El Hielo del Agua sin Gas
Estar juntos era como darse un baño. Chapotear feliz y relajada entre la espuma, inspirando suaves olores, descansando feliz. Aún a sabiendas de que el agua llegaría a enfriarse y el inicio del invierno comenzaría a nacer en los dedos de los pies hasta subir y cubrirlo todo.
Entonces, no quedaría más remedio que levantar el tapón y descorchar la realidad. Pero mientras tanto, el baño se disfrutaba mejor con los ojos cerrados.
Tras meses sin verse, el contacto había quedado reducido a la nada absoluta. La grifería quedó sellada. Ni una sola gota en caída libre. Parecía no notarse, pero la distancia era enorme, como fijar la vista en el horizonte y creer que se puede alcanzar en una carrera. La tristeza nos lleva siglos de ventaja.
Aquello era como el atardecer de un verano en pleno desierto: inspirar un fuego que abrasa las entrañas y el paisaje. La vida, que va a estallar en el cielo. Entrever solitarias siluetas de pequeños restos de vida, pero que son mentira. Arriba de los hombros el génesis, a una altitud inalcanzable.
Y ella se evaporó.
La sensación desértica que la acompañaba no duraría para siempre. Después de una noche oscura y gélida, el amanecer no podía sino despertar con más rabia. Siete mil millones de personas parecía una cifra aceptable para encontrar a alguien entre tanto ruido. Algo de condensación y conversación. De repente, una sonrisa, una risa, una copa, un brindis, una mandíbula cuadrada, una inspiración en su melena, otra copa, nuevas risas y una retirada a tiempo juntos.
En la espalda notó el contacto frío de las sábanas. Pero no sintió la piel. Cerró los ojos y lo intentó, pero no pudo estar con él aquella noche. Manchada de rabia, apretó los ojos y no pudo sino llorar. La bañera volvió a llenarse, pero no hubo gas que calentara el agua.
La mujer acuática volvió a helarse.
BSO Fiction, The XX
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