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@animasdelpurgatorio13
Algunas ilustraciones que hice en algún momento 🫀🐰
Hice estas cositas que no sé en qué encerrarlas. Pero diría que es una bola de algo de mi dolor y en lo que me pude híper fijar para disociar un día. Y poner en imágenes algo de lo que tengo adentro. Qué es un enjambre, una bola. Que no se desenreda más.
“Mi santo patrono de las causas suicid4s”💔
Algo de lo que hice estos días… 💔
Me prometiste que me ibas a jalar las pata y aún no te siento, prometiste que tenías muchas cosas que decirme, que nos veriamos este año...
No quería verte así...
No quería despedirme..
No quería ver a tu mamá así, coquito llevame contigo por favor yo tampoco quiero estar aquí, por favor coquito, por favor llevame
¿A donde se dirige el amor cuando el otro ya no está?
Quizá te amé mal, pero nunca, nunca, a medias.
“¿Pero por qué no dijo nada?” -Lo hizo, pero estabas tan ocupado en ti mismo que preferiste ignorarlo.
todo lo que amo se estrella contra el pavimento y se rompe mientras lo veo de lejos, intacta, inmutada, con la cantidad exacta de torpeza que hace de los cobardes unos cobardes. en el pasado me he acercado a la tragedia que provoca el anidar sentimientos, he corrido y he llorado a los pies de todo cuanto podia importarme pero ha sido absurdamente inútil, nunca consigo salvar a nada ni nadie. mis mayores sueños yacen dormidos bajo tierra, y todo lo que he amado se fue con ellos, estan tan al fondo que a veces ya no me acuerdo y cuando me acuerdo todo parece ser tan ajeno que me asusto pensando que alguna vez fui capaz de sostener unos segundos algo inmaculado sin romperlo. siempre cierro los ojos cuando estoy a punto de presenciar el estallido, tal vez por eso nunca veo que son mis manos quienes lanzan todo contra el pavimento, es una tristeza tremenda, sentir que eres parte de los sinónimos y la materia de la tragedia, de lo poco bello, del desprecio y la muerte prolongada, que tragedia desear abrir las ventanas del alma y cerrar los abismos del pecho, que tristeza saber que nunca vas a poder hacerlo, que tristeza saber que todo lo que quiero dura lo que dura la nada, que tristeza estar tan muerto y seguir viviendo
perdón por seguir aquí
a veces creo que podrías venir
Las partes que vos conocías se están matando entre ellas.
Una grita que te extraña, otra grita que te odia por irte, otra solo repite “no entiendo” sin parar.
Y ninguna de ellas puede ni dar de comer a los gatos sin derrumbarse.
Todo es demasiado.
Respirar es demasiado.
Recordarte es demasiado.
Intentar seguir es demasiado.
Yo no aprendí a vivir con esto.
Yo me quedé atascada en el segundo exacto en que te fuiste.
Y todas las que soy se quedaron atascadas conmigo.
Nadie puede sobrevivir a esto.
Nadie.
Y el que dice que sí…
nunca tuvo a alguien que conociera a todas sus partes,
y que luego se colgó delante de sus ojos.
???
Me rompí en mil pedazos y cada pedazo sigue enamorado de la misma muerte.
Uno llora en el rincón, otro se clava las uñas en los brazos para sentir algo,
otro mira el techo y susurra tu nombre como si fueras a volver.
Soy un cementerio que se besa a sí mismo.
Un amor tan podrido que hasta las flores se suicidan al nacer.
Y aun así, en medio de toda esta basura,
algo sigue latiendo, estúpido, romántico,
esperando que alguien venga a recoger los restos.
Alguien no,
¡vos!
Te sigo amando como se ama un cuchillo clavado en la garganta.
No lo saco. Lo giro. Lo empujo más adentro cada madrugada
para que tu recuerdo no se me escape nunca.
Soy una casa que se incendió sola y sigue ardiendo por dentro.
Las paredes gritan tu nombre mientras se derrumban,
y yo camino entre los escombros abrazando las llamas
porque son lo único que todavía huele a vos.
¡Entendeme corazón!
Yo solo quiero buscar a mis muertos.
Quizá allí, por fin,
el aire sea ligero
y nadie me obligue
a seguir siendo.
El futuro se ve como una máquina, una máquina que viene decidida a matarme. Mi piel tiene cicatrices y ya no sé si aguante un golpe más. ¿De dónde puedo sacar fuerzas si estoy en un cansancio constante por sobrevivir?
Harvester of Sorrow.
Mientras yo te rindo culto, mientras se prende fuego mi cabeza y todos mis órganos,
mientras te armo un altar con todos mis huesos, con mis dientes, mis encías
mientras prendo las velas usando las concavidades de mis ojos para que se sostengan,
mientras me coso una foto tuya en el pecho, y paso a ser yo el animal muerto, sacrificado
pienso:
puede ser que necesite un “algo” al que le rece
y construya mis propias oraciones
puede ser que de tanto conjurar esto
a esta altura, esté maldita, y sea mi única forma de amar
de esta forma desgarrada
haciendo un rito hacia lo delicado
lo sutil, que se vuelve grotesco de un momento a otro
a la palabra
a la canción
a la herida
a tu cuerpo en el centro de cualquier habitación
en el medio de mi estómago
en tu peso encima, aplastandome, arrebatando el aire en un instante
como si te perteneciera
como si yo solamente lo hubiese tomado prestado…
Y vos siendo un ángel vengativo
un dios que castiga
y yo queriendo ser castigada
venir desde la muerte
que me traigas
me arranques
que me pidas que vaya de rodillas
recibir el golpe, el impacto
confiar absolutamente en todos tus movimientos
darme de vos lo que merezco
y que sepas que a veces no merezco nada
me desarma por completo, ver cómo recibís ese poder
en tus ojos
como me miras con amor y bestialidad al mismo tiempo
profanando mi cuerpo, como templo saqueado
y yo me quedo con vos
y llevo mi corazón a cada lugar como dinamita
que va a explotar entre mis manos
no hay pureza que me importe
quiero temblar como ofrenda viva
que nadie se anime a profanar estas plegarias
ni tocar tu nombre, porque haría de cada una de estas palabras,
su ruina
porque atrás de mi elección de entrega
hay pruebas de mi lealtad, flotando en un río
con formas de cuerpos muertos.
la tierra sabe de mi entrega absoluta
la tierra sabe cuánto asco me genera
que se hable de amor,con las manos limpias.
Estoy aquí,
en el centro de la niebla,
rodeada de peluches mudos.
Lloro sin ruido,
con los ojos abiertos y sin luz.
No hay nadie que me vea.
Solo yo,
la principal,
la que se queda quieta
mientras el cuerpo se mueve solo.
Y ellas llegan.
Primero la que siempre consigue lo que quiere.
Entra como quien sabe el guion de memoria.
Habla con mi boca
pero con una voz que no es mía,
suave, precisa,
encuentra el punto débil del otro
como quien huele sangre.
Se mueve, seduce, manipula,
se lleva todo:
atención, promesas, cuerpos.
Es egoísta y hermosa
y nunca pide permiso.
Cuando ella manda,
yo solo miro desde arriba,
como quien ve una película
donde la actriz roba la escena
y yo me quedo sin aliento.
Después viene la del volcán.
Precaria, temblando.
Aparece y de pronto hay una faca,
unas tijeras,
un filo que brilla justo frente a sus ojos.
No pregunta.
Solo quiere sobrevivir
y cree que para eso
hay que matar.
El cuerpo se tensa,
las manos tiemblan de rabia pura,
y yo siento el filo
dentro de mi propia garganta
aunque no sea yo quien lo empuña.
Ella no llora.
Ella corta.
Y cuando se va,
deja el aire lleno de sangre
que nadie más ve.
Y por último llega el viejo loco,
el duende travieso.
Entra riendo,
con ideas absurdas
que suenan a carnaval en un cementerio.
Dice cosas que me hacen reír
aunque esté llorando,
juega con el desastre,
tira los peluches al aire,
inventa bailes ridículos
y de pronto todos le siguen:
la manipuladora, la del volcán,
hasta yo desde mi niebla.
Hacemos cosas que no tienen sentido
y nos reímos como locos
mientras el mundo se derrumba.
Es divertido.
Es peligroso.
Es el que hace que el cuerpo baile
en el borde del abismo
como si fuera una fiesta.
Yo sigo aquí,
principal,
con los peluches mojados de lágrimas,
sin ninguna luz.
Miro la película
desde el techo de mi cabeza.
Las voces se pelean por el control remoto.
Una sube el volumen hasta quemar.
Otra lo baja hasta que todo es algodón y silencio.
Otra corta la cinta.
Otra la vuelve a pegar con risa.
Y yo,
en medio de la niebla,
sigo llorando
sin que nadie me oiga.
Porque el cuerpo sigue actuando
y yo solo soy
la que mira.
¿Alguna vez te has enamorado? - Funeral.
Sin embargo, nuestro amor desafío todo pronóstico. Cada obstáculo. Incluso cuando estuvimos el uno contra el otro, ensartados, derrotados, luchando por tener la razón. Persistimos. Permanecimos juntos. Y fue una devoción que nos duró por los siguientes 50 años.
¿Qué hombre ama así?
Aquella noche, te perdiste tratando de responder al insufrible cuestionamiento. ¿Qué hacer con tu vida? Ya no sentía la necesidad de quedarme despierto, resguardando tus sueños, porque cada día que te hundías en el espiral de mala racha, sintiendo lástima por ti mismo, se me acababan las fuerzas. Por los dos. Así que, simplemente me quedé dormido, con la suavidad que una pluma flota apaciblemente al vacío. Súbitamente. Y desperté cuando dejé de percibir el peso de tus latidos, recostado, junto a mí.
Bajé las escaleras esperando encontrarte en el último escalón, pero el living y comedor estaba sumido en un profundo silencio. Me acerqué hasta el lava platos arrastrando los pies, todavía medio adormilado, y llené uno vaso con agua fría. Reposé sobre el mueble y le di la espalda a la ventana, hasta que la puerta se abrió de golpe. Y no me asusté. Aunque la cerraste de un azote, escuchándose un golpe seco retumbando como un eco, a lo extenso de la calle, esperé quieto a que ignoraras mi presencia.
Si nuestra vida se desarrollara en el campo, la justificación sería la sequía. Pero, como vivimos en la ciudad, la excusa perfecta es el estrés. Del trabajo mal remunerado. Por la falta de oportunidades. Insertos en la máquina demoledora de producción y el agotamiento y el cansancio. El agobio del ruido chirriante de los autos derrapando en la acera. Del grito desesperado de la sirena de las ambulancias y del carro de bomberos. El estrés y la urgencia.
Pero, esa noche, se acabaron las excusas.
Despabilé y boté el agua helada que me ayudaba a conciliar el sueño. Caminé de puntillas, a tientas, ocultándome de tus ojos perdidos para que no me encontraran. Y cuando estuve a punto de dar la media vuelta y subir las escaleras, dándote la espalda para borrarte la sonrisa imbécil de borracho, balbuceaste que ya no estabas contento.
Te escuché susurrando. Pero sentí un tono de desesperación que se quebró en tu voz. Más bien, fue un alarido. Me escupiste tu veneno diciendo que ya no estabas contento, como reprochándome, convirtiéndome otra vez en el culpable de todos tus pesares y quebrantos.
Y pude haberte respondido, gritándote: ¿Y qué hay de mí? Sollozando, lamentándome sobre todo lo que he tenido que aguantar, pero me lo guardé. Supuse que ya no valía la pena. Me callé, como siempre. Y luego me acordé de nuestro compromiso de “en las buenas y en las malas”, en el segundo que dije: “Acepto”. Después caminé con lentitud hacia ti y te abracé. Te aferraste a mí rodeando tu brazo sobre mi hombro y lloraste. Te abracé. Te estreché contra mi cuerpo, nuestra piel finalmente tocándose, con ansias, y lloraste amargamente.
Nuestras vidas se detuvieron. Se hizo una pausa. El mundo dejó de derrumbarse y por fin te quebraste. Sollozaste sobre mi hombro. Te desarmaste frente a mis ojos, sobre mi regazo y entre mis brazos. Después nos encaminamos con monotonía hacia nuestra habitación.
En la penumbra de nuestra intimidad, ya acostados y antes de quedarnos dormidos, pensé en la posibilidad de un final. Una oportunidad. Y quise ofrecerte una salida. Y acurrucado a mi costado, con la ayuda de las luces que atravesaron las cortinas, vislumbré tu rostro reposando sobre mi pecho y noté que ya habías cerrado tus ojos. Inmerso en un sueño profundo. Escuché tu apacible ronquido y me quedé despierto, nuevamente resguardando nuestros sueños.
“Hasta que la muerte nos separe”, susurré en la serenidad de nuestra compañía, luego besé tu coronilla y también me dormí.
A la mañana siguiente, compartiendo las tostadas, me contaste que no soñaste nada y te corregí, diciéndote que quizá soñaste, solo que no lo recordabas. Pero yo sí soñé. Te dije que cerré los ojos y me dormí y tuve un sueño que duró 50 años. Ambos reímos, tu sorbiendo el té negro y yo estirando mis brazos para entrelazar nuestros dedos. Y después nos acordamos de esa vez cuando nos besamos en la disco y el mundo se nos fue a la mierda.
Y el resto es historia. Tuvimos una buena racha.
Frente a tu tumba, mirando un cuadro con fotografías de nuestros mejores momentos, recuerdos que ahora solo viven en mi memoria, enciendo una vela, quito las flores secas y ahí reposo mi dolor.
Antes de que murieras, solía pensar que conocía la tristeza, pero tu ausencia me recuerda de lo equivocado que estaba. Y aun muerto te empeñas en contrariarme, desquiciarme, solo para tener la razón.
Tuvimos una buena racha. Y sabiéndolo, no sé a quién se supone que tiene que confortar.
Tocando la lapida que se siente fría a la intemperie, me cuestiono sobre lo que habría pasado. Qué habría pasado si… Si no hubiéramos coincidido esa noche en la disco, o si no nos hubiéramos abrazado en nuestros tiempos más oscuros, o si no hubiera dicho “Acepto” frente a ti, con nuestra familia y amigos. Aunque nuestra historia sucedió en la mejor de las épocas, en la peor de las épocas, fuimos inmensamente felices.
“Y tuvimos una buena racha”, me dijiste, mientras sostenía tu mano en tu lecho de muerte. Luego, con lágrimas ahogándome, te dije que todo estaría bien y cerraste tus ojos en un sueño eterno.
Me quedé recostado a tu lado, tratando de conservar tu calor. Y fue como si el mundo se me escapara de las manos.
¿Qué más puedo decir?
Y tuvimos una buena racha…
Aún conservo tu calor y mi pena.
Siempre me quedaras.
Ahora más que nunca.
Siempre me quedaras; en el peso vacío, de tu lado de la cama.
En la luminosidad de tus ojos que irrumpen por la ventana y me despiertan cada mañana. También en cada bocado, especialmente en las tostadas con mantequilla y mermelada.
Y el sonido irremplazable de tu voz. En el oleaje rabioso de tu risa. ¿Dónde más puedo oírte? En el susurro de los árboles. En los vinilos de esa música ligera que escucho antes de dormir. Y para después decirte: Buenas noches, amor. Hazme un hueco sobre tu hombro. Me abrigo con el calor de tu pecho, para conciliar el sueño.
Buenas noches, amor.
Hasta que nos volvamos a encontrar.
Recuerdo cuando cerraste tus ojos, el mundo se desvaneció frente a mí en un pestañeo. Ahora, solo puedo ver tu dulce sonrisa en cada uno de los recuerdos que sigo guardando de ti. Solo puedo pensar en la felicidad que sentí al vivir junto a ti los mejores años de mi vida. Donde sea que estés, nunca te dejaré ir porque así como alguna vez viví en ti, tú seguirás viviendo en mí hasta que deje de existir.