FINAL HAVEN: One last safe place
un fanfiction de Alejandra Frausto
El eco de los pasos de John se desvanece, dejando un silencio sepulcral en el pequeño departamento de Sara. La mujer acaricia a Canela, que ronronea suavemente en su regazo, mientras su mente intenta procesar el caos que ha invadido su vida. Sus ojos, enrojecidos por el cansancio, permanecen fijos en el cuerpo herido de Santino, incapaces de apartarse de la violencia brutal que la rodea.
—Esto no puede estar pasando... —murmura Sara, como si las palabras pudieran deshacer el desastre en el que se ha metido. Se aferra a la idea de que todo es un mal sueño, que nunca salió a tirar la basura y que en cualquier momento despertará en el sofá. Pero el olor metálico de la sangre impregnando el aire y las manchas en su pijama son demasiado reales.
Santino se mueve ligeramente, soltando gemidos bajos de dolor. Sara respira hondo, deja a Canela en el suelo y se acerca a la cama donde él yace. Revisa el torniquete improvisado; aunque sigue en su lugar, la toalla ha vuelto a empaparse de sangre, perdiendo su color original una vez más. No será suficiente. Santino necesita algo más que sus limitados conocimientos en primeros auxilios.
—Tengo que conseguir ayuda... —dice en voz alta, como si escuchar sus propias palabras pudiera darle la fuerza que tanto necesita. Su mirada se posa en el teléfono sobre la mesa, pero rápidamente descarta la idea de llamar a emergencias.
Respira hondo, tratando de calmar el temblor de sus manos, y se inclina hacia Santino. Sus ojos, desenfocados por el dolor y la pérdida de sangre, se abren lentamente hasta encontrarse con los de ella.
—No... —balbucea él, la voz quebrada, apenas un hilo de sonido que se desvanece en el aire. Cada palabra parece arrancada de su garganta como si fueran astillas—. No llames a nadie...
Sara lo observa, sus ojos llenos de preocupación. Su voz, apenas un susurro, tiembla al preguntar:
—¿Cómo puedo ayudarte, entonces?
Los ojos de Santino reflejan una mezcla de desesperación y alarma. Su rostro, pálido y cubierto de un sudor frío, se contrae.
—¿Dónde está él? —pregunta con voz ronca, cargada de urgencia—. ¿Dónde está Wick?
Sara traga saliva, notando cómo el nombre resuena en su mente. Supone que ese es el hombre que, minutos antes, había intentado matarlos.
—Se fue —murmura, su voz tan frágil que casi se pierde en el silencio. Hace una pausa, sintiendo el peso de la incredulidad en la mirada de Santino—. No sé por qué lo hizo. Me empujó contra la pared... y, por un momento, pensé que iba a matarme. —Su voz se quiebra, pero continúa—. Nunca había sentido tanto miedo. Luego... me soltó. Se disculpó. Y se fue.
La expresión de Santino se endurece con cada palabra de Sara, como si cada una fuera un golpe que lo dejara más vulnerable. Respira con dificultad, los dedos rozando el torniquete en su cuello.
—¿Se disculpó? —repite, con un tono que mezcla incredulidad y sarcasmo—. Wick no hace eso. No es él. No es su estilo. —Sacude la cabeza, como si intentara desechar la idea—. No tiene sentido.
—No sé qué decirte —lo interrumpe Sara, frunciendo el ceño, tensa. Su voz tiembla, pero la firmeza en sus palabras deja claro que no miente—. Lo único que sé es que estamos vivos, y eso ya es más de lo que podríamos haber esperado.
Santino cierra los ojos y exhala un suspiro pesado que suena más a derrota que a alivio. Cuando vuelve a abrirlos, su mirada es fría, casi amenazante, como si algo en su interior se hubiera quebrado.
—John no deja cabos sueltos —dice con una calma inquietante. Cada palabra cae como una advertencia—. Esto no ha terminado.
Sara siente un escalofrío recorrerle la espalda, como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto más denso, más frío. Por un instante, el silencio se apodera del departamento, solo interrumpido por la respiración entrecortada de Santino, un eco siniestro, un recordatorio constante de lo precaria que es la situación.
De repente, él rompe el silencio con una voz áspera, cargada de desconfianza:
—¿Quién eres, de todas maneras?
Sus ojos, oscurecidos por el dolor y el agotamiento, la escudriñan con intensidad, como si intentara descifrar algo en su rostro. Cada palabra parece costarle un esfuerzo sobrehumano, como si el simple acto de hablar lo desgastara aún más.
Sara lo mira, incrédula. La pregunta la golpea como una bofetada, dejándola sin aliento por un segundo. Pero luego estalla. Su voz se alza en un torrente de frustración y miedo, quebrando el silencio con furia contenida.
—¿¡Que quién soy!? ¡Soy la idiota que te está ayudando, imbécil! —escupe, cada palabra afilada como un cuchillo—. No tengo idea de quién eres, ni qué haces, ni por qué ese hombre te quiere muerto. Solo sé que te llamas Santino, y créeme, eso no lo voy a olvidar... Hoy casi muero por ti.
Su voz tiembla, pero las palabras brotan con una fuerza incontrolable, como si cada una hubiera estado atrapada en su pecho durante semanas, esperando el momento de escapar.
Santino la observa en silencio, su expresión impenetrable, como si sus palabras no lograran atravesar la barrera de su conciencia. Pero Sara no se detiene. La rabia, el miedo y la adrenalina la impulsan, arrastrándola como una tormenta desatada.
—Te estás desangrando en mi cama y no quieres que llame a nadie. ¡No sé qué hacer! —exclama, llevándose las manos a la cabeza—. Se suponía que hoy era mi noche libre: bajar la basura, subir y acurrucarme con Canela. En cambio, tú estás ahí, moribundo, y yo... yo...
Su voz se quiebra. Por un momento, parece que va a derrumbarse, que el peso de todo lo sucedido la aplastará en cualquier instante.
Sara se lleva las manos a la cara, los dedos temblorosos, tratando inútilmente de contener el llanto que la ahoga. Pero las lágrimas, calientes e implacables, resbalan por sus mejillas, nublándole la vista.
Santino, pálido como la cera, con gotas de sudor frío cubriéndole la frente, la observa en silencio. La sangre fluye lentamente de la herida en su cuello, una línea delgada pero persistente, un recordatorio mudo de lo cerca que está del borde. Por un instante, el peso de la situación parece desvanecerse cuando nota la angustia de Sara. Sus ojos, endurecidos hasta entonces por el dolor y la desconfianza, muestran un destello de algo más... tal vez culpa, tal vez compasión.
—¿Canela? —su voz es apenas un susurro, como si ese nombre fuera lo único que logró filtrarse a su mente en medio del estallido de Sara, lo único que captó entre su impotencia y desesperación.
Como si hubiera escuchado su llamado, la pequeña gata aparece de la nada, ágil y silenciosa, saltando a la cama con una elegancia felina que contrasta con la crudeza del momento. Se acurruca junto a Santino, lamiéndose el pelaje mientras roza con suavidad su piel fría. Él la mira sorprendido. Sus manos temblorosas se extienden hacia ella, acariciando su lomo con torpeza, como si temiera lastimarla. Pero, a medida que sus dedos se hunden en el suave pelaje, su expresión se suaviza, y por primera vez desde que Sara lo encontró, hay un atisbo de calma en su rostro.
—Hey... —murmura, esbozando una débil sonrisa mientras sigue acariciándola.
—¿Entonces? ¿Llamo a alguien? ¿O piensas morirte aquí? —La voz de Sara sube de tono, quebrándose al final, como si las palabras le quemaran la garganta—. ¡Porque tu cuello sigue sangrando!
Santino aparta la mirada de la gata y la dirige lentamente hacia Sara. Sus ojos, opacos por el dolor, se clavan en los de ella. Su voz es un hilo, apenas audible, como si cada sílaba le costara un esfuerzo sobrehumano.
—No... no llames a nadie. Solo... necesito tiempo.
—¡Tiempo! —Sara da un paso atrás, furiosa, las manos temblorosas levantadas en un gesto de exasperación—. ¡No tienes tiempo! ¿O no te has dado cuenta de que estás goteando sangre por toda mi cama?
Santino cierra los ojos un instante, como si intentara reunir fuerzas. Cuando los abre de nuevo, su mirada es intensa, casi desesperada.
—Confía en mí —su voz sale entrecortada, pero cada palabra vibra con una firmeza que parece sostenerlo en pie—. Solo necesito un poco más de tiempo... un poco más.
La determinación en su voz corta el aire como un cuchillo, deteniendo a Sara en seco. Aquellas palabras, aunque débiles, llevan un peso tan intenso que la clavan en el suelo.
Un suspiro tembloroso escapa de sus labios, mezclándose con el aire denso de la habitación. Lentamente, se deja caer en el borde de la cama, su cuerpo rindiéndose al peso de la situación. Sus ojos, aún brillantes por las lágrimas, se clavan en Santino, el hombre que, sin previo aviso, ha convertido su noche (y su vida) tranquila en un caos del que no sabe cómo escapar.
Canela maúlla suave desde la cama, un sonido tierno que se desliza entre la tensión del aire como un intento de calmar la tormenta. Sara se pasa el dorso de la mano por los ojos, secándose las lágrimas a medias, pero el temblor no la abandona. Siente que cada fibra de su ser está al borde del colapso.
Santino, recostado y respirando con dificultad, alza una mano temblorosa hacia la toalla empapada de sangre que ella había enrollado alrededor de su cuello en un intento desesperado por detener la hemorragia. Su rostro se contrae en una mueca de dolor, y sus palabras salen entre susurros quebrados:
—No... no tan fuerte... —susurra, cerrando los ojos como si el simple acto de hablar lo consumiera por completo—. Solo... presión suficiente.
Sara tarda unos segundos en procesar sus palabras, atrapada en un torbellino de miedo y confusión. Finalmente, reacciona. Con movimientos lentos pero cuidadosos, ajusta la presión de la toalla sin soltarla por completo, tratando de seguir sus indicaciones sin causarle más daño.
—¿Así? —pregunta, su voz tan suave que casi se pierde en el aire.
Santino asiente apenas, un movimiento casi imperceptible.
—Sí... así está bien. Ahora... busca algo limpio... —habla entrecortado—. Una gasa... o algo de algodón.
Sara asiente, conteniendo la respiración mientras mantiene la toalla presionada contra la herida. Sin soltar la presión, estira la otra mano hacia el cajón de la cómoda junto a su cama, abriéndolo con movimientos rápidos y algo torpes, como si el tiempo se le escapara entre los dedos. Revuelve entre la ropa hasta que encuentra una camiseta vieja pero limpia.
—Listo —dice, intentando sonar firme, aunque su voz tiembla apenas perceptible—. ¿Y ahora?
—Presiónala sobre la toalla... —murmura Santino, cerrando los ojos, como si cada palabra le costara un esfuerzo sobrehumano—. No la retires... solo presiónala encima.
Sara obedece, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda al ver cómo la tela blanca se tiñe de rojo oscuro.
—¿Así está bien? —pregunta, su voz quebrada pero urgente. Su corazón late con tal fuerza que casi ahoga sus propias palabras.
Santino asiente débilmente. Su respiración sigue agitada, pero parece un poco más estable que antes.
—Sí... —susurra—. Mantén la presión durante quince minutos. Si la herida deja de sangrar por sí sola, todo estará bien. —Hace una pausa, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo—. Si no...
—Si no, ¿qué? —interrumpe Sara, su voz temblorosa, como si ya supiera la respuesta pero se negara a aceptarla.
Santino tarda en responder. Sus ojos permanecen cerrados mientras lucha por mantenerse consciente. Cuando finalmente habla, su tono es grave, cargado de una seriedad que hace que el aire en la habitación se sienta aún más pesado.
—Vas a tener que coserla.
Sara lo mira, paralizada, como si las palabras tardaran en asentarse en su mente.
—¿Coserla? —repite en un murmullo, teñido de incredulidad—. No soy médico, Santino. No sé hacer eso. No tengo las herramientas ni... ni la menor idea de por dónde empezar.
Él abre los ojos lentamente. Su mirada, nublada pero intensa, se clava en la de ella.
—No tienes opción —dice con una calma tan fría que parece helar el aire—. Si no lo haces, no voy a sobrevivir.
El estómago de Sara se anuda con una opresión insoportable. Sus ojos viajan de la herida, donde la sangre comienza a filtrarse a través de la camiseta, hasta el rostro pálido de Santino, cubierto de sudor frío.
—No sé cómo hacerlo —admite, su voz apenas un susurro—. Podría empeorarlo. Podrías... podrías morir.
—Ya estoy muriendo —responde Santino con crudeza, sin rastro de duda en su voz—. Pero si lo intentas, al menos tendré una posibilidad.
Sara cierra los ojos, conteniendo las lágrimas que arden en su interior. Respira profundamente, tratando de reunir el coraje que no sabe si tiene.
—¿Y si te hago daño? —pregunta en un susurro, su voz tan frágil que parece desmoronarse con cada palabra.
Santino la observa con una sombra de algo parecido a una sonrisa, su tono adquiriendo un matiz de su arrogancia habitual, aunque empañado por el dolor.
—No lo harás —dice con firmeza—. No tienes elección. Además, confío en ti. Después de todo, no todos los días alguien me dice que asusto al mejor sicario del bajo mundo solo por ser encantadora.
El silencio se cierne sobre la habitación, roto solo por el jadeo irregular de Santino y el latido frenético del corazón de Sara, que retumba en sus oídos como un tambor de guerra. La broma no le arranca ni una sonrisa.
—Yo no dije que nos dejó vivir por mi encanto —replica ella, con la voz seca y cortante, como si quisiera recordarle que no está de humor para sus juegos.
Desde el rincón, Canela maúlla suavemente, como si intentara ofrecer un consuelo que ella no está segura de poder aceptar.
Sara asiente lentamente, como si el peso de la decisión finalmente la hubiera alcanzado. Sus manos tiemblan, pero su voz sale más firme de lo que esperaba.
—Está bien —dice, conteniendo un temblor—. Pero necesito que me digas exactamente qué hacer. No puedo... hacer esto sin ti.
Santino la mira, y por un instante, hay algo en sus ojos. Algo que podría ser gratitud, o tal vez solo el alivio de saber que no está solo.
Después de veinte minutos, la herida seguía sangrando. El rojo brillante de la sangre había empapado por completo la camiseta que Sara usaba para presionar y ahora se filtraba entre sus dedos, cálido y persistente, un recordatorio constante de la gravedad de la situación. El olor metálico llenaba el aire, mezclándose con el sudor y el miedo que parecían impregnar cada rincón de la habitación.
—No está funcionando —murmura Sara, su voz temblorosa pero cargada de urgencia—. La sangre no se detiene.
Santino, cada vez más pálido, apenas logra mantener los ojos abiertos. Su respiración es superficial, entrecortada, y las gotas de sudor en su frente brillan bajo la luz tenue de la habitación.
—Tienes que coserla —dice con una voz tan débil que Sara apenas la escucha—. Ahora.
—¡No sé cómo hacerlo! —exclama Sara, desesperada, sus manos aún presionando la herida con fuerza—. Ni siquiera tengo un kit de costura. ¡Debes estar bromeando! ¡No voy a hacerlo!
Más lágrimas nublaron sus ojos; la impotencia de no saber qué hacer la consumía por dentro, como un fuego imposible de apagar.
—Oye, escúchame... —intenta decir Santino, pero su voz es apenas un susurro, tan frágil que parece desvanecerse en el aire.
—¡No! Vamos, voy a llevarte a un hospital —Sara trata de sostenerlo, de levantarlo, pero es inútil. Su cuerpo es demasiado pesado, demasiado débil—. No voy a clavarte una aguja en una herida abierta. ¿¡Estás loco?!
—No hay tiempo... —insiste él, su voz apenas un hilo que se quiebra con cada palabra.
—Por favor, no me hagas esto —suplica ella, las lágrimas cayendo sin control, arrastrando consigo cualquier rastro de resistencia—. No puedo... no puedo hacerlo.
Santino cierra los ojos un instante, como si reuniera las últimas fuerzas que le quedan. Cuando los abre de nuevo, su mirada es seria, casi desesperada, como si viera más allá de ella, más allá de la habitación, más allá de todo.
—No tienes elección —murmura, cada sílaba un esfuerzo que le cuesta el aliento—. Si no lo haces, voy a morir. Y tú... tú no quieres eso.
Sara lo mira, el miedo y la indecisión reflejados en cada línea de su rostro. Sabe que tiene razón, pero la idea de lastimarlo, de hundir una aguja en su piel sin anestesia, le resulta insoportable.
Toma aire, tratando de calmarse. Sus manos tiemblan, su corazón late con violencia, pero no puede seguir dudando.
—Está bien, está bien... —susurra, más para sí misma que para él—. Voy por el kit. Solo... espera.
Sale de la habitación con pasos rápidos pero inseguros, como si cada movimiento la arrastrara más hacia una realidad que no quiere enfrentar. Sabe exactamente dónde está el kit de costura; lo dejó sobre el sillón antes de abrir la puerta. Lo encuentra allí, intacto, y lo toma con manos temblorosas, sintiendo que el simple peso del objeto es demasiado.
Regresa a la habitación con el estuche aferrado entre los dedos, como si fuera un salvavidas. Su corazón late con tanta fuerza que parece resonar en toda la habitación, un tambor frenético marcando el ritmo de su desesperación.
Santino sigue recostado en la cama. Su respiración es superficial, errática, y su piel, tan pálida bajo la luz tenue, parece casi translúcida. La sangre aún mana de la herida, aunque con menos intensidad, como si su cuerpo estuviera al borde de rendirse.
—Lo tengo —dice Sara, esforzándose por mantener la voz firme, pero sus manos temblorosas la delatan—. Ahora dime qué hacer.
—¿Santino? —lo llama, su voz apenas un susurro cargado de miedo, como si temiera que ya no pudiera responderle.
Él abre los ojos con dificultad, los párpados pesados, cada parpadeo un esfuerzo monumental. Su mirada, vidriosa y perdida entre el dolor y la conciencia, aún conserva ese destello de determinación que siempre lo ha definido.
—Abre el kit... —susurra, cada palabra un sacrificio—. Hilo, aguja... algo para limpiar la herida. Alcohol, si hay... o lo que sea.
Sara asiente, pero sus dedos torpes tardan en desabrochar el estuche. El temblor en sus manos no cede.
Abre el estuche y saca el hilo y la aguja, colocándolos sobre la cama junto a un pequeño frasco de alcohol que ya había tomado antes.
—¿Esto sirve? —pregunta, mostrando el frasco con dedos temblorosos.
Santino asiente débilmente.
—Sí... limpia la aguja primero. Luego... la herida.
Sara sumerge la aguja en el alcohol, intentando ignorar el nudo que le aprieta el estómago. Con un trapo limpio, desliza el líquido sobre los bordes de la herida, con cuidado de no presionar demasiado. Santino contiene un gemido, su rostro crispado por el dolor, pero no dice nada.
—Lo siento, lo siento... —murmura ella, sintiendo las lágrimas arder en sus ojos—. No quiero lastimarte.
Sara traga saliva y toma la aguja y el hilo. Su mente trata de recordar cualquier indicio de cómo hacer esto. Nunca ha cosido nada más complicado que un botón, y ahora tiene que atravesar carne viva. Su estómago da un vuelco.
—No puedo... —susurra, el pánico oprimiéndole el pecho—. No sé por dónde empezar.
Santino abre los ojos. Su mirada, aunque cansada, irradia una calma sorprendente.
—Solo haz el primer punto —dice, su voz débil pero firme—. Yo te guiaré.
Sara respira hondo. Se acerca más, la aguja temblando en sus manos. Con un movimiento rápido, la hunde en la piel de Santino, sintiendo la resistencia de la carne antes de que ceda bajo la presión.
Él aprieta los dientes, sus manos aferrándose a las sábanas.
—Así... está bien —murmura entrecortado—. Ahora... pasa el hilo.
Ella obedece. Cada punto le duele más a ella que a él, o al menos así lo siente. Pero con cada puntada, el ritmo se vuelve más mecánico. Sus manos siguen temblando, pero logra seguir. La sangre deja de brotar con tanta intensidad.
—Casi... casi termino —dice con un hilo de voz, un alivio incipiente colándose en su tono—. Solo unos más.
Sara alza la vista. Su respiración es lenta, sus ojos cerrados. Termina los últimos puntos con rapidez y corta el hilo con unas tijeras del kit, sus manos aún manchadas de sangre.
—Santino —lo llama, tocándole el hombro con suavidad—. ¿Me escuchas?
El pánico la golpea de nuevo. Con dedos ansiosos, le toma el pulso. Débil, pero constante.
Exhala un suspiro tembloroso. Está vivo. Apenas.
—No te mueras... —susurra, limpiándole el cuello con un trapo limpio—. Por favor, no te mueras.
Un ligero movimiento en la cama la hace alzar la vista. Canela se ha acurrucado junto a Santino, su pequeño cuerpo ofreciéndole calor.
Sara se deja caer en el borde de la cama, agotada. Sus músculos duelen, su mente sigue atrapada en la escena, en la sangre, en cómo la aguja atraviesa su piel.
Aún queda mucho por hacer.
Pero por ahora, Santino está estable.
Sara se queda sentada al borde de la cama, observando a Santino con una mezcla de alivio y preocupación. Su respiración es superficial pero constante, y aunque sigue pálido, ya no parece al borde de la muerte. Canela ronronea suavemente junto a él, como si su presencia fuera un bálsamo para el caos que los rodea. El sonido tranquilo del ronroneo contrasta con el desorden de la habitación: sábanas manchadas de sangre, el kit de costura abierto sobre la mesa y el olor metálico que aún impregna el aire.
El silencio es denso, solo roto por la respiración entrecortada de Santino y el leve tictac del reloj en la pared. Sara mira sus manos, todavía manchadas de sangre, y un escalofrío le recorre la espalda. Ha hecho algo que jamás imaginó ser capaz de hacer y, aunque ha funcionado, la idea de haber cosido la piel de alguien le resulta surrealista.
De repente, Santino se mueve y deja escapar un leve gemido. Sara se levanta de inmediato y se inclina sobre la cama.
—Santino —lo llama, su voz suave pero urgente—. ¿Me escuchas?
No hay respuesta inmediata, pero tras unos segundos, Santino abre los ojos lentamente. Su mirada, aunque nublada, es consciente.
—Sí... —susurra, su voz apenas un hilo de sonido—. Lo hiciste bien.
Sara no puede evitar una sonrisa débil, aunque las lágrimas asoman de nuevo en sus ojos.
—No sé si "bien" es la palabra correcta —dice, limpiándose las manos en un trapo—. Pero al menos estás vivo.
Santino intenta sonreír, pero el esfuerzo es demasiado grande.
—Gracias... —murmura, cerrando los ojos otra vez—. No sé qué habría pasado si no...
—No hables —lo interrumpe Sara, colocando suavemente una mano sobre su brazo—. Todo está bien ahora. Tienes que descansar. Yo seguiré aquí por si necesitas algo, ¿de acuerdo?
Santino asiente débilmente y, en cuestión de segundos, su respiración se vuelve más regular, como si el sueño lo reclamara de nuevo. Sara lo observa un momento, asegurándose de que esté estable, antes de levantarse con cuidado para no molestarlo.
Canela la sigue con la mirada, como si entendiera que Sara necesita un respiro. Sara respira hondo, tratando de calmarse, pero la realidad de lo que acaba de hacer la golpea con toda su fuerza.
—¿Y ahora qué? —murmura para sí misma, recorriendo la habitación con la mirada, como si la respuesta estuviera oculta en algún rincón.
No puede dejar a Santino así, pero tampoco sabe qué más hacer. Con un suspiro, se obliga a moverse. Recoge las sábanas manchadas y las lleva al baño, sumergiéndolas en agua fría antes de que la sangre se adhiera a la tela. Luego limpia la mesa y guarda el kit de costura en un cajón, como si esconderlo pudiera borrar lo que acaba de hacer.
Cada pocos segundos, sus ojos vuelven a la cama. Vigila el ascenso y descenso del pecho de Santino, aferrándose a ese ritmo frágil pero constante. Cada respiro suyo le da un respiro a ella.
—¿Quién eres, Santino? —susurra desde la distancia—. ¿Por qué terminaste aquí, en mi cama, al borde de la muerte?
Silencio. Solo su respiración pausada y el ronroneo de Canela, que vuelve a acurrucarse junto a él, ajena a todo.
Sara se deja caer en el sillón junto a la ventana. Siente el peso del cansancio hundirla, pero su mente sigue en marcha, reviviendo cada segundo de lo que acaba de pasar. No puede dormir, no todavía. Cierra los ojos un instante, tratando de encontrar un poco de calma, aunque sea en la oscuridad.
Un coche pasa por la calle y el sonido la arranca de sus pensamientos. Afuera, la ciudad sigue su curso, indiferente al caos dentro de su departamento. Mira el reloj. Casi las cuatro de la mañana.
Sara no sabe en qué momento se quedó dormida. Despierta con un dolor sordo en todo el cuerpo, la consecuencia de haber pasado la noche en una mala posición. Lo primero que siente es la rigidez en sus músculos; lo segundo, la luz dorada que se cuela por la ventana, bañando la habitación con un resplandor cálido.
Parpadea varias veces, intentando sacudirse la neblina del sueño mientras su mente lucha por ubicarse. Por un instante, todo parece ajeno: el sillón incómodo, el peso del cansancio aún anclado a sus hombros, la sensación de que algo dentro de ella cambió para siempre.
La noche ha terminado. Y con ella, lo peor de la pesadilla.
Al girar la cabeza, encuentra a Santino aún recostado en la cama. Su respiración es más estable que la noche anterior, aunque su rostro sigue pálido y perlado de sudor. Canela, en cambio, duerme plácidamente a sus pies, ajena al caos que sacudió la habitación horas atrás.
Sara se levanta con cuidado del sillón, procurando no hacer ruido, y se acerca a la cama. Con el dorso de la mano, le toca la frente, buscando algún rastro de fiebre. Su piel está fresca, pero la debilidad aún se percibe en cada línea de su rostro. Suspira, aliviada pero sin bajar la guardia. Santino sigue ahí, sigue respirando, pero todavía no está a salvo.
Santino abre los ojos con lentitud, su mirada perdida al principio, vacía, como si su mente aún no hubiera regresado del todo. Por un instante, parece no reconocerla, pero poco a poco su expresión cambia. El desconcierto da paso al reconocimiento, aunque una sombra de inquietud sigue anidada en sus ojos.
—¿Santino? —susurra Sara, inclinándose un poco hacia él—. ¿Cómo te sientes?
Él intenta incorporarse, pero una punzada de dolor lo hace detenerse de inmediato. Antes de que lo intente de nuevo, Sara apoya una mano en su hombro, ejerciendo una leve presión para mantenerlo en su sitio.
—No, no te muevas —le dice con firmeza, pero con suavidad—. Todavía estás débil. Necesitas descansar.
Santino asiente débilmente y se deja caer de nuevo sobre la almohada. Su respiración es más tranquila que la noche anterior, aunque cada inhalación sigue delatando el esfuerzo que le cuesta mantenerse consciente.
Sara se acerca y lo ayuda a acomodarse mejor en la cama; él solo la observa, con una mezcla de desconcierto y cansancio en los ojos oscuros.
—Gracias —murmura con voz ronca, como si la palabra le quemara la garganta por la falta de costumbre—. Tú me salvaste la vida... serás recompensada por eso, yo te...
Sara frunce el ceño y lo interrumpe antes de que pueda seguir.
—No me lo agradezcas —dice, colocando con suavidad una mano sobre su brazo—. Solo tuviste suerte de cruzarte con alguien que no tiene el corazón para dejar morir a nadie... ni siquiera a un criminal.
Él la mira en silencio, parpadeando lentamente, como si sus fuerzas se extinguieran con cada segundo.
—Ahora descansa. Estarás bien —añade ella, con la voz más suave.
Santino asiente con esfuerzo, y en cuestión de segundos, el sueño lo arrastra de nuevo. Su respiración se vuelve más regular, el rostro se relaja, y la tensión que lo mantenía alerta finalmente cede.
Sara lo observa un instante, asegurándose de que está estable, antes de levantarse. No ha revisado los destrozos de su departamento desde la noche anterior, pero sabe que la puerta principal ha desaparecido, arrancada de sus goznes por aquel hombre que intentó matar a Santino. No necesita verla para saberlo. ¿De qué otra manera habría entrado?
Con un suspiro, camina hacia la entrada, preparándose mentalmente para lo que va a encontrar. Al llegar, se detiene en seco.
La puerta está completamente destrozada. La madera hecha trizas cubre el suelo en astillas dispersas, los goznes cuelgan torcidos, y el marco tiene marcas profundas, como si alguien hubiera irrumpido con la fuerza de un animal salvaje.
Sara siente un escalofrío recorrerle la espalda mientras imagina la escena: los golpes secos contra la puerta, el estruendo de la madera cediendo, la inmediatez brutal con la que todo debió ocurrir.
—Dios mío —murmura, llevándose una mano a la boca—. Esto es... esto es demasiado.
Mira hacia el pasillo, esperando ver a algún vecino curioso o a alguien que hubiera escuchado el alboroto. Pero todo está en silencio. Un silencio denso, como si la violencia que había estallado en su hogar hubiera sido devorada por la indiferencia de la ciudad. Tal vez nadie quiso involucrarse. Tal vez todos escucharon, pero prefirieron fingir que no.
Sara suspira, sintiendo el peso de la situación hundirse sobre sus hombros como una losa.
Comienza a recoger los pedazos de puerta, apilando los trozos más grandes a un lado. Luego barre las astillas más pequeñas junto con los fragmentos de vidrio que quedaron de las fotografías y floreros que habían estado en la repisa junto a la entrada. Colocó ese mueble allí como una medida de seguridad adicional, una barrera improvisada que, al final, no sirvió de nada.
Ahora el estante está volcado, las fotografías familiares destrozadas y esparcidas por el suelo, los floreros reducidos a polvo de cristal mezclado con los restos de la puerta.
—Esto es un desastre —susurra para sí misma, sintiendo cómo la frustración y el cansancio se mezclan en su pecho.
Mientras recoge los trozos de vidrio con cuidado, una de las fotografías llama su atención. Es una imagen de ella con sus abuelos, tomada años atrás, en un día soleado en la granja. La foto está intacta, pero el cristal del marco se ha pulverizado.
Sara la observa por un instante, pasando los dedos con delicadeza sobre la superficie de la imagen, como si temiera romperla con solo tocarla. Después la deja a un lado y sigue limpiando, con los pensamientos enredados en la imagen de la puerta destruida... y en el hombre que ahora duerme en su cama.
Pasos acercándose la sacan de sus pensamientos. Sara levanta la vista, el estómago encogiéndose al ver a dos hombres uniformados avanzando hacia su departamento.
Los pasos retumban en el pasillo como martillazos contra el suelo. Su respiración se acelera, y siente el pulso en las sienes mientras los observa detenerse frente a la puerta destrozada. Llevan las manos cerca de los cinturones, en estado de alerta, los rostros tensos al ver la escena.
Entonces, Sara baja la vista y el corazón casi se le sale del pecho.
Su pijama de algodón, de un tono rosa pastel, está manchada de sangre. Pequeñas salpicaduras en las mangas, y una mancha más grande en la parte baja de la camisa. La sangre de Santino.
Instintivamente cruza los brazos sobre el torso, pero las manchas siguen ahí. Innegables.
—Señorita —habla uno de los policías, un hombre alto, de mandíbula marcada y cabello entrecano, con voz firme pero no agresiva—. ¿Está bien? Recibimos un reporte de ruidos fuertes anoche, y... —su mirada se desliza por los restos de la puerta—. ¿Podría decirnos qué ocurrió aquí?
Sara traga saliva, la lengua pegada al paladar. Su mente trabaja a toda velocidad buscando una respuesta coherente.
—Hubo... un intento de robo anoche —dice, esforzándose por sonar serena—. El ladrón tiró la puerta, pero... pero se fue cuando me vio.
El segundo policía, más joven, con expresión más blanda pero igual de atenta, se acerca un poco más. Mira la entrada destrozada, luego los fragmentos de vidrio y madera en el suelo... y finalmente a Sara. Su mirada se detiene en la pijama.
—¿Está herida? —pregunta, señalando la mancha con la barbilla.
El estómago de Sara se contrae. Su primer impulso es decir que sí, inventar un corte en el brazo o algo pequeño, pero sabe que revisarán si es necesario. Así que improvisa lo primero que le viene a la mente.
—No... no es mía —dice, su voz temblando más de lo que quisiera—. Es de mi gata. Se asustó con los golpes y se cortó con los vidrios.
El policía joven frunce el ceño, inclinándose ligeramente para observar mejor las manchas.
—¿Toda esa sangre es de un animal? —cuestiona, con genuina duda.
El más alto observa el suelo. Hay manchas secas en las tablas de madera, algunas arrastradas como si alguien hubiera intentado limpiarlas, pero sin éxito.
—¿Dónde está la gata? —pregunta, directo.
Sara siente que el pánico le aprieta la garganta como un nudo.
—Está... escondida —improvisa, forzando una risa nerviosa—. Creo que sigue asustada. Se metió debajo del sofá, y no ha querido salir.
Los policías intercambian una mirada. El mayor parece desconfiar más, pero no presiona.
—¿Podemos pasar para asegurarnos de que no haya nadie más? —pregunta, con tono profesional, pero firme.
El corazón de Sara se desboca. Un "no" solo levantaría más sospechas.
—Claro —cede, apartándose con las piernas temblorosas.
Los agentes entran. Revisan el salón con la puerta rota, la cocina, incluso abren la puerta del baño. No entran al dormitorio, lo que le da un respiro momentáneo a Sara. Santino sigue dormido, y si lo encuentran, todo habrá acabado.
Después de unos minutos, regresan a la entrada.
—Parece que se fue de verdad —dice el más joven, encogiéndose de hombros—. Pero debería reportar esto a la administración del edificio. Y cambiar la cerradura.
El policía mayor le tiende una tarjeta.
—Si nota algo extraño o si recuerda algún detalle más, llámenos.
Sara toma la tarjeta con dedos helados.
—Gracias —murmura, la voz apenas audible.
Los policías le dedican una última mirada antes de salir por el pasillo. Sara los escucha alejarse, pero no se mueve hasta que el sonido de sus pasos desaparece por completo.
Entonces cierra la puerta destrozada como puede, apoya la frente contra la madera astillada...
Y rompe a llorar en silencio.
Sara se queda así un momento, con la frente apoyada en la puerta rota, conteniendo los sollozos para no hacer ruido. Su pecho sube y baja de forma irregular, y las lágrimas caen en silencio, resbalando por su rostro hasta perderse en el cuello de la pijama manchada.
No tiene tiempo para derrumbarse.
No cuando Santino sigue ahí.
Se seca el rostro con la manga —ignorando las manchas de sangre seca— y respira hondo, intentando calmar el temblor de sus manos. Luego, con pasos cuidadosos, regresa a la habitación.
El ambiente es denso, con el olor metálico de la sangre impregnado en el aire. La luz de la mañana se filtra por las cortinas, iluminando el rostro pálido de Santino, que duerme profundamente. Su respiración es más estable, aunque cada tanto se le escapa un leve gemido de dolor.
Sara se acerca a la cama, observándolo en silencio. Hay algo extraño en él... incluso dormido parece tenso, como si su cuerpo no supiera cómo relajarse. Las cejas fruncidas, la mandíbula apretada. Como si estuviera acostumbrado a la violencia, como si nunca pudiera bajar la guardia del todo.
Se agacha para revisar la herida que le había suturado la noche anterior. La venda está manchada, pero no tanto como temía. Al menos la hemorragia parece controlada.
—Vas a estar bien... —susurra, aunque sabe que él no puede oírla.
Pero el susurro es para ella misma. Una especie de ancla a la realidad, una promesa que necesita creer.
Con cuidado, se pone de pie y se dirige al baño, cerrando la puerta con suavidad. Necesita cambiarse de ropa y limpiar las manchas de sangre que los policías vieron. Cualquier rastro podría hundirla si deciden volver.
Se arranca la pijama con manos torpes, dejándola caer en el suelo como si quemara. Luego se mete bajo el agua caliente, pero no le da alivio. Frota su piel con fuerza, limpiando la sangre seca de sus brazos, de su cuello, incluso de sus uñas. Frota hasta que la piel se le enrojece, como si pudiera borrar todo lo que pasó la noche anterior con solo tallarse más fuerte.
Cuando sale de la ducha, se viste con lo primero que encuentra: un pantalón de algodón negro y una camiseta ancha. Luego recoge la pijama manchada y la mete en una bolsa de plástico que esconde en el fondo del armario. Después limpia el suelo del pasillo con lejía, borrando las manchas restantes, y barre los cristales rotos que aún quedaban esparcidos.
El proceso le toma casi una hora. Para cuando termina, la adrenalina se ha desvanecido y el agotamiento cae sobre ella como una losa.
Se deja caer en el sofá, apoyando la cabeza en las rodillas. El apartamento sigue oliendo a sangre, a miedo, a todo lo que ha intentado borrar en las últimas horas. Pero lo peor es el silencio. Un silencio espeso que le hace sentir que está esperando que algo más pase.
Su estómago gruñe, rompiendo el vacío con un sonido incómodo. Mira por la ventana y nota que el sol ya se está poniendo. Desde las hamburguesas de la cena de anoche, no ha probado bocado.
Pero en vez de ir directamente a la cocina, se obliga a comprobar cómo está Santino.
Entra a la habitación con pasos sigilosos. Él sigue dormido, la respiración pesada pero constante. El rostro todavía está pálido, las ojeras marcadas bajo los ojos cerrados, pero al menos ya no parece estar al borde de la inconsciencia. Sara lo observa durante unos segundos más, asegurándose de que no haya signos de fiebre o sangrado, y luego se retira, cerrando la puerta con delicadeza.
En la cocina, se prepara algo simple: un sándwich que apenas prueba, y un té que se enfría sin que lo note. Come más por instinto que por hambre, masticando sin pensar, con la mirada perdida en la mesa. La noche cae lentamente, y la única luz en la habitación es la de una lámpara tenue que proyecta sombras suaves sobre las paredes.
Está tan absorta en sus pensamientos que no escucha los pasos al principio.
Cuando finalmente levanta la cabeza, Santino está ahí, apoyado contra la pared para mantenerse en pie. El cabello desordenado le cae sobre la frente, la piel aún pálida, y su respiración es trabajosa, pero sus ojos oscuros están fijos en ella con una intensidad que la deja sin palabras.
PREFACIO
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