Estaba lejos de ser un drama el problema que necesitaba contar; sin embargo, estaba preocupado por el escaso conocimiento de las normas de Illéa, la selección y las condiciones que implicaban permanecer dentro. “En realidad no, no puedo esperar” habló con una franqueza de roble, aproximándose para sentarse sobre el colchón, justo a un lado del monarca irlandés. “Y tienes que solucionarlo porque siempre lo haces, y tienes que hacerlo ahora porque… Puede ocurrir algo bastante grave” aplacó con sutileza todo el asunto, relamiendo su labio inferior. “En mi defensa puedo decir que no tenía idea sobre… muchas cosas de la selección. Y que como hombre deberías entender que a veces cometemos ciertas…” pausó, sin encontrar una palabra exacta para definir su situación. “Vale, estupideces, sí. Estupideces. Y… Bueno, ahora puede que alguien salga perjudicado” y no sólo estaba hablando de él, a pesar de insinuar lo contrario.
Confundido, el Irlandés trató de descifrar, leer entre lineas y dar con algo concreto sobre lo que el Danés decía. Con el entrecejo fruncido y una respiración parsimoniosa sus océanos recorrieron la habitación hasta encontrar su camino en dirección a la silueta masculina. “Ya, fuera el misterio Lukas ¿qué mierda hiciste?” un suspiro pesado recorrió sus pulmones hasta abandonar su cuerpo, en su mente bien podría imaginarse un sinfín de escenarios en donde el monarca danés hubiese hecho de las suyas, pero hacerlo significaría perder el tiempo. “¿Acaso te metiste con una de las brujas?” carraspeó, para corregirse segundos después. “digo, las seleccionadas. Nah... no puedes ser tan idiota ¿O sí?” sus párpados entrecerrados. “Si me hablas en clave te juro que no te entenderé ni una mierda, ¿por qué no puedes hablar claro?” y así se ahorraban más tiempo y lo invertían en pensar una solución para lo que parecía aquella masiva metida de pata.








