Cuarentena
Eran las diez según el celular pero parecían las ocho. Había varios mensajes de mi compañera avisándome que se postularon algunos candidatos. Estaba emocionada de que la gente siguiera buscando trabajo incluso por el reciente encierro que tomaban para no infectarse. Seguía algo modorro y sólo pensaba en cómo todo se estaba desmoronando lentamente. Me levanté a trabajar en la computadora como lo había estado haciendo desde Octubre del año pasado, marcarles a las personas interesadas en el trabajo y agendarles una entrevista ahora telefónica por los recientes eventos. Aunque, al principio de la pandemia las empresas pedían que siguieran presentándose a una entrevista; esto implicaba a los interesados exponerse a salir, tomar el transporte público (si eres pobre y miserable) rezar porque nadie tosiera cerca de ti y llegar con la esperanza de que hubiera valido la pena todo ese sacrificio y te contrataran. Cada vez que agendaba a uno, le decía a María: tengo otro suicida. Se me hacía una tontería que la gente tuviera que seguir presentándose a las entrevistas cuando podían tener una desde casa. Es la necesidad, pensaba. El mundo es una mierda y a las empresas no les importas, uno hace lo que sea para sobrevivir.
Para mí no ha sido un gran cambio la cuarentena ya que trabajo desde casa: el home office. Lo único que he dejado de hacer es salir los fines de semana, antes no salía los demás días y a veces entrenaba. Así que no fue un problema esta transición, había estado jugando videojuegos desde hace casi veinte años y mi cuerpo y mente se adaptaron algo bien a este nuevo caos sedentario. Al principio la gente lo trataba como una broma minimizando el problema, haciendo canciones al respecto, disfrazando a los niños de pequeños covids-19 en las escuelas y los presentadores de los programas matutinos bailaban la cumbia del coronavirus. Yo pensé que moriríamos en medio de todo este clásico surrealismo mexicano, que el virus cobraría no sé cuántas inimaginables vidas y estaríamos peor que otros países, pero los días pasaron y cada vez el gobierno y la sociedad se tomó el asunto más serio hasta llegar a un punto donde los que podían no salían de su casa.
Por el momento no he sentido la necesidad de cantar cielito lindo desde mi ventana o tener una fiesta de cumpleaños con las caras de mis amigos impresas. Lo que ha sido un desafío fue el no perder la cabeza; ese sentimiento de restricción, ser controlado, las sospechosas estadísticas de contagiados, los supuestos sobornos a los familiares de los fallecidos para confirmar que fue por el virus y las incoherencias de los representantes de la salud hacen un cóctel de confusión que durará más que la cuarentena. Al vivir este proceso recuerdo a los pacientes de Bethlem, la primer casa donde encerraban a los locos de aquella época (en esta casa que luego se convirtió en un hospital psiquiátrico) debido a sus indescifrables síntomas ya que no sabían cómo curar esa enfermedad desconocida, nueva en su momento. El gobierno y la sociedad trató de controlar esta locura encerrándola y abusando del estado de quienes la sufrían a tal grado que hasta se podía hacer una visita para ver por mero morbo a los pacientes y su locura en este sitio infernal de condiciones deplorables.
El mundo actual se autoexilió, arrastrando a algunos a la privacidad, a enfrentarse en la soledad y soportar la cotidianidad. De alguna manera me veo a mí mismo como un loco recluido y a la vez un visitante de aquel hospital que observa a la locura. Ahora ya no recluida, sino afuera en las calles, desatada, libre. En las noticias, en testimonios de famosos, en opiniones apresuradas o en los jefes de los países, donde te puedes infectar de este otro virus que afecta más a la cabeza si escuchas y observas demasiado. Con una simple salida al mercado o a visitar a algún familiar, incluso por una tos involuntaria se siembra la pregunta si estás infectado o no, entonces empieza la locura y la búsqueda de información que hace a uno caer en la saturación de ésta sin saber realmente qué hacer más que esperar a que se presente algún síntoma real o a que no pase nada. Acá en Nuevo León, observo a la enfermedad desde el celular donde las noticias proliferan. El propio gobierno no ha logrado ponerse de acuerdo sobre cómo lidiar con este problema y es cierto, ningún país sabe cómo, es un virus nuevo con el que no se ha tratado pero sus constantes contradicciones no han ayudado en el proceso de mantener al menos a las personas tranquilas. Yo no sé ya en qué creer. María me envió un video donde aparecía el presidente de Tanzania mandando pruebas falsas a los laboratorios donde detectaban el virus y la mayoría de los resultados eran positivos. Para mí todo podía ser una farsa o no pero ¿qué puedo hacer yo? Seguir encerrado ante una epidemia que desconocemos y de vez en cuando salir a formarme en una congestionada fila para comprar provisiones y whisky barato con mi tapabocas por si las moscas o por si los viruses cuando me atrevo a salir.
Esa es la cuarentena que he vivido, como una montaña rusa donde puedes ver que faltan algunas vías adelante y algunos reímos de nervios mientras los vagones se acercan al inminente destino pero al llegar, seguimos en las vías y cada nueva noticia sensacionalista es un nuevo peligro para este viaje, algo más de qué preocuparse. Será que el misticismo mexicano está de nuestro lado y usar el escapulario ha servido de protección como menciona nuestro presidente o es que nos hicieron creer que hubo un peligro más grande en su momento y la cuarentena sólo es real en nuestras cabezas.
















