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Lista para la vida
Los brazos abiertos, para abrazar si hace falta. La mano extendida, para acompañar en el camino. La espalda fuerte, para dar descanso al caído. El corazón valiente, para amar sin miedo. Un espíritu libre, para hacer lo que se ama. Piernas incansables, para llegar al destino. Labios sinceros, para besar hasta el alma. Alma guerrera, para luchar hasta el final, y Un ego modesto, para aceptar que no se puede más
“Un clonazepan y a rezar”
Ibo Maeso no era un chico que encontrarías en cualquier lugar. Era especial, y especial no significaba que fuese perfecto. Era un joven con ganas de vivir la vida, con ganas de salir con sus amigos de Magdalena, montar skate, salir a tomarse unas cervezas o tal vez fumarse un cigarro mientras caminaba.
Era ese inusual chico con ojos aceitunados que a través de su cálida personalidad atraía a cualquier muchacha. Muchacha a quien mirase, la llevaba a perderse en el brillo de su iris.
Su padre era doctor y su madre ama de casa bajo la regla del siglo XIX: la mujer no trabajaba pues el hombre era quien mantenía la familia. Los Maeso eran felices: cuatro hijos hombres, la mamá y el padre. Todos viviendo en Magdalena límite con San isidro en una mediana casa heredada de los padres de su madre.
La familia era muy feliz y muy católica. Rezaban antes de desayunar, almorzar y cenar. Dios jamás se pasaba de largo en sus pensamientos.
Quizás habría un día donde ninguno creería en la religión de nuevo.
El padre trabajando las veinticuatro horas como esclavo y la madre ordenando el hogar; los problemas; yendo a pagar las deudas y escuchando a sus hijos quejarse de sus trabajos.
Los hermanos de Ibo no eran muy eficientes que digamos así que no aportaban mucho a la casa. El mayor, trabajaba en el sector de servicio técnico de una compañía casi en quiebra; el del medio, ofrecía tarjetas de tiendas en los centros comerciales; el penúltimo, trabajaba en una cafetería e Ibo recién había acabado el colegio.
Desde quinto de secundaria Ibo sabía lo que quería ser: doctor como su padre. Pero no un doctor que ejerciera su carrera por ganar unos cuantos verdes, sino un doctor que salvara vidas. Ibo lo llamaba: héroe, su padre había sido un modelo de coraje toda su vida. Quería ser tan bueno como él, algún día lo sería.
Su padre trabajaba en un hospital donde la paga no era buena. Era difícil mantener a tantos miembros en la familia, y aún más difícil pagarle la carrera.
Aclaremos un poco el panorama: su padre no podía pagarle la carrera.
Hasta que llegó ese día que jamás se imaginaría ningún miembro de la familia Maeso. El padre no había llegado a casa por la mañana, no había llamado la noche anterior y el Toyota Corolla de 1996 que estaba a punto de vender no estaba.
¿Qué había pasado? ¿Dónde estaría metido el señor Maeso? ¿Seguramente estaba operando a alguien? -Si hoy tenía que operar a alguien me hubiese avisado ayer- Ella dijo-, el siempre cumple en avisarme.
Y así era, el señor Maeso avisaba todo lo que hacía a su esposa.
Pero jamás avisaría que iba a matarse.
La señora Maeso se pasó rezando toda la tarde. No habría nada que hubiese evitado la muerte de su esposo. A un lado estaba el vaso, donde aún habían gotas de agua que no terminó; al otro, esas veintiún pastillas de clonazepam que se había tragado.
Su esposo era ahora un vegetal despigmentado; maltratado, no podía vivir con tanta intranquilidad. Ella Estuvo a punto de tragarse las demás pastillas que estaban en el suelo, pero sabía que sus hijos las necesitarían. Ahora era una viuda.
Nunca les dijo que su padre se había suicidado. Ella nunca mencionó nada sobre la cruda muerte de su esposo. Todos pensaron que había sufrido un infarto, y, así con ese secreto vivió la señora Maeso.
Ibo estaba deshabitado, conmocionado, acongojado después de enterarse que su héroe no era más que huesos bajo tierra.
¿Qué haría cuando lo necesitara? ¿Dónde se había metido papalindo? Con la crisis económica y emocional en su casa, no habría reparos.
Hasta que a su madre se le ocurrió una idea.-Ibo hijo, ¿te acuerdas que el padre Maximiliano te invitó a que un día probaras celebrar la iglesia junto a él?- le dijo-.
Él se acordaba, pero en esos momentos estaba de malas con la religión y con Dios, no habían podido impedir la muerte de su padre.
Pero sabía que en misa daban propina y eso no estaba nada mal.
Así inició el primer trabajo de Ibo como “servidor del altar”. Por un lado, el rencor a Dios que tenía “por haberse llevado a su padre”. Por otro lado, era el dinero que ganaría con esa farsa.
Tal vez siendo sacerdote, algún día, tendría un carro, un Toyota Corolla como el de su padre; una casa grande, como la de sus abuelos y un sueldo que mantendría a su madre.
Ibo no era un monaguillo cualquiera. Ibo era un monaguillo que había vivido cosas malas y buscaba venganza. En las misas, sus rizos castaño oscuro parecían las serpentinas de una fiesta infantil; sus pecas, eran como pedacitos de chocolate y estaban extraviados por su cara y cuello; su nariz tan bien estructurada, como si el mismísimo Antoni Gaudi la hubiera hecho; sus cejas, como no recordar esas pobladas cejas. Tenía unas cejas, desastrosamente planificadas, que combinaban con esos ojos tan grandes y redondos.
Ibo Maeso no era un chico que encontrarías en cualquier lugar.
Y eso Sabina lo sabía. Ella era una chica un poco problemática en el pasado, inteligente cuando quería serlo. Incomprensiblemente se esmeraba por ser el centro de atención de los chicos.
Con una melena, llena de hilos color sol; ojos celestiales, tiernamente asfixiantes y labios sumamente carnosos, Sabina atrasaría un poco la misión y objetivos de Ibo.
Resulta que, era él, quien animaría el grupo de confirmantes donde ella andaba metida.
No estaba concentrada en ninguno de los sacramentos. Prefería mirar de forma sigilosa cada movimiento de Ibo. Él se daba cuenta de cada mirada. Poco discreta y un poco torpe era Sabina. Él era mayor que ella unos dos años, así que, no era cualquier iluso.
Él lo sabía, sabía que le gustaba, no era normal verla llegar más temprano; tampoco, verla escuchar atentamente la misa; menos escuchar como participaba del rosario. A veces, tal vez la mayoría, se escondía en los confesionarios para verlo pasar.
De tanto pensar en la inteligente torpeza de Sabina, y, de lo feliz que lo hacían los misteriosos seguimientos de esta pequeña, Ibo fue procesando sus sentimientos y ganando cariño hacia ella.
No era un cariño de hermano, ni cariño de padre ni tampoco de madre. ¿Qué tipo de cariño era?
Parecía más que cariño, una temible enfermedad crónica. Algo le decía que no se iba a curar.
Pasaron los meses y comenzaron a salir seguido: iban al parque a conversar de la vida, iban a comer helado, iban a caminar por el malecón de la pera y hasta la ayudaba a hacer sus tareas.
Sabina no entendía porque el apego a la iglesia era tan importante para Ibo, y es por eso que, se lo preguntaría. – ¿Que te hace querer despegarte de la buena vida así tan fácil?- Ella dijo-.
Él sabía que todavía tenía tiempo para dejar esa mentira y correr a abrazarla pero su ambición era más grande y cada día su familia era más pobre.
Su amor seria prohibido, ellos lo sabían, pero no querían dejar de verse. Sabina no había encontrado chico tan bueno y puro como él. Sabía que él, no podía verla con otros ojos.
Era imposible verla como “un amor” pues se acercaba la hora de irse. En unos días tenía que internarse en un seminario para estudiar lo que no quería estudiar.
Sabía que estudiar le tomaría muchos años de su vida, en los cuales, no vería seguido a nadie hasta ordenarse sacerdote. La ceremonia de bienvenida se acercaba y no sabía cómo decírselo a Sabina.
Sería difícil invitarla a su encarcelamiento.
Eligió la peor mañana para darle la noticia. Nubes grises cubrían el cielo y el aire corría fugazmente. Sabina aún tenía esperanzas de que Ibo dejaría todo por quedarse con ella.
Aunque al comienzo él iba a dar marcha atrás, nada lo apartaría de su objetivo. El corazón de Sabina ya estaba roto, y, los charcos en sus ojos, se llenaban cada dos segundos.
No importaba, esto sería pasajero: a ella siempre le habían roto el corazón.
El día de la ceremonia ella no apareció. No quería que él se arrepintiese a última hora. Pero, le dejo dos cartas: una decía que no se olvidara de emprender su “anhelado sueño”, y, la otra le contaba que se mudaría a un país en Europa, pero jamás le diría el nombre.
Ibo pensó solo en dos cosas esa noche: un clonazepan y en rezar.
No fue un clonazepan, fue un puñado.
Sabina quería lo mejor para él y ella no sería lo mejor.
El jamás le contó que quería ser sacerdote para robar todo el dinero de la iglesia, ni tampoco que quería ser doctor.
Al igual que su padre, encontraron a Ibo muerto.
Primera historia con lenguaje figurado: “Todos por Patty y ella por ninguno”
Ninguna mujer sabía que había en esa casa desde hacía años. La felicidad de Patty se había apagado y ninguna luz podría iluminarla de nuevo después de tal traición. Había sido a sus veinticinco años una de las mujeres más fogosas y provocadoras del pueblo. Todos habían estado rendidos a sus pies. Los jóvenes quienes ahora contaban sus hazañas eran hijos de quienes las habían vivido. Y la casa donde había vivido toda su vida guardaría tan terrorífico secreto.
Patty tenía un cabello tan corto como la vida misma, labios vino tinto que dan sed a cualquiera, ojos dadores de remedio consagraban al mismo diablo y su cintura estaba hecha para un amante de las carreras y las curvas. Solo los de sexo masculino guardarían tan espinoso secreto. Sabía que solo podría confiar en el género que más la deseaba. Ya que las mujeres la habían envidiado por años, y, lo único que deseaban era su muerte.
A pesar de haber andado con tantos hombres alrededor de su juventud, no había encontrado a uno que despertara su tan guardada pasión. Ninguno la había dejado pidiendo angustiadas dosis de amor. Todos se habían obsesionado por ella mas ella por ninguno.
Era una diosa y ellos unos seres de la tierra tan corrientes como el agua de la grifería. No había querido estudiar ninguna carrera pero tampoco quería ser una muerta de hambre. Necesitaba pagar sus inquietos caprichos. Por lo tanto comenzó a trabajar trasladando placer de la mejor manera: como meretriz.
Los hombres en esa época eran un simple trabajo del que ella ya estaba cansada. El trabajo se volvía cada vez más aburrido y abrumador. Todos venían a buscar su amor y ella los recibía con caricias engañosas, abrazos ficticios y mirada perdida. Sus besos eran amargos, sus palabras frías y su sonrisa de asesina reflejaban que su trabajo ya no le gustaba. Pero sabía que necesitaba esos papeles verdes para obtener todo lo que ambicionaba.
Recibía a sus clientes a partir de las ocho hasta las doce porque después de esa hora necesitaba descansar. Estaba prohibido tocar su puerta a las doce o posterior a las doce. Ella jamás abriría a esa hora porque daba su novela favorita.
Hasta que llegó el día. Ella no sabía que había llegado ese día porque no podía adivinar su vida. Pero parecía que lo presentía: había despertado más linda de lo normal y con aires de cambio.
Quería plantearse una vida más digna, sin un trabajo que requiriera el que otros manosearan su cuerpo. Quería un cambio y ese día no pensaba atender a nadie. Salió a buscar trabajo a una peluquería al otro lado del pueblo y regresó exactamente 20 minutos antes de su novela. Lamentablemente no pudo verla. Ya había alguien en la puerta.
El había llegado para quedarse. Le preguntó si ella era la Patty de la que “todos en el pueblo hablaban” y si aún estaba atendiendo. Ella lo miró con ojos ardientes de pólvora y contestó con un “no“ tan cortante que parecía que un hacha había cortado la cara de este chico. Pero Losif tuvo el valor de quedarse insistiendo.
No tenía miedo porque en el fondo sabía que ella buscaba con quien pasar la noche. Él dijo que era urgente que alguien lo acompañara. Necesitaba una dama, necesitaba amor, compañía temporal. Ese día ella había ido a la peluquería y no le querían dar ningún trabajo porque la dueña dijo que el puesto ya estaba ocupado y que además no dejaría que una meretriz atendiese a sus clientes. Con una cólera apaciguada culminó haciendo compras para llenar esos cráteres que tenía en el alma.
Con un simpático resentimiento y aires de despecho causado por las hirientes palabras de la dueña de la peluquería. Patty accedió a pasar la noche con Lósif.
Lo más raro de toda la noche, aparte de hacerlo pasar, fue que él no requirió de un acto sexual para satisfacer sus necesidades. A ella lo único que le pidió fue su presencia, sus caricias, sus besos y una conversación. No quizo nada más de ella. Era la primera vez que ella daba amor en una noche.
Así es como pierde la cabeza por un hombre. Losif la había matado con cada beso esa noche, ella había tocado el cielo con sus caricias, y, entendió que eso que sentía no podía comprarse con ningún verde.
El era el único hombre que engendraba felicidad en su alma de acero. Nada podría arrancarle a Losif de encima.
Ningún hombre podría quitárselo, sin embargo, una mujer sí.
Y es así como después de años de relación y un poco de sufrimiento ella se entera que Losif le había sido infiel. Había desnudado todas sus mentiras cuando descubrió que otra mujer se lo estaba llevando a la cama.
¿Cómo era posible que prefiriese a otra? ¿La había dejado de amar?
No encontró mejor alivio que matarlo: si Losif no era para ella, entonces, tampoco sería de nadie. Pero ¿Qué haría con el cuerpo? ¿Dónde lo enterraría?. Ella quería tanto a este hombre que quería mantenerlo guardado. Así que pidió la ayuda de cinco hombres del pueblo quienes juraron que de ningún modo dirían nada del suceso y la ayudaron a cargar el cuerpo. Les advirtió que si uno abría la boca, en cualquier momento, terminaría así.
Finalmente, el increíble suceso nunca llegó a oídos del género femenino, porque, si hubiera sido así: todo el mundo se hubiese enterado que Patty había matado a su ex marido.
Solo los que ayudaron ese día a Patty saben lo que ocurrió.Los otros hombres del pueblo le guardan mucho afecto por ser una de las mujeres más populares de la época.
Ella mantuvo a Losif en una especie de ataúd de vidrio. Este tenía tallado el nombre del que alguna vez ella había amado. Por la transparencia podía observarse el cuerpo.
Tras pasar los años ese cuerpo desapareció y solo quedaron los huesos con marcas de tal espantosa muerte. Después de la muerte de Patty a sus setenta y tres años, una vecina curiosa pudo descubrir la verdad.
Pero lo más asombroso del secreto guardado en esa casa fue que Yoshi Sánchez hija de Losif entendió que su padre no había desaparecido como decía su madre. Losif había sido asesinado.
“Ese día morí negro”
Yo no tenía la culpa de haber nacido negro, ¿mi piel sería un desliz? Ese día morí negro.
Yo no tengo la culpa. No soy de esta tierra de blancos, de ricos, de arrogantes, de soberbios. Nunca me preguntaron a donde quería pertenecer: a la raza blanca o a la raza negra. Yo no tengo la culpa yo lo sé, no pedí el traslado de mi raza, ellos fueron quienes me trajeron aquí sin preguntar qué sería de mí, sin saber mis planes a futuro.
Nunca le pedí un favor a un blanco, un consuelo, un trabajo; estaban ocupados, tenían grandes ambiciones, y, no había tiempo para preocuparse de un negro. En esa tierra de pálidos yo tenía cese y limite. Yo no tengo la culpa yo lo sé, no participé en el sufragio de separar los colores, las pieles, la tez, el pellejo. Pero ellos si podían segregar como les daba la gana.
La supremacía blanca era algo de todos los días. Después de la guerra de Secesión, solo buscaban reconstruir su país en base a sus ideas radicalistas. Yo simplemente era una persona más, era un cuerpo viviente más, un cuerpo con partes iguales a sus cuerpos, pero sin derechos.
Yo no tengo la culpa yo lo sé, de que nuestras mentes e ideologías no sean las mismas, solo sabía que quería disfrutar esta vida. Yo simplemente quería formar una familia: tener una esposa, y mantenerla cual reina; tener quizás dos hijos, que vayan a la escuela, que sepan leer y escribir; tener un trabajo, digno y sin sometimiento; obtener el sufragio, que mi voto cuente. Pero lo único que tenía, era blancos que buscaban acabar conmigo, con nosotros.
Era de todos los días creerse superior a nosotros. Era de todos los días no poder salir a caminar sin que nos persigan, sin que nos juzguen, sin que nos disputen. Y tal vez, ¿Mi piel sería inflamable? ¿Mi piel sería un defecto? ¿Sería yo un desliz?.
Ellos querían que pensemos así. Sabía que yo no había nacido por error. Yo había nacido para que exista un error. Y ese error iba a terminar con ese sistema de blanquitos y la vida de muchos compañeros míos iba a empezar. Y ese error se llamaba: resistencia.
Era de todos los días emitir violencia, sin embargo, yo no quería participar del mismo juego. Para resistir los ataques emplearía un arma no violenta pero a la vez letal: el habla. Y así, empleando resistencia día a día, creando posturas noche a noche; y así, de mucho ejercer presión sobre la violencia horas de horas y poco dormir, distraído, me llevaron. La muerte había llegado a mí, irónicamente, los dos éramos negros.
Un grupo de blancos ese día de la resistencia me había estado vigilando, iban de un lado a otro, hasta que llegaron a mí. Un grupo de blancos me engatusó, me durmió, me mintió. Un grupo de blancos me llevó hasta una silla eléctrica y al final me mató.
Ese día la conocí, me habían dicho que traía penas, tristeza, pésames, sin embargo, trajo todo lo contrario: libertad a mi raza. Ese día viví y morí al mismo tiempo, conocí a la muerte. Ese día morí negro.
Lo que decían de ella eran puros prejuicios, como iban a saber cómo era ella si no habían vivido y muerto a la vez; necesitaban morir para entenderla. Yo la entendía de una manera diferente: había muerto por ser negro; no tenía la culpa, y, gracias a mi error en el sistema: la libertad llego a nosotros.
Nuestras peticiones dieron relieve al problema, mi muerte, mi sufrimiento, mi cuerpo. Yo quería mostrar que nada era imposible. Yo no quería morir, pero si esta causa contribuiría a que los blancos tomen conciencia, tomen cabeza, sean humanos, entonces yo moría en paz. Ese día morí negro.
No hay nada más peligroso que quedarnos en el mismo lugar para siempre.
Un año más de vida
x; phil
The Nightly Cute Report: Day 181
lover pt.i // 2016 // ig
No dije para siempre, ¿pero quién dijo hasta nunca? Volver a morderte aunque todo vaya en contra.
Crema (via garcipnf)