Una viejita algo glamurosa con un aspecto nada viejito, morena, chaparra, algo arrugada, con más base que la que yo uso actualmente y un delineado inimaginable al mío, juraría que era lila y con pestañas azules.
La seguí con mi bicicleta por toda la orilla del parque, ella caminaba con pasos cortos y calmados y de vez en cuando se detenía a observar una que otra flor, la olía mientras parecía recordar algún recuerdo, a veces feliz, a veces solo un recuerdo vago del ayer.
Sus zapatos fucsia de tacón grueso con una ligera línea sobre el pie que daban a relucir su manicura sencilla se detuvieron frente a un edificio con aspecto descuidado, las puertas gruesas de madera gastadas parecían que hubiesen pasado por tanto, es como si se sintieran desoladas.
Marcó un código y luego se abrió la puerta de par en par -mucha tecnología para su aspecto- solo pude ver el gran candelabro encenderse en la entrada y luego su figura desapareció en el interior del edificio.
Pierdo el equilibrio un instante al reconocerla y antes de caer coloco mis dos plantas de los pies en el suelo, dejo mi bicicleta tirada en la banqueta del parque para alcanzarla, cruzo la calle corriendo y llego hasta el edificio frente a esa gran puerta antes de quedar completamente cerrada y perder otro instante en el tiempo.
-¡Jhosselin! - Escucho el compás de sus tacones acercarse hacia la puerta.
Mi yo del futuro abre la puerta y en ese mini segundo de tiempo nos encontramos.
-¿Cómo has estado? - Mi voz sale algo agitada, mis ojos se encuentran con mi yo del futuro y no hace falta que dijese quien era, de donde vengo, ni cómo he llegado aquí. Ella simplemente parecía esperarme.
-Pasa, tomemos un poco de té de menta.
La puerta se cierra tras de mí con un ligero toque, nos dirigimos hacia el elevador con un aspecto algo antiguo. Llegamos al piso 5 y recorremos unos cuantos metros hasta llegar al fondo, la puerta de su departamento estaba justo al tope.
5555 -qué buen número, pensé.
No pude ver todo el departamento pero me gustó lo que vi, había colores por doquiera y las almohadas que decoraban los sillones se veían tan esponjositas como algodones de azúcar, el departamento olía a cedro, mas nunca encontré el tono rojizo característico.
Me hizo esperar unos minutos para preparar el té mientras caminaba para observar el espacio, como era de esperarse había libros por doquiera, no se molestó siquiera en tener un librero sino que estaban en la pared, en la mesita de centro, junto a la ventana, se aseguró de dejar algunas enredaderas que tapaban un poco algunos cuadros de la pared.
Un gato blanco pasó rápidamente entre algunas macetas, se acercó a mí mientras encorvaba su espalda y levantaba su cola de forma tan característica como los gatos.
-Traje también unas trufas de chocolate amargo. -Volteé a verla con alivio, emoción y casi con lágrimas en los ojos.
-Qué cómo he estado, comí toda la comida condimentada que pude, fui carnívora, vegetariana, vegana, fui a Japón, a la India, a Egipto, aprendí japonés solamente para leer los textos originales de Murakami y Alemán para leer la Historia Interminable- ella sonreía rememorando el pasado -que cómo he estado, siempre he pensado y tú lo sabes, que no importa todo lo que pueda hacer en el futuro, hoy solo quiero acariciar a mi gato, leer unas cuantas páginas de un libro, tomar 1 litro de té, escribir en papel y luego teclear por horas hasta el amanecer. Prefiero hoy, detenerme a ver el cielo en mi ventana, los árboles, las aves, regar la flor que está a un lado, tomarle fotos a la luna, al sol, al viento. Tocar la lluvia y vivir el momento.