La nostalgia del domingo en un roadtrip inusual
Ni siquiera era un domingo, era un lunes de puente, los cuales -creo- son peores que los domingos cargados de su nostalgia apabullante y cercenadores de corazones jubilosos. Incluso olvidamos la recién inaugurada práctica familiar de ir a comer los “lunes” a casa de la mamá de Javier -¡amo esa iniciativa!
Veníamos por las innumerables casetas de la ruta GDL-SLP, todos le mexicanos y gringos que regresaban a sus lugares de sedentarismo elegido -y a veces consensuado, regresaban a tropel a esos destinos.
Cuando estaba en mi plaza de copiloto, al lado de él, a veces suspiraba y era un suspiro hondo, bien profundo, que parecía no terminar, como si alargara como una liga mágica que nunca termina de estirar y que además, se estira hasta una parte bien profunda y oscura de mi. Toda esa sensación y el recuerdo de los sueños pesadillezcos en los que Javier no me hacía segunda y en general, se iba, se alejaba, contribuyeron a una angustia asquerosa que hasta el momento sigue latente y me produce una especie de dolor en el pecho.













