diciembre de 2019
Este año aprendí un montón de cosas, y no de las cosas que aprendo todos los años, no de aquellas cosas sobre las que pude haber escrito cuando tenía quince después de cortar con mi primer noviecito adolescente que duró tres meses. Aprendí, y aprender también es aprehender. Quizá no terminé de descubirme, quizá sí, quizá llegue el día en que mis ojos se cierren por última vez y nunca termine de descubrirme porque las variantes que me inundan son de tales magnitudes que no creo poder divisarlas jamás.
Este año me destruí, pero destruirse no siempre significa morir; esta vez creo que fue más como un despertar. Despertar después de tanto tiempo de estar cegada, obsoleta, obnubilada: darme cuenta que algunas llamadas tienen dobles discursos, que no todo es tan simple como parece, que no todo lo que nos atraviesa y abraza está hecho para nosotres. Me destruí, porque tuve la valentía de tirarme hacia un abismo lleno de dudas del que pensaba nunca iba a salir, porque tuve la convicción de qué cosas quiero y qué cosas deseo tener lo más lejos posibles en mi vida. Me destruyo, porque remuerdo y revoloteo sensaciones que en realidad tengo ganas de olvidar, pero una vez que abrís los ojos no hay vuelta atrás.
Me culpo, a veces.
Me lloro, otras.
Me pregunto cómo es que tanto tiempo estuve encerrada en un portal indivisible, inclaudicable, y ensordecedor; cómo es que siendo tan claro el fin no me dí cuenta.
Me reprocho, a veces.
Me perdono, otras.
Entiendo que todo lo vivido sirve para dar cuenta de cuán capaces y ¿sabixs? somos de enfrentar los males y antagonismos que nos rodean, pero aún así me hubiese gustado no tener que sufrir tanto, no tener que perderme tanto. Un pérdida que trajo aparejado consigo un descubrimiento irremediable, un certeza que comenzó siendo fugaz, pero se transformó en verdad, en convicción e identidad. Por eso digo que este año destruirme me sirvió para reconstruirme, para deconstruirme, palabra que tan en auge está hoy en día, porque después de la destrucción sólo hay dos opciones: la nada o el renacimiento. Yo no sé bien que elegí, ni siquiera estoy segura de haber tenido la posibilidad de elección, creo que llegó un momento en el que la pared estaba frente a mis ojos y que si no daba un vuelco, un giro, o si no traspasaba el muro que me estaba entorpeciendo el camino, iba a quedar ahí para siempre. A veces me convenzo de que todo lo que me pasó este año lo elegí, lo busqué y premedité para poder crecer hoy, aún siendo más pequeña de lo que seré mañana, pero sería estúpido e infantil creer que tengo el dominio absoluto de las batallas y de la rosas con las que me crucé. Quizá sólo sea el ego de enorgullecerme por mi autodestrucción
Este año aprendí un montón de cosas, crecí inevitablemente y a contrarreloj. Mis convicciones son las mismas de siempre, nunca cambiaron, nunca flaquearon o se quebrantaron, sólo que ahora tengo más motivos para defenderlas, para embanderarlas, apropiarlas y encarnarlas en mí como el mismísimo motor que me impulsa todos los días a seguir descubriéndome. Resignifique luchas que a veces veía distantes, hoy las transito (además de sufrirlas un poco) con mucha seguridad y orgullo de que ellas son las que van a hacer de mi y de todes nosotres mejores personas, para luego van a sembrar un mejor futuro. Porque esa es la verdad, la luchas se sufren, los descubrimientos se padecen, muchas veces porque son inesperados o porque de tanto que los esperamos nos desorientan. Los cambios y las transiciones no se ejecutan en paz, con una tranquilidad solemne digna de una noche de invierno; los cambios son revoluciones, insurrecciones a los esquemas que estamos acostumbrades a llevar sobre nuestros hombros, son ese dolor de ovarios que cargan todas las expectativas que pusieron sobre nosotres desde el día en que llegamos a este mundo que: mucho sentido, me atrevo a decir, que no tiene. Los cambios que hacemos desde nuestro interior, y hacía lxs demás, nunca están teñidos de paz, porque cambiar implica romper con aquello que fue antedicho, con todo lo que conocemos, romper con unx mismx. Lo desconocido siempre da miedo, pero también tiene un gusto de aventura que sólo se sacia atravesándolo.
No quiero irme por lo utópico e intangible, pero a veces se hace imposible poder escribir desde lo empírico cuando las emociones están a punto de tocar el líbido, sin pedir permiso a la razón de cuán arduo sentir. Este año aprendí a quererme, a aceptarme, a entender que no todo lo que me impusieron desde chica sería aquello que hoy de grande quiero reproducir. Tengo muy claro qué derechos reclamar, qué luchas combatir y qué principios defender inclaudicablemente hasta el cansancio.
Tengo muy en claro que el amor tiene que ser desde el respeto, desde la verdad y la comprensión, que de nada sirve ocultar y postergar cosas para no herir al otrx si me estoy hiriendo a mí mismx. Siempre supe que el amor no era poseer, que nada más cerca de la palabra libertad que la sensación de amar; pero al parecer, cuando la realidad se encarga de dar cuenta de la contradicción en la que nos encontramos, ese ideario queda solo en retórica. Hoy confirmo que no quiero atravesar nunca más una relación que no esté ceñida de sinceridad y compromiso con los sentimientos del otrx.
Tengo muy en claro que la sexualidad es mucho más que amar, que quiero hacerla, vivirla y transitarla desde la diversidad, igualdad, y sobre todo desde el orgullo que ella me genera. Quiero poder amar a cualquier persona que me erize los pelos y que no me deje dormir de la incertidumbre sobre cómo será su voz, o cuándo será nuestro próximo beso, sin importar si es blues o rock and roll. Siento realmente que el paso que dí este año en enfrentar a mis sentimientos, luego de ponerlos sobre la mesa, fue un punto de partida que no tiene vuelta atrás en la carrera de la conquista de derechos y deseos que quiero comenzar. Porque quizá sea mucho más que sólo besar a una chica, quizá también sea reconocerme como una persona que desea, que ama, que se erotiza y sobre todo, que siente.
Tengo muy en claro que la amistad es aquella que no te obliga a decir lo que vos querés escuchar, que te da un vuelco en el vacío y te deja helada si es necesario para que te dés cuenta de que por ahí el camino no es. Que la amistad nunca hiere, siempre acompaña, vigila, reza y pesa para tu bienestar, para tu verdad. Así, el amor y la amistad casi son lo mismo: son la felicidad hecha relación, hecha posesión, que se plasma en el infinito caso del sexo o de la risa. Pero nunca, bajo ningún punto de vista, estos te acechan, te intimidan o te hacen cuestionarte si la persona que vos estás encarnando es la correcta.
Tengo muy en claro, por último, que hoy soy todo aquello que las personas que me destruyeron y me amaron (incluyo yo misma) dejaron en los estratos de mi personalidad. Que este año me entendí como persona que siente, que lucha, que ama irremediablemente todo aquello que no le corte la libertad y seguridad, que a cuesta de muchos golpes le costó conseguir. No quiero nunca más ser esa que se queda bajo el manto de la conformidad por miedo a explorar nuevas perspectivas, nuevas (y más felices) formas de vivir.
Puedo decir, en resumen, que éste año me hizo una persona nueva. Una persona que se destruyó y (re) construyó mil veces para llenar aquellos huecos que antes estaban vacíos. Pero más allá de las grandes certezas que hoy tengo el orgullo de cargar, mis dudas e incertidumbres también son protagonistas de mis revoluciones. Revoluciones que, a diferencia del pasado, estoy dispuesta a afrontar. El año pasado a esta altura le estaba agradeciendo al universo por tantas cosas buenas, hoy (un poco narcisista), me agradezco a mi por tanta deconstrucción, por tanto coraje y por tanto amor.





















