El mensaje de voz te llegó a última hora. Y aunque tu cuerpo se tensó apenas lo escuchaste, no dudaste en obedecer.
Eran casi las diez de la noche cuando entraste por la puerta lateral de testro. El edificio estaba completamente vacío, como él había prometido. El silencio era absoluto. El eco de tus pasos te delataba.
Te detuviste en el hall, con el abrigo puesto, pero sabiendo que debajo solo llevabas lo que él había pedido.
Y entonces lo escuchaste.
—Cerrá la puerta. Y dejala sin llave —dijo él desde atrás de una columna, como si hubiera estado ahí todo el tiempo esperándote.
Él se acercó caminando lento, con las manos en los bolsillos. Su mirada bajó directo a tus piernas. Después, a tus labios.
—Te pusiste la ropa que te pedí. Bien. Ahora sacate el abrigo.
Tus manos temblaron apenas, pero obedeciste. La tela cayó al suelo. Te quedaste ahí, de pie, solo con esa lencería negra ajustada que ya te hacía latir el cuerpo antes de que te tocara.
Él se acercó y no te tocó aún. Solo caminó alrededor tuyo.
—Estás temblando. Pero no sabés si de ganas o de miedo —susurró detrás de tu oído, sin tocarte aún—. No te voy a avisar cuándo. Ni cómo.
Y de pronto, sin más, te levantó en brazos.
—Hoy te voy a usar. Te voy a mostrar cómo se hace para que no olvides más una noche. Ni una sensación. Y lo voy a hacer en la sala de edición.
La sala estaba oscura, pero él encendió solo una luz pequeña sobre la mesa. Te apoyó boca abajo, con el torso sobre el escritorio frío. Tus piernas temblaban.
—Abrí las piernas. No te voy a repetir nada esta vez.
Te las abrió él, con firmeza.
Y entonces, sin pausa, con una mano te sostuvo de la cintura, y con la otra bajó lo poco que te cubría. La primera embestida fue lenta, controlada. Te hizo gemir sin querer. Pero eso pareció provocarlo aún más.
—Te dije que no hablaras —murmuró, mientras te tomaba del cabello, pero sin violencia—. Ahora vas a quedarte callada. Y vas a sentir todo lo que no te animo a decirte durante el día.
Lo que vino después fue un ritmo que no controlaste. Una descarga de todo lo que él había contenido. Como si te estuviera reclamando algo sin palabras. Como si tu cuerpo fuera suyo por derecho.
El escritorio crujía. Tus piernas flaqueaban. Pero él no se detenía.