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Plácido Domingo
ANTES.
No siempre corren los caballos
ahora es hora de recalar en los primeros pastizales
y masticar yerba fresca bajo las nubes metalizadas.
Una postal típica del mar: un bote y una gaviota dominicana.
El ejercicio de habitar una casa que no existe.
El viaje es un laberinto que se emprende sin retorno.
Paso Desolación
Manadas de golondras Golondrinan Ataques revueltos Rasantes Planos Los mosquitos de la tarde hierven en el agua del cielo, Vamos a la montaña a creer que algo es eterno, el glaciar es la primera ola detenida.
Paisaje Oculto
Todavía hay una región que nadie ha tocado, en la que jamás se ha hecho una fogata ni se ha meditado, un paisaje ni siquiera imaginado, figurado en alguna carta del IGM con sus curvas de nivel y los colores representativos de sus volúmenes y floras, pero jamás recorridos por el habitante de otra región. No se puede cartografiar este paisaje, alojado en el verbo de la cosmovisión mapuche, aónikenk, en el murmullo de los chonos, permanece oculto, tal vez escondido al final de algún naufragio o en las noches de alguna expedición que extravió la huella. Esta región sin puntos de referencias ni gps, que no ha sido aun sobrevolada por los drones, atiborrada de pájaros ocultos y luces únicas, sólo tiene su puerta de entrada en la desorientación, se accede a ella al perderse. Por eso el relato que nos cuenta alguien que retorna de un paraje luego de estar perdido semanas o quizá sólo un par de días, nos parece un enigma fabuloso, nos intriga, porque el punto preciso del acceso es irrastreable, impreciso, como si en algún momento el caminante hubo ingresado a algún portal en el que se traslada a un nuevo peregrinaje en retorno constante hacia si mismo y al que nosotros no podremos tener acceso, jamás. Esta cápsula se quiebra al ser rastreado por los rescatistas, aparece el otro humano y se despierta. Pero ese otro territorio inexplorado, el paisaje invisible, que está fuera del sendero, fuera del ojo del dron, sigue allí, oculto, alojado sólo en el verbo del relato, pero que dada la naturaleza de la oralidad, se nos aparece transfigurado como paisaje imaginario.
El paisaje imaginario
(Foto: Bajando a Villa Cerro Castillo.)
El paisaje es un telón que oculta. Al ingresar, también se oculta uno en él a medida que se vuelve parte del mosaico, por lo tanto, se vuelve parte de lo invisible; aquí es donde el viaje comienza, al perdernos en su espesura, vamos perdiendo lo identificable. Ahora somos parte del paisaje.
Pero ¿qué paisajes habitamos, cuántos paisajes a la vez? No podemos sólo conformarnos con el paisaje efectivo, con el paisaje “real”. No basta. Incluso este mismo paisaje “biológico” (si se quiere) es inconmensurable para la emoción. La razón podría comprenderlo, pero no contenerlo. Este paisaje es el punto de partida para los otros coexistentes.
El otro paisaje es el paisaje imaginario. Me atrevo a decir que es tan grande e inabordable como el paisaje efectivo, el “real”. El paisaje imaginario incluso antecede al paisaje real. Antes de embarcarnos en una expedición, en una jornada de senderos, en una travesía; ya comenzamos a habitarlo mediante la imaginación, que utiliza recursos tomados de nuestras experiencias para levantar sus estructuras que incluso, al tener referencias reales de éste (alguien que nos cuenta de él, fotografías, topos, mapas, anécdotas propias), vuelve a nosotros mediante la fantasía (si se nos cuenta) o el recuerdo (si se vivió), por lo tanto, mediante la emoción de mi experiencia en él y que por lo mismo, ha cuajado en una selección de imágenes, luces, aromas, dejando atrás el gran espacio que no alcanzo a vivir de él. El paisaje imaginario no está al alcance de la mano, pero emociona, preocupa, predispone, proyecta, propone y en definitiva, nos habita. El mismo mapa, es una maqueta, una proyección, una abstracción, un juego entre lo imaginario y lo real.
Otro paisaje, del que no podremos hablar aquí, es el paisaje onírico, el correspondiente a nuestros sueños, en el que los límites del paisaje real y el imaginario se confunden y se abren, pero entrar en este, da para un texto aparte, los terrenos del sueño son confusos y llenos de caminos. Por lo mismo, sólo lo propongo para una conversación junto a la fogata o al interior de la carpa.
Sentado en una roca.
Cuando al fin muera y me disuelva, de lo más corpóreo a lo más etéreo y sea nuevamente cada elemento de la tabla periódica y vuelva al polvo, al mineral, en imparable movimiento, nutriente de bacterias, insectos y pase de cuerpo en cuerpo, de presa a predador, de materia a materia y disuelto ya del individuo, colado en incontables comensales, componente del todo y la nada y vuelva al transhumante único e individuo y tenga entonces la lúcida emoción de todas las noches que componen mi memoria, entonces, desaparecerá el bodhisattva.
3 Apuntes.
1. La montaña, luz y silencio, torre y abismo, el inmenso fantasma que acorrala y encierra, ilusión de lo fijo y eterno, como si el tiempo fuera algo que le sucede sólo al hombre, la gran ola detenida en que se exprime el cielo, caos de los elementos, territorio cristalino.
2. En el caso “chileno”, la cordillera se ubica en el oriente, desde donde el sol nace, por lo que siempre el alba, en nuestro paisaje, despuntará tras una montaña, para morir con el paso del día en el mar, al horizonte recto y lineal, plano y por lo tanto, será imposible separar de la memoria emocional, la relación que tiene nuestro territorio, incluso imaginario, con estos símbolos. A diario, el levantamiento del sol tiene forma de montaña, su sombra se recorta en el valle como un eclipse y por lo tanto, dependiendo del territorio, cada cual tendrá la figura de una cumbre, de un Pillán, de un Apu.
3. La apariencia lunar del paisaje montañoso advierte su simbología femenina, según la tradición: corpórea, receptiva, fértil, moldeable, mineral. La otra mitad del paisaje montañoso es el cielo: activo, eléctrico, etéreo, en movimiento, masculino. El paisaje completo, la suma de ambos espacios, es el Tao.
Cráter Raiwen. Volcán Antillanca o Antü-Llanka (zungun: Sol-Perla).