Pasillos
Sofía percibe el aroma dulzón una vez más. La humedad y el calor del ambiente la adormecen. El cuerpo le pesa pero camina en trance entre el follaje en penumbras. El rocío que cae le brilla en la piel. Observa sus pies descalzos. Mueve los dedos con lentitud e intenta asirse más al suelo. La alfombra le raspa, transmitiéndole una electricidad estática que se esparce por su piel. Al levantar la mirada, se percata del empapelado de ramas en el pasillo tenuemente iluminado. Algo se retuerce en la penumbra, algo no del todo vivo. Una ratón blanco huye despavorido.
Daniel se siente libre. Muchas luces pequeñas, como luciérnagas, en un patio oscuro titilan y se hacen más cercanas. Cada una de ellas brilla entre puertas de madera blanca que se repiten a lo largo de un pasillo que parece no tener fin. Una fuerza lo abraza y lo lleva a través del camino, haciendo sus pies livianos como una pluma, su pecho ancho lleno de aire fresco.
Una imagen asalta a Sofía como un relámpago antes del trueno, miles de puntos de luz estallan al unísono. La muchedumbre corre en ambas direcciones y el pasillo se ensancha. El silbido de un tren la sorprende desde lejos. Alguien la toma de la muñeca izquierda y la tira con fuerza en la dirección contraria a la que ella se dirige. Le falta el aire y se agarra el pecho con la mano libre. Se siente claustrofóbica entre tanta gente. Cierra los ojos y se detiene en el lugar. Teme volver a abrirlos.
La memoria de Daniel se siente como una borrachera en un cuarto oscuro, con luces relampagueantes y música a todo volumen. Imágenes aleatorias se disparan en su mente, con gente que no alcanza a distinguir y colores que parecen fundirse en la oscuridad, hasta transformarse en un óleo pastoso. Entre esos pequeños fragmentos puede encontrar algunos sabores, como a tabaco y alcohol; el sonido de una máquina de escribir golpea con un ritmo frenético: “¡tac!¡tac!¡tac!”. El martilleo está en sintonía con la música de fondo, un galope electrónico con una profunda vibración que reverbera dentro de su pecho. Entonces, en medio de ese remolino, una mano lo toma por detrás, desde su antebrazo.
El murmullo se diluye en un plácido oleaje, y el chirrido de las vías en el canto de los pájaros. Sofía se relame los labios y siente un atisbo de briza marina inundándole los pulmones. Abre los ojos para encontrarse con la alfombra acrílica y el frondoso empapelado. Ve una única puerta blanca a su derecha con el número “605” y entra en un cuarto rústico con techo de machimbre. Observa la cama de pino y las tres frazadas. La temperatura parece caer varios grados y se le eriza la piel. La taza de té todavía humeante junto al cuaderno en la mesita de luz. Percibe unas risas lejanas y una voz gruñona que parecen diluirse con el ulular del viento. El lugar le resulta extrañamente acogedor, casi familiar. Descubre con alegría la biblioteca. Recorre las estanterías con los dedos, leyendo los títulos. El aroma a aserrín y manzanilla se entremezcla con el de las hojas impresas.
No hay nadie alrededor, y ni siquiera se oye el sonido de su propio respirar. Se pregunta qué habrá detrás de las puertas. Juega a adivinar, crea historias fantásticas detrás de ellas. En un parpadeo, Daniel se halla en una habitación decorada con un fino empapelado de principios del siglo pasado, con una biblioteca de madera empotrada en la pared, ¡y lo que parecía ser su colección de libros! Aquellos que su abuelo le había regalado cuando era apenas un niño pequeño. La emoción lo invade por completo: quiere volver a oler el papel antiguo, acariciar las cubiertas de terciopelo. Al hojearlos, siente que hay algo nuevo. En cada página, un suave perfume de mujer emerge de la pasta de madera.
Entre el sonido de las hojas que se deslizan, una voz dice: "Sé que me buscás desde el silencio. Queremos ver las luces del día y al mismo tiempo no despertar. Cerrar los ojos nos hizo abrir el alma." Ambos levantan la mirada del libro que tienen entre sus manos, y sus ojos se cruzan por primera vez por el hueco que ha dejado el volumen faltante en el estante de la biblioteca.













