Silvina decía algo pero pensaba lo contrario de lo que te estaba diciendo; todo el tiempo oscilaba, era un pensamiento muy paradójico y contradictorio. Iba transformando sus opiniones lentamente hasta llegar a lo opuesto en una especie de metamorfosis que se iba operando rápidamente en el pensamiento. Y uno iba pasando por sus modulaciones de pensamiento de una manera muy fluida. Cuando llegabas al final, todo lo que había dicho parecía lo más normal, esos dos opuestos que ella había logrado conciliar. Silvina no creía en la fijeza de las cosas y de la identidad. De la propia desde ya; y supongo que de las ajenas tampoco. Ella no era loca: era su manera espontánea de sentir, pensar y ver el mundo.
La hermana menor, Mariana Enríquez

















