Intrucciones para destruir un Cruz-Diez
Dejarlo pasar. Desde el carro, a pie. Verlo como una tubería que se prolonga por una carretera infinita, como quien pasa un armatoste viejo, oxidado. Hacerse preguntas por ese extraño promontorio de colores deslucido, por ese incómodo hallazgo arqueológico que se empeña en aparecer de vez en cuando con torpeza. Preguntarse qué pasó ahí, si alguna vez conmovió a alguien, inclusive tres días después de que fue inaugurado y todos decidieron pasarle de largo como a una tía estrafalaria en año nuevo. Hubo un momento para los Cruz-Diez. Es una apuesta demasiado segura para los narcodólares, para la vergonzosa millonada del coleccionismo ignorante. Pero dejemos que el maestro hable del color y que a nosotros se nos olviden sus lecciones. No vale la pena, para destruirlo, preguntarnos por él, basta con el Cruz-Diez de nuestra esquina: lo hemos visto mucho, y hace calor. Funcionó en su categoría decorativa, en su ilusión de trofeo. Las ciudades van por caminos divergentes, se empobrecen o se reforman y ya nadie voltea a ver los Cruz-Diez, ni se detiene a meditar por esos pasos peatonales engreídos que se indignan cuando les recuerdan que la pintura es efímera, que los pies de los transeúntes olvidan pronto, y con razón. El Cruz-Diez de casa no se destruye porque guarda la esperanza del cajero automático. Pero el de la acera es otra historia. Pronto su verdadero prodigio cinético será atender la mirada de las autoridades, interponerse en la retina de los planificadores, de los burócratas, de los directores. Pronto darán la orden que a nadie importa. Ocurrió en La Guaira, en un pueblo Francés. Lo próximo será que se enteren con el sonido de la mandarria. Un coñazo por sepultar el abstraccionismo lírico, otro por los nuevos figurativos, por la denuncia conceptual, el informalismo, el expresionismo y todo lo que alguien alguna vez tuvo que decir sobre la belleza y el dolor. Otro por la disidencia, no por los disidentes. Otro por Marta Traba, por la derrota roja de Juan Calzadilla. Por el eclecticismo de las clases dirigentes, por su fatuidad líquida. El coñazo estéril de un obrero que no ejecuta venganzas, que en la parsimonia de su faena solo acaba con lo viejo, con lo vencido, con lo inservible, para buscar la plata del viernes. En el camino, vendrá el revoloteo de la prensa, los clicks de la entrevista, de los expertos en patrimonio, los quejidos de las fundaciones. En vano, porque ahora es arte del detritus. Los más osados saldrán a ponerle un valor a esos restos, en decenas de miles. Mentirosos, porque han destruido una reja, han pintado un brocal apenas, han derribado un silo, un tanque, cuyos colores son fortuna del pasado. Que se indignen unos pocos, que hagan peticiones on-line para salvar el op-art y dormir tranquilos. Muestren al maestro, de nuevo, afanado en su taller, pensando en las bienales, pensando en un futuro que apenas conjurado, sirvió como una fábula de catastrófica moraleja. Los escombros del Cruz-Diez irán con los demás escombros, después de un breve revuelo público. Y la gente podrá pasar tranquila sin recordar los excesos de sus padres, de sus abuelos, de sus gobernadores. Y las rejas volverán a ser rejas.













