Recuerdos de aquella navidad
Caminando por el tiempo, tropezando con recuerdos. Te encontré. Bajo aquel árbol de navidad que colocábamos, junto a los regalos perfectamente envueltos. Ahí estabas. Tenías la mirada más dulce de todos tus días, te encantaba hablar con las pupilas. Tenías las manos más suaves de todos los inviernos. Te vi y sonreíste.
Habías inundado el ambiente con villancicos, como todas las navidades. Entre el aroma a noche buenas y ponche caliente estábamos alocados. Hablabas, algo decías. La verdad no recuerdo tus palabras, pero si tus gestos. Levantabas los brazos como si dibujaras con ademanes tus cuentos, oh aquellos tus cuentos. Que si el ánima de la carreta, o el fantasma de la barranca. Siempre tus cuentos.
Usabas tu camisa preferida. Te veías feliz. No era sólo la sonrisa, tenías puestas esas ganas de compartir tu alegría. Te vi y me sonreíste. Te encontré y no parecías sorprendido. Es más, parecía que me esperabas. Hiciste el ademán de que me acercara y me indicaste que esperara. Buscaste bajo el pino y tomaste un presente para mí.
-¡¿Es para mí?! -dije extrañada.
-Claro que es para ti, ¿para quién más si no? –volteaste alrededor en aquella habitación de dos.
Hacía frío. El abrigo no era suficiente, ni el calor que emanaba de aquella olla repleta de ponche de frutas secas, para mitigar el frío que hacía en aquel lugar. Quité el lazo dorado que formaba un gran moño sobre la caja. Levanté la tapa y quité poco a poco el papel que la cubría. Y estaba ahí. Permanecía como si hubiera esperado toda una vida para ser vista y admirada. Era suave, podía percibirlo sin tocarla siquiera. Estaba ahí y era para mí.
La tomaste entre tus dedos y colocaste alrededor de mi cuello calmando el frío que inundaba el lugar y exclamaste: ahora sí, luce perfecta. Pertenece a ti.
Bajé la mirada para admirarla nuevamente, la rocé con mis pulpejos mientras podía sentir como la comisura de mis labios crecía cada vez más.
-¡Huele a ti! –exclamé emocionada.
Y el silencio me respondió.
Te encontré. Mientras caminaba descalza por mis recuerdos. Estabas bajo aquel árbol grande de navidad. Estabas feliz. Te vi y me sonreíste, mientras yo esperaba por mi bufanda que inexplicablemente sigue oliendo a ti.