Iba subiendo por el elevador hacia el séptimo piso del edificio número 175 de Paseo de la Reforma, cuando una sensación de altivez, de ligereza en el pensamiento me asaltó súbitamente; extrema sociabilidad y gran capacidad para hilar ideas eran otros de los síntomas. Trabajaba el diseño de un formulario y de repente me fue imposible recordar los términos para redactar en el lenguaje que la institución pública para la que laboro marca. "Qué raro, pareciera que estoy pacheco", pensé. E inmediatamente recordé el canábico sabor de aquel muffin que mi prima Saira me regaló tras encontrarla en la intersección de 5 de Mayo e Isabel la Católica, justo en frente de una escuadra de más de 50 miembros de la Policía Federal portando pesado equipo anti-motines, listos para desalojar a la fracción 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación del Zócalo capitalino, posición que mantenían para ejercer presión y revertir una reforma al sistema educativo que ignora las condiciones con que se imparten clases en contextos no urbanizados. "Toma; por aprovechar tu hora de comida para unirte a la guerrilla", bromeó mientras me extendía un panqué, aparentemente, de chocolate.
"Puede que sean las endorfinas generadas por el regreso en chinga en bicicleta", me repetía a manera de consuelo inútil mientras las sensaciones de la intoxicación por tetrahidrocannabinol se exacerbaban hasta alcanzar límites insospechados (como es usual cuando el THC entra en contacto con la mucosa estomacal; no así al ser fumado).
La extrema sociabilidad inicial experimentada con otros miembros del personal en plática casual, de repente convergía en momentos de tensión: una duda inmensa por no saber de qué más hablar; poca espontaneidad. Un reconocer lo ambiguo del lenguaje existiendo tantas variables comportamentales. El autoinquirir —propio de la función cerebral bajo los efectos de la cannabis—, encontrándose a sí mismo para arremeterse. "¿Y si no me veo del todo normal?". El lugar común: paranoia del drogo.
(Sin embargo, la experiencia se redimió al reconocer [hasta el momento en que plasmo estas líneas] las enseñanza del viaje: constatar la noción de que la obsolescencia de la estructura gubernamental para la que trabajo permea cada ente que ahí vuelca su proceder para empoderarla: esencias individuales moldeadas a partir de un aire de vacilación, que asegura el largo aliento y otorga una potencia uniforme a través de los años; es la sexagenaria secretaria con más de 20 años de labor ante la institución. Además de una asombrosa capacidad para sondear las pulsiones de muy baja intensidad: envidia, admiración, conmiseración, repulsión y Deseo. las sospechas del estado de consciencia cotidiano se vuelven certezas irrefutables. Compartir con otra persona el espacio físico [de desplazamiento, al ir en el Metro, por ejemplo] era tejer una gran trama formada por la trayectoria de las pulsiones multidireccionales lanzadas sobre la urdimbre del espacio-tiempo).
"Un contingente de la CNTE se dirige hacia acá; hay que desalojar el edificio", entró diciendo el jefe del área*, salvándome de seguir merodeando sin rumbo por la interfase de Illustrator mientras los paneles acojinados del cubículo se cerraban cada vez más sobre mí.
Salí y, como ha sido usual cada viernes de los últimos meses, no tenía plan; así regresé al Zócalo. Y sólo para sorprenderme por lo rápido con que se había concretado el desalojo. Una esencia pura permeaba también a los cientos de uniformados —policías federales y barrenderos del GDF— que desempeñaban labores de limpieza y corte de carpas en el Zócalo a pesar de lo tenue de la lluvia y dignidad del ambiente; una idea inmensa, esférica y soberana que emanaba de la plancha y flotaba por sobre el asta: la acaecida idea del capitalismo neoliberal.
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*No indicó fuente de la información y, a la fecha, no he confirmado si la amenaza realmente se concretó.