El poderoso Señor Mandela me ve otra vez y hasta parece que se sorprende. Pero yo sé que presta atención. Solo presta atención.

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El poderoso Señor Mandela me ve otra vez y hasta parece que se sorprende. Pero yo sé que presta atención. Solo presta atención.
Las noticias
Mi hermano volvió a su antiguo trabajo después de un tiempo en otros negocios. Su trabajo implica viajar a lo largo de todo el país visitando distintas ciudades y pueblos pequeños, por lo que eventualmente, se subió en un bus dirección Esmeraldas. Es un viajero experimentado, sabe muy bien qué barrios son seguros, donde comer y alojarse, qué hacer y qué no hacer jamás. O por lo menos eso pensaba. Porque la realidad le dio la bofetada a través de una cliente suya, que viéndolo caminar sólo, en pleno medio día, con sus dos maletas de trabajo a rastras, decidió abrir la lanfor y apresurar a mi hermano a que se refugie dentro del local. Le dijo que eso no se puede hacer más. Él, confundido, preguntó a qué se refería. Caminar en la calle con sus maletas, le dijo, todo está muy peligroso, tiene que venir en taxi y volverse al hotel en taxi. Aunque esté a dos cuadras. Resignándose, mi hermano me cuenta que desconoce la ciudad que había visitado durante años, se lamenta y teme por su seguridad porque, finalmente, es un tipo que necesita trabajar y va a tener que volver.
Me apena lo que me cuenta y por un momento se me hacen evidentes las ventajas sustanciales de vivir en Quito, cuando normalmente aparece como una ciudad hostil y peligrosa a los ojos de todos mis conocidos, al menos durante los últimos meses. Pienso en que me robaron y me lamento una vez más por la violencia generalizada que se reporta con cansancio de rutina todos los días. Pero estoy muy consciente de que no vivo en el terror. Mi suerte está muy lejos de la de esa pobre gente que tiene que convivir con disparos, explosiones y sangre en las paredes de su ciudad, de su casa. Me pregunto que se siente ver a cuerpos ensangrentados colgados de puentes en los que quizás subí distraído en un día cualquiera con buen sol. Me pregunto cómo hacen las madres que se parten la vida trabajando y tienen que mandar a sus hijos solos a la escuela. ¿Y si hay balas o explosiones o muerte como pasó ayer y anteayer? Pienso en lo injusto que es todo, en cuántos inocentes, suficientemente golpeados, tienen que volver pagar el precio.
Esta mañana se produjeron al menos una docena de atentados, entre coches bomba y asesinatos, en las ciudades de Esmeraldas y Guayaquil. No sé cómo sentirme cuando termino de leer la noticia. Tengo un espasmo absurdo, frustrante por inútil. Me pregunto qué siente el presidente. Apuesto que, cuando está sólo en el baño y ha cerrado la jornada, resopla cansado y se mira al espejo y se alienta diciendo que esto es un negocio más, que él mismo ha sabido dirigir un banco y lo ha hecho bien, que el costo-beneficio da, es justificable. Apuesto a que después sonríe aliviado, besa suavemente a su mujer en la frente, se santigua con devoción de cura y duerme ocho horas ininterrumpidas, como recostado sobre una nube.
Señor Mandela
Se murió el Señor Mandela. El gato que más que gato era un hombre. Y no cualquier hombre, un estoico. Existen los gatos independientes, los cariñosos, los juguetones y hasta los parsimoniosos. Pero yo nunca vi a otro gato que sea un hombre estoico. A veces se montaba bruscamente en mi pecho y me imponía su presencia en medio de una madrugada congelada. Sabía muy bien lo que hacía. Me miraba y dejaba escapar un ronroneo más bien grave, severo, como si en circunstancias de luz y calor el pudor le impidiese vulnerarse. Me temo que lo hacía más por mí que por ninguna otra cosa. Como para apaciguar mi miedo y el frío. Tras un breve espacio, se marchaba rápidamente y de la misma forma, como dejando bien plantado el peso de su ausencia. Durante el día pasaba desapercibido. No era antipático, pero sí solitario. El contacto que permitía era limitado, pero tenía algo de solemne, como cediendo compasivamente ante una necesidad urgente de sus congéneres. De alguna forma era un padre o algo cercano. Después se marchaba lentamente y se dedicaba a observarme desde lejos hasta que, en un momento dado, como si de pronto hubiese comprendido algo trascendental, escapaba al bosque, a surefugio para estar consigo mismo. Le entiendo con precisión dolorosa. Pienso que al Señor Mandela no le gustaría que sus últimos días estén lapidados en unas letras, por pueriles o insignificantes que sean. No me queda duda de que era ante todo orgulloso y fuerte y, por lo mismo, no puedo supeditar el recuerdo de su vida a mi propia fragilidad, a mi nostalgia y las respectivas maromas que me invento para sobrevivirla. Por lo tanto, he de decir solamente que el Señor Mandela fue enterrado bajo una planta de aguacate, en un hueco más profundo que ancho. Un cilindro perfecto. Una crisálida de tierra. Fui yo quién depositó con cuidado su cuerpo aún cálido. Se envolvió en si mismo como si en lugar de morir fuese a nacer. Solamente yo lo vi. Alrededor le lloraban sinceramente doce almas humanas. Niñas, mujeres y hombres le despidieron en un solo llanto silencioso y sin palabras. Se fue como se han ido los reyes más grandes. Y pienso que le hubiese gustado saberlo.
Rabo de nube
En la mañana de un sábado solitario, yo era el único ser humano que esperaba a que abriesen un local. Esperar frente a una puerta cerrada tiene algo de desolador. Es posible que se deba a la emoción infantil de la expectativa por un sitio que uno quiere. No, no es eso. Lo más probable es que se deba a la brusca indiferencia universal que se impone a un sencillo anhelo personal. Me sentí apagado y extrañamente humillado, con el afán desesperado de convencerme que en el fondo me da igual. Pero la verdad, cuando es clara, es indiscutible.
Esperaba debajo de un árbol bastante común. Era ligeramente pálido como suelen ser los árboles de ciudad, que tienen la misma apariencia enfermiza de las personas que fuman en serio. De todas formas, se podría decir que tenía no particularidades, era un poco tupido y le habían cortado con forma de esfera demasiado achatada. De este árbol cualquiera, se soltó una contundente gota que cayó en la esquina superior izquierda de mi teléfono. La gota estaba tan al borde que parecía que hizo todo a su alcance para esquivarlo. De todas maneras, aún con el impacto, uno de los contornos de la gota, blanquecino y poco más sólido que el resto de la gelatina transparente, reveló que se trataba de una cagada de pájaro. Con una seguridad solamente equiparable a mi más absoluta ignorancia del tema, deduje que se trataba de una cagada de un pájaro bebé. Lo pensé así exactamente: “esta caca tiene una contundencia mucho más aguada y de algún modo menos sucia que la caca normal de un pájaro, por lo tanto, debe ser un pájaro bebé”. Sin detenerme a pensar si tenía sentido o no, salté rápidamente al siguiente pensamiento: “Qué maneras de joder tan puntuales que tiene la vida. Qué precisión perversa para colocarme, precisamente en este día, en el borde de lo que podría llamarse la zona de no cagada, como con saña, dejándome con la sensación de que bastaba poco para salvarme.” Aunque una cagada en el teléfono no es algo que me estorbe demasiado, en ese momento me parecía un azar excesivo, lacerante.
No quería ensuciar mi ropa, aunque en ese momento, ya sin esperanza en local o en el sábado o en la vida, hubiese dado lo mismo. Repasé la mirada alrededor buscando algo para limpiar el teléfono y la encontré justo al lado de mi pie derecho. Era un pedazo de corteza irregular de poco más de cinco centímetros. Corteza que en principio parecía un trozo madera demasiado seca, inservible en mi caso. De todas formas, algo me empujó a examinar el pedacito. En la cara opuesta a la madera seca me encontré con una superficie cubierta de musgo perfectamente distribuido en las tres cuartas partes del trozo. A pesar de los días de lluvia, el musgo se había mantenido humectado en la cantidad justa, parecía sano, verde, no estaba mojado ni seco, las pequeñas fibras del musgo se mantenían erguidas de tal forma que ridiculizaban a todos los pobres intentos de paños de limpieza que se han inventado. Tomé el trozo con el pulgar en el cuarto restante sin musgo -expresión máxima de la ergonomía-, y limpié la cagada con una pasada.
Antes de irme creí entrever entre las ramas a los pájaros bebés. Busqué hasta entender que no necesitaba saberlo. Tomé la bicicleta, guardé mis cosas y volví a casa lentamente, aún acongojado, pero con la dulce certeza de que había presenciado un milagro que me iba a costar entender una cantidad incómoda de soledades y dolores.
Fiebre de sábado por la mañana
Conozco a un tipo, amable y coherente, que se dedica a la minería. En no pocas ocasiones tuve que hacerle de espalda mientras le acorralaban, generalmente, entre tres o cuatro personas entre los que alguna vez constaban amigos míos. El motivo era el mismo de siempre: no comprendían cómo es que alguien como él, un tipo amable y coherente, se podría dedicar a la minería. En las primeras ocasiones, este tipo daba espacio a fogosas discusiones alrededor del impacto ambiental, la minería responsable y las contradicciones supinas de los grupos progresistas. El pobre terminaba casi siempre magullado, aplastado bajo las miradas de auténtico asco. Un día me dijo que sucedía casi siempre en el ambiente de la clase media alta Quiteña, rica en jóvenes revolucionarios de universidades privadas. En cierta medida, gente como él y yo. Recuerdo que en una ocasión casi provoca que una mujer le propicie al menos dos derechazos y una patada. Le había dicho que renunciar a la minería de forma abrupta era una ingenuidad porque sencillamente todos la sostenemos y dependemos de ella. Para rematar la frase añadió con cierta saña “Eso que tienes ahí ¿no es el último iphone? Y esa cámara tan bonita ¿no es una réflex? ¿De dónde crees que viene el tungsteno y el coltán con el que se fabricaron? No sé si eres capaz de renunciar a esos aparatos de la noche a la mañana. Y eso que esos son los dispensables” Esta frase fue una provocación excesiva para la chica que, en ese momento, casi se lanza encima del tipo que tiene más de un metro ochenta y cinco de estatura. Inmediatamente, sus amigos la detuvieron y el grupo se dispersó para bien. A partir de ese ataque frustrado, el tipo evita hablar de su profesión casi siempre o, en última instancia, finge tener la profesión del amigo de turno. Un día en el que fingía ser arquitecto, me dijo que él también creía que la minería es un despropósito, que no puede continuar, que es necesario encontrar otras fuentes de desarrollo y que él, dentro de lo posible, hace lo que puede para que el impacto de su profesión sea el menor posible. Por eso trabaja en campos mineros en regla, esos que cumplen con normas alineadas con el futuro verde del planeta. En ese día me regaló la frase que se quedó en mí hasta la fiebre de este sábado en la mañana. Tomó aire, inflo los pulmones y soltó todo como un suspiro mezclado con palabras cercanas a estas “Lo que no entiendo es cómo es que tienen la sangre en la cara para acribillarme. Si digo que soy arquitecto o ingeniero o músico o futbolista no pasa nada. Pero si digo que trabajo en minería, de pronto se suben a un podio moral y me escupen desde arriba. No quieren ver su propia contradicción. Es cansado”.
Hasta este punto me parece poco apropiado llamarle amigo al tipo que conozco. Aunque supongo que es mi amigo porque comprendo y siento su pesar. Le creo. Era cansado ver cómo tenía que explicarse frente a unos desconocidos. Unos desconocidos que, por otra parte, no tienen ninguna autoridad ni respaldo moral como para superponerse a un trabajador promedio de cualquier cosa. Esa fue una de las primeras decepciones que tuve del ambiente independiente en mi ciudad. Es decir, una de las primeras decepciones de mis pares y de mí mismo.
El ambiente se divide, grosso modo, en dos: los más jóvenes son nuevos profesionales con una cuidadosa apariencia alternativa y excesiva seguridad que se esconde casi enteramente en una fachada de jóvenes promesas o intelectuales guapos que les sostiene cualquier inconsistencia como una grapa de acero inoxidable. La palabra experimentación y sus respectivos derivados, se extienden en este grupo como se debió extender el Covid en la boda de esos oligarcas del Guayas. De todas formas, no se puede decir que no hay ningún deseo de cambiar. Sea lo que fuere. Hay un auténtico deseo de cambiar. Por otra parte, los que se alejan de la juventud, no parecen viejos, pero si son abiertamente pesimistas. Se puede decir que han superado las ingenuidades cándidas del grupo joven, han encontrado una especie de compromiso con lo que hacen, pero también se han encontrado con que su trabajo no cambia nada, en términos rigurosamente prácticos. Este segundo grupo está compuesto por personas que tienen que pagar la vida en sus facetas más tristes (pagarés, hipotecas, facturas, préstamos) y, por lo tanto, no han conseguido escapar de la apariencia severa con aire de frustración grisácea que se apodera del adulto promedio. Por lo general, en este grupo no se habla del trabajo con frecuencia y, cuando sucede, se hace con cierta resignación de fondo. Todos saben que no es gran cosa. La madurez recuerda que, pensándolo bien, nada es gran cosa.
Dado que yo pertenezco a este segundo grupo, a veces me levanto con la cara severa a tratar de sobrevivir con mi emprendimiento. Me gusta decir mi emprendimiento porque siento que me pone a la altura de esas nobles iniciativas de gente para superar la pandemia. O haciendo velas, o haciendo postres o haciendo encebollados. Por supuesto, en este grupo no incluyo a esos emprendimientos que están enmarcados en una poderosa transnacional que se valió de discursos baratos de couching para convencer a la gente que son libres. Esas empresas que hacen pomposas reuniones motivacionales con globos, música techno light e insignias de nombres recalcitrantes. Tengo claro que un emprendimiento de velas o encebollados tiene más decoro que una estructura que crea influencers de lata.
En fin. Ahí, sobreviviendo-sobreviviendo me pregunto cuál es la esperanza del grupo viejo con cara amargada. No solo del grupo independiente intelectualoide, sino de todos. De ese grupo que comienza a vivir con cara larga, sin creer mucho en nada, andando nada más que por andar, pero sin el sol al hombro. A mí me tocó ver el refugio triste del narcicismo intelectual, que se regodea en la fama menor. En otros círculos probablemente el refugio tome forma de machismo fulminante o de ambición desbordada. Quién sabe. A fin de cuentas, toda esta letanía nació de una lección sencilla que, hace muchos años, un hombre a quién creo, me dijo. “En la vida hay que creer en algo para vivir”.
Esta mañana, me había despertado sin creer en nada. En un momento y sin ninguna razón aparente, tomé mi libro de Banksy y sonreí de una forma que no recordaba que podía. Es una de esas sonrisas que provoca una vibración fría en los brazos parecida al vértigo. Es una especie de pulsación eléctrica que proviene de una energía sin origen localizable. Es el poder de la convicción. Ese poder que hizo que el Pepe se aguante algunos años en la cárcel y que hace que las miradas de ciertas personas sean fulminantes.
Cuando terminé de leer el libro, todavía con la sonrisa, me dije a mi mismo que debería rayar esta puta ciudad algún ratito. Probablemente no cambie nada, pero, a fin de cuentas, quién sabe.
Quién sabe.
Sonsacada de Secreto Turro
Capítulo II
La pregunta no era, en cualquier caso, nada del otro mundo. Pensaba que era una continuación lógica, inevitable, a cualquiera se le hubiese ocurrido lo mismo: si alguien extraña algo o a alguien, debería ser capaz de explicar a breves rasgos por qué o, en su defecto, al menos tendría que alcanzar a enumerar la lista de lo que habría constituido el qué. No obstante, él sabía y había olvidado una vez más (tragedia circular) que lo que se extraña no siempre se puede precisar. Al contrario, muchas veces carece de contornos y definiciones concretas y por lo mismo excede rápidamente a su propia naturaleza, se expande y crece y ocupa ya no solamente lo que existía en la memoria, en esos recuerdos que pugnan por sobrevivir; sino que absorbe violentamente a todo lo que toca. Lo que se extraña es súbitamente inconmensurable. De la nada, unos ojos pueden ser un lago, un cielo, una calle, un barrio o un país entero.
Afortunadamente, Santiago no tenía tiempo para pensar en estas vicisitudes, más bien estaba concentrado en la respuesta que salía de la boca de la conocida mientras se resignaba a continuar con la conversación que hubiese preferido evitar. ‘Mmm no sé verás. Creo que el ambiente es increíble, como que siempre hay algo que hacer y hay full gente de diferentes culturas. Aparte de todo lo que ofrece, ¿me cachas? la comida, los parques, la seguridad, el transporte… Es hermoso, cómo la extraño. No es lo mismo aquí. A veces, es como que me siento atrapada’ La respuesta no le había parecido mala, aunque si algo genérica, especialmente por lo del “ambiente” que consideraba una descripción pobre que se podía aplicar sin problema a lo que sea. Reflexionó por un instante si su baño tenía un buen ambiente y concluyó que sí. Después, casi sin pensar mucho más, contestó con tranquilidad ‘Sí te cacho, si tiene buen ambiente…’ hablaba en serio, pero claro que bromeaba ‘…pero aquí también tienes buenos parques, además que tienes montañas increíbles muy cerca ¿no? Y con algo de cuidado se puede andar por donde sea. El transporte es superior, es buenazo, eso sí es indiscutible. Y si tiene cosas para extrañar, si te cacho. En todo caso, creo que aquí tienes cosas igual de buenas, quizás no están a la mano, quizá hay que buscar, pero hay’. La chica le clavó los ojos con algo de impaciencia y paternalismo, era la mirada que se le regala a los niños cuando han hecho algo ingenuo o una travesura moderadamente nociva, como cuando se arrojan con gusto un plato de comida recién servida en la cabeza. ¿Está molesta? Qué vamos a hacer, no hay duda de que uno es el que se pone el pie. Pensó. ‘Ay Santi, ya vas… no es lo mismo. Yo salgo de aquí a pie y me violan, me matan. No es por nada, pero a nosotros nos falta años luz para llegar a Europa’ Tampoco hay duda de que los diminutivos en una discusión deberían ser penados por la ley. Mazmorra inmediata. Y peor a esos que usan el “querido” o “querida” con seguridad pretenciosa. A esos a los que no les sale de la jerga espontánea sino como imposición arrogante. Qué huevada lidiar con esto. Tanta huevada para mearse encima, para reiterar que aquí nunca es suficiente ‘Tal vez tienes razón’ dijo Santiago ya sin ánimo y torció la cabeza hacia la vista.
Era hermosa por misteriosa: la pendiente verdosa se mezclaba indistintamente con la neblina que se movía a una velocidad inverosímil: era una masa espesa que se comía árboles, postes, casas enteras en unos segundos solo para después dejarlas entrever nuevamente. Las estrellas sobresalían en el azul de fondo que se aclaraba radialmente y de a poco conforme se acercaba a esa luna, que era más bien corriente. La luna quiteña siempre luminosa y pequeña había pensado Santiago mientras sonreía hacia adentro por la rima involuntaria. A los lados, el doble perfil montañoso se cerraba diagonalmente y remataba en una explanada tupida de luces parpadeantes y ligeramente borrosas. Frente a esa vista, era indiscutible que ese bendito páramo quieto era también bello. Pero Santiago no quería o no podía verlo porque había caído en la manía perversa de pensar en lugar de ver. Pensaba en la vista que recibía a todas sus mañanas, la que provocaría la sonsacada del secreto turro. El Cotopaxi, Los Illinizas, El Corazón, El Cayambe. Un auténtico cerco de gigantes que rodean a mi ciudad. Gris, irregular, ruidosa, pero mi ciudad. Había sentido un repentino mal sabor después de este pensamiento. Era una especie de culpa espontánea en forma de duda Quién sabe, tal vez tiene razón, esto en frente es una excepción. La verdadera ciudad, aquí arribita, es gris y está rota.
Pensó en su calle repleta de luces, ruido insufrible y un surtido de olores con fondo común de smog y fritura. En seguida su pensamiento se detuvo en los rostros tristes y cansados que flotan al final de la tarde. Le entristecía pensar que, a las cinco y media en punto, los transeúntes tienen cara de buscar refugio, de escapar de algo. Después, sin ninguna disposición voluntaria, su cabeza se posó en el Panecillo, que siempre le había parecido una navaja de doble filo. Durante la noche, todavía se sentía la solemnidad del páramo, que se percibe solamente en silencio. Al contrario, durante el día, lo que se alcanzaba a ver, en cualquier dirección, era una sábana gris que cubría a todo y a todos. Definitivamente no le gustaba esa vista durante el día. Le gustaba otra. ‘¿Fueron a los bunkers?’ Dijo de pronto sin un ápice de voluntad. Su pregunta había silenciado, nuevamente, a todos. ‘No… yo no cacho. ¿Qué es?’ Respondió cualquiera. ‘Nada especial. Un mirador bonito’ dijo Santiago, en parte avergonzado por la impertinencia, en parte anhelando la soledad pura. Su naturaleza gregaria le había empujado a continuar con la conversación indeseable. No tenía la menor intención de discutir sobre Los Bunkers, ni de su importancia para Barcelona o para él. En otras circunstancias, tal vez describiría a la bandada de golondrinas más grande que ha visto, o al agua que se funde con el cielo, o a cualquiera de las imágenes a contraluz que permanecen estáticas, como serigrafías cuidadosamente impresas sobre las paredes rojizas de su cabeza. Tal vez en otras circunstancias.
Por fortuna, la impertinencia de Santiago había pasado desapercibida porque sus plegarias habían sido escuchadas. El trajín del pago de cuentas y planificaciones para futuros encuentros improbables se había superpuesto. Eventualmente, Santiago se encargó de dar el dinero justo que le correspondía, elaboró una excusa comprensible y se fue caminando solo, sin saber muy bien a dónde iba, masticando cada palabra que no había dicho.
Sonsacada de secreto turro
Capítulo I
En una tarde cualquiera y debido a circunstancias irrelevantes, Santiago conversaba con algunos amigos y conocidos en un café en Guápulo. Le gustaba de ese café porque no era excesivamente caro, la vista y la música eran buenas y había algo entre caótico, decadente y colorido en la decoración de la casa vieja; le hacía sentir que todo vale en ese lugar, cualquier cosa podría pasar, hasta la materialización de una pintura del Luigi.
No se puede decir que estaba distendido en la conversación, principalmente, porque nunca lo estaba en ninguna. Pensaba que nunca nadie retira del todo la posición defensiva, hay una voluntad interna que empuja a permanecer atento, aún sin justificación o amenaza de peligro de ningún tipo. De modo que Santiago, en la medida de lo posible, conversaba aparentando la más natural soltura sin dejar de pensar que todos están igual de condicionados que él. Con algo de resignación, de cuando en cuando soltaba una broma, bebía un trago del canelazo con sobreprecio grotesco y se dedicaba a rumiar pensamientos secretos.
En un momento también irrelevante, tras uno de los silencios naturales de las conversaciones grupales (esos que se tienen que rellenar con sorbitos de canelazo o suspiros o cigarrillos. Es eso o se corre el riesgo de que la reunión pierda el aliento y todo se finiquite ahí mismo de un solo tajo) una conocida soltó un comentario con voz melancólica ‘Ay chicos, yo en serio que le extraño a mi Barcelona’. La frase se quedó suspendida unos segundos esperando por la continuación de cualquiera. Uno, dos y tres. Una amiga -de ella- respondió ‘Es verdad, yo también la extraño tanto, cada día. Cada día más…’. Inmediatamente después de la respuesta, el ambiente se llenó de oportunos comentarios que confirmaban la falta que hacía esa ciudad en los corazones de todos, incluyendo a los que no habían estado ahí nunca. Todo el grupo se había transformado en una comunión de memorias y nostalgias, todos compartían, todos extrañaban. La apología ilustrada de la Saudade con mayúsculas. Pero Santiago no. Se había quedado atrás, mucho antes, estancado en ese adjetivo posesivo que le descolocaba. Pero si Barcelona no es tuya. Qué frase huevona había pensado. Como a todos, ciertas actitudes, ciertas inclinaciones muy específicas le eran insufribles. Y ni siquiera desde el punto de vista argumentativo, simplemente le fastidiaban, como el olor persistente a mierda que no se ha localizado aún, lo contamina todo. A él, el malinchismo fácil y difícil le provocaba úlceras ‘Es bonita Barcelona ¿cuánto tiempo estuviste ahí?’ Santiago había disfrazado la acusación con cortesía de sabandija. ‘Estuve un año haciendo mi maestría, te juro que fue el mejor año de mi vida, vivía cerca de…’ Justo ahí había dejado de escuchar. Había escuchado lo único que le importaba, el resto era un relleno que ni siquiera llegaba a ser irrelevante, era obligatoriamente prescindible. En lugar de prestar atención, Santiago se había dedicado a pensar que ese es el amor de lata del ecuatoriano clase media alta. No es raro que varios universitarios ávidos de aventuras trepidantes en metrópoli europea se encuentren con sus mismos compañeros en las aulas de la UPC. Pensaba en la broma de su ingeniero que bromeaba bien a veces: “A la UPC ya le conocen como Politécnico Eloy Alfaro, hay menos ecuatorianos en la San Francisco que ahí” De todas formas, aún sin poder aceptarlo frente a sí mismo, Santiago no podía contradecir del todo a la mujer con posesivos fáciles. Sabía que Barcelona es fácil de extrañar: es hermosa, realmente vibrante y tiene un encanto que en su momento también se había apoderado de él. No le gustaba, pero Santiago sabía que también había sucumbido al brillo. Pero ahora ya no tenía tiempo de pensar en sí mismo porque otra pulsión se había apoderado de él, tenía que malograr ese amor de lata, ponerlo en duda, ridiculizarlo. Tenía que exponer sutilmente y frente a las orejas de todos a la contradicción lacerante. Sabía que probablemente no sacaría nada bueno de ello, el ambiente se pondría incómodo y seguramente habría que cambiar de tema para conservar la compostura protocolaria que se tiene en los lugares donde hay confianza, pero no realmente. Y no se podría decir que eso no le importaba, que le tenía sin cuidado la incomodidad de sus amigos y conocidos. Es que no pensaba en ello en absoluto, estaba en automático. Nunca había podido controlarlo: en cuanto alguien se aferraba a un argumento medianamente inestable, él tenía que hacerlo evidente. No necesariamente destruirlo, pero si tenía que hacerlo evidente. Santiago no conseguía entender porque las certezas casi siempre le parecían ingenuidades o posiciones desesperadas de protección. Y era peor cuando eran posiciones gratuitas, espontáneas, propias de espíritus infantiles que pueden disfrutar del césped en el parque un buen día sin pensar en nada -Y a pesar de todo, Santiago intuía que en el fondo les tenía envidia. Una envidia pequeña pero bien clavada en el centro del pecho-. Antes de contestar, con voluntad o sin ella, en su cabeza reverberaban las frases de los derrotistas que abundan “es que en este país no se puede…” “es que el ecuatoriano no tiene cultura” “es que las cosas no son, pues, como en Europa”. Se repetía ya sin ningún criterio la retahíla de cuentos internos que les recuerdan permanentemente a los latinos que su tierra es una forma deficiente de una verdadera tierra que está lejos, del otro lado del mar, regodeándose en su perfección. Estos pensamientos le encendían el cuerpo como el licor, le temblaba la boca, le temblaba una ceja.
‘¿Qué es lo que más te gusta de Barcelona?’ dijo sin demasiado tino. El tono acusatorio fue evidente esta vez y había interrumpido algunas conversaciones dispersas, al punto que el silencio comenzó a apoderarse del grupo. La conocida, más confundida que ofendida, pensaba en la respuesta que iba a dar mientras Santiago pensaba, esta vez con limpia claridad, que todo era inútil y contradictorio, comenzando por él. Menos mal, esta gente no lee la cabeza pensó Menos mal nadie lee la cabeza, mejor dicho. Debería callarme la boca, pero ahora no hay como hacerse el cojudo Modificó el tono y compostura y preguntó nuevamente
‘No, en serio ¿qué es lo que más te gusta de Barcelona?’ y se preparó para una discusión que hubiese preferido no tener.
Una deficiencia grande
Uno de mis amigos más queridos es un jipi jipi. Tremendo: pantalones flojos de tela, jerga esotérica y actitud de displicencia frente a algunos temas relacionados a la ciencia. En suma, alguien en quien yo no confiaría en absoluto de primera mano. Sin embargo, yo lo conozco bien y sé no solamente que es un tipo extremamente inteligente (ejemplo cualquiera: un día me entero de que da clases de italiano a niños chinos hijos de migrantes. Habla chino. Es inteligente, bacán y socialmente responsable), sino que, en su vida, ha sabido poner en duda sus propias convicciones para crecer, para darle valor a su vida y ponerse al servicio de los demás y de la vida misma, como él diría. No con esa pretensión vacía que ahora usan los coachers y algunos conocidos que han caído en desgracia, con los lugares comunes de “sal de tu zona de confort” o “encuentra tu balance financiero” o peor “no olvides tú eres el promedio de tus amigos, si ellos no ganan lo que tu anhelas, entonces cambia de amigos”. Como si los quereres fueran activos que se manejan en una tabla de excel. Puras y llanas pavadas. Pero mi amigo no. Él lo ha hecho y lo hace auténticamente. Se ha preguntado por la vida y ha respondido con valentía. Y no encuentro actitud más grande para vivir. Por eso lo quiero y respeto.
Mi amigo tuvo la amabilidad de señalar un don que tengo. Un don que no sé por qué tengo, pero está ahí y es verdadero y hermoso. Un don que, por otra parte, no voy a discutir aquí, porque de nada sirve afirmarlo. Lo malo es que, como siempre sucede, a este don se le contraponen una serie de deficiencias incorregibles. Actitudes, defectos, estigmas que conviven conmigo permanentemente. Laten y tienen peso.
Hay una deficiencia que me estorba especialmente porque es cruel y subrepticia. Siempre que pienso que he aprendido de ella, que la he superado, que no existe más; me lanza una cachetada a la cara. Me muestra mi inconsistencia supina, mi abierta y kilométrica estupidez. Y esta sensación se intensifica cuando veo a otros, próximos y lejanos, que saben manejar este problema con una facilidad que da envidia.
Esta deficiencia es la siguiente: en circunstancias de dolor, angustia, ansiedad y hasta miedo; tiendo a contrarrestar estas sensaciones a través de una concentrada sesión sesuda en solitario. Doy vueltas y vueltas intentando calmar la cabeza, el cuerpo y el alma. Y pruebo de todo: hago ejercicio, pienso, medito, lloro, grito, corro. Y claro que funciona. A la larga funciona. El problema es que siempre me olvido de que esta estrategia es ineficiente. Ingenuamente ineficiente.
Últimamente he tenido días grises e intenté de todo. Mi carrera en solitario otra vez. Y he mejorado de a poco, claro, pero no se podría decir que estaba bien. No obstante, el día de ayer, por alguna coincidencia bendita, decidí llamar a mi mejor amiga y acordar una clase de yoga con ella. Claro, ahora me parece una obviedad que raya en la ridiculez. Como si tuviera sed y dos vasos, uno con agua y otro con máchica y me hubiese decidido voluntariamente a tragarme máchica como mejor opción (Si no saben qué es máchica, imaginen un vaso con harina en medio de un solazo insufrible). Mi amiga no solamente es la mejor profesora de yoga que uno podría imaginar (pedagógica, paciente, explicativa, serena); sino que abiertamente y sin ningún interés detrás, ha estado dispuesta a escucharme y ayudarme con su actitud sanadora, en cualquier momento. Siempre y en cualquier momento.
Y yo, incomprensiblemente, la mayoría de las veces, sigo prefiriendo el vaso con máchica.
A veces, cuando estoy sereno, me sorprende lo profundamente irracionales que somos. Necios y torpes, trágicos, con todas las armas en alto para sabotearnos cuanto antes. Inexplicable. Menos mal la coincidencia bendita me salvó esta mañana y todo este día. Mañana, otra vez, habré perdido mi capacidad de ver la solución nuevamente y no sabré apreciar el milagro de su poder. Pero hoy, al menos hoy, estoy bien.
Gracias amigos, gracias amiga por ser mi vaso de agua.
Carta al Doctor Santo
Mi estimado Dr. Santo. -
Ayer hubiese sido incapaz de escribirle una carta como esta. Estaba furioso, tenso pretendiendo la más llana tranquilidad (una de sus formas más desagradables) y sin ánimo de lidiar con cualquier tipo de litigio, como lo llamarían en su jerga.
Pero ahora estoy más tranquilo y por eso escribo, Dr. Santo. No para ofrecer explicaciones de ningún tipo, ni para justificar su proceder (no se confunda mi Doctor, yo creo que usted es un caradura olímpico, como mínimo); sino porque entiendo esa frustración suya. La vi claramente en sus ojos histéricos mientras me ametrallaba con las petulancias adornadas de su gremio, esas que afirman precisamente lo que uno no debe atreverse a afirmar de sí mismo, porque, en cuanto se salen de la boca, todo adquiere apariencia de floritura, de bisutería, de falsedad. Yo soy un hombre honesto, he sido y soy una persona recta y correcta, encarecidamente, honestamente, amablemente.
Quizá por eso no me gustan los de su gremio, Dr. Santo. Son invariablemente sospechosos, siempre con segundas intenciones, con cizaña disfrazada de amabilidad. Y no digo esto con inquina, Doctor. Esto también lo entiendo bien: ustedes están condenados (incomprensiblemente, la mayoría a su voluntad) a ajustar, engrasar y girar los engranajes de una máquina que no solo está mal construida, sino que todos lo saben. Y ustedes más porque es su oficio. Mi estimado Doctor, usted y los suyos saben perfectamente que en esta gran máquina la verdad importa poco o nada, lo único útil es lo que se puede probar. Por eso empujan siempre a una especie de paranoia autoimpuesta, a tener cuidado porque la regla número uno de la máquina es asumir que todos son perniciosos y hay que protegerse. Hay que cuidarse las espaldas porque todos tienen cuchillos. ¿Sabía usted que el gobierno de los Estados Unidos pregunta directamente si usted es un terrorista cuando solicita una visa en su embajada? En principio, cualquiera podría pensar que es una inocente bobería. En realidad, es una pregunta cuya única utilidad es agravar cualquier injuria, de modo que, si usted comete un delito que se considera terrorismo, será juzgado por eso y por mentir deliberadamente contra el gobierno. Ayayay, Dr. Santo, usted coincidirá conmigo en que los gringos son, en algunas cosas, más peligrosos que cargar un buen saco de alacranes en la espalda.
A propósito de protegerse, ayer leía en un librito lo siguiente: Callar, callar, la gran aspiración que nadie cumple ni aun después de muerto, y sin embargo se nos aconseja y se nos insta a ello en los momentos más gráves: “Calla, calla y no digas nada, ni siquiera para salvarte. Guarda la lengua, escóndela, trágala aunque te ahogue, como si te la hubiera comido el gato. Calla y entonces sálvate”. Supongo que usted gusta de leer, Doctor. Vi que en su librero usted conserva una copia de El Proceso de Kafka. Me sorprendió que haya sido publicado por una editorial judicial. Es como si la Fifa financie y publique un libro de la historia de la corrupción en los mundiales. Tengo curiosidad de saber qué sintió cuando lo leyó si es que lo leyó ¿sintió la desesperación de la burocracia eterna e infinitamente ramificada? ¿o más bien se sintió cómodo con un relato tan natural, tan corriente como su día a día?
De cualquier modo, Doctor, no crea que no me he preguntado quién soy yo para sostener estos puntos de vista que le pueden resultar polémicos y hasta injuriosos. Tiene razón, no es que tengo ninguna autoridad en el asunto. Pero créame que sí tengo personas que quiero y que tuvieron que estar demasiado tiempo con los de su tipo. Y son fáciles de identificar porque, después de la experiencia, de pronto asumen una posición pesimista, con actitud defensiva y desconfianza generalizada. Yo creo que se debe al encuentro cercano con la máquina que usted ayuda a perpetuar, mi estimado doctor. Les chupa la vida.
Una vez que entendí esto, mi enojo disminuyó. Comprendí que usted, en cierta forma, está más jodido que yo. Pero lo que redujo completamente el odio a una tristeza plana y amplia, fue comprender su frustración. Quizá no se percató, pero hasta ahora no le dije cómo es exactamente. Su frustración no es otra cosa que el producto de la impotencia, Dr. Santo, y esa es la razón por la que no le guardo rencor. Porque comparto, en cierta medida, esta impotencia suya. Y esta se manifiesta en mi como frustraciones de otras índoles que no tienen razón de ser en esta carta.
Mi buen Doctor ¿Qué puedo esperar de usted, de mí mismo, hombres corrientes que tienen que soportar las terribles burlas de los verdaderos artífices de la gran máquina? ¿Cómo podemos exigirnos ser dolientes, comprensivos, éticos y hasta auténticos si tenemos un presidente que miente incluso en nimiedades como un tweet? ¿Cómo tomarse en serio lo que sea si los políticos que nos gobiernan le roban al mismísimo hospital público? Es como tener un arma y dispararle con furia en la rodilla buena a un cojo. ¿Qué esperanza tenemos si, como los denominó mi amigo, los hijos de la patria de Abdalá Bucaram y Lucio Gutiérrez se atreven a persistir en la política del país a pesar de su reputación tan podrida que hasta ahora nos provoca sarpullidos?
Imagínese esto Doctor, el gobierno italiano les ofrece 500 euros de bono a los que quieran comprarse una bicicleta para movilizarse y así evitar más contagios. Una buena Tacuri cuesta 300 dólares aquí, mi doctor. Es decir, a usted le dan ese bono y se compra la bicicleta, me paga la deuda y le invita a comer a la familia. Aunque tal vez no es tan buena idea doctor, hágame caso cuando le digo que nuestras ciclovías son otra burla. Imagínese que la novia de un amigo cuenta que el gobierno de la reina veterana le cubre el 60% de su sueldo y que, además, le protege en caso de que su empresa intente despedirla, aún estando en periodo de prueba. Y así tantos ejemplos mi buen doctor.
Tuve la sensación de que, quizá todo sería diferente si no estuviéramos tan desamparados, tan vulnerables, mi Doctor. Quizá usted sería más prolijo, más cumplido, menos caradura. Quizá yo no tendría esta sensación incómoda del privilegio, porque la verdad es que, por avatares de la vida, yo tengo menos que perder que usted.
Ayayay doctor, si las cosas fueran diferentes hasta podría darse chance de leer esta carta y no luchar por el día a día, como un perro callejero cualquiera.
El Plan B
Me gusta Interstellar. A pesar de las numerosas calificaciones de sobrevalorada, entre ellas las de Rick Sánchez, uno de los mejores personajes de toda (toda) la animación. Es posible que se deba a mi inclinación por la ciencia ficción, pero yo disfruté mucho de sus casi tres horotas de película, a pesar de su guión a ratos flojo (en un lapso de 15 minutos el Matthew acepta irse al espacio y se pasa por las nalgas a su familia y cualquier duda existencial) y algunos recursos narrativos incomprensibles. Quizás con una hora más se resolvían mejor esas irregularidades en la trama, pero nadie puede decir que es una película mala. Y el que crea que es mala, debe ver una de las últimas películas del Eugenio Derbez que, además de ser adaptaciones toscas de comedias románticas gringas, se gasta forzosamente al personaje del chicano como migrante chiro y bacán. La última vez que viajé en un bus interprovincial, decidieron cambiar los clásicos noventeros de Jean Claude Van Damme y Steven Segal (filmes de acción simples, pero con cierta sorna sabrosa como los de Tarantino) por películas de este tipo que no tienen nada de nada.
De cualquier forma, la película, buena o mala, no tiene importancia ahora. Lo que tiene importancia es una porción de la trama que me da vueltas constantemente en estos momentos de cuarentena: el Plan B, la colonización. En la película, el Plan B consiste en enviar una cepa de embriones humanos a otro planeta para colonizarlo a raíz de la inevitable destrucción de la Tierra. Lo interesante es que los personajes se enfrentan a un acto de enorme valentía porque deben proceder de un modo que no nos es natural: deben pensar como especie. En ese sentido, la película es consecuente con nuestra conducta común, dado que los personajes se embarcan en la odisea creyendo que hay un Plan A que nunca existió. En la película se intenta retratar esta contradicción de la forma más conmovedora posible pero no parece muy convincente. En estos días comprendo bien por qué.
¿En qué circunstancia hemos pensado como especie?
Estamos sujetos todos a conceptos de pertenencia inalienables. Si digo familia, no solo podemos entender la extensión y naturaleza del concepto, sino que podemos sentirlo con cálida precisión. El problema es que a medida que el concepto crece en escala se vuelve abstracto y frío. Barrio, ciudad, país, continente, planeta, especie. Cada vez más extenso y dificil. Eso explica porque somos descaradamente indiferentes con las tragedias que rebasan nuestra comprensión integral. Hambre, genocidio, deshielos, contaminación, violaciones. A pesar de conocer lo que sucede podemos convivir con ellos con menor o mayor frustración. No los comprendemos porque, en la mayoría de los casos, entendemos las circunstancias, pero no nos llegan a doler sus dolores.
¿Cuánto nos dura la muerte impune de los niños víctimas de la guerra? ¿Una hora? ¿Un día? ¿Una semana?
Y de pronto el Coronavirus. La pandemia que nos obligó (tristemente, los cambios siguen a las circunstancias y no a la voluntad) a pensarnos como especie. ¿Qué significa esa improbable situación en que procedemos del mismo modo que italianos, portugueses y chinos? ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo se vive como especie?
Superficialmente están las conductas obvias y elementales: no salir de casa, no comprar todo el papel higiénico, no malgastar mascarillas y, digo esto con la inquina más negra, no ir a laguna park. Sin embargo, debajo de esas, están las estructuras más sólidas que no sabemos cómo romper. Aquí van un par: ¿En serio mandamos nuestros excrementos por el escusado con el agua más pura de las vertientes del Cotopaxi? ¿De verdad el presidente del país más poderoso del mundo es un tipo que tenía un programa de televisión de lata y todo lo que dice en vivo es dudoso? ¿En serio los Quiteños calificamos de indios vagos a los tipos que ahora nos alimentan en nuestra implacable inutilidad de cuarentena?
No tengo ni idea de cómo modificar esa estructura. Solamente tenía esta reflexión sencilla que no tiene ninguna pretensión fatalista o esperanzadora. Solamente más preguntas. Más preguntas desde el privilegio de clase, si quieren. Como sea, más preguntas. Hay quienes pueden dar forma a estas intuiciones sencillas como las de este texto. Adjunto una que llegó a mi gracias a un gran profesor:
https://www.eldiario.es/tribunaabierta/pasando-realmente_6_1006909312.html
Nuevamente en la película, el personaje de Matt Damon dice:
“La evolución aún tiene que trascender esa simple barrera: podemos cuidar profundamente, desinteresadamente de aquellos que conocemos, pero esa empatía raramente se extiende más allá de nuestra perspectiva”
¿No es este el momento de trascender?
Las tres esperanzas y la apología de lo comunal
En 1977, Ernesto Sábato dio una entrevista brillante en el programa de televisión española “A fondo” que recogía conversaciones con los más prominentes escritores del siglo pasado. Entre varios comentarios potentes (como decir que los astrónomos son neuróticos irremediables o como decir que hacer revolución en Latinoamérica desde Europa es una tontería) Sábato toca un tema curiosamente relacionado al libro que presenta Al Borde. Tiene el mismo sabor a esperanza.
El escritor sostiene que la mitificación de la ciencia sucedida a lo largo del siglo XX ha reducido al hombre a un engranaje, un hombre cosificado, alienado de su propia naturaleza. Y esto sucede en las dos posiciones antagonistas de la época, tanto en el supercolectivismo del flanco ruso como en el supercapitalismo de los Estados Unidos; el hombre ha sacrificado su integridad para formar parte de una maquinaria más grande que precisa de seres incompletos.
Sábato sugiere que la solución está en lo que llama comunitarismo. La comunidad como patria a la escala del hombre, donde se garantiza la integración de lo mental y lo manual, lo racional y lo irracional. La comunidad como garantía del hombre íntegro, “el hombre de nombre y apellido que padece las tribulaciones de su comunidad”. Es interesante cómo esta última frase, aparentemente trivial, esconde una verdad terrible y sigilosa que perdura, desde hace mucho, en nosotros. No vivimos en comunidad no solo porque no somos íntegros, sino porque somos frontalmente indolentes. Es el precio que pagamos por vivir en grandes ciudades, en pequeñas cajas de concreto, siempre con ruido, siempre con prisa: el anonimato, la no-pertenencia.
Creo que el libro de las “Las Tres Esperanzas” es de algún modo una arremetida inconsciente (por alguna razón, a Al Borde no le gusta o no sabe muy bien cómo definir lo que hace. Y esto le viene bien al libro) contra esta indolencia y desintegración. Y no lo digo solamente en la dimensión del libro, sino del proyecto mismo. Un trabajo de más de diez años, construido en la marcha y con decenas de personas de toda índole involucradas. Yo mismo fui a cortar, transportar y clavar latillas[i] sin tener la menor idea de qué cosa son. Y es que cualquiera que haya tenido al menos un pequeño acercamiento al proyecto de Las Tres Esperanzas se enfrentó a la dinámica chocante de trabajar en comunidad: la incomodidad de sentirse abiertamente inútil y muchas veces torpe (¿cuántos de ustedes, queridos lectores, saben hacer café en horno manaba[ii]en menos de treinta minutos?) a la dificultad de llegar a acuerdos, a la predisposición necesarísima de aceptar los defectos propios, las fortalezas del otro (aunque esto signifique aceptar que un niño de 8 años maneja mejor algunas herramientas que un arquitecto graduado) para un bien común. Es un trabajo dificil y sospechosamente ineficiente, pero volveremos a esto más adelante.
El libro funciona del mismo modo que el proyecto, es un conjunto de fortalezas sumadas para compensar las debilidades. Una carta honesta y directa del profe Felipe, la mirada atenta del Jose que educa desde una trinchera que no le convence demasiado, la visión aguda de un académico que devela el papel oculto del neoliberalismo en el oficio del arquitecto, la crítica necesaria del papel de la mujer en una comunidad que corre el riesgo de romantizarse como ideal, el despiece obsesivo de una arquitectura que no nació del papel, la reivindicación de la artesanía y sus defectos, la fotografía como testigo de un proceso sinuoso. Todos aportes sensibles, diversos, heterogéneos. Tal como fueron Las Tres Esperanzas.
Naturalmente, el lector se puede preguntar con justicia ¿para qué despiezar en dibujos una serie de edificios que ya están hechos y que además se construyen en la marcha? ¿para qué hablar de educación en un librito que involucra a una escuela minúscula en la costa del Ecuador? ¿para qué entender el rol de la mujer en una comunidad de unas pocas familias? El problema no son las preguntas, sino el utilitarismo escondido en el para qué, que mide el valor de algo estrictamente en términos de ganancia. Capitalismo rancio: ¿es eficiente? ¿es pagable? ¿hay ganancia?
Eficiencia, eficiencia, eficiencia. El mismo Sábato responde al para qué en una conversación que sucede más o menos así:
- Señor Sábato, Los Kibbutz en Israel son un gran ejemplo del comunitarismo que defiende. Sin embargo ¿sabía usted que los zapatos que fabrican cuestan 4 veces más de lo que cuestan fuera?
- ¿Y a usted quién le dijo que los zapatos de los Kibbutz debían ser más baratos? Los Kibbutz no sirven para hacer zapatos más baratos, sirven para hacer mejores hombres.
Es muy probable que proyectos como este no sean eficientes, no sirvan para hacer gran cantidad de dinero y sean difíciles de pensar y ejecutar. Pero si estoy seguro de que sirven para hacernos mejores arquitectos y seres humanos.
[i] Si quiere saber qué es una latilla, le recomiendo llevar el librito.
[ii] También en el librito, Marie Combette nos regala un dibujo a detalle un horno manaba. Aunque ella se imagina haciendo un gâteau en lugar de café.
Arquitectur 014: Bañitos en triplex y Casa entre Árboles
Lecciones importantes no publicables
Cualquier arquitecto novicio se encontrará con dos sorpresas al momento de publicar un proyecto. Por un lado, se entiende que las fotografías son más importantes de lo que deberían, que toman mucho tiempo y que se fabrican con un sofisticado lente convexo que cuesta más que el kit fotográfico completo de un mortal. Por otra parte, se entiende -no sin sospecha- que uno puede publicar más o menos lo que le da la gana. A diferencia de los artículos científicos, en la mayoría de casos, los proyectos de arquitectura no se filtran a través de un comité que corrobora que lo que se diga es coherente, completo y veraz. Es suficiente con armar un paquete de fotos y textos que en la jerga publicitaria se denomina como press-kit. De modo que, nosotros los arquitectos, publicamos proyectos con discursos llenos de jardines conectores, ejes de articulación, barras de servicio y otras tautologías que no se entienden claramente, pero si que suenan bien. El arquitecto novicio entenderá que, en buena medida, somos publicistas y que en los proyectos se verá lo que queramos que se vea. Más o menos como los comerciales de dentífricos que muestran a la familia caucásica disfrutando de un sabroso pavo en el día de acción de gracias, pero nunca se ve a nadie escupiendo en el lavabo.
En contraposición a esta tendencia utilitaria y muchas veces pobre de contenido, se impone el Arquitectur, un formato de divulgación de proyectos donde se visita una obra nueva y se discute con los autores sobre su experiencia de primera mano. Las ventajas son evidentes: se puede ver el pavo, la familia y todos los escupitajos en el lavabo.
Este arquitectur comenzó con un proyecto del estudio ERDC, llamado Bañitos en triplex. La locación no es dificil de imaginar: una finca enorme y lujosa en el valle. Esas donde se gradúan los colegiales ricos y luego aparecen luciendo trajes raros en la sección “Sociedad” de la revista Vistazo. Tiene césped de estadio hasta en los parqueaderos. El encargo es diseñar un pequeño bloque de baños justo al lado de la casa principal, a manera de soporte para las actividades que se llevan a cabo en el exterior.
El bloque es prácticamente una estructura de madera de triplex combinada con cuartones de ciprés cuando es necesario. Parte de los tableros de triplex están dispuestos de tal modo que funcionan como paredes de los cubículos de baño y como tensores inferiores de las cerchas de la cubierta. Se piensa el proyecto como una estructura de cerchas que resuelve también la distribución espacial. A la estructura se le añade un juego de paredes perimetrales para cerrar el espacio, una pared central divisoria y teja industrial en la cubierta. Estas paredes son las únicas en contacto con el suelo, dado que los tableros de triplex se soportan exclusivamente en las cerchas y estas en columnas perimetrales. El resultado son unos bañitos de 40 m2, dignos de una finca aniñada, baratitos (310 dólares el metro cuadrado, según ERDC), eficientes y, sobre todo, fáciles de baldear. Sin embargo, lo más hermoso de todo, no se ve: los bañitos no debieron ser lo que son. Solamente después de un proceso de diseño de dos años, después del diseño estructural terminado (ingeniero incluido) y un proyecto de baños con unas señoras bóvedas de ladrillo; los dueños deciden que el proyecto se debe hacer, si o si, en madera.
:O
Imagino que los arquitectos sintieron esa parálisis fría que se siente cuando se manda cualquier cosa, de canto, en el fondo del escusado. Sea como fuere, tuvieron que hacer lo necesario y adaptaron todo el diseño en un tiempo récord de dos días. Un diita por cada año, siendo concretos. Según ERDC, el ingeniero aún no les odia y hasta le dio su bendición al nuevo diseño en madera.
Algunas preguntas. ¿En qué circunstancias se justifica un estudio de ingeniería para un bloque de baños de menos de 50m2? ¿Cómo asimilar un proyecto saboteado por una petición tardía de los dueños? ¿Vale la pena el esfuerzo? A veces comprendo el desdén general con el que algunos ingenieros miran a los proyectos menores de los arquitectos (sean bañitos, oficinitas, cuartitos o parrillitas). A veces parece que tienen razón. Parece incomprensible y hasta contraproducente invertir tanto en algo tan pequeño. No parece buen negocio.
Evidentemente no es buen negocio y por eso la explicación no se puede reducir a términos prácticos. Proyectos como los bañitos en triplex (aparentemente menores, pequeños, sencillos) justifican los recursos invertidos, el tiempo y el esfuerzo en un simple y llano cariño al trabajo. Si no lo creen, pregunten cuánto tiempo le toma al arquitecto novicio diseñar la terraza de sus padres. En la mayoría de casos, esa es su verdadera tesis de grado. Bien por ERDC que, a pesar de todo, hacen unos baños con el mismo cariño del recién graduado.
Casi se me olvida otra buena historia. Los dueños decidieron poner baldosas con vetas caquis encima de lo que debía ser un nobilísimo hormigón visto. A los arquitectos les importó un pepino. Dijeron y cito “hasta quedó mejor que lo que habíamos planeado”.
Para el segundo proyecto fuimos a Cumbayá, donde se ubica la Casa entre Árboles de El Sindicato Arquitectura. El recorrido comenzó en una calle no muy amplia que se dividía en una fila de casas en un lado y unos silos de buena pinta justo en frente. La apariencia de las casas tenía algo de falso lujo: patios con césped bien cortado rodeados de grandes muros de cristal que remataban en grandes muros blancos y uno que otro adorno de piedra cara o madera rústica con barniz. Por momentos parecía bien justificado el eufemismo triste de Cumbayork. Menos mal, la Casa entre Árboles no se veía así. La verdad es que no se veía ni así ni de ninguna forma. Es posible que se deba a la magnitud de las casas de la calle, pero, de algún modo, el proyecto de El Sindicato Arquitectura tiene la virtud de pasar desapercibido. El primer encuentro con la casa se da en un patio con un par de árboles grandes, unos jardines bien mantenidos, algunos senderos pequeños y un estanque justo a un lado del ingreso. La prolijidad en la disposición y orden de los jardines sugiere que alguien que sabe de plantas estuvo involucrado en el proceso, la vegetación comenzaba a tener cierto protagonismo sutil. De cualquier forma, detrás de este primer patio externo, se levanta la casa en un solo nivel. El frente se cierra casi totalmente a través una serie de paredes de bahareque que rematan en un muro alto de piedra vista en un costado. Las paredes están divididas a través de una retícula rectangular de madera que sirve de subestructura del bahareque y de modulación para las mamparas que se dejan ver poco desde el exterior. Es evidente que lo más importante está hacia el interior y desde ahí se comprende todo. Así que entramos.
La casa entre árboles se piensa como una vivienda para una persona adulta que vive sola y busca sencillez y paz. La cliente es un familiar cercano a uno de los arquitectos, por lo que no es dificil comprender las necesidades que se deben solventar. El proyecto es una casita de algo menos de 200m2, resuelta en una sola planta y con cubiertas de madera. Hasta aquí podemos pensar que es una casa genérica típica de -los que fueron- los sectores rurales alrededor de Quito. Pero no. El mérito del proyecto se puede sintetizar en dos palabras claves: patio y artesanía.
Desde el ingreso sobresale un patio central, es suficientemente grande para albergar dos árboles altos que cubren parcialmente una cómoda sala exterior que se organiza por debajo. El patio se cierra a través de una mampara perimetral que se modula del mismo modo que el bahareque de la fachada exterior. En el interior se entiende que todas las paredes son módulos iguales de bahareque o vidrio. En el interior de la casa, una rampa de pendiente ligera rodea a todo el patio, formando el recorrido principal para conectar todo el resto de áreas de la casa. Las dimensiones del espacio, la vista a la sala exterior y el color permanente de la madera me recuerdan a la Casa-taller de Francisco Ursúa. Tiene un cierto aire de galería, de algún modo se sobreentiende que en ese lugar hay que caminar despacio.
De modo que caminamos despacio hacia las otras habitaciones y ahí fue cuando ocurrió la sorpresa: cada espacio tiene su propio patio interno. La habitación principal, la habitación de visitas y hasta el baño social tiene un patio que varia no solo en tamaño sino en el tipo de vegetación que contiene. Uno es minúsculo y apenas caben las plantas y la puerta de ingreso, otro tiene una lavandería exterior de piedra y otro conforma una auténtica vista idílica al jardín desde la ducha (otro guiño que seguro le haría feliz al Francisco). No pude evitar pensar que la casa recuerda a esos ambiciosos proyectos estudiantiles que se ven tan bien en láminas pero que nunca se hacen, porque la arquitectura de las láminas no es la arquitectura que se construye. Felizmente este proyecto es una excepción y podría ser un buen referente local para enseñar a los arquitectos novicios que sí se puede hacer.
Por supuesto, para hacer, hay que hablar de factibilidad y la factibilidad de este proyecto se cimenta en una sola cosa: la artesanía. Para hacer una casa con paredes de bahareque, carpintería de madera y patios y jardines heterogéneos, se necesita un cuidado especial. En este caso, uno de los arquitectos se mudó, literalmente, al lado de la casa para controlar la construcción de cerca. Hay que aceptar con firmeza que no todos los arquitectos y mucho menos los constructores tienen la capacidad -o la gana- de hacer una cosa del género. Tampoco parece buen negocio. Sin embargo, este cuidado en la construcción se hace evidente en pequeños detalles que podrían pasar desapercibidos: la unión de los pisos de madera y hormigón, los alambres tensados que funcionan como interruptores de lámparas en el techo o los pequeños pedazos de vidrios que cierran los huecos entre las cubiertas alzadas y la estructura de madera. Y los jardines no son excepción: las áreas verdes fueron diseñadas por una bióloga/paisajista que utilizó un tratamiento especial, así como tipos de plantas específicas para cada jardín. El Sindicato Arquitectura sostuvo con seguridad que, sin la participación de Nina (la bióloga/paisajista), los jardines no hubiesen tenido el protagonismo que tienen en el proyecto.
En este punto, el lector de esta crítica se preguntará con justicia sobre algunas consideraciones obvias del proyecto. Algunas de estas dudas fueron discutidas en la ronda de preguntas al final de la visita, por lo que me permito escribir un par de ellas, las que considero pertinentes.
¿Por qué no se llama Casa entre Patios? Los nombres que los arquitectos dan a sus proyectos son siempre polémicos. Podemos decir que las normas de copyright entre colegas del oficio son mucho más severas que las que reza la ley de propiedad intelectual. Además, “Casa entre árboles” suena casi igual de bien, entonces, digamos que no hay problema.
¿Los jardines son difíciles de mantener? ¿Una persona sola podría? Los jardines no solo están diseñados de forma eficiente para que las plantas perduren con bajo mantenimiento; sino que, siendo honestos, cualquier matorral improvisado que crezca en uno de esos jardines no le va a restar ningún crédito.
Por supuesto, además de estas preguntas, se discutieron otros asuntos en la ronda final. Se barajaron preguntas sobre la sostenibilidad en la construcción, los recursos renovables, trato justo a los empleados, etc. Son asuntos que, si bien son importantes, no resultan pertinentes en esta pequeña crónica, sobre todo porque son cuestiones que van más allá de los proyectos visitados, por lo que los vamos a obviar. Lo que no vamos a obviar es un comentario espontáneo entre algunos participantes mientras cerrábamos la visita: la Casa entre Árboles es muy dificil de fotografiar debido a sus espacios pequeños, sin posibilidad de las grandes perspectivas abiertas tan populares en la fotografía de arquitectura. Sea una bendición o una maldición para El Sindicato Arquitectura, sin duda es una buena noticia para el Arquitectur, porque es un proyecto que difícilmente se puede comprender a fondo si no se hace una visita en sitio. Siguiendo esa lógica ¿se puede comprender un proyecto a fondo sin una visita? ¿se pueden reinventar las lógicas de divulgación de proyectos para que su comprensión sea, digamos, más honesta? ¿tiene sentido evidenciar los errores en los proyectos, sabiendo que es un suicidio publicitario? ¿se debe repensar los criterios de valoración de la buena y mala arquitectura?
Todas son preguntas sin respuesta fácil. Peor inmediata. Pero, eso sí, al menos por ahora, podemos conformarnos con el Arquitectur.
Por Santiago Granda
www.esecolectivo.com
Dal film di Paolo Sorrentino in concorso a Cannes una scena tagliata con Toni Servillo e Giulio Brogi.
Es posible que la voz en español de la grande bellezza no tenga la misma potencia de la expresión en italiano. Es, sin duda, lo más bello de ese idioma: la musicalidad, la fuerza, la vitalidad permanente en cada palabra, en cada gesto. La pasión que tiene más que cualquiera de las lenguas romance.
(Eso de que el francés es la lengua del amor es un cliché sobrevalorado, creo yo)
Cualquiera diría que, dado que la mayoría de cosas que se publican en este rincón del internet están en español, voy a hacer una traducción de toda la escena. Pero no. Y no lo hago por dos razones sencillas. La primera, porque tengo pereza de muerte sumada a un buen bulto de tareas pendientes. La segunda y más importante es porque mi traducción -que seguramente resultaría pobre e imprecisa- o cualquier otra, no le haría justicia al tremendo monólogo del viejito maestro cinema.
En conclusión, todo este texto es intencionalmente inútil y no importa. Vale la pena escuchar porque, aún si no se entiende una pizca, funciona como una bonita música de fondo para lo que sea que estén haciendo.
Salute a tutti.
Cafecito con pan
El amort, mijito, llega de una a tres veces en la vida, ¡máaaaaaximo!, que no se le olvide. Claro, tampoco digo que se establezca definitivamente con la primera muchachita que encuentre, pero una vez que llegue la indicada, ahí sí, no dejará pasar mucho tiempo. Aunque también esto de la indicada es una palabra peligrosa ¿no? Porque usted me puede preguntar ¿indicada por quién? ¿por usted? ¿por mí? ¿por el corazón? No mijo, si el corazón no tiene dedo ni flecha, solamente es un músculo hueco que percute sangre con ritmos surtidos, que no le digan otra cosa. Por eso no se deje engañar de esos adefesios que le dicen que escuche el corazón, porque escuchar es otra palabra peligrosa, mijo. Porque dependiendo del día, el bandido se bate a ritmo de marimba por encontrar el amort o por el descuento en el cine. Es que así es, mijito, impredecible. Otro día le llueve o se acabó el gas y no alcanza ni a acompañar una balada el pobre. Por eso hay que estar atento, no se olvide, hay que escuchar al corazón. Si, si hay que escuchar al corazón, pero no escuchar como dicen por ahí los adefesios, ¿si me entiende mijo? Igual en esta vida, usted debe saber que de amor no se vive. No se vive sin amor, pero definitivamente de amor no se vive, mijo ¿me entiende? Por eso le digo, escuche bien al corazón, porque el amort, mijito, llega de una a y tres veces en la vida, ¡máaaaaaximo!, que no se le olvide.
- Mamá, tengo 101 años. ¿No crees que debiste decirme esto antes?
- Daba lo mismo, mijo. Daba lo mismo
Ensayo de registro de catatonia en Quito 01
¿Por qué cazzo están pavimentando la Naciones Unidas? ¿Es necesario? ¿No se supone que ya se arreglaron esos problemas con el boulevard y la entrada del Quicentro? No tiene sentido preguntar. Eso de que las obras civiles deben durar un mínimo de 50 años es una pantomima montada para los académicos y los trabajadores menores. Seguramente todo se resume a un alguien que necesita dinero y tiene los contactos adecuados. Si de algo sirvió la tremenda actuación de Kevin Spacey, es para graficar lo retorcidas y metódicas que son las decisiones de los altos mandos políticos. La torta se parte y reparte entre el top 1% of the top 1%. Después se arma una propaganda digerible para el ciudadano promedio. Justificaciones fáciles y generalmente pobres que terminan en ningún lado. Que tristeza. Así funciona. Es estructural. No entiendo muy bien cómo, pero me recuerda a un profesor que afirmaba con seguridad que los estudiantes no deben cumplir sus obligaciones por las notas. Decía esto al mismo tiempo que hacía tareas que no entendía y detestaba porque todo lo que quería era su sueldo. En eso se parece. También es propaganda. Montaje moralista para el novato de la vida. Las trampas de la simulación universitaria. Quizá sería mejor decirles que lo hagan por las notas. Quizá de ese modo no van a terminar como los amargados que me desfilan a la izquierda. Todos serios y formales, llenos de artefactos que justifican su mal humor. Mal humor es igual a adulto. No tener tiempo es igual a adulto. Y yo, por un minuto me siento tan por encima da gusto. Me siento libre. Ese Mercedes GLA puede tener el motor que quiera en V, pero en este tráfico es inútil. Me agrada la ironía de que, a ese señor, quizá solo ahora, por una hora, le vendría bien perder todo lo que tiene para que llegue más rápido a donde sea que tenga que llegar. No tener nada le sería más eficiente. Yo no tengo un Mercedes y me siento mejor. Aunque pensándolo bien, no me gusta haber pensado que mejor sea por encima. De algún modo, es la misma lógica vertical de los que me desfilan a la izquierda. Quizá la solución es que se incorporen vías de calidad para los ciclistas; de ese modo, el tráfico se reduciría porque todos se volcarían a la bicicleta. Deberíamos aprender de esas ciudades donde parece que todo funciona: Delft, Amsterdam, Hamburgo Berlín… Alemania. Alemania país de mierda. No. ¿Qué culpa tiene el país, los alemanes, el alemán? ¿Qué culpa tengo yo? No hay culpables y eso es lo más dificil de tragar. Es la vida. La vida que, entre otras cosas, es subrepticia con lo especialmente importante. Como un canal sinuoso de agua hirviente que se mueve entre los pies. Se intuye, pero se ignora. No vale la pena vivir con amenazado, con el peligro en el pecho. Lo malo: en un momento y sin previo aviso, estalla como una columna de vapor en la cara. Y quema lo que entiendes: la forma más grande de querer es, a veces, no querer más. Y es que hay que querer con grandeza, hay que vivir con lo que se sabe que es verdad. Todo lo demás entra en el terreno de la cobardía y la cobardía decanta en lo pusilánime. Y creo que no hay nada más desesperante que los seres pusilánimes. Como los perros que han sufrido traumas toda su vida y han perdido su capacidad de dialogar con el hombre. O como este doctor, que no llego a entender si es un pusilánime aplastado o es un arrogante tácito. La cuestión es que no me habla. Siempre me pareció buena idea preguntar a los doctores sobre lo que sea que dicen que tenemos. ¿Porqué? ¿Cómo? ¿Le ha pasado? ¿Duele? ¿Para qué sirve esto? Me parece que, de ese modo, los doctores se relacionan con una persona y no con un costal de intestinos y huesos. A pesar de mis acercamientos, no me habla. Parece que le sienta brusco. Me da un poco de pena, siento que se equivocó y que es muy tarde para decirle que no tiene madera de doctor. Es muy tarde y es mejor obviar su parquedad. Parece aliviado por el silencio que huele a hospital caro. El doctor me examina, escribe y me entrega el veredicto médico en un sorprendente marco de cuatro minutos. No puedo creer que tengo un buen seguro y tuve que pagar 12 dólares por cuatro minutos. Ojalá yo hiciera 12 dólares por cuatro minutos de mi tiempo. ¿Cuánto tiene que pagar el quiteño pobre que no tiene seguro? Probablemente no puede pagar y tiene que aguantar los dos meses que se demora el seguro público en asignarle una cita. Y el doctor arrogante-pusilánime, ¿piensa en esto? Posiblemente se justifica en el mantra rancio de no cobro por lo que hago, cobro por lo que sé. Como si saber algo a alguien le diera derecho a hacer poco. La inacción fundada en la meritocracia, el privilegio y pobreza ética. No sirve de nada saber algo si eso justifica hacer poco. ¿No tiene sentido que saber más sea incuestionablemente el motor para hacer más? Me apena el abogado importante que todo el día firma papeles o el doctor que da el mismo veredicto todos los días y parece que comienza a crecerle moho desde dentro hacia afuera. Ojalá a mi no me crezca moho desde dentro hacia afuera y mi casa y mi oficina no tengan apariencia de éxito falso. Ojalá esta lluvia no me haga mierda el culo que, aunque no parezca, es lo que más se moja cuando se pedalea. Ojalá que mi gato nunca entienda que debía ser en otra parte y de otro modo.
Ojalá.
Pormenores del siglo xxi
Son algo más de las ocho y tengo ganas de desayunar un tabaco con agua de cisterna. Menos mal sé cómo sabotear los sabotajes sistemáticos de las mañanas pesadas. Entonces es café, bizcochos y dulce de leche. Pudo ser mejor, siempre puede ser mejor. Pero este desayuno es más que decente, raya en los terrenos de la madurez.
Hablando de madurez: debería dejar de pensar en el desayuno y aprender a publicitarme. De acuerdo a mi target (gente creativa, innovadora, irreverente, dinámica) debería comenzar a publicar a las 7 am. De este modo, las interacciones de los usuarios que se podrían considerar como mi target, se alinean a la conducta de los algoritmos complejos de las redes sociales y terminan por difundir mi contenido a más gente. Así puedo atrapar más peces digamos.
Como es un trabajo importante se le asignó una figura famosa con título “community manager”, que convenientemente no se traduce a “administrador de la comunidad” porque evidencia su eufemismo grotesco. El título parece más apropiado para un alcalde o algún líder comunitario, pero no para un sujeto que comparte información en internet a todos y a nadie realmente. Contenido para contenedores sin rostro.
Un francés me ofreció triplicar el número de seguidores de mi negocio en menos de dos meses, unos colegas vendieron su proyecto inmobiliario casi totalmente a través de Facebook y uno que otro amigo me compartió razones válidas para volcarse a administrar la comunidad o contratar a alguien. Y estos son los buenos. También están las personas que se denominan como “creadores de contenido”. Un título ambiguo y pobre que, sin embargo, les da mas plata que a mis pobres amigos de doctorado que se pasan media vida en laboratorios. Por eso me dio menos que pena la historia de la mujer que subió un video llorando porque cancelaron su Instagram y sostenía que no es una mujer para un trabajo normal, que no tiene habilidades particulares y que sin sus seguidores no existe. Tiene 24 años.
De cualquier modo, no hay muchas alternativas. En mi oficina ya tenemos un pana que hace de pseudo-administrador de comunidad y de creador de contenido. A veces nos etiquetan. A veces nos dan like o corazón. A veces me sienta bien el reconocimiento.. Otras veces me da nauseas perpetuar el sistema de consumo barato, banal y redimido de las redes sociales. Otras veces me siento la puta de Facebook, que me mete publicidad por todas partes.
Y otras veces, se me pasa. Dale like, suscribir y compartir.