora de Yoga, me invitó a una de sus clases. A regañadientes, asistí. Apenas iniciando, en el 2do saludo al sol, mientras hacía Bhujangasana o La Cobra, (mal hecha)…mi madre me dijo: Mira hacia arriba, mira el cielo, cuando hagas esta posición abre el pecho y recibe la energía de arriba.
Algunos de ustedes se reirán, tal como yo lo hice en ese momento. ¿Energía de arriba?
Salí de esa clase, tomando en cuenta lo mal que caminaba, lo mal que me paraba, siempre con el pecho cerrado y los hombros en perenne tensión. Decidí asistir a otras lecciones más y poco a poco fui mejorando mi postura pero muy conscientemente, desde el ensayo y error diario, me impulsaba a arreglarme cuando me sentía doblada, sin saberlo, estaba comenzando a caminar más derecha, a sentarme más erguida, y a mirar más hacia arriba…¿y qué paso? Comencé a caminar mirando hacia el horizonte y hacia arriba, y me topé con el motivo por el que hoy escribo: El cielo.
Tal vez, sea yo la única que caminaba mirando hacia el piso. Eso no lo sé. Lo único que puedo dejar plasmado, es que a veces, ya sea por problemas físicos, psicológicos e emocionales, tendemos a caminar cabizbajos…mirando sólo nuestros pasos y nos perdemos de las caras que pasan a nuestro alrededor, del paisaje, por más pintoresco o caótico que sea, no importa…pero sobretodo nos perdemos de ese azul, o gris cielo que está sobre nosotros, que con toda su inmensidad nos recuerda lo pequeños y afortunados que somos…
No importa si es que me duele la espalda, o si me siento ahogada por algún problema en particular…o simplemente porque estoy cansada y quiero llegar pronto a casa. En ese momento que lo recuerdo, yergo mi columna, hombros y levanto mi cabeza hacia arriba, hacia esa inmensidad y entiendo…que grande es, y así es como recibo la energía de la que hablaba mi madre, y me siento mejor.