Antes de que acabe esta jornada quería dejar mi sencilla aportación a esta lucha que tenéis. Qué triste pensar que seguís luchando, cuando esta debería ser una guerra ganada y olvidada hace décadas. Que no puede ser casualidad que lucha, belleza, inteligencia y tantas otras palabras tan valiosas tengan una terminación femenina. Y si la lengua es la expresión más natural y transparente de la sociedad, por qué no trasladar esta hermosa casualidad a nuestra vida cotidiana. Quería regalaros una humilde alabanza. Y no se me ocurre una manera más literaria y poética que esta pequeña parrafada.
“Pis, pis. Caca, culo, pedo, pis”. Año 1981. Proyección de la película Las aventuras de Enrique y Ana. Un trío de tres mozuelos de apenas siete años ataviados con vestimenta punky cantaban esta alegoría escatológica. Por ello se hacían llamar Los Punkitos. Miles de infantes observaban atónitos las pantallas de sus televisores mientras intentaban procesar la información que les estaba llegando. Miraban a sus padres dubitativos. ¿Realmente había un chico de su misma edad en la tele cantándole a las deposiciones? Quizá muchos de vosotros no conozcáis esta canción. Os invito a buscarla y escuchadla intentando simular que tenéis una tierna edad y siempre os han dicho que decir palabrotas está peor que mal.
Siendo ustedes como son, ávidos devoradores de literatura, se habrán percatado en sus librerías más visitadas que la literatura infantil está recibiendo últimamente una cantidad desproporcionada de ejemplares que tratan el tema de las deposiciones. Títulos verídicos como La caquita, Historia de una caca, El pedo más grande del mundo o Cada animal con su orinal muestran a primera vista una portada ilustrada con divertidos dibujos que no dejan de ser un muestrario escatológico digno sucesor de Los Punkitos.
Da qué pensar. Hasta qué punto pretendemos que los niños humanicen y normalicen todo lo que les rodea. Procesos que son tan naturales y obvios que no deberían tornarse en un instrumento de venta y merchandising agresivo. Porque en los tiempos en los que vivimos, en los que todo lo que es susceptible de ser transgresor y moralmente obvio, hablarle a los niños de la mierda es una ventana a la venta seguro. A que los padres quieran comprar ese libro porque cómo se le va a privar al niño a que entienda que eso que hace en el orinal todos los días es normal y se puede reír de ello.
Yo crecí sin este tipo de literatura. Leía sobre piratas, sobre animales, sobre duendecillos y no por ello he creado una fobia o una incomprensión al proceso digestivo del cuerpo humano. Será que me vuelvo viejo y defensor de la literatura infantil más disparatada y fantasiosa que haya. Que ayude a los niños a huir de lo natural, a soñar e imaginar porque para la vida per se ya están sus papis y sus maestros. Y el libro debería ayudarle a desarrollar otras disciplinas como la imaginación.
Pero los tiempos mandan, y por encima de ellos, gobiernan las baldas de las estanterías, que se vencen bajo el peso de ejemplares que le explican a los niños que Los Punkitos eran unos incomprendidos y que ahora han vuelto para reclamar su trono en la literatura infantil.
Y en Arte Estilográfico no nos podemos permitir quedarnos atrás. Si este es el estilo que se lleva ahora, no vamos a ser menos. Aquí tenéis el cuento infantil de Arte Estilográfico. Enriquito y su tripita.
Enriquito tenía una tripita. Muy rica y muy bonita. Enriquito, cada vez que comía, invitaba a la casa de su tripita a muchos amiguitos. Eran de muchas formas, colores y sabores. Estos pasaban un breve tiempo allí, nadando, danzando y riendo, hasta que se iban por el tobogán que la tripita tenía en su sótano. Así Enriquito y su tripita eran muy felices. Pero un día los invitados que entraron en la tripita comenzaron a descontrolarse, se subieron por las paredes, se mareaban con un ritmo demencial y la tripita los expulsó por la entrada de la chimenea, el mismo lugar por el que habían accedido. Enriquito entendió en ese momento que era mala idea conjugar la ingesta descontrolada de alcohol con una hamburguesa que habría sido recalentada tres veces por lo menos. En el suelo del parking de aquella discoteca Enriquito aprendió una valiosa lección y decidió cambiar su rumbo. Enriquito comprendió que aquello no era un buen camino en su vida. Sobre todo, porque Enriquito tenía cinco años.
Como título provisional a la novela Cuentos para niños de cinco años que deberían leer a los dieciocho.
Seguramente no leas esto nunca. Nunca te has paseado por aquí. A pesar de que me has ayudado muchas veces a componer textos, vives al margen de esta humilde ventana de escritos. Pero, aunque nunca vayas a leer estas palabras tan melosas, quiero que sepas que te dedico las siguientes palabras. Porque te las mereces. Porque te quiero. Quiero que aferres todas y cada una de las letras que prosiguen y las hagas tuyas. Cuesta mucho decir esas palabras. Son poderosas y tremendamente caras. Pero sí. A ti te quiero. Y no veo por qué tengo que ocultarlo. Te quiero.
Estos sentimientos son siempre huracanados. Vivimos en un estado de letargo sentimental, desarrollando nuestro día a día, volviendo a casa agotados y descansando mal. Y un día de pronto, sin buscarlo siquiera, todo cambia.
No hace mucho que formas parte de mis días y de mis noches y ya creo que sin ti mi existencia sería más dolorosa, una fatiga constante me abrazaría y a ciencia cierta sé que mi vida no sería la misma. Perdería en calidad y seguramente en cantidad pues qué sentido tendría proseguir en este camino llamado vida si no es con tu ayuda y tu compañía. Es insultantemente meliflua la constante de desear abrazarte cuando te pienso.
Y voy a presumir de ti. Tienes pequeños dones que, aunque muchas otras presuman de tener, dudo que ninguna otra pueda escucharme sin quejarse, sin emitir palabra alguna mientras mi verborrea se me escapa quejándome de asuntos banales. Y es que te me antojas una nube cuando apoyo mi cabeza sobre ti.
Nunca entendí el verdadero significado de un amanecer. Un resurgir a la vida después de un letargo. Todas esas mañanas en las que he abierto los ojos entre los ropajes de la cama y tú estás ahí conmigo se vuelven un verdadero renacer, la llegada a un nuevo día en el que daré lo mejor de mí pensando en nuestro reencuentro. Y es que, perdóname que lo diga, la alcoba y el calor que aportas a ella es, con casi total seguridad, el principal motivo por el que no me rindo en mi día a día. Pero puedes estar tranquila, no voy a desgranar nuestras noches, igual que a nadie le interesa los llamativos colores que vistes cada vez que te veo en la cama postrada.
Amor. Si esto no es amor, si lo que siento no es devoción, si no creo que eres lo mejor que me ha pasado en estos últimos días… Si todo esto que despiertas en mí no es amor, quizá es que he olvidado lo que es sentirse enamorado de alguien y se me ha nublado el raciocinio. Pero creo que no me equivoco cuando clamo a los cuatro vientos que tú, mi querida almohada viscoelástica, eres la mejor de entre todas las almohadas de este mundo.
Un año más se aproxima la Cabalgata de los Reyes Magos. Un evento en el que, al menos en mi ciudad, varias carrozas motorizadas transportan por las calles a cientos de niños que arrojan caramelos y golosinas a los espectadores que les suplican. Las carrozas están decoradas con temáticas infantiles y alegres como pueden ser las películas de ese año, personajes de televisión o imágenes propias del carnaval. Aun así la gente raramente acude a la cabalgata para contemplar la decoración. Allí se va a coger caramelos. Muchos. Más de los que vas a poder comer. Duros, blandos, gominolas, chocolatinas, pequeños juguetes de goma… Cualquier producto que lancen los niños desde las alturas es digno de ser atesorado. Es por ello por lo que no hay individuo que no acuda al evento sin una bolsa de supermercado en sus bolsillos en la que poder almacenar las capturas. Y así podemos ver a grandes y pequeños arrastrándose por el suelo en busca de caramelos cada vez que los infantes los lanzan. Es decir, todo está en poder de los pequeños diablillos que contemplan desde su atalaya superior cómo se humillan ante ellos. Darle esta sensación de poder sobre los demás los hace tornarse al lado más oscuro de la vida.
Por ello mismo este año, en vez de daros consejos primordiales para conseguir más caramelos o aprender a distinguir cuáles los más preciados, vamos a desgranar los diez diferentes tipos de niños lanzadores de caramelos con los que os vais a encontrar en los próximos días. No todos son iguales. Iguales de malos quiero decir, claro.
-Bondadosos: Comencemos por lo menos frecuentes. Almas cándidas que disfrutan viendo cómo el vulgo común recoge caramelos desde las alturas. Se entretienen lanzando a diestro y siniestro cuando se lo piden. Sonríen y cantan alegres tonadas mientras disfrutan colaborando a que el evento sea cordial y mágico.
-Derrochadores: Son una rama derivada de la anterior. Podríamos decir que son un subtipo que emana de un exacerbado sentimiento del disfrute. Se dejan llevar por el entusiasmo de la cabalgata y lanzan sin compasión todos lo que encuentran a su paso: caramelos duros, blandos, pelotas de goma, los zapatos de los otros niños. Todo lo que es digno de ser lanzado, debe ser lanzado a la mayor brevedad posible. Desgraciadamente estos chiquillos se encuentran con que antes de la mitad del recorrido han agotado sus reservas de caramelos y se pasan el resto del evento sentados mirando con hastío a la gente que le pide caramelos y a los que solo puede responder mostrando sus manos vacías.
-Hercúleos: Vale que los pequeños que suben a las carrozas son muy jóvenes, seguramente menos de 10 años. Pero este tipo en concreto obvia esa información y aspiran a ser jugadores profesionales de béisbol. Lanzamientos de diez metros caramelo a caramelo con la pretensión de alcanzar la otra punta de la ciudad o atravesar el muro que ven al fondo. Desgraciadamente estas golosinas acaban hechas pedazos por los golpes, con su consecuente abandono. Porque nadie quiere un caramelo hecho pedazos.
-Desalmados: Vayamos con el primer tipo de niños infernales. Sabedores del poder que atesoran allí en las alturas. Como si se tratase de un emperador romano en el atrio del circo. Atiborran sus manos de caramelos e impulsan el brazo hacia delante sin abrir sus pequeñas manos de demonios. Luego se ríen sonoramente al ver cómo el público se queda atónito y confuso mirando al suelo buscando unos caramelos que no han abandonado la mano del infante. Pues eso, desalmados.
-Estrábicos: A priori no se trata de un género malvado de los niños que participan en la cabalgata, pero eso no elimina el daño que provocan. Bien por problemas de visión o por deficiencias motrices en sus finos bracitos, estas criaturas te miran, te asienten, avisando de que te van a bañar en caramelos, y al lanzar, los caramelos van a la otra punta. Ellos ríen, porque se lo toman a broma. Pero tú, querido lector, quedas allí de pie, viendo como otros acumulan los caramelos que llevaban tu nombre y que no acabarán en tu boca.
-Gladiadores: Estaréis de acuerdo conmigo en que este tipo es de los peores. Como podrás haber adivinado por el nombre, estos niños se dedican a hacer daño. Conocen perfectamente la consistencia de los caramelos y a ciencia cierta saben que una de esas pequeñas esferas puede provocar simpáticos moratones. De modos que se dedican a lanzar uno a uno los dulces apuntando perfectamente y con la máxima potencia. Carbón infinito para estos muchachos.
-Los Corleones: Son conscientes de que no hay nada más importante que la familia. Más que nunca en Navidad. Así se camuflan entre los otros pequeños haciendo como que lanzan caramelos, y de hecho, muchas veces los lanzan. Pero realmente se guarda la mayor cantidad y calidad de regalos para el momento en el que su carroza pase justo por delante de su familia o amigos.
-Nigromantes: Un tipo extraño, pero potencialmente peligrosos. Se dedican a arrojar dulces a diestro y siniestro, con la puntería exacta y regalando sonrisas mientras lo hace. Pero se trata de caramelos malditos cuya ingesta provoca crecimiento de vello en zonas donde no debería haber pelo, tinte de la piel a tonos poco naturales o atracción de la mala suerte. Los conoceréis porque tendrán voz ronca, conjurarán textos antiguos en arameo mientras lanzan los caramelos, y, sobretodo, porque una bandada de cuervos revoloteará sobre ellos.
-Agotados: Pobres almas cándidas que llevan noches sin poder descansar esperando esa noche. Y aprovechan el evento para dormir apoyados sobre un enorme saco de caramelos. Dulces sueños para ellos.
-Dictadores: Concluimos el decálogo con otro tipo muy cruel de niños partícipes en las cabalgatas de Reyes Magos. Estos niños se ponen en pie, muestran al pueblo un saco lleno de caramelos poco frecuentes, o algún juguete, y jalean a los espectadores para que supliquen por sus vidas ser los receptores de suculento premio. Cuando la gente se ha desgañitado la garganta implorando por ser los elegidos, el pequeño dictador decide de manera arbitraria y unipersonal quién es el premiado. Aunque también puede optar por no lanzar nada, si es que no ha encontrado nadie digno.
Sin embargo todos los participantes en la cabalgata de Reyes Magos. Emisores y receptores de caramelos, grandes y pequeños, perros y gatos, son protagonistas en esta oda a la ilusión. En todos los pechos late el reflejo de un infante que juega a ser el comediante en esa escena y atesora caramelos, recuerdos o sonrisas. Desde Arte Estilográfico os deseamos una feliz cabalgata de Reyes Magos repleta de alegrías, dulces y precaución. Evitad las bandadas de cuervos.
Pongámonos en situación. Vas tan cómodo por la calle, pensando en tus cosas, elucubrando sobre si comprarás el suavizante con olor a vainilla o a nueces de Macadamia. El resto de los viandantes son meras sombras difuminadas que pasan a tu vera sin rozarte. Eres una entidad plenamente independiente e individual. Hasta que una persona se planta delante de ti sin previo aviso y tras sonreírte te pregunta “Hola, ¿tienes un minuto?”. Alarmado y en shock por esa salida de tu confort interior tan repentino vislumbras en una mano un manojo de folletos publicitarios y en la otra un bolígrafo al cual le acaba de sacar la punta para escribir todos tus datos en una agenda. Un comercial te acaba de cazar. Estás muerto.
Todos nos hemos encontrado en una situación similar. Un total desconocido nos detiene en medio de nuestra travesía para querer vendernos algún producto o servicio. Es algo realmente incómodo, pero como seres humanos que somos, desprendemos bondad y nos cuesta esquivar sus palabras. En Arte Estilográfico os traemos una serie de consejos para zafarnos de estos vendedores sin parecer que les estamos fastidiando. Eso de “tengo prisa” o “es que todo esto lo lleva mi pareja” se ha quedado desfasado. Ya no cuela que digamos eso. Y nuestra idea es escaparnos, pero con elegancia, no pareciendo un petulante engreído.
Como primera opción podemos recurrir a responder en otro idioma. Esto dejará fuera de juego a nuestro interlocutor. Bien es cierto que con el progreso y la globalización casi cualquier persona puede defenderse en un par de idiomas, por lo que recomendamos apuntarnos a clases de alguna lengua poco frecuente, como puede ser el Suajili de Tanzania. Es una lengua aglutinante harto difícil de dominar, pero con años de esfuerzo conseguiremos una inmunidad absoluta contra ataques de los promotores comerciales.
Quizá tú no seas tan paciente, o no te consideres tan ducho como para aprender nuevas lenguas flexivas. No hay problema, tenemos más balas en la recámara. Es importante conocer a nuestro enemigo y, sobretodo, saber cuáles son sus debilidades. A lo largo de día un promotor común detiene a una media de 200 personas. Esto hace que le sea imposible recordar todas y cada una de las personas que aborda para informarle. Aprovechemos esto. Cuando se nos acerquen, basta con esbozar una sonrisa y decir amablemente “es que ya me has parado hace unos minutos, ¿no te acuerdas?”.
No nos engañemos tampoco, este espécimen es inteligente y se adapta a nuestras respuestas, por lo que no podremos usar muchas veces la misma técnica con un promotor concreto. ¿Qué hacer cuando ya hemos agotado las opciones anteriores? Ponernos a su altura. Rebajarnos a su nivel y adoptar su posición. “Lo siento, es que trabajo para la competencia”. Te ganarás su enemistad, porque, obviamente, eres un rival directo, pero gozarás del salvoconducto para proseguir con tu caminata.
¿Y si, aun con todo lo anterior, el comercial insiste en que le escuchemos, que su producto nos va a cambiar la vida y hará de este mundo una parcela mejor? Pues jugar al espejo invertido. Es decir, responder justo con lo contrario. Si nos ofrece una rauda conexión a internet, podemos responder que Internet está consumiendo nuestras mentes y que tú ni si quieras tienes televisor en casa. Si se trata de la venta de un cómodo colchón, le refutamos que nos agrada dormir en el frío y duro suelo, porque así estarás acostumbrado cuando venga el apocalipsis zombi y tengamos que sobrevivir entre escombros. Y si, en otro suponer, nos pide unos minutos para los más desfavorecidos, podemos adoptar una postura engreída y defender el hecho de que en el mundo haya injusticias porque así las grandes empresas se benefician de ello y tú puedes calzar esas zapatillas tan modernas. En cualquier caso, quedarás como un completo imbécil, pero qué más da, la recompensa es mayor que la cruz.
A lo mejor tú, mi querido lector, no eres capaz de soltar semejantes barrabasadas. No te preocupes, hay consejos para ti. Recomendamos comprar un sombrero de cazador de ciervos. Ya sabes, con dos viseras que cubre la cara y el cuello, así como dos solapas anudadas en la parte superior. Sí, vamos, el sombrero de detective privado al que nos tienen acostumbrados las películas de Hollywood. ¿Para qué? Pues porque cuando nos detenga un promotor, podemos señalar a una persona a la lejanía y susurrar sin apartar la mirada del infinito “lo siento, soy detective privado y estoy siguiendo a esa persona”. No fallará.
Cerramos este artículo de labor social con el recurso más infalible, tierno y recurrible. “Mi madre no me deja”. Recurrir al sagrado poder maternal es infalible. Nadie se atreverá nunca a cuestionar los consejos de tu madre. Los comerciales de la calle son prácticamente seres humanos y como tales, son sensatos y saben que si una madre te ha dicho que no, es que no.
Y ahora sí, mi querido lector, quítale el polvo a tus poco usadas zapatillas, abre la puerta de tu casa y sal a la calle sin temor, camina recto y orgulloso. Porque ahora nada, ni nadie, podrá detener tu trayecto. No habrá vendedor capaz de engatusarte. Eres puro poder. Nadie podrá abordarte y mantenerte a su vera mientras le escuchas vender un producto. A no ser, claro, que sea tu madre. En ese caso, olvida todo lo dicho anteriormente y escúchale. Que su palabra es la ley.
Recuerdo que cuando era niño siempre me embargaba un sentimiento muy desconcertante antes de la vuelta al cole. La víspera al lunes en el que había que retomar la tónica del madrugón y las clases se tornaba una tarde agria en la que jugaba con mis muñecos pero no tenía la misma sensación solaz. Era una situación contradictoria que me causaba confusión. Por un lado estaba la inminencia de mi cumpleaños, pero por otro la vuelta al colegio. Y estaba el reencuentro con los amigos de la escuela, pero también se quedaban atrás las amistades de verano. Y hoy, que ya me libré de la escuela, me he sentido abrazado de nuevo por esa sensación.
Hace apenas un par de horas, se empezaba a consumir la tarde y el sol se iba ocultando cuando me empezó a entrar frío. Pero no era un helar común. Era esa sensación de saber que se ha vuelto a ir otro ciclo irremplazable, de entender que se ha perdido otra pieza del puzle. Cuando era un crío mis pensamientos no eran tan profundos y mi percepción, que se dirimía por encontrar el juguete perfecto para la ocasión, apenas atisbaba que esa tarde era más larga de lo normal. Que había más silencio en casa y que, a medida que se acercaba la hora de dormir, los ánimos iban decreciendo. Culpaba de todo ello a la vuelta al colegio.
Pero hoy no tengo ese resquemor por volver a la escuela y hace tiempo que disfruté de mis vacaciones veraniegas por lo que la depresión postvacacional se digirió hace bastante. Y aun así, he vuelto a la infancia solo para saborear esa confusión que intentaba ahogar con juegos. Apenas restan días para que el equinoccio entierre el verano y nos veremos envueltos en el frío, en las noches tempranas y en las obligaciones laborales más austeras. Pero también conlleva la celebración de mi cumpleaños, las nóminas bien recibidas y la proximidad de la Navidad.
Es esa contraposición, un hemisferio de la cabeza que se resiste a aceptar el fin del verano y otro que quiere saltar directamente al invierno. El otoño solo sirve para que se caigan las hojas, nos llenen los paseos y tengamos esa sensación de ser tan perennes como los árboles que ya no nos darán sombra.
Supongo que, como bien dicen algunos, nunca dejamos de ser niños. O puede que sea, en una supuesta contraposición, siempre estamos bajo el paraguas de la nostalgia. Sólo sé que mañana es lunes y que no quiero volver a clases, pero, tal y como hacía antes, recurriré a mi don más poderoso y sonreiré al acostarme pensando que cuando suene el despertador a horas intempestivas estaré más cerca de volver a sentir justo lo contrario a lo que debería estar sintiendo.
Estaba anoche cenando un bocadillo de pan con una loncha de lechuga que encontré al fondo de la nevera y una pizca de sal, iluminado por la luz discontinua del semáforo que corona mi terraza. Mientras masticaba como podía mi cena, en la tele emitían un programa de esos de “¿Qué millonario vive en este pedazo de castillo?” o “Españoles con fajos de billetes en la cartera”. Estaba anonadado viendo cómo la televisión es capaz de emitir este tipo de programas cuando la miseria ahonda en tantos hogares del país. No entendía dónde estaba el sentido en un reportaje en el que no se transmite ningún tipo de cultura o valor, más allá de despertar la envidia insana por todos aquellos señores que se mostraban pomposos ante la cámara enseñando las veinticinco habitaciones de su mansión y se comían un bogavante con cubiertos hechos de cuerno de unicornios. Pero no había que profundizar con mucho ahínco en el fin último de estos programas. Si eres un muerto de hambre, mira, hay gente a la que le va de maravilla. Sueña un poquito con ser como ellos y mañana levántate a las seis de la mañana para coger el bus.
Dado que la lechuga de mi bocata había acumulado más bacterias de las que toleraba mi flora intestinal, no pegué ojo en toda la noche. Pero siempre hay un poco de luz en la sombra y esta noche entre estertores y súplicas a la parca para que me llevase con ella me ha servido también para dilucidar un proyecto televisivo que sería acogido con los brazos (u ojos si nos ponemos exquisitos) abiertos por los televidentes. “¿Quién es ese pringado?”.
Bajo ese nombre tan obvio se esconde un formato de reportaje cámara a hombro que seguirá a una persona con mala fortuna, a quien la vida no le ha tratado bien, en su día a día durante una jornada entera. De esta forma podremos comprobar como Pepito recorre una calle en ambas direcciones varias veces por la mañana para desempeñar su trabajo de aparcacoches. El público contemplará maravillado peleas con otros compañeros de gremio y el desdén con el que los ciudadanos tratarán a Pepito por su condición. A continuación, seguirán las peleas, en esta ocasión una batalla con las ratas de debajo del puente, de manera absolutamente literal, para poder comer algo ese mediodía. A la tarde la reportera hará una entrevista a Pepito en un grado de embriaguez tan mayúsculo que hará falta un traductor de onomatopeyas y regüeldos. Ya a la noche Pepito se despedirá desde un cajero de banco.
Como sé que hay gente que no le da tanto valor al dinero y que puede ver los programas donde la gente expone sus exuberancias de manera despampanante como el que ve una película del Oeste, también abarcaremos la fortuna del ajeno desde otros prismas. Por ejemplo, en nuestro tercer programa recorreremos la noche con un joven objetivamente atractivo, con buenos ingresos, alma bondadosa y romántico empedernido que no triunfará ni con las más ebrias. La siguiente semana hablaremos con cinco personas con trabajos ignominiosos con salarios denigrantes. Como Pepita, que trabaja en una fábrica embolsando telaraña artificial para tiendas de disfraces por un jornal claramente inhumano.
Obviamente habrá especiales de Navidad donde presenciaremos cenas de Nochebuena entre familias que se llevan a matar. Literalmente. O el episodio estrella de verano donde disfrutaremos observando cómo una pareja intenta simular una playa en su propio domicilio con el único fin de aparentar ante sus amigos que han visitado paradisiacos parajes.
Ya está bien de ver la tele con el ceño fruncido, sufriendo porque hay gente que es más dichosa que nosotros. No es justo que encolericen el sentimiento natural de la envidia y el inconformismo del ser humano. Si encendemos el televisor es para regodearnos en la desgracia ajena. ¿Nadie ha pensado que somos egoístas por naturaleza? Al espectador no le apetece ver a gente real siendo feliz, para eso tenemos las series y películas. Si las cadenas ofrecen reportajes que, a priori, ofrecen contenido real, que lo adecuen a la mentalidad pancista de las personas. Y con este programa cubriremos esa necesidad de ser feliz gracias a la infelicidad de lo ajeno.
Olvidad cualquier plan de plagio porque el proyecto ya ha sido registrado. Ahora solo queda que alguna cadena reconozca la valía de esta idea. Con suerte, en un par de meses dejaré de comer lechuga putrefacta y acabe protagonizando mi propio episodio de esos programas tan repelentes. Sarna con gusto no pica.
“Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo”. En la década de los 90 una conocida marca de detergente líquido para la ropa nos ofrecía este divertido y reflexivo eslogan publicitario convencidos de su supremacía sobre el resto de competencia del sector. Esta compañía debió hacer algo demasiado bien, o quizá mal, ya que, años después la Humanidad se encalló en esta marrullera premisa y se ha esclavizado a un constante sistema cuyo pilar fundamental es una lucha sin cuartel por el mejor postor.
Sin media tintas, ni preámbulos que conduzcan a la incongruencia del humor absurdo: Estamos enterrando a Cupido sin que nadie se haya tomado la molestia de comprobar si aún tiene pulso en sus níveas muñecas. Ahora el enamoramiento y el cortejo es un menester agresivo y vertiginoso en el que prima la ignominiosa idea de la perfección más absoluta. Buscar el culpable se torna una tarea harto imposible, más si tenemos en cuenta que no hay un solo verdugo y que su esquema se encuentra demasiado arraigado en nuestras mentes.
Las parejas cada vez son más volátiles. Bien es cierto que nuestros mayores exageran cuando dicen eso de “en mis tiempos las parejas duraban más”. No hablamos de aguantar por aguantar a cualquier persona que nos amargue la existencia solo por un principio erróneamente tildado de romántico donde solo tenemos un carril por el que discurrir. Pero, sin dejar de lado este punto, el esquema romántico sobre el que aún se basan algunos ha quedado obsoleto por lo barroco y fustigador que era.
Hoy en día da la impresión da la impresión de que existe tolerancia cero a los fallos o incompatibilidades. Si patinas, tienes el cisma asegurado. Quizá sea cosa de estos tiempos tan acelerados, unipersonales y egoístas. Estamos esclavizados, pero no hablo ahora de grandes eslabones que nos aplastan bajo un sistema laboral que apenas nos deja unas pocas horas al día para amar. Hablo de un panorama donde el sentido más noble y sacrificado del romanticismo ha sublimado. Donde se busca una exacerbada perfección. Si tienes el 99% de las exigencias de esa persona a la que intentas cortejar, conseguirás aburrirle y volverá a buscar en el cajón de las ofertas. Sin quedarse con el ticket de regalo para el descambio.
Entiendo y comparto que no nos vamos a conformar con el primer candidato que consiga robarnos la sonrisa. Sobre todo, si estamos enfrascados en la espinosa tarea de forjar nuestro futuro. Pero lo que me sacude es la habilidad que hemos adquirido de rendirnos, de optar por abandonar una lucha cuando oteamos una pequeña nube en el horizonte.
Y en esa se ven unos pocos que aún creen en la importancia de la lucha y la constancia, en la magia de conocer poco a poco y profundamente a una persona antes de mostrarle dónde está la puerta de salida. Si esas personas hubieran nacido hace cuatro siglos, su obsoleta y compleja mente shakespeariana habría encajado mejor. Habrían muerto de cualquier sandez a una temprana edad, pero habrían sufrido menos. O no, que la tuberculosis no tiene que ser muy agradable. Bien pensado, mejor sigamos viviendo en nuestro tiempo contemporáneo, cada cual fiel a sus ideales y sufrimientos. Vivir. Al fin y al cabo, esa es la idea principal, más allá de enamoramientos y desamores.
Nos encontramos inmersos en pleno periodo estival, lo que conlleva sudores, fatigas, pérdida de apetito, calles desiertas, helados derretidos y playas abarrotadas. Casi todo lo que engloba estos meses que están por acontecer es desagradable y con efectos perniciosos. Pero en Arte Estilográfico tenemos soluciones para todo y no vamos a dejar que nuestros lectores consuman nuestros escritos mientras las gotas de sudor perlan su visión. ¿Estás siendo víctima de la flama que entra por la ventana? No sufras más, sigue leyendo y ríete del astro rey.
La primera herramienta más obvia es hacer uso del aire acondicionado o el ventilador en nuestro domicilio para paliar la fatiga que producen las altas temperaturas. No obstante, todos somos conscientes del abuso que perpetran las compañías eléctricas en esta temporada y si abusamos de estos electrodomésticos quizá no pasemos calor, pero suframos un microinfarto cuando recibamos la factura del consumo eléctrico. Tampoco hay que llegar a esos extremos, porque para eso tenemos remedio. Es simple, pidamos un aumento de nuestra jornada laboral. Así podremos abusar del aire acondicionado de la oficina sin que esto repercuta negativamente en nuestro bolsillo. Todo lo contrario, al abusar de las horas extras, esta decisión trascenderá de manera positiva en nuestra cuenta bancaria. ¿Esto para qué? Pues para tener dinero el año siguiente para reventar el aire acondicionado doméstico. De este modo podremos usar esta táctica cada dos años.
¿Y si tú, mi querido lector, no dispones en casa de ventilación eléctrica alguna y tu trabajo es al aire libre? No sufras, también hemos pensado en ti. Seguramente tengas cerca de casa un supermercado. Ya sea una gran superficie o un pequeño comercio. Pero lo que es seguro es que tendrá una sección de productos ultracongelados. ¿Vas entendiendo? Acude cada tarde a tu supermercado y pasa un par de horas en el apartado de congelados. Abre y cierra los arcones, asoma la cabeza, coge diferentes paquetes de comida congelada y manoséala. Si algún trabajador del comercio se acerca a recriminarte por tu actitud, y ten seguro que lo harán, bastará con que le pidas consejos para elegir el mejor paquete de guisantes. Así verá que realmente estás interesado en adquirir algún producto. Aconsejamos también alternar el supermercado cada dos o tres días.
Sigamos con el tema alimentación. Cuando el sol más aprieta, solemos perder el apetito ya que nuestro organismo se niega a tener que hacer la digestión y quemar alimento. Sin problema. Congela todos los platos que cocines y consúmelos en ese estado. Macedonia de frutas, batido de fresas casero, gazpacho. Más aun, potaje de garbanzos, solomillo al whisky… Cualquier plato servirá. En el bazar de vuestro barrio seguro que venden recipientes en los cuales podéis meter vuestra comida, ponerles un palo y después de un tiempo en el congelador, ya podréis disfrutar de un riquísimo polo de bacalao.
Seguramente muchos de vosotros estéis pensando que tanto trabajar más, como pasarse dos horas en el supermercado e incluso tener que gestionar todas nuestras recetas son opciones que despiertan cierta pereza. Cierto es. Y el calor merma nuestro límite de actividades perezosas e incluso nos parece un sacrificio levantarse del sofá para ir a beber agua. Si eres una de estas personas, estás de enhorabuena. Hacer ejercicio en verano es una opción muy nefasta. Exceso de sudoración, fatiga y mareos son solo unos pocos efectos negativos de practicar deporte en verano. ¿Qué vamos a hacer? Nada. Literalmente, evita cualquier tipo de ejercicio.
La vida perra la llaman algunos. Pues bien, tenemos mucho que aprender de nuestras mascotas. Los lectores que tengáis animales en casa habréis podido comprobar cómo éstas gestionan el frescor del suelo. Se tumban sobre una losa y a los pocos minutos cambian de sitio para buscar una parcela donde el suelo esté fresco. Así van recorriendo toda la vivienda. A sabiendas de lo instruida que es la naturaleza, deberíamos tomar buena nota y seguir sus pasos. Os invito a tiraros al suelo y disfrutar del frescor que éste nos reporta. Id recorriendo toda vuestra vivienda y veréis como así disfrutáis del frescor a la par que barréis el suelo con vuestro propio torso. Una ducha y listo. ¡Dos por uno!
Dejamos para el final la solución más drástica y la que cuesta más encajar en la mente de las personas. Hazle la vida imposible a tu vecino de arriba. Ábrele el correo cuando lo tengas delante, suelta flatulencias en el ascensor cuando vayáis juntos, róbale el felpudo… Haz uso de tu imaginación. ¿Para qué todo esto? Muy sencillo. Si conseguimos que nuestro vecino albergue un odio exacerbado hacia nosotros podemos tener la suerte de que decida amargarnos la existencia con el único fin de que nos marchemos del bloque de viviendas. ¿Y cómo va a intentarlo? Una noche dejará sus grifos abiertos para provocar goteras y humedades en nuestra vivienda. ¡Já! Nosotros somos más listos y de este modo tendremos un pequeño parque acuático en nuestra casa. Cataratas de agua correrán desde nuestro techo y poseeremos nuestros propios caudales de agua fresca recorriendo nuestros pasillos. Los litigios y obras de urgencia por inestabilidad estructural los dejaremos para octubre, una vez que se haya ido el calor. Obviamente esta estrategia debe empezar a fraguarse entre marzo y abril, la ecuación variará dependiendo de nuestra capacidad para ser malas personas y la paciencia de nuestro vecino.
Ya sabéis, el que se queja del calor lo hace por mero capricho. Sea como sea protegeos de la flama. Haced vida nocturna y evitad quemaros, en cualquier sentido de la palabra. Disfrutad de una buena lectura en la piscina y vivid felices, que para eso se creó esta época. Y no olvidéis el refrán popular: “Amigo que no suda en verano, probablemente haya muerto de insolación”.
Siempre me ha gustado deporte. Al margen de los beneficios que reporta en términos de salud, lo considero una de las mejores vías de escape, un método de reflexión y distensión y un espacio en el que la musa suele venir a susurrarte al oído (como pasa en la ducha o en la caja del supermercado). Desde mi más tierna infancia albergo recuerdos practicando deporte, de cualquier rama, desde baloncesto, natación, atletismo o frotamiento extremo de estropajo en el dorso de una cacerola quemada. Cuando practicas ejercicio tu mente deja de elucubrar, de hacer cálculos o de buscarle solución a ese problema tan incómodo. Todo tu ser se enfoca en el desarrollo del entrenamiento y por unos minutos absolutamente todo te da igual.
Y es que el ejercicio nos hace más felices, quizá en un breve espacio de tiempo, pero es algo impepinable. Mientras nuestro cuerpo se ejercita en la práctica, estamos liberando endorfinas, esa sustancia química con nombre de raza alienígena que aporta a nuestro organismo una sensación de bienestar general. Múltiples son los beneficios de hacer deporte. Pero no es oro todo lo que reluce, porque si a un trozo de carbón le echamos purpurina, pues también resplandece. Y podemos decir que el deporte en ciertos contextos es puro carbón al que alguien le ha pegado purpurina y los mueve al titileo del sol para que nos parezca más hermoso de lo que es. Sí, claro, estoy hablando de los gimnasios.
Esos antros de culto al cuerpo donde gran parte de la gente va a sufrir la tortura voluntaria moderna. Porque el deporte requiere esfuerzo, a no ser que sea ajedrez, donde el ejercicio se realiza con la mente, lo que al menos no nos agota físicamente. Siempre y cuando las piezas no sean gigantes moles de plomo y tengamos que arrastrarlas. (Anotación mental: patentar el ajedrez extremo). Y el agotamiento del cuerpo genera sudor, muecas de sufrimiento y jadeos desagradables.
Yo practico deporte en mi propio domicilio y en la vía urbana, donde salgo a correr. Pero el ejercicio más anaeróbico lo desarrollo en mi casa. Y me cuesta imaginar que la gente se modere tanto en un gimnasio. Me explico. Ya puedes llevar cinco años levantando pesas, que cuando lo hagas sentirás agotamiento, lo cual repercute en tu organismo, que suele quejarse mediante jadeos, resoplidos y muecas de dolor. En un gimnasio con 100 personas eso debe sonar como una orgía de zombis. Porque no consigo imaginarme los gimnasios como locales en silencio donde solo suena el ruido metálico de la maquinaria mientras la gente hace deporte sin emitir ningún tipo de sonido. La gente levanta pesas y flexiona su cuerpo sin hacer ruido o quizá comentando la jornada política de la mañana mientras con una mano se atusan el bigote. Tanto damas como caballeros, claro.
Oh, la maquinaria. Dispongo en casa de un modesto set de herramientas para hacer deporte y aunque ponga ventilación, cuando acabo de hacer ejercicio, esos instrumentos tienen sudor. Porque soy humano y sudo. Y entiendo que los socios de los gimnasios son tan humanos como yo. Extrapolemos esta idea una vez más al ámbito de un gimnasio. Si antes de mí, cuatro personas han usado esa máquina durante media hora cada uno, ¿cómo se fuerte tendrá que ser la ventosa que use para que no me resbale por el respaldar? Hablo sin saber, claro. Quizá hay empleados que se dedican a permanecer sentados junto a cada máquina y, cuando acaba un usuario con ella, secan el sudor con una toalla y le dan un toque de vainilla y de nueces de Macadamia para que huela bien.
Por lo tanto, el modelo perfecto de gimnasio debería ser uno en el que no se escuchase más allá de una respiración serena de los deportistas, donde hubiera una ventilación y un sistema de ambientación olfativa potente y donde, gracias a un líquido misterioso, los socios bloqueasen sus glándulas sudoríparas. Ahora reflexiona si tu centro de deporte no cumple al menos una de estas bases, probablemente estés acudiendo a un local de tortura moderna voluntaria.
Si después de toda esta disertación vuestro concepto del deporte ha perdido esa magia y miráis vuestro calzado deportivo con otros ojos, debo compartir con vosotros un truco que la vida nos tiene escondido. La endorfina, ese opiáceo natural del cuerpo que nos ayuda a liberar el estrés, se encuentra también en el chocolate o en la risa así que deja que el sofá, la cama o la silla te absorban, hunde tu mano en un buen tarro de chocolate en crema y deléitate con cualquier texto de Arte Estilográfico para soltar un par de buenas carcajadas. Tu mente me lo agradecerá. Probablemente tus arterias no, pero a tu mente le pareceré un tío maravilloso.
Anoche te tuve bajo mis sábanas remendando jirones y creando lenguajes. Hoy abro los ojos con el primer rayo de sol y no te veo. Oigo ruidos bajo el somier y entorno un poco la mirada, lo justo para otear que no haya un monstruo bajo el colchón. ¿Te has mudado ahí abajo, en la zona más oscura de mi cama, donde habita el polvo y el olvido? Donde los monstruos campan a sus anchas planeando cómo matar (por) la noche. ¿Te has encontrado algún monstruo? De cabello azabache o carmesí, con engañosa mirada tierna o de ceño fruncido por sistema. Si te encuentras bajo mi colchón no los mires ni les escuches. No adoptes sus costumbres y vuelve pronto bajo mis sábanas. Que no te enseñen a dar sustos y a germinar pesadillas de alquitrán.
Voy a cerrar los ojos, no quiero asomarme a la insondable oscuridad de debajo de mi cama. Tengo miedo de las manos que allí pueden habitar. Si me vuelvo a dormir, ¿estarás aquí arriba cuando abra los ojos? ¿O solo te volveré a ver cuando, por la noche, los monstruos salgan de debajo de mi colchón para rasgarme las sábanas?
Un proverbio chino dice “Si te caes siete veces, levántate ocho”. Vale que ese día el señor asiático debía estar un poco beodo porque matemáticamente algo falla en esa oración. Pero la idea que subyaga en sus palabras está clara y más certera no puede ser. La vida no es llana. Se asemeja más a una carretera de montaña y por mucho que intentemos atrochar el camino, muchas van a ser las veces en las que subamos, otras descendamos prestando atención a los frenos y casi siempre tendremos curvas sinuosas a pocos metros. Y en algunos tramos nos encontraremos con pozos. Porque la vida humana tiene también similitudes con la minería. A veces caemos en esos pozos sin darnos cuenta, otras nos precipitamos nada más salir e incluso en algunos casos, nos tiramos de cabeza de manera consciente en cuanto ponemos un pie fuera.
Vivimos tanto al aire como en pozos. Y está bien, no es malo. Nuestros errores, nuestras vergüenzas, nuestros miedos y nuestros abandonos nos sumergen en esos fosos tan profundos de los que tanto nos cuesta salir. Y cuando lo hemos hecho es aconsejable darse la vuelta y mirar la profundidad. Por supuesto que los pozos se tienen que tapar para evitar que se vuelva a caer en su abismo, pero hacedlo con una rejilla, que se pueda ver bien desde fuera su interior. Allí presenciaremos proyectada la sombra de nuestro pasado, dando vueltas alrededor del pequeño diámetro de la cavidad. Y apreciaremos la distancia que hemos escalado con nuestras manos desnudas.
Pero una vez fuera aprended tanto de la caída, como de la escalada. Si lo afrontáis con rabia, frustración y culpa, probablemente comencéis una pataleta y os acabéis desmoronando en un tropiezo. Gran error, estos fosos tienen la mala costumbre de volverse más profundos si recaemos en ellos. De igual modo que cuando hemos caído, hay que reflexionar antes de buscar la mejor opción para escalar, no vaya a ser que presa de los nervios o el miedo estemos cavando en su lugar.
No reneguéis de vuestras caídas, de vuestros pozos. Queredlos tanto como a vuestras cimas porque, en la mayoría de las ocasiones, se aprende más en la oscuridad intentando escalar que sentados en el trono de oro más allá de las nubes mundanas. Ponedles nombre y caras.
A veces en el pozo no estaremos solo, pero que haya compañía en el infierno no quiere decir que se esté bien ahí abajo. El aire está menos viciado fuera. Acostumbrarse y abrazar el frío suelo del pozo es casi lo mismo que caer dentro de un segundo pozo y entonces entramos ya en una espiral de descenso tan profundo, que se necesita una cuerda muy extensa para volver a respirar el aire fresco.
Vamos a ir cerrando la sesión sin olvidar que, aunque en el pozo solemos caernos por nuestros propios medios, nunca hay que rechazar la ayuda que nos ofrecen desde fuera para salir. Incluso habrá quienes arriesguen su estatus en las nubes con tal de que consigamos la libertad. Aferrad fuerte esa mano y no la soltéis, ni cuando estéis ya juntos sentados en el cerúleo cielo.
Tened en cuenta que a nadie le gusta la oscuridad y la humedad que supura en el interior de los pozos y que todos, tarde o temprano, vamos a caer en uno. Es algo intrínseco a la humanidad por lo que hay que saber ver su lado más “natural”. Ser demasiado autocrítico nos hace perder un tiempo precioso que podríamos estar invirtiendo en aprender de la caída y buscar una cuerda a la que asirnos para subir.
Y por supuesto sé libre de equivocarte, de trepar, de aburrirte de tu cómoda silla en las alturas. Libre de arriesgarte, de equivocarte y acertar. Ya en la antigüedad Gran Frimaldi aconsejó a sus pupilos la regla de Oro de las tres E: Equivócate, ensaya y escala. Y este señor no era chino, ni se encontraba en un claro trance alcohólico, así que habrá que hacerle caso.
Me pediste que te hiciera un poema. Pero yo no soy poeta. Yo soy humano, no bailan las palabras entre mis labios, ni hago arte con el corazón.
Me pediste que te hiciera un poema. Pero yo no sé rimar, yo soy asonante, caótico, prosaico. Me muevo al ritmo de tu risa.
Me pediste que te hiciera un poema. Pero yo no sé escribir con palabras bonitas. Yo te puedo mirar y hacerte reír, pero no domino el culto vocabulario de un poeta.
Me pediste que te hiciera un poema. Pero yo no tengo musa, yo lucho solo contra el arte y se me escabulle entre los dedos mientras aporreo el bolígrafo contra el papel.
Me pediste que te hiciera un poema, uno bonito, de los que enternecen. Pero yo no soy solo luz, soy sombra y la sombra no enternece, no ilumina. Y mi poema no sería bonito.
Me pediste que te hiciera un poema. Pero yo no tengo ritmo, yo tropiezo en mi facundia y los pensamientos me salen a borbotones del alma, no podría construir algo simétrico.
Me pediste que te hiciera un poema. Pero yo no sé mirar más allá de ti y de nosotros, no entiendo de la metafísica de la poesía y de la vida. Yo solo entiendo de nuestra pequeña parcela vital.
Me pediste que te hiciera un poema. Pero como no me veo capaz, prefiero darte un beso.
Vamos a reconocer que me olvido de nosotros y que tú te olvidaste de mí. Siendo sincero, nunca olvidaré que mientras yo te olvidaba, tú ya me habías olvidado del todo. Y ya está, lo diste por olvidado. Aunque me dijeras esa noche que no lo olvidarías nunca. Pero aquí el que está hecho de acero soy yo y ya he olvidado incluso lo que hube olvidado. Es más, no sé ni lo que habría olvidado de no ser por tus ladinas palabras. Porque, y por favor, sé sincera. ¿Acaso olvidando mi nombre no habrás olvidado también el tuyo?
A los niños se les ha ido la pinza del todo. No sé si es cosa de los videojuegos modernos, de la expansión irrefrenable de Internet o de los aditivos de la comida basura, pero el hecho innegable es que los críos de estos tiempos rebosan violencia por la punta de sus dedos. Puede que las causas más que externas vengan de ellos mismos y se retroalimentan con esa mala leche que últimamente caracteriza a cierto porcentaje de la infancia. En Arte Estilográfico no tenemos ningún doctorado en Sociología ni Psicología por lo que no vamos a desgranar los orígenes ni los problemas que esto genera en los infantes. Tampoco vamos a hablar de los problemáticos juegos de cetáceos índigos. ¿Entonces de qué vamos a hablar ahora? Pues de cómo afecta la alimentación a los chavales.
Ya en nuestros primeros momentos como Humanidad, el hombre ha convivido con la violencia. Numerosos son los informes que documentan que ya en la antiguad Edad de Piedra el hombre mordía a sus rivales en la cabeza para deshacer entuertos. Claro, los pequeñitos cromañones lo observaban atónitos e imitaban a sus progenitores en sus inocentes juegos. Y algo hemos evolucionado desde aquellos días, pero tampoco mucho. La violencia entre niños, por norma general, se desarrolla en el ámbito del juego y lo toman como tal. Hay excepciones, pero esa es la tónica habitual. Y entre ellos son conscientes de que el juego tiene unas bases inquebrantables. Juegos donde la violencia es solo una parte muy secundaria ya que lo que principalmente enseña es la importancia del trabajo en equipo, la necesario de un espíritu de superación y a formar parte de un núcleo social.
Recuerdo un juego que se desarrollaba en el patio de mi colegio. Seguramente muchos lo conoceréis, pero por si tenemos a algún despistado, explicaremos su mecanismo. Su nombre es el juego del 1X2 y tiene su origen hace varios años cuando los adolescentes que participaban en la quiniela futbolística y no resultaban ganadores, procedían a engurruñar el boleto y se entretenían jugando con él en vez de llorar desconsolados por perder la paga semanal en las apuestas*. El juego tiene un proceder muy sencillo. Únicamente requiere de un objeto esférico y participantes. Se desarrolla en tres actos. La pelota se lanza al aire (1), un jugador la vuelve a elevar cuando tiene la oportunidad (X) y finalmente otro jugador remata la pelota intentando que impacte contra otro (2). En cada paso, los jugadores corean el paso en el que se encuentra el juego para que no haya despistes en el terreno. Una vez entendido el mecanismo toca hablar de las consecuencias del juego.
Si eres el jugador afectado por el movimiento final (2), has resultado ser el perdedor de la partida y como tal, debes sufrir un castigo. Aquí vemos que estamos en un juego de férrea disciplina que ya quisieran los espartanos. El resto de chiquillos te amonestan por haber perdido, con lo cual te están exigiendo más compromiso con el grupo. Sin orden ni concierto, todos los demás jugadores que no han perdido la ronda, se abalanzan contra el cogote del infortunado y le propinan una colleja por jugador. Al menos esa es la teoría, siempre hay uno que intenta dar más de lo que debería. En esos casos, todos los jugadores toman buena cuenta y le devuelven su jugarreta cuando resulta ser el perdedor. Otro principio que se enseña en este juego, no te saltes las normas, o las normas te saltarán a ti. Saltarán al cuello, claro.
El juego discurre con esas normas tan sencillas hasta que uno de los jugadores acumula una cifra inexacta de partidas perdidas. En algunos casos son diez o cinco. Dependiendo de la cantidad de jugadores y del tiempo que reste de recreo. Cuando se llega a esa cifra, los jugadores se vuelven hinchas violentos y forman un pasillo humano entre todos ellos. Dispuestos en dos filas equitativas mirándose los unos a los otros comienzan a golpear el aire, como si estuviesen tocando unos bongos imaginarios, mientras vociferan el lema de “Pasillito, pasillito” hasta la saciedad. El Jugador que ha sido humillado tantas veces debe pasar por un castigo mayor y recorrer ese túnel de lavado hecho con pequeñas palmas de niños ansiosas de probar carne de cuello. Aquel que ha perdido en tantas ocasiones se enfrenta al castigo del grupo, que no tiene otra intención que recordarle que debe estar a la altura de las circunstancias y llegar a ser mejor.
No nos vamos a engañar, cuando yo jugaba a 1X2 el 90% de los jugadores no recurrían al castigo merecido por ser impactado por el 2. Apenas una tonta caricia en el cuello del perdedor. Y el pasillito muchas veces era más un coro de manos tontas como si de monos tocando el piano se tratase. Porque lo importante era el juego, la sensación de disfrutar todos juntos cuando las porterías de fútbol estaban ocupadas por los de cursos superiores. Comíamos el bocata raudos y uníamos todo nuestro papel de aluminio para crear una gran pelota y disfrutábamos del recreo en comuna.
Y hoy, no sé, tengo la impresión de que hay muchas pelotas de aluminio que estarían mejor con más capas, que muchos pasillitos son más duros de lo que deberían. Y cuando el jocoso juego del 1X2 olvida su lado más humano, es cuando la violencia extiende sus brazos y comienza a golpear a todos los jugadores sin que ellos se den cuenta. Quizá la solución sería volver a enseñar a los niños cómo se juega. O prohibir el papel de aluminio en las escuelas. Bocatas envueltos en planchas de hierro, que no sean maleables y no den la oportunidad de crear esferas con las que jugar. Y sí, sé que gracias a la lectura de este texto habéis llegado a la misma conclusión lógica que cualquiera llegaría. Cuánto daño hace dar a los niños un bocadillo y no una fruta para el recreo.
*Este hecho es absolutamente inventado y no tiene validez histórica alguna.
Enfrascado en grandes proyectos literarios y vitales, me cuesta mucho últimamente ofreceros algún relato breve de esos que os gustan tanto. Puedo intentarlo con una crítica humorística sobre alguna de las cosas que van tan mal en el mundo y que se merecen que nos riamos de ellas. O quizá resultaría más certera otra de esas epopeyas metafísicas que me salen de lo más hondo del corazón y en las que os pongo a prueba para ver si sois capaces de desgranarla por completo. Y, a lo máximo, puedo rebuscar en mis cajones en búsqueda de algún cuento estúpido que diseñé en mi tierna juventud. Pero la musa, tumbada en el sofá, me dice con la falange central de su mano derecha que no se piensa inmiscuir en cualquiera de esos cometidos. Así que, solo y sin inspiración, voy a escribir sobre/para escribir.
Todo aquel que se proponga juntar unas cuantas palabras para formar un texto se va a tener que enfrentar a un némesis: el níveo tono de una hoja vacía (amarillo si es que te da por escribir en post-it). Como el pintor que se enfrenta al lienzo vacío o el tallista que se cruza de brazos frente al bloque de mármol, para un escritor es toda una odisea dejar de morder el bolígrafo y abalanzarse a escribir.
Normalmente, uno nunca reta a un duelo al papel sin una buena idea en la mente, pero el folio tiende a ser más poderoso que el escritor y puede dejarse tatuar entero para luego darnos a entender que nada de eso tiene el más mínimo valor y que lo más sensato es que procedamos a la mutilación de la hoja. Y es aquí donde muchos potenciales escritores fracasan, cuando el papel ha acabado arrugado en la papelera más veces que guardado para su posterior publicación.
No es una tarea sencilla la de escribir, al menos hacerlo de manera atractiva para el gozo de tus fieles seguidores. Cualquier cosa no sirve. Si así fuera, yo publicaría a diario la lista de la compra. Que no es que me parezca una idea descabellada, peores blogs han ganado concursos. Pero, ya que estamos escribiendo por amor a la lectura, yo creo que debemos ofrecer un contenido rico, novedoso y que estimule la mente del lector.
Por eso, en los días el blanco de la hoja me devuelve la mirada picarona y a mi lado está la musa entretenida, haciendo pompas de chicle mientras mira al techo, comienzo a disparar palabras. Casi tantas como las que borro. Altero la idea inicial y acabo por componer una obra radicalmente opuesta a lo que tenía en mente. Hablo de historias que luego se deforman en otra. Tiendo a leer mis escritos una sola vez, ya que, si lo hago en una segunda ocasión, sé que el papel me va a dominar con su sibilina negatividad y me va a engatusar para descartar aquello que acabo de crear.
El escritor debe ser exigente pero también ser fuerte y optimista. A menudo lo que escribimos es mucho más valioso que lo que nuestro lado más retorcido nos puede hacer pensar. Y así se ha dado el caso de muchos escritos que he compartido con vosotros pensando que iban a causar bajas en la web, han resultado ser muy alabadas. Porque no podemos olvidar ese punto tan primordial. Un escritor escribe para sí mismo, pero, más a menudo de lo que parece, lo hace también para contentar a un público. Y éstos pueden llegar a ser más críticos que el propio escritor, más mordaces que la hoja en blanco. Todo esfuerzo, toda duda, todo papel arrugado en la basura, vale la pena si una sola persona te felicita por tal trabajo.
Y debido a esto muchas veces he subido un texto a la web y he intentado ser optimista, pensar que podría darse el caso de que os acabe gustando la disertación que acabo de hacer. Y evito pensar que quizá vuelva a colar una chorrada como un castillo disfrazada de relato. Y en esos momentos, la musa, la hoja y yo, nos reímos al unísono y nos citamos para otro duelo.