5 RAZONES POR LAS QUE VOTAMOS QUE AÚN CREEMOS DEMOCRACIA
Han pasado muchos años desde que vi por primera vez el concepto idealizado de democracia en el colegio. Muchos hemos pasado de un tiempo en donde los profesores nos daban pistas para entender la realidad a un tiempo donde ver videos cortos que parecen explicarlo todo se volvió la regla.
Al principio, recuerdo a mis profesores de sociales aludiendo a referencias históricas europeas y contando realidades de otros continentes para explicar fenómenos electorales y de administración de poder en el contexto colombiano; todo parecía tener sentido, pero con los años esa explicación se fue quedando corta.
Luego, llegaron y explotaron las redes sociales. Con el auge de Facebook y la posterior masificación de redes como TikTok, Instagram e incluso X (antes Twitter) se ha modificado la forma en que consumimos la información, nos sentimos identificados con otras personas y reforzamos o no nuestro punto de vista.
Sumado a la democratización de dispositivos como el smartphone, la llegada de la inteligencia artificial supone un reto para la forma en que buscamos información de manera rigurosa y contrastamos las fuentes para identificar intereses y riesgos a la hora de ser manipulados.
Pero aún hoy, y desde antes incluso de que yo llegara al colegio, creo que ha existido un mismo problema: seguimos idealizando el voto, creyendo que la democracia se reduce a él, pues este decide y resuelve todo. En ese sentido hemos descuidado la responsabilidad ética y autónoma que la democracia exige.
A continuación, planteo una serie de formas en las que hemos caído y que ponen en peligro los ideales democráticos y la capacidad individual e institucional en nuestra sociedad.
1. Sentir que la democracia representativa lo resuelve todo
Mientras muchos creen que la democracia es solo ejercer el derecho al voto, también es necesario preguntarse sobre las implicaciones que tiene vivir en una democracia representativa.
La democracia representativa presenta unos desafíos particulares. No se trata solamente de mostrar cuál es mi interés o mi voluntad, marcando con una X al candidato que mejor me representa: no.
Ejercer la democracia implica optar por otras formas de participación que, en nuestra sociedad, se han visto reducidas y en peligro por realidades como el bajo índice de lectura, el consumo excesivo de redes sociales, la precarización laboral o la persecución a través de mecanismos de represión, entre otras.
A algunos se les ha olvidado que el presidente, al igual que el Congreso —ambos elegidos por mandato popular—, tienen unas funciones particulares, pero que, aunque estos sean de los cargos más importantes, no hay forma de abarcarlo todo.
Algunos, con problemas serios a nivel particular o de su comunidad, salen cada cuatro años con la intención de que un presidente les solucione algo sobre lo cual ellos deberían tener un tipo de responsabilidad más allá de salir a votar.
¿Qué tanto nos estamos preguntando qué estamos haciendo para atender los problemas de los cuales nos quejamos? Cuando veo a un niño, o a una persona viviendo en la calle, ¿Yo qué estoy haciendo para mejorar su realidad? Cuando veo que a mis compañeros del trabajo los abusan ¿Hago algo para ayudarlos? Cuando veo maltrato animal ¿Qué hago para entender esos problemas particulares?
Si la respuesta es que hago poco o nada, sencillamente ahí hay un problema, porque seguimos esperando que sea una sola persona la que llegue a salvarnos, y ese es uno de los peligros más grandes que corremos a la hora de ser manipulados.
Cuando una gran masa está inconforme con el gobierno actual, presentarse como un outsider parece una estrategia para capturar esa intención de voto. Pero, más allá del castigo al gobierno actual y el deseo de no continuar siendo gobernados por su partido político, es necesario también cuestionarse: ¿Tiene este candidato la capacidad para resolver los problemas que tanto critica, o simplemente hace promesas que no puede cumplir?
2. Queremos soluciones y las queremos ya
Por otro lado, cuando votamos, muchas veces pensamos en la resolución de un conflicto que tiene más de 60 años, y creemos que la solución es votar por un candidato que se preste para una ofensiva militar que fulmine las fuerzas criminales. En ese camino, desconocemos un contexto complejo donde participan múltiples actores que influyen de formas tan distintas, donde están involucrados territorios abandonados históricamente por el Estado, y donde el narcotráfico y las economías ilegales siguen marcando el horizonte y el propósito de los grupos al margen de la ley. Pretender que el voto hará que un candidato lo resuelva es pretender demasiado.
Desde otro ejemplo, pensar que un candidato tiene la capacidad operativa para resolver el crimen organizado de todo el país es, de la misma forma, olvidarse del papel de otras instituciones como la policía y del papel de los gobiernos locales. El problema no se resuelve en cuatro años porque responde a unas fallas estructurales graves que deben ser atendidas desde varios frentes. Muchas de esas responsabilidades no recaen solo en el gobierno y su partido político; también responden a conflictos entre partidos que ideologizan el trabajo institucional.
3. La búsqueda de la identidad nacional desde el voto a un candidato
La identidad nacional es otra de esas cosas con las que se captura el voto por la vía emocional. Desde que era pequeño —y sí, de eso también tengo que volver a recordar mis clases de sociales— nos hablaron de la importancia de sentirnos patriotas. El problema es que la idea reduccionista del patriotismo pasa por alto un montón de dinámicas y hechos históricamente relevantes que nos hacen un país unido, en la mayoría de los casos, por un deseo reconciliador y humanista.
Pero, en la práctica, aludimos a la unidad nacional en los partidos de la selección y, a la par, nos olvidamos o poco nos importan grupos sociales y raciales como los indígenas o las comunidades afrodescendientes, violentados histórica y sistemáticamente por actores como los grupos criminales o el mismo Estado.
Aludimos a la identidad nacional, pero cuando un adulto mayor requiere la silla en el transporte público se nos olvida que él también es colombiano.
Estar firmes por la patria no es ir a marcar con una X a un líder que parece más líder de una secta que un verdadero defensor de causas nacionales. Quien defiende su país —pero, más que esa idea, defiende a la gente que vive en él, incluyendo a sus conciudadanos, su familia y sus amigos— prima por el bienestar del otro, no por enmarcarse en una pelea de clases tratando de aprovechar cada oportunidad que tiene para pisotear al que le es diferente.
La idea de Estado-Nación tiene sus orígenes en Europa, en un contexto con tantas diferencias históricas que no necesariamente se acomoda a la realidad de este país que ha sido llamado Colombia, ni tampoco a otras realidades de países latinoamericanos. Nosotros somos una amalgama de personas con prácticas culturales, etnias, lenguas y percepciones de la realidad muy diferentes las unas de las otras; a la fuerza se nos impuso el español y el cristianismo. En ese sentido, ser colombiano puede implicar cosas muy diferentes para cada uno.
El problema real viene cuando necesitamos sentirnos parte de algo, ser parte de un grupo social y sentir que estamos del lado bueno de la balanza. El problema es que esa estrategia es tan vieja, pero tan funcional, que hoy, en cada elección, siempre hay uno o varios candidatos que deciden usarla para movilizar votos. Cuidado: es eso, una estrategia, y muy peligrosa, porque nubla la capacidad de pensar serena, informada y racionalmente, y prioriza la toma de decisiones basadas en el impulso emocional.
El voto no puede ser usado para defender el sentido patriótico: el patriotismo no es una secta de electores; se basa en el respeto por el otro como ser humano que comparte muchas cosas, incluido el territorio.
4. La intromisión del voto para coartar las libertades individuales
Rescatando lo dicho, esa búsqueda de identidad nos lleva a confundir la defensa de lo que somos con la necesidad de coartar lo que son los demás. Cuando perdemos el sentido lógico de las cosas, podemos confundir el respeto a los valores y el cuidado del otro con la forma en que las personas organizan sus relaciones afectivas y familiares, o la forma en que se visten y se expresan.
Por ejemplo, desde que crecemos, en muchos de nuestros hogares se nos impone la idea de la familia nuclear, pero poco se piensa en la contradicción que vive un país como Colombia con un concepto como este. Defendemos la familia nuclear como la institución que le da sentido a nuestra sociedad, pero olvidamos las cifras de feminicidio, de violencia intrafamiliar y de la parte de la población de mujeres que en el país tiene que levantar a sus hijos solas por el abandono del padre.
Nos olvidamos de otros modelos de familia que han tenido que sacar adelante sus vidas, las de sus familiares, nos olvidamos de los adultos mayores que viven solos, mendigando en las calles y sin protección de la sociedad.
Vivimos en una realidad donde hay un modelo de familia que cambió, donde muchas personas no quieren tener pareja ni hijos, o donde hay personas usando aplicaciones de ligue para tener otro tipo de relaciones que no encajan con esa visión.
Votar no puede ser usado para imponer nuestra idea de familia o de identidad. Esas formas de vida valen por sí mismas y se sostienen en el respeto y en la capacidad de todo ser humano de ser un actor funcional; eso se decide en la práctica de las relaciones sociales, no en las urnas.
¿Pueden o deberían el Estado y las personas, a través del voto, incidir sobre la elección libre de una persona de tener un hijo y cuidarlo por su cuenta, de formar una familia homosexual o, sencillamente, de no tener ni pareja ni hijos? ¿A ustedes les gustaría que, a través de maquinarias biopolíticas, decidieran por usted con quién tiene derecho a acostarse, con quién puede vivir, si quiere o no tener hijos, y si es más capaz que una pareja heterosexual de criar a un hijo o no?
5. El falso control sobre la justicia
Normalmente votamos con la idea de que tenemos el poder de impartir justicia. Votar pensando en decisiones como acabar con proyectos como la JEP no necesariamente son ideas coherentes y justas: cuando nos preocupa más el lado de castigar que el de la justicia, nos importan más los victimarios que las víctimas. Si bien podemos considerar que instituciones como la JEP ofrecen penas menos duras, no podemos olvidarnos de que sus funciones principales están enfocadas en las víctimas, en su derecho a conocer la verdad, la justicia restaurativa, entre muchas otras.
El voto no debe hacernos creer que tenemos el control para impartir o no justicia, pues la justicia debe dar mayor garantías a las víctimas de actos injustos para se les respeten sus derechos ¿Qué tan justo es que un ciudadano de Bogotá que nunca ha estado cerca a la guerra decida por un campesino desplazado o un indígena que vive en un contexto con tantas diferencias?
Para concluir
De este ejercicio podría decir que sí, que como sociedad —pero también a nivel individual— tenemos dolencias y problemas reales, y que seguimos buscando líderes que escuchen el clamor nuestro, de nuestras comunidades y del país. A pesar de eso, tenemos que tener cuidado de los líderes populistas que recogen todo ese fervor y nos proponen salidas fáciles. Es muy fácil decir que en el monte se va a bolear bala con hijos ajenos, que se erradicará la droga, que se recuperarán las calles y que se dará acceso a vivienda , mejora económica y cultural a todo el mundo, sin saber la facilidad o dificultad que hacerlo realidad implica.
Y sí, seguramente muchos quieren elegir al mejor, o al menos malo; pero lo que tenemos hoy en la realidad no se soluciona solo con elegir un candidato, y quien les venda esa idea los está engañando. La democracia hoy no es solo cuestión de posturas, decisiones y actitudes: implica hacer más por la sociedad que solo ir a votar. Pero, cuando toque hacerlo, requiere que se humanice al otro, que se le respete y que se le proteja, y no caer en falsos enemigos. Porque la democracia no se reduce al voto: ni este nos exime de actuar, ni nos da el poder de decidirlo y resolverlo todo. Entre esas dos ilusiones está la responsabilidad que nos corresponde, y que no es la del salvador de turno, sino la nuestra.












