[Y si en aquella ocasión yo no hubiera mirado esas pestañas, tal vez ahora no hubiese empañado las mías.]
Fue una mañana gélida acompañando al ocaso del otoño cuando vio su silueta estática mirando fijamente el caer de las amarillentas hojas sobre el lago del parque más concurrido de la ciudad. El número de personas que visitaban el lugar en aquellas fechas era alto, especialmente si se tenía en cuenta que las temperaturas oscilaban entre los cuatro y cinco grados.
El por qué de su insistente mirada sobre aquella persona en específico fue algo a lo que no pudo responder, simplemente se quedó en su lugar observándolo con la misma concentración con la que él admiraba las ondas del agua.
No era la persona con los rasgos más bellos que había visto, no había nada en su forma de vestir o en sus gestos que hiciera pensar que ocultaba grandes secretos esperando por ser descifrados y tampoco lo rodeaba un aura de misterio digno de la mejor película de romance barato recién salida de Hollywood.
Pero sus pestañas eran largas, interminables; y eso contrastaba con su cabello corto. Sus ojos eran oscuros, pero el reflejo del Sol en la masa líquida situada frente a él los dotaba de un brillo tintineante que les otorgaba un aire magnético.
No contó los minutos que se sucedieron en su viejo reloj de muñeca, cuyas agujas comenzaban a oxidarse por el paso del tiempo. Nunca supo el motivo, pero sus pupilas no dejaron su objetivo. No hubo preguntas ni suposiciones, su mente estaba en blanco.
Cuando las farolas de la calle comenzaron a tomar protagonismo y la noche empezó a bailar con las sombras de los árboles de aquel parque, ya no tan concurrido como horas atrás, se dio cuenta de que, tal vez, era hora de emprender el camino de regreso a la habitación de la pensión en la cual se hospedaba mientras no encontraba otra cosa.
Aunque tampoco buscaba. Nunca lo hizo.
Ella desembolsaba una cantidad estúpidamente alta de dinero por permitirse el "lujo" de llamarse a sí misma autónoma en todos los sentidos. Escribía miles de palabras en su ordenador portátil, las cuales eran posteriormente puestas en común con otro par de personas más y, finalmente, publicadas en una revista online para jóvenes bohemios y con ganas de comerse un mundo que ya parecía haberlos engullido antes de que comenzasen a salir de sus respectivos cascarones y zonas de confort. Cuando eso no era suficiente limpiaba pasillos, fregaba platos o servía cafés y chupitos de vodka barato; cobrando en sobres oscuros a la salida de algún local, sin preguntas ni firmas.
Más tarde descubrió que él también escribía, pero sus palabras venían acompañadas por melodías que posteriormente entonaban otras voces.
Ella era muchas cosas diferentes y él era simplemente él.
Cuando volvieron a verse, ella vestía una camiseta negra con el logotipo de un viejo pub de la zona y él buscaba algo de inspiración guardada en un vaso. Él sabía que ella lo había estado observando en aquel parque días atrás porque su presencia le había quemado por dentro con solo una mirada; sin embargo, ella siempre fue tan despistada que jamás notó que el verde entre sus ojos contrastaba con el amarillo del otoño que él tanto amaba contemplar.
Ella sirvió muchas copas aquella noche y él fingió que prefería aquel vaso hondo de whiskey antes que un café con leche después de comer.
Por las mañanas él era productivo, se levantaba muy temprano y comenzaba a componer como si sus propias manos le exigiesen escribir. Ella dormía hasta tarde y se desvelaba todas las noches; a veces escribiendo sus propios cuentos con moralejas erradas y en otras ocasiones simplemente preguntándole a él cómo había ido su día en la discográfica.
Él jamás admitiría que a veces no dormía para hablar con ella un minutos más y ella nunca sería capaz de confesar que ponía varias alarmas en su teléfono para desearle un buen día.
Ella jamás había creído en el destino, vivía al día y no pensaba en lo que fuera a suceder mañana; él tenía un hilo rojo tatuado en su dedo anular.
Ella fingía creer que sus encuentros en el lago del parque eran casuales y él le hacía pensar que las casualidades valían la pena.
Él siempre creyó que amaría a la misma persona para toda la vida, que formaría una familia a su lado y que juntos vivirían felices y tomados de la mano, superando todo tipo de adversidades. Ella estaba segura de que su vida se compondría de miles de historias con narradores diferentes.
La primera vez que se besaron fue el día en el que él celebraba su quinto aniversario con su novia desde la universidad y ella hacía tiempo que estaba viendo a alguien.
Él jamás quiso lastimar a nadie, pero no pudo sentir remordimiento alguno cuando el mundo le susurraba en el oído que se impulsara hacia delante, al menos por una vez. Ella sintió que su muro de cristal se requebrajaba en mil pedazos, porque jamás había sentido nada juntando sus labios con unos ajenos y en aquel instante pareció sentirlo todo.
Llevaban amándose sin etiquetas un año entero; a veces él la despertaba por las mañanas para beber café y escribir, cada uno en sus respectivos mundos, y en otras ocasiones era ella la que los hacía desvelarse hasta que el Sol salía de nuevo.
Ella dejó su revista y comenzó a ayudarle con sus melodías y él le juró que ella era su canción favorita.
Él le dedicó todas sus palabras y ella todas sus sonrisas y, aunque ninguno preguntó nada ni hubo joyas caras adornando sus dedos, ellos estuvieron juntos.
Cuando se mudaron a aquella cabaña destartalada él pensó que había perdido la cabeza y ella le dijo que en frente de la ventana de su pequeña cocina podía verse un hermoso lago.
Ella empezó a pintar y decoró todas las paredes con pequeños papeles llenos de colores y él se compró una camioneta antigua para volver a la ciudad a trabajar todos los días en el lugar de siempre.
Él comenzó a recibir llamadas, personas que decían preocuparse por él y la vida que estaba llevando y ella le difuminó todas sus dudas con los mismo dedos con los que pintaba en las tardes, antes de que él volviera de la discográfica y comenzaran a preparar la cena o, tal vez, a llenarse de besos hasta la madrugada.
Pero, un día, una mujer de una vida pasada fue a verlo y él volvió tarde a casa. Ella no hizo preguntas a la mañana siguiente, porque él no la despertó para tomar café.
Él comenzó a pensar que ya nada estaba bajo su control y ella ansiaba volar de nuevo, siendo su propia melodía y la de nadie más.
Él cambió su trabajo por una oficina gris y ella volvió a su revista.
Cuando llegó el invierno y el lago se congeló, ella supo que él no volvería esa noche a casa. Cuando la calidez del Sol le acarició el cuello en una cama que había dejado de ser suya hace tiempo, él supo que no podría desayunar con ella esa mañana.
Él volvió al día siguiente a la cabaña y ella se fue una hora antes. Él descolgó todos sus cuadros de las paredes, se limpió una lágrima y se convenció de haber tomado las decisiones correctas. Ella tomó un vuelo con un destino remoto, yendo a un lugar en el que ya no hubiera lagos.
Cuando pasó un tiempo, él se casó y ella jamás lo supo. Él tenía ahora un anillo en su dedo anular, cubriendo aquella antigua mancha de tinta y ella guardaba un nombre escrito en su piel.
Él tuvo dos hijos y por ellos fue feliz, aunque a veces, mientras él y su esposa deshacían la cama de sus labios brotaba otro nombre que su compañera decidía ignorar. Ella jamás tuvo familia ni intenciones de formar una, pero fue feliz recorriendo el mundo y admirando mares, océanos y ríos; aunque a veces rememoraba el nombre de un lago en concreto.
Los años pasaron y sus hijos se hicieron mayores. Su esposa le pidió el divorcio, pero no fue nada que lo sorprendiera ni que le doliese como debería haberlo hecho. El día en el que los papeles estuvieron firmados, él volvió al parque y se sentó en el mismo sitio que la primera vez.
Ella logró publicar libros que ella misma ilustró y los llenó de fotografías y viejos recuerdos. La gente quería saber más de ella y de sus historias y una firma en una fecha de otoño la hizo volver a aquella ciudad que hacía tanto tiempo había dejado atrás. Y ese día, ella volvió al lago.
Él no supo por qué, pero su piel volvió a arder cuando sus ojos se encontraron de nuevo con los de ella; quien esta vez, en lugar de observarlo desde la distancia, lo hacía a su lado. Ambos sentados frente al lago.
Ella no dijo nada y él tampoco lo hizo. Cuando la noche les tendió una emboscada a ambos, se levantaron con el mismo silencio y abandonaron el lugar.
Él no miró atrás por miedo a volver y ella tampoco lo hizo por temor a que su mirada no fuera devuelta.
Sus ojos jamás volvieron a encontrarse, pero ellos se vieron en sueños por el resto de sus noches.
Con más de ocho décadas a sus espaldas, él les contó a sus nietos la historia de su canción favorita, haciéndoles prometer que jamás se marcharían del lugar que ellos sintieran su hogar.
Esa noche él se desveló y un hombre trajeado a través de la pantalla le informó de la muerte de la escritora cuyo rostro vivía en sus recuerdos.
Él se montó en su camioneta y se dirigió a aquella cabaña cuya dirección recordaba tan bien. Ella nunca le volvió a mirar, pero encima de la antigua mesa de la cocina le dejó un cuaderno en el cual le escribió todo aquello que jamás dijo, pero nunca dudó.
Él volvió al lago, arrojó el cuaderno y con una sonrisa y una lágrima salada, le dijo adiós.
Él siempre la amó. Ella nunca lo olvidó.
Y aunque sus besos no duraron una vida, ellos siempre fueron.