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Laura estaba sentada encima de mi cama con una camiseta de La Sirenita y unos shorts azules. Estaba leyendo uno de los libros de “Las historias de Franz” que yo le habĂa prestado mientras buscaba en el fondo de mi closet un casete de VHS que habĂa conseguido a travĂ©s de Carlos, el niño de la casa 11, a quiĂ©n mi mamá me habĂa prohibido hablarle.  Cuando le preguntĂ© por quĂ© no podĂa hablarle a Carlos  mi mamá respondiĂł “porque sĂ” y cuando le dije que cĂłmo asĂ que porque sĂ me dijo “porque yo lo digo y ya”.
Como era de esperarse, no le hice caso. Desde muy pequeña pensĂ© que si habĂa un diálogo o alguna suerte de negociaciĂłn todo podĂa funcionar. Si me decĂan: “No puedes hablarle a Carlos porque Carlos tiene lepra y puedes terminar en una isla de leprosos” o algo por el estilo, todo estaba bien, pero un porque sĂ no era una respuesta a mi altura, un porque sĂ era una respuesta perezosa, una arbitrariedad, un llamado a hacer todo lo contrario a falta de buenas explicaciones.
Carlos era alto y bronceado, tenĂa una cicatriz debajo del ojo derecho y caminaba como cargando un peso invisible, como arrastrando algo, tal vez el abandono de sus padres que supuestamente eran “ganaderos”, un eufemismo que en los noventa en Cali traducĂa a: involucrado de cierta manera en narcotráfico, lavado de activos, testaferrato o afines, y que por la tanto nunca pasaban tiempo con Ă©l.
Carlos tenĂa acceso privilegiado a un mundo entero de conocimientos, revistas, pelĂculas y demás cosas que yo anhelaba en exceso, primero porque querĂa saber quĂ© hacĂan mis amigos hombres cuando estaban solos y Carlos (que tambiĂ©n era hombre y que no era mi amigo pero si era amigo de mis amigos) estaba dispuesto a contarme, y segundo, tercero y cuarto:  porque mientras Ă©l tenĂa 15 yo tenĂa 12, su casa siempre estaba sola (significado de libertad sin restricciĂłn), y era propietario de un arsenal de bienes que mi mamá jamás me comprarĂa.
Lista de pertenencias de Carlos que yo siempre quise tener:
- Reloj Casio con calculadora
- Reloj Casio que servĂa de control remoto
- Mesa de billar que también era mesa de ping pong que también era mesa de hockey de mano
- TODOS los juegos de Mortal Kombat
- Todos los CD´s de los Beatles (Ă©l decĂa que eran de Ă©l pero siempre sospechĂ© que eran de su papá)
- ColecciĂłn completa de las Tortugas Ninjas (incluida Abril).
En esa Ă©poca mis amigos hablaban de cosas como lo que pasaba si uno jugaba escondite americano, lo que se sentĂa darse besos con lengua, tener novia o ver revistas Playboy pero jamás hablaban de esto frente a mĂ, siempre se callaban una vez yo llegaba al parque, o al murito de la casa de AndrĂ©s, o a la banca de la piscina, o donde quisiera que estuvieran hablando. Odiaba la sensaciĂłn de estar perdiĂ©ndome de cosas importantes (mis amigas hablaban de cosas insulsas como el Ăşltimo video de N´Sync, o cĂłmo hacer collares con gel y escharcha) asĂ que le preguntĂ© a Carlos por aquellas conversaciones y Carlos me contĂł que habĂan descubierto que si uno ponĂa el canal brasilero Globo despuĂ©s de las once de la noche, podrĂa ver escenas de porno entrecortadas por la mala señal. Beso, lenguas, caricias, más besos y lenguas y sexos desnudos y trĂos y mujeres de espalda gimiendo “Mais duro, MAIS DURO, MAAAAIS DUUUUROOO”.
No se podĂa ver mucho en realidad, pero se dibujan escenas pornográficas entre aquellas lĂneas grises o la pantalla congelada, la imagen que bajaba como los crĂ©ditos de un pelĂcula y despuĂ©s volvĂa aparecer. Jamás habĂa visto algo asĂ. No sospechaba ni siquiera que tales cosas existieran. Mi idea de sexo era el sexo oral, que segĂşn yo, significaba: hablar de sexo.
Quise más. Le preguntĂ© a Carlos si sabĂa donde podĂamos ver lo que pasaban en Globo pero sin tantas lĂneas grises, sin tantas partes incompletas dejadas a la suerte de mi imaginaciĂłn. Carlos me dijo que tenĂa una pelĂcula en VHS que no era porno pero casi. Le dije “PrĂ©stemela” y el me dijo “Bueno pero si me das algo”. Yo le ofrecĂ todos las chocolatinas, Gansitos y comestibles similares que me encontrará en mi casa  pero el me dijo que no, que no era eso lo que querĂa.  “¿Entonces quĂ©?” le preguntĂ© y Carlos me respondiĂł: “Lo que quiero es que me mostrĂ©s los calzones”.
Silencio.
Me pareciĂł la peticiĂłn más absurda. Tan absurda que no dije nada, me quedĂ© ahĂ callada,  quieta. ÂżDe quĂ© le servĂa a Carlos verme los calzones? ÂżNo era lo mismo verme los calzones que verme el bikini en el que me veĂa a diario cuando nos gastábamos la tarde entera bajo el sol caleño, jugando Marco Polo o espĂas subacuáticos en la piscina?.
Le dije que bueno pero que a las siete detrás del kiosco. El resto de la tarde juguĂ© con Laura Monopolio (Laura era pĂ©sima y yo siempre ganaba), cuando llegaron las siete fui al lugar pactado, me bajĂ© los shorts, le mostrĂ© a Carlos mis calzones amarillos de los Power Rangers y eso fue todo. Carlos me entregĂł un casete de VHS que tenĂa escrito en el lomo la palabra KIDS con marcador azul y asĂ cerramos nuestro pacto.
Al otro dĂa estaba con Laura sentada encima de mi cama con su camiseta de La Sierenita pegada a la piel.  “¿QuerĂ©s ver esto conmigo?” le dije cuando finalmente encontrĂ© el casete enterrado en el fondo de mi closet. “¿QuĂ© es?”, me preguntĂł y yo le dije que no era porno pero casi y Laura, como si nada, como si fuĂ©ramos a ver el Rey LeĂłn otra vez me dijo que bueno y prendiĂł el televisor.
Vimos la pelĂcula sin entender mucho. Solo recuerdo una escena en especial que jamás ha abandonado mi cabeza, no por lo que vi, sino por lo que sentĂ al verla al lado de Laura: el silencio incomodo, su pierna encima de la mĂa como la ponĂa siempre que veĂamos pelĂculas juntas, a lo quĂ© olĂa la camiseta de La Sirenita que se le pegaba a la piel, su pelo rojo.
La pelĂcula se acabĂł y Laura me preguntĂł si alguna vez me habĂa dado un beso con alguien. Yo le dije que no y ella me dijo que ella sĂ y yo me quedĂ© ahĂ esperando a que me besará pero Laura se quedĂł callada y nunca me besĂł.
Al otro dĂa le devolvĂ la pelĂcula a Carlos y nunca más le volvĂ a hablar.
by John Singer Sargent /detail/