El cuento rosita
Y aquí vamos de nuevo… hace tiempo que no visitaba este lugar. Hace tiempo que no comenzaba mi domingo sentada en mi escritorio identificando que hay dentro. Una taza de café, pies descalzos, chongo a medio caer y viento de la mañana. ¿Música? Claro que hay música, en mi vida siempre la hay, pero definitivamente la mejor sinfonía será el sonido de las teclas y mi risa soltándose discretamente por volver a hacerlo.
Fue eso ¿verdad? Ella siempre tan de prisa tratando de comerse al mundo, olvidándose de aquellos momentos en los que esa “nada” se vuelven “todo”. Y creo que en eso estoy; en la nada. El conocimiento pleno de no tener nada por seguro y tener por segura la vida misma; cada sentimiento, cada pensamiento, cada estar, cada ser.
Me levanté sintiéndome muy bien, pero luego algo de duda y algo de incertidumbre habitó en mí. Creo que fue el hecho de estar tan al pendiente de lo que ocurría en el exterior, y me lo has gritado hasta el cansancio: “Ahí no, Ale. Ahí no”, y como le encantan los retos a la niña, “¿por qué no, Dios?” Ella siempre jugándole.
¿Te conté que abracé a mi niña el otro día? Cantamos y bailamos como hace tiempo no lo hacíamos, fue muy bonito encontrarla de nuevo. Le pedí perdón por el daño que le había hecho en este tiempo; por olvidarla, por abandonarla. Ella como siempre, como la manifestación de lo que eres tú; corrió, me abrazó y me dijo: “nunca me fui”.
Ayer alguien lo volvió a decir: “eres un ángel”. ¡Qué va! Ojalá lo fuera. Y otra vez aquí estoy tratando de sabotearlo, estoy cañona ¿verdad? He tenido destellos de lo que quiero y la grandeza de lo que soy pero luego no sé por qué, algo pasa y busco razones para no creerlo. ¡Ya basta! No más pretender que somos menos. Ayer me lo volviste a decir, es que siempre me hablas claro y sin rodeos: “si supieras lo parecida que eres a mí, todo sería diferente”.
También me recordaste que estoy en mi búsqueda de reconocer quien soy. Siempre pensé que uno venía a la vida para crearse, pero en realidad creo que es a descubrirnos ¿no? Algo así dijiste el otro día cuando hablabas de la grandeza que habita en cada uno de nosotros, esa grandeza que se nos dio desde el nacimiento, cuando nos creaste, pero todo lo que hacemos para olvidarlo es lo que nos nubla la vista de lo que somos y hacia donde vamos.
Hace poco hablé con alguien que tenía una adicción, una persona me contó de como habían abusado de ella, supe de quien eligió engañar a su pareja y de quien lo echaron de casa por ser violento. ¿Por qué ellos no te sienten? ¿Qué puedo hacer para que te vean? Nublaron su vista con acciones tan mundanas, eligieron un camino que ha terminado por destruirlos en el interior y ¿para qué? ¿Para ocultar tu presencia en ellos? ¿Con qué objetivo?
Volviendo a mi niña, hablamos de nuestro cuento el otro día; ese cuento que toda la gente ve como “muy rosita” para ser verdad. No lo sé, pero yo creo que es real y te agradezco de anticipado por eso, por realizarlo. Creo que las personas que no tienen un cuento rosita es porque no tienen un alma rosita, ¿me explico? Como decía aquella canción: “la vida es tan bella como tu la quieras ver”. Sólo que a veces es difícil, esto de marcar un camino que va en sentido contrario a todos los demás; que no cree que los engaños, miedos, las adicciones o la zona de confort sean la respuesta.
Esta semana también pasó que alguien me dijo: “lo tuviste y no lo quisiste”, -damn- pensé. Y aquí va mi confesión más grande: he tratado de hacer muchas cosas por creer que no existe, porque es más fácil pensar que no se puede que tomar todos los riesgos y aventarse a un vacío por esa fe de que existe. No más, lo quiero y lo quiero para cuidarlo, lo quiero para multiplicarlo, lo quiero para darlo todo sin importar qué. Lo quiero porque creo que dentro de todo este caos y de toda la maldad, existe gente que deja huellas color rosa en el corazón y esparce brillantina por los lugares que pisa. ¿Muy rosita? Who cares…
¿Recuerdas el guion que sissy escribió? Una vez ella me lo dijo: “Tu límite son las estrellas y siempre un poco más”. Recuerdo ese guion… Hablaba de una niña que vivió durante la guerra en Siria y cada que los sonidos de las bombas llegaban, cerraba los ojos y rociaba sobre ella y sobre su hermana algo de polvo de estrellas (mejor conocido como brillantina).
No sé exactamente cuando tiempo tarde, no sé exactamente cuantas veces se tenga que quebrar mi corazón por alguna desilusión y no sé si se me irá la vida peleando por eso, no sé si me tendré que mostrar demasiado vulnerable a un mundo que parece tener una necesidad enorme de cubrir sentimientos; pero te prometo, te juro que no pararé, porque si el día de mañana alguna vida puede cambiar, algún corazón puede acelerar su latido o alguna lágrima se puede evitar, habrá valido la pena todo.
Tal vez el mundo quiere llevarnos de su lado para perder toda esperanza, para olvidar donde comenzó todo, para desatender ilusiones y para guardar sueños, pero si algo puedo cambiar en el rumbo de los que me rodean, no detendré mis pasos. Porque si hay una mínima posibilidad de que ellos te escuchen cuando yo alce la voz, de que ellos te miren cuando me miren a los ojos y de que ellos te sientan cuando vengan a mí buscando un abrazo, lucharé todas las batallas que sean necesarias.
Así que, dime tú ¿seguimos con el cuento rosita?
Como lo dice el cuadro que mamá me regaló una vez:
“Hoy es el día. Vive tu vida con abandono y sé buena. Enamórate. Crea felicidad; sé valiente y salvaje de corazón. Haz amigos en cada lugar en donde estés y confía en tu propia fortaleza y en todo aquello que te rodea. Llénate de amor, toma riesgos y sé espontanea. Inspira a alguien. Esta es tu vida, hazla maravillosa”.
Manos a la obra.
















