Blue Twilight - Alexander Samokhvalov
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Blue Twilight - Alexander Samokhvalov
L'Âme de la Source (1899). Edgard Maxence (French, 1871-1954). Tempera and gold highlights on panel.
In a mysterious and indefinite space, swirling with mosses and crystals, a young woman with diaphanous skin and light blond lashes, absorbed in her litany, her eyes half closed and her mouth gently opened, plays a lyre from which seems to spring a torrent. At his side two other women, one with a book, seem to emerge attracted by music. It is the mysterious scene that Maxence, accustomed to enigmatic subjects, offers to the viewer.
Si hoy muero, esparcirán los vientos y los mares mi corazón, mis nervios, mi piel, sin dejar huellas. ¡Lo habré escuchado todo! Sueños ni despertares. Y no habré estado allá lejos en las estrellas. ¡Sé que doquiera en esos universos lejanos, errantes -cual nosotros- en blancas soledades, en noches de dulzura tendiéndonos las manos, sueñan por multitudes otras Humanidades! Sé que hay razas hermanas en las claras estrellas. Solas como nosotros, lloran sin compañía. De noche hacen señales... ¿No iremos hasta ellas? Nos acompañaríamos en la inmensa agonía. Se abordarán los astros seguramente un día. Tal vez, brillará entonces la aurora universal que las ralas utópicas proclaman todavía. Se alzará contra Dios un clamor fraternal. Mas antes de ese día, los vientos y los mares esparcirán mis nervios, mi piel sin dejar huellas. ¡Todo se hará sin mí! Sueños ni despertares. ¡Y yo no habré vivido en las dulces estrellas!
"Lo imposible", de Jules Laforgue.
El rostro humano me repugna. Ya sólo me gusta en los espejos venecianos, estudiadamente reflejado en el claroscuro de una habitación, exageradamente maquillado, sobrehumano, inhumano, cabeza de ídolo o de mártir, de una impasibilidad cruel o de una voluptuosidad doliente.
Jean Lorrain.
Hoy estoy sin saber yo no sé cómo, hoy estoy para penas solamente, hoy no tengo amistad, hoy sólo tengo ansias de arrancarme de cuajo el corazón y ponerlo debajo de un zapato. Hoy reverdece aquella espina seca, hoy es día de llantos de mi reino, hoy descarga en mi pecho el desaliento plomo desalentado. No puedo con mi estrella. Y me busco la muerte por las manos mirando con cariño las navajas, y recuerdo aquel hacha compañera, y pienso en los más altos campanarios para un salto mortal serenamente. Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué, mi corazón escribiría una postrera carta, una carta que llevo allí metida, haría un tintero de mi corazón, una fuente de sílabas, de adioses y regalos, y ahí te quedas, al mundo le diría. Yo nací en mala luna. Tengo la pena de una sola pena que vale más que toda la alegría. Un amor me ha dejado con los brazos caídos y no puedo tenderlos hacia más. ¿No veis mi boca qué desengañada, qué inconformes mis ojos? Cuanto más me contemplo más me aflijo: cortar este dolor ¿con qué tijeras? Ayer, mañana, hoy padeciendo por todo mi corazón, pecera melancólica, penal de ruiseñores moribundos. Me sobra corazón. Hoy, descorazonarme, yo el más corazonado de los hombres, y por el más, también el más amargo. No sé por qué, no sé por qué ni cómo me perdono la vida cada día.
“Me sobra el corazón”, de Miguel Hernández.
El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarrillo. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de la mañana se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que enseguida tome una taza de tilo y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.
“En el insomnio”, de Virgilio Piñera.
He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados. Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida, para la tierra, el agua, el aire, el fuego. Los defraudé. No fui feliz. Cumplida no fue su joven voluntad. Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte, que entreteje naderías. Me legaron valor. No fui valiente. No me abandona. Siempre está a mi lado la sombra de haber sido un desdichado.
“El remordimiento”, de Jorge Luis Borges.
The Browning Readers, by William Rothenstein.
Sólo la multiplicidad de ángulos, la suma de perspectivas permite acercarse de verdad al alma de un hombre vivo.
Moisés Mori.
¿Qué hacer con la muerte? No lo sé. Y ustedes, ¿saben? Solo ocultan que lo ignoran. Pero yo no escondo mi ignorancia. Vivas como vivas, la vida no te lo responderá, ¿acaso se vence la muerte con la vida? Es sabido que la muerte se vence con la muerte, esto es: te encontrará en todos los caminos. Y yo odio a la muerte de cualquiera, solo amo a la mía, a la desconocida. La quiero por eso, porque la ignoro, porque al morir no veré sus ojos.
“La desconocida”, de Zinaida Gippius
"La poesía y el progreso son dos ambiciosos que se odian con un odio instintivo, y, cuando coinciden en el mismo camino, uno de los dos ha de servir al otro."
Fragmento: "Salón de 1859, Curiosidades estéticas", de Charles Baudelaire.
Varias bolsas de plástico hacen una jaula si se saben sujetar; quizá una cámara de asfixia, con un amarre fortísimo, donde una pequeñísima perra pueda permanecer sin volver a casa y muera en uno minutos sin quejidos y donde apenas se noten los breves espasmódicos. Nudo tras nudo, solo se necesitan tres o cuatro bolsas para un animal tan pequeño y viejo. Amarres y plástico son contados con precisión: es el año donde aprenden a restar y sumar. Hay que doblarle las patas, de preferencia, pues sucede, ha sucedido, que con las garritas llegan a hacer algún hoyo breve y el plástico, se sabe, cede a los orificios: se extienden las rasgaduras, se abre el cuerpo al oxígeno y la perrita volverá a su hogar, a morir de otras maneras. Pero los niños son inclementes, precisos, obedientes: la han sujetado bien, como su abuelo les enseñó. No la trajeron de muy lejos; precisan el lugar, el tiradero de escombros, el barranco desde donde se divisa toda la ciudad y se alcanza a ver Texas. ‘Mi papá trabaja por ese rumbo, es residente’. Son los mismos niños que arrojan piedras a los techos, que estrellan botellas en las paredes y dejan caer gatos muertos a las chimeneas. Hace tiempo que se agotaron los cristales de las casas abandonadas. Tiran la bolsa, la rodean, toman la tabla y le dan duro, en turnos, la niña con más fuerza. Descanso, contemplan el cielo, el horizonte naranja, hacen la pausa: ha comenzado a anochecer y las luces de las dos ciudades ya casi están encendidas por completo. Ya no hay golpes, tampoco quejidos apagados, pareciera que la serenidad de la noche trajera el sosiego y el tenue rumor de la ciudad que comienza a susurrar otras desgracias; así de leve arriba, también, la preocupación por el siguiente día de escuela.
“La quiebra”, de Diego Ordaz. En: “Permutaciones para el estertor del mundo”
La prohibición de hacer algo resulta a veces tan atractiva que no se puede por menos que hacerlo. Por eso me agradan tanto las coacciones de cualquier tipo: consienten el placer de transgredir la ley. Si en este mundo no hubiera ningún mandamiento, ningún deber, me moriría, me consumiría, me anquilosaría de aburrimiento. Necesito vivir espoleado, forzado, sujeto a tutela. Es algo que me fascina. Al final soy yo, y nadie más que yo, quien decide. Siempre consigo enfurecer un poco a la ceñuda ley, y luego me dedico a apaciguarla.
Fragmento: "Jakob von Gunten", de Robert Walser.
Un engranaje invisible me había enganchado la voluntad entre sus dientes. Yo me sentía triturado por toda la potencia planetaria de la Fatalidad.
Fragmento: “Viaje terrible”, de Roberto Arlt.
From Humorous Poems by Alfred Ainger, 1893.