Sigo cargando con cosas que el tiempo, cobarde, nunca se atrevió a curar. La nostalgia golpea mi puerta, pero no me atrevo a abrir. Ya no viene al caso recordar si fui feliz.
Ahora lo veo claro: yo era un vigilante. Un niño, una presa que, a medianoche, empezó a entender el mundo a través de los sentidos y la atmósfera que sentenciaba la noche para nosotras.
Aprendí a leer el aire; el olor a tabaco y licor que podía percibir a largas distancias era mi alarma. Tu entrada, siempre la misma: tan grande e imponente, casi tambaleándote en el marco de la puerta, puños apretados, ojos rojos y firmes en la habitación de mamá, buscando un consuelo violento.
Pero qué severidad. No pude prepar un plan para tu llegada. Nunca entendí por qué tanta rudeza.
O quizá sí. Me cuesta aceptar que tú también viviste tu propio infierno.
Pero,¿era necesaria tanta crueldad? ¿Cuál fue el fin de todo esto del que ahora somos víctimas?
Las noches se hicieron rutina. Yo tenía mi papel: esperar, acariciar, susurrar, consolar. Hasta que el monstruo se dormía.











