Era una mañana de tantas. Eso era lo que Tai diría si alguien llegaba a preguntarle. Hacía frío, la nieve decoraba las aceras de Londres y lo cierto era que lo único que tenía planeado era ensayar, ni siquiera se molestaría a ir a clases ese día, no estaba de humor. Llevaba veinte minutos esperando cuando por fin le tocó el turno de usar tu tan ansiado escenario. Tenía esperanza de que quizás alguien decidiese echar un ojo por la escuela para ver lo que se cocía. La semana anterior había visto entrar a un hombre que tenía aspecto de representante, pero se había ido antes de que llegase su momento de ensayar. Una lástima, era un hombre guapo.
El muchacho de revueltos rizos pelirrojos, estaba organizando la escena con ayuda de su compañera. En dos semanas tenían que hacer una pequeña muestra para sus profesores y estaban volcando todas sus energías en ella. El muchacho contempló el decorado con las manos apoyadas en sus caderas y una ligera sonrisa de satisfacción. Entonces se fue a un lado y se quitó la sudadera de la universidad, dejando a la vista una camiseta de Metallica sin mangas cuyo lateral estaba abierto más o menos hasta el final de sus costillas, dejando entrever que el chico estaba en muy buena forma.
Se sentó en el suelo para arremangarse los vaqueros rotos hasta algo más debajo de las rodillas, dejando sus converse gris cemento totalmente a la vista, desde ahí miró a su compañera que repasaba las líneas en murmullos. Sin esperar más, se levantó de un salto y entró en escena continuando desde el punto que ella parecía haber marcado. La escena no era la gran cosa, una escena de Enredados, su trabajo era llevar a la vida real una escena de una película animada. La morena tenía el pelo recogido en una coleta en ese momento, pero cuando se giraba podía notarse que su pelo era realmente largo, habían elegido aquello simplemente por ese motivo.
Llevaban cerca de cuatro minutos cuando Tai escuchó la puerta del teatro abriéndose, aquella fue su señal para hacerlo más vívido. Su compañera casi se sorprendió con el cambio, la pasión, aquella perfecta dicción con el fingido acento estadounidense mientras realizaba todos y cada uno de los movimientos de la escena. Viéndolo desde el ángulo adecuado podría haber parecido que era el propio Flynn Ryder después de unos cuantos cambios de look debido a la época en la que estaban.
¿Cuántos años llevaba trabajando como representante? ¿Un par de décadas? A veces se pregunta lo rápido que pasa el tiempo, lo rápido que todo en su vida parece avanzar– un trabajo tras otro, un artista tras otro, siempre diligente, siempre con un café en la mano, y sin embargo, todo eso parece cuestión de segundos. Como si lo único que hubiese dejado marca en su memoria fuera esos jóvenes años de adolescencia, grabados a fuego Su hermana solía burlarse de él con buen humor, haciéndoles preguntas que Sean respondía de forma mecánica, sin verdaderamente saber qué estaba siguiendo. Ella y sus sobrinas se divertían confundiéndole así, sacándole a él mismo una que otra sonrisa.
Sin embargo, sabía lo que eso significaba. Pensar en ello dejaba de ser gracioso. Por eso no pensaba en ello.
O, al menos, trataba de no hacerlo, aunque esa mañana era particularmente fría, particularmente brillante, que le recordó a sus días favoritos de antaño. Se llevó una mano a la barba desarreglada, tendría que arreglarse los bordes, pensó, antes de agradecer por su comida y dejar una propia para entonces marcharse del café, pasteles dulces en mano. Se recordó por qué estaba allí. Una universidad con un departamento de Artes de calidad, a punto de explotar con hormonas y grandes sueños. Buscaba un talento. No es que le faltaran clientes– sin embargo, había llegado varias oportunidades a su despacho que requerían de algo nuevo, de un diamante en bruto. Si había algo que Sean odiaba, era diamantes brutos desperdiciándose por cualquier motivo. Por eso era un agente, por eso; y por él.
Se limpió las migajas de entre la barba pelirroja y guardó la bolsa del papel en el bolsillo de su chaqueta antes de entrar al recinto que albergaba uno de los escenarios de la universidad, tomando entonces asiento en una de las últimas filas. La práctica (¿una versión moderna de Enredados? Conocía a la perfección la película, habiéndola visto más de 10 veces– por sus sobrinas, si alguien le cuestionaba) había comenzado, con los dos protagonistas en el escenario.
No estaba atento, su mente vagando en memorias, por lo que cuando la voz masculina (y, sin embargo, demasiado joven) llegó a sus oídos tardó varios segundos en enfocar la vista y mirar a su dueño. El chico sin duda tenía talento y ambición, algo había cambiado cuando él entró, sin embargo, su mente estaba demasiado lejos de esas consideraciones.
—Todd —murmuró por debajo de su aliento, olvidándose, por un único instante, que Todd había sido arrebatado de sus manos hace demasiados años atrás. Su pecho se apretó, su garganta negándose a respirar. Por fuerza de voluntad logró observar a su alrededor, ver si alguien había notado su reacción, para entonces volver la vista al muchacho en el escenario, sus nudillos blancos de tan fuerte apretar los brazos de la butaca.
Se puso de pie, casi poseído, antes de caminar por el pasillo ignorante de cualquier otra alma y quedar frente al escenario, la ilusión volviéndose más real a medida que sus pasos avanzaban. Cuando se detuvo, había una obvia expresión de sorpresa en su rostro, que se obligó a ocultar sentándose en primera fila.
Ese no podía ser Todd, porque Todd estaba muerto.