Junto con la brisa me llego un suave tarareo, una pequeña melodía que resonaba con una clara melancolía, como un lamento endulzado con una voz amable y cálida, una que jamas había escuchado. Fue esa extraña pero conocida canción la que me obligo, casi como un desconocido hechizo, a ir en una incierta dirección, una melodía que me forzaba a seguir un sendero inexistente, una guía que no atacaba a mis oídos, si no a algo mas, algo que de inicio no podía entender.
Camine por aquel rumbo incierto, romántico para una alma soñadora, abriéndome paso entre arboles, arbustos y rocas. Pasando caminos ya olvidados, donde solo la naturaleza habitaba, oculta ya del saber del hombre, un lugar tan solitario y vivo, casi, o realmente, mágico. Llegue sin saberlo a un claro floreado que bajaba entre los arboles, coronado con un pequeño lago transparente, tan puro que no parecía contener nada en su interior, sin embargo cuando la brisa acariciaba su rostro, junto al rubor del atardecer, sus aguas parecían danzar al ritmo de la canción que se escuchaba, ondulante y brillando, como si pequeñas hadas bailaran sobre la misma.
El lugar estaba lleno de una atmósfera apacible, tranquila y serena. Mi pecho se lleno con cierta nostalgia, sin saber si era propia o infundada por aquello que mis ojos por accidente habían apreciado. Con temor a perturbar aquel nuevo y hermoso mundo, avance con pasos lentos, como si cualquier error mio pudieran destruir aquello ante mi, como si mi presencia pudiese romper el cristal de la maravilla ante mi.
Entonces, al frenarme, justo al momento en que el día se había rendido, y la noche comenzaba a cobijarnos, casi con la misma timidez con la que yo avanzaba, la luna comenzaba con su propia obra, bañando todo el claro con su luz, luciendo su platinada figura estelar, presumiendo de la perfección de su existencia. Fue entonces cuando la luz de la luna me mostró la otra cara del cuadro que había visto, que vi a la autora de mi hipnosis, a la reina del lugar.
A la orilla del pequeño lago se encontraba una hermosa mujer, de piel de porcelana y ojos tristes de mapple, de labios durazno y cabello de ónice. Una doncella que cantaba una nana al lago, al bosque y al mundo mismo, una canción que sentía el arrullar de un mundo cansado, aquella melodía nostálgica que, por accidente o con alevosía, me había afectado igual.
Fue al momento en que la primera estrella encendió su tintineo, cuando el universo obro para traer a ese lugar su sonrisa infinita, que la doncella ante mis ojos insatisfecha con su propia canción, comenzó a deslizarse sobre el claro floreado ante sus pies, girando, moviéndose con con la brisa, al capricho de su melodía, con movimientos tan gráciles como hermosos. Su vestido de flor Azahar, obediente al capricho de la doncella acompañaba cada paso, y su cabello corto, libre como ella, jugaba con las luces y las sombras a voluntad, creando en su rostro un cuadro nostálgico y tímido, mientras no descansaba en sus hombros desnudos.
Y justo al clímax de la canción, en esa nota tan ansiada, cuando mi corazón no podía soportar mas la apoteosis del cuadro, que las flores del claro emprendieron su tierno vuelo hacia el firmamento negro, con el sonido de un campaneo ahogado, cuando la noche baño con su luz plateada la superficie del lago, trayendo en su reflejo una puerta directa al rostro lunar, cuando aquella doncella de inconmensurable beldad cuya voz me había seducido, en ese momento que el único reflejo de mi alma era una lagrima incierta, que todo, todo, desapareció con el suspiro de la noche.
Ante mi solo estaba un lago melancólico, un claro de ojos tristes, y el recuerdo de las delicadas flores aladas. Había visto a su reina, había escuchado su canción, me había hechizado su belleza y ahora solo estaba yo, sentado a orillas del cristal.
Escuche el tararear de una melodía que resonaba con una clara melancolía.
Y seducido por la misma;
Me aleje de aquel lugar, olvidado por el hombre.
Pero lleno de magia.












