El Cordero en las Ropas del Lobo.
Tonitrus Imperium, hace 2000 años.
—¡Aquiles Reyne! —Exclamó el Chaman en el momento que entraba a su habitación. Aún no habían puertas para ellas en la arquítectura Atheylírica—. El Emperador te invoca.
El Chamán gruñó y giró de su cama, levantándose con torpeza luego de una noche de alcohol y hombres exquisitos a su disposición. Se colocó la túnica y sandalias antes de salir.
En el centro de la ciudad, yacía una pequeña montaña que debían subir por escalera. Aquiles no, él saltaba por el costado, prácticamente escaldándola en medio minuto. Cuando abrió las puertas del salón del trono, todo el mundo giró a verlo. Pero no su padre. Junto a él, yacían consejeros: Vampiros, hombres lobo, chamanes y druidas.
—Padre, escuché que me invocabas, pero~ veo que estás muy ocupado con políticas, así qué… —Dio media vuelta, pero no terminó de dar un paso, cuando Alexander habló—.
—Vendrás. —Las puertas del salón se cerraron frente a sus ojos, y suspiró, caminando con desgano hacia el asiento que su padre le había asignado; a su lado. Un asiento que odiaba—. Finalmente llega el momento dónde pruebas tu valía a mí, y a tu gente. Los consejeros y yo hemos estado de acuerdo en ponerte a ti y a tus amigos frente a un gran reto.
—Tus hombres prueban efectivos a la hora de robar y emboscar. Son criminales. —Admite el consejero chaman—.
—No tienes pruebas —Espetó el Druida-Chamán—.
—Pero tampoco tenemos dudas. —Continuó el consejero vampiro—. Sería un desperdicio de potencial limitarlos a niñerías tan patéticas, por lo que hemos discutido y propuesto a tu padre fundar una orden de asesinos, y que ellos sean los fundadores.
Aquiles lo intentó, de verdad lo hizo, pero no pudo evitar comenzar a reírse, una risa que resonó por toda la habitación, y le hacía apretarse a su asiento para poder mantener el equilibrio.
Nadie estaba riéndose, pero Aquiles era un caso.
—¿Te atreves a irrespetar a tus superiores? —Una ofensa muy mal recibida. Hasta el mismo Andrew paró de reír cuando la ira silente de su padre acechaba en el tono de su voz a ser desatada contra el otro.
Solo entonces, Andrew se detuvo y adoptó una expresión seria. No le temía a muchas cosas en esta vida, a la otra incluida. Pero a su padre le temía más que a nada. Y lo odiaba más que a nada, y la impotencia de no poder hacer nada al respecto hacían de sus días una miseria.
—¿Qué debo hacer? —La amargura en su voz era obvia, y a nadie le importaba. Su ira era una chispa sin oxígeno, muriendo tan rápido como venía a la vida—.
El consejero vampiro dio un paso adelante.
—Tú grupo de criminales debe infiltrarse en un campamento de los chamanes y deben incapacitar a sus transportes para ralentizar sus avances al sur, donde se estarían encontrando los ejércitos y avanzarán a nuestros campos.
—No necesitamos explicar la importancia de la comida para el imperio. Albergamos a más personas que cada facción por sí sola, pero tenemos menos tierras fértiles. —Agregó el consejero chamán—. Nuestra gente sufrirá las consecuencias si no…
—Sé lo que pasará. Pero…—Andrew fue interrumpido por su padre, quien se levantaba de su asiento, y todos los presentes se arrodillaron ante su emperador—.
—La pregunta siempre es la misma, y la respuesta también lo será. —Comenzó a recorrer el largo pasillo a la salida del palacio, su larga pero vieja y desgastada capa era arrastrada pero levantada por el aire hasta que casi flotaba—.
—¿Cómo puedo probar la lealtad de mi pueblo, de mi propio hijo, si no es probando que van a servirme con su vida? ¿Qué otra prueba he de ponerles? Tus amigos son criminales, y si fallan y regresan aquí, serán castigados con la muerte y Damnatio Memoriae. Ellos, y su familia.
—Podrías… —Su voz, sin embargo, le fue robada. Lo que decía, no llevaba a ningún lado, y el aire comenzaba a faltarle—.
—No. Tú no sugieres, no aconsejas. Tú obedeces. —La mano de su padre estaba levantada, y cuando volvió a cerrarla, el aire volvió—. Obedece tu comando, como todos los soldados deben.
Andrew tenía una mano en su cuello, y sudaba un poco. Esos momentos sin aire habían sido bastante incómodos. Ahora, no estaba de humor. Abandonó a grandes zancadas el salón y su padre lo observó desde atrás. Cuando ya estaba fuera de la vista, el consejero Chaman, el más antiguo de todos, se acercó a Alexander.
—Es muy duro con él, Caesar. —Pero Alexander giró su rostro rápidamente, con peligrosa frialdad en sus ojos—.
—Te he dicho que no me llames así, que ese no es mi título. Sabes muy bien quién es, y siempre será el Caesar de este imperio. —El tiempo había ido y venido, pero la muerte de Aurelio había dejado un orificio que el imperio había fallado en llenar.
En toda la verdad, Aurelio amaba al imperio más que a cualquier cosa, pero Alexander amaba Aurelio con una fuerza tan destructiva; deseaba matar a todo el ejercito, para que solo ellos conquistaran y tomaran al cielo para reclamarlo como suyo. Y no había imperio ni dioses que pudiesen detenerlos juntos.
—Y yo nunca podré ser ese hombre; no soy merecedor de esa gloria. —Terminó el pelinegro de ojos púrpuras,
—Mis disculpas, emperador. —Hizo una leve reverencia, antes de continuar colocándose a su lado, mirando al aspecto de su imperio, construyéndose, creciendo lentamente, pero seguramente—. Pero si continúa actuando como un opresor, querrá romper sus cadenas.
—Él podía ver en los ojos de un hombre y conocer su potencial, sus deseos, su voluntad. —De nuevo, la imagen de Aurelio iba más allá del tiempo—. Por eso, él supo qué deseaba yo. Y con el tiempo, aprendí de él, a en menor medida por ver a través de ellos. No veo en mi hijo, lo que él vio en mí. Si no puede conocer la gloria, conocerá la desgracia, y la tragedia. Si no puede amar al imperio, aprenderá a temerlo.
En una calle baja del imperio, Andrew llegaba con sus amigos. La conversación fue corta y rápida. Andrew no era de hablar mucho cuando estaba de humor. Todos aceptaron felizmente, mucho más de lo que él hizo antes. Incluso, iban tan entusiasmados porque por fin el Emperador lo tomaría en serio. Andrew temía por su vida, pero más por la de ellos.
Unos días después, y los transportes fueron entregados hacia ellos junto con la información completa de la misión. Irían al borde de la región, fuera de La Luna, donde un ejercito conformado por los otros clanes se había organizado para bloquear sus accesos a tierras fértiles y actividad económica. ¿Su objetivo? Matar a los generales. Había mucho por hacer ahora, y no paraba de preocuparse. Tenía 4 amigos, todos desertores de sus clanes.
Amir, que controlaba el fuego.
Loras, que controlaba el agua.
Dante, que controlaba el rayo.
Brutus, que controlaba la tierra.
Aquiles, que controlaba el aire.
El trío cabalgaba en Venandi (Cazador), una especie de caninos enormes, similares a los lobos, nativos de las Tierras del Rayo. Su stamina les permite correr a grandes distancia cargando gran peso, y la runa en su cuello los mantenía dóciles y obedientes. Podrían destrozar un cráneo en esas fauces.
—¿Cómo es que tu padre nos ha tenido en cuenta esta vez? —Loras preguntó, era el más joven de los 3, teniendo unos 19. Demasiado joven, pero increíblemente talentoso para causar problemas. Su juventud lo hacía arrogante y confiado—. Ya se estaba tardando.
—Tú sabes por qué. —Respondió Andrew con amargura, sin animos de hablar. Odiaba que su padre lo usase para trabajos más sucios, o que considerase que los problemas que causaba en el imperio lo hacían un asesino—.
—Quiero escucharlo. —Se adelantó a todos, incluso a Andrew, que lideraba al grupo, y los cruzó. Todos se detuvieron de forma algo torpe—. Quiero que lo digas.
Ese era el problema con Loras. Siempre quería tener la razón, y siempre la tenía. Era un muchacho presumido, pero tenía razones para serlo. Pero moriría por sus amigos, y todos, especialmente Andrew, lo sabían.
Andrew suspiró y mordió su labio. No quería que sus amigos cargasen con la presión de lo que esta misión implicada. Esa era su responsabilidad.
—Si fallamos… todos los crímenes por los que han sido acusados harán que se les castigue con la muerte y Damnatio Memoriae para ustedes y… sus familias.
El silencio los invandió.
—¡Lo sabía! —Exclamó Loras, sacando su Gladius, la cual se iluminó en llamas cuando la levantó hacia el cielo—. No nos están reconociendo. Esto es redención.
—Loras, ya c… —Andrew fue callado cuando el ego del joven lo llevó a hablar por encima de él—.
—¡No, no me voy a callar! ¡Esto es ináceptable! ¡Parlotea sobre ser un mundo mejor, pero nosotros vivimos en la miseria, con hambre! ¡Los precios son demasiado altos, el agua escasea! ¡Tú padre…! —Un solo impulso de viento logró lanzar a Loras de su Venandi, apagando también su gladius—.
—¡Es suficiente! —Interrumpió al menor, quien lo miraba con disgusto desde el suelo—. ¡Él no es mi padre! ¡Soy un bastardo! ¡Y yo también vivo en esa miseria! —Andrew se bajó de su Venandi, y se acercó hacia Loras—. ¡Y no hago esto por mi padre! ¡Y ustedes no hacen esto por mi padre! —Apuntó a Loras, y luego, a Dante, Brutus y Amir—. Lo hacemos por ellos. ¡¿O no?!
—¡Sí! —Exclamaron los 3 que observaban la escena—.
Andrew extendió su mano a Loras, quien luego de un instante de duda, tomó su mano y se levantó, sonriendo.
El viaje fue tranquilo, con partidas de caza para buscar comida. La tercera noche fue muy diferente. Ya podían ver el campamento del ejército enemigo. Había mucha variedad ahí. Entrar, como salir, iba a ser duro. Cada elemento usaba un uniforme diferente, y estaban unidos. Era como el Imperio. Quién lo diría; al final su padre estaría peleando un espejo de su propio sueño.
—Se ve como un ejercito sólido. —Brutus comentó al grupo, cruzándose de brazos—.
—Denme una distracción y he de acabar con uno. —Dante comentó, ojos fijos al campamento—.
—Nadie va a matar a nadie solo. Juntos, podemos volver a casa. Ahora, vengan, acérquense a la fogata a cenar.
Este era Andrew. Muy pocas cosas en este mundo tuvo para amar. Las cosas que ama, sin embargo, las atesora, las cuida, se preocupa por ellos. Sus amigos eran su mundo, su familia. Más que su padre, eran la razón por la que no se había lanzado a un volcán activo hacía un tiempo. Andrew no tenía mucho, pero tenía todo lo que necesitaba con ellos.
Mientras comían la cena en silencio, Andrew rompió con el plan. Hubo debates y cambios, y luego hubo una conclusión: Mañana, a media noche.
—Si salimos vivos de esto, estoy pensando en proponerle matrimonio a mi esposa. —Le dijo Amir a Loras—. Está en cinta.
—Audaz de ti intentar vivir en esas condiciones, Amir. —Loras espetó en el momento que se acercaron demasiado al pequeño bosque.
—Deberías intentarlo tu también.
Loras se detuvo, cortándole el paso a Amir.
—Explícate. —Loras demandó, de brazos cruzados y ceño fruncido—.
—Loras, mírate. Eres el más joven de nosotros. Hemos vivido nuestras vidas y las hemos echado a perder. Tú aún tienes tiempo para... —Loras levantó su derecha con el puño cerrado, para callar a Amir—.
—¿Y luego qué? ¿Dejo de huir, me enlisto en el ejercito, pago por mis crímenes con el servicio o... o qué, Amir? —Loras se dio media vuelta y caminó hasta un árbol, donde reclinó su espalda y luego bufó, exásperado—. Esa vida no es mi vida. Vinimos aquí para ser libres, ¿no? La promesa de un mundo sin espíritus o religiones que controlen nuestras vidas. Mi vida es que nadie sea mi jefe, que no tenga preocupaciones, solo ser yo, y... y ya.
—Puedes hacer algo mejor con tu vida, Loras... mira lo que... —De nuevo, Loras lo interrumpió—.
—¿¡Qué mire a que, Amir?! —Fue veloz, y lo agarró del cuello de su chamarra—. Soy un huérfano, hijo de un don nadie y una fanática. No tengo pasado, ustedes son mi presente, y ni siquiera sé si tengo futuro. —Con un empujón, soltó a Amir—. Solo concentrémonos en hacer esto para volver a casa.
Amir no dijo nada. Se arrepintió de haber hablado y de no haber tenido en cuenta lo que pensase el contrario. Salieron del refugio que lo poco de bosque que había dejado luego de que el imperio lo talase para crear más viviendas y tener más espacio para sembrar. Una gran ventaja, pues se podían escabullir entre las plantaciones. Andrew había pensado en todo.
Amir encendió las plantaciones, mientras que por otro lado, Loras las apagaba a la misma velocidad. Más adelante, Andrew se desplazaba silenciosamente por la plantación que no alcanzó a ser quemada. Miró hacia atrás y vio la nube y supo que ya estaba lo suficientemente grande para cubrir a todos los campamentos de los generales. Usó su control del viento para redirigir la nube y hacer que descendiese al suelo, prácticamente creando el perfecto camuflaje. Esa fue la señal para Brutus y Dante.
Dante, quien se encontraba en el campamento, podía ver la señal desde ahí. Había estado meditando y estaba sobre una runa, que se alimentaba de todo a su alrededor. Era difícil de mantener, pero Dante era el más experimentado en el tema de control, especialmente para lo que estaba a punto de ocurrir.
Brutus se encontraba en el punto más cercano al campamento, listo para que Dante comenzase. La noche clara comenzaba a nublarse a un ritmo anormal. Silenciosamente, comenzaba a llover. Y con la lluvia y la niebla, Loras y Amir estaban totalmente cubiertos. Más vapor comenzó a ser creado por ellos para llenar el cielo con él, mientras que el vapor en el suelo tomaba la humedad que se acumulaba y en vez de desvanecerse, Andrew la mantenía firme en el suelo y la iba sintiendo cada vez más pesada, más densa, como si estuviese convirtiéndose en niebla.
Brutus estaba así de cerca para poder neutralizar a quién intentase reaccionar a su plan, pero era media noche, y solo unos cuántos guardias estaban despiertos en cada campamento. Era ciego, pero mientras hubiese suelo tocando sus manos o pies, sabia exactamente dónde estaban las personas con una precisión mortal.
Eventualmente la niebla llegó a los campamentos y Andrew usaba sus habilidades de sigilo para poder escabullirse cada vez más cerca a los guardias, tomando primero el campamento de viento, el que podía destruir todo su plan, y también el campamento al que más cerca estaba brutus. Fue cuidadoso, y cuando vio que algunos estaban quitando la niebla, decidió dejar que pasasen para poder escabullirse por ahí; Brutus se encargaría de ellos.
Llegó a la tienda de los generales. Era hermosa, estaba decorada y tenía muebles, sillas, mesas, un mapa de la región. El general dormía plácidamente.
Fue rápido. Pero entonces, escuchó ruido afuera. Quiso salir, pero la sombra de la tienda le dejó ver a alguien corriendo hacia ella, así que se escondió. Cuando el guardia entró para alertarlo, no dudó, no pensó dos veces. Comenzó a desvestirse lo más rápido que pudo y robó la ropa del guardia.
Salió a ver qué ocurría: Era brutus. Estaba conteniendo a demasiados, y comenzaba a perder su fuerza, tenía que crear una distracción.
—¡El General está muerto! —Exclamó y todos, a pesar de estar inmovilizados, se conmocionaron. Brutus tuvo que soltarlos para que pudiesen ir todos a la tienda. Entonces, Andrew atacó. Uno por uno, despachó a los guardias, cortándoles hasta que caían y bañando el suelo de sangre. Solo hubo silencio después.
Hasta que escuchó una campana. Alguien estaba intentando alertar a los demás. Tenía que correr a detener ese sonido. Sus sentidos mejorados le permitieron ubicar la campana, pero cuando saltó a matar a quien la tocaba, no encontró a nadie... El viento lo movía.
Las nubes, la niebla, el vapor, todo lo que bloqueaba la visión... desapareció en un movimiento, y la luna iluminó al responsable. Thomas Reyne, El Espíritu del Viento.
Ahora todos los ejercitos estaban al tanto de lo que ocurría, se preparaban, y Andrew solo podía contemplar mientras su plan se desmoronaba.
La postura que Thomas tomó fue reconocida por Andrew casi al instante: Arco.
Pero no apuntaba hacia él, apuntaba a...
—¡Brutus! —Exclamó, su cabeza giró a su amigo, quien había montado un fuerte muro con el tiempo que tuvo para protegerse—.
Pero cuando el espíritu disparó, Andrew supo que sería el final para su amigo.
El viento penetró la pared y la explosión violenta dispersó el ambiente para observar el cádaver en pedazos de Brutus.
—¡Quemen el campo! —Exclamó uno de los generales en el fondo—.
Viento y fuego se unieron para crear poderosos torbellinos, que destruían el campo, y lo reducían todo a cenizas. Sabía que sus amigos habían escapado, ¿o no? Dante estaría exhausto... Loras y amir...
—¡Cierren el camino! —Otro general comandó. Tierra y agua juntos hicieron una muralla de barro que cortaba el camino al bosque, y se movía, arrastrándolo todo. Sus amigos debieron haber salido de esta.
Pero no de lo que ocurrió después. Volvió a mirar al espíritu, con miedo asombro, en el momento que sus ojos estaban fijos en el bosque. Levantó su derecha, y chasqueó los dedos.
En el momento, un tornado del tamaño de montañas comenzó a formarse en el centro del bosque, y rebatió con todo. Hizo que los árboles volasen del suelo, los arbustos fuesen como simples muñecos. Este era el poder de un espíritu.
Eventualmente, el tornado fue muriendo, y todo cayó al suelo.
—"¿Por qué sigues aquí?" Sé quién eres, de quién eres hijo. Corre; no te daré otra oportunidad. —Escuchó en su mente al espíritu, que usaba telepatía, y lo miraba en silencio.
Un portal de color verdoso se abrió frente a él, era el escape que le brindaba. Lo cruzó luego de dudar, pero lo dejó bastante lejos, pero lo suficiente para ver el desastre que había causado el espíritu. Había fracasado, y no tenía como volver a casa. Cayó de rodillas, impotente, usando cada onza de fuerza de voluntad que tenía para no llorar, porque todos sus amigos estaban muertos. Pero lo rompió. Estaba enojado, asustado, triste. Tantas cosas ocurrían al mismo tiempo que el hombre no podía con tanto. Pero el tiempo logró calmarlo, lloró esa vez. Y cuando no lloró, se hizo la promesa de matar al espíritu del viento. Se levantó del suelo con paso firme, y comenzó su caminata a casa.
De vuelta en el Tonitrus Imperium, Alexander Reyne abre los ojos, que eran de cuervo, un cuervo que observó todo lo que había ocurrido, y sonrió, satisfecho, e incluso, una risa macabra salió de su garganta, antes de agarrar la copa de vino en sus manos, acariciarla y beber de ella.
—¿Está hecho, Emperador? —El consejero Chaman, quien lo acompañaba observando la operación, preguntó con curiosidad.
—¿Sabe bien cuál ha sido el precio de lo que ha hecho?
—He matado a un niño, y lo he convertido en un hombre. Lo he llenado con venganza, venganza que lo hará leal a la causa. Finalmente, abre los ojos a mí, y a la verdad del mundo, como debió haber hecho hace tiempo.
—Solo esperemos que esa venganza no lo haga imprudente. Todas las bestias han de ser puestas a dormir, si es así.
—¿Me crees capaz de matar a mi propio hijo?
—Lo creo capaz de cosas más grandes por el bien del imperio, Emperador. No hay otro hombre capaz de sacrificar tanto.
—Eso pensé, consejero. Convoque a los demás consejeros, que preparen al ejercito. Vamos a la guerra.
—Sí, Emperador. Ahora mismo.