Rumbo de la vida ...
Hay días nublados. Otros más grises. Algunos llenos de rabia y resentimiento. Otros donde ni siquiera sabes dónde estás parada.
Pero eso también es la vida.
Seguir, incluso cuando todo parece perder sentido.
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Rumbo de la vida ...
Hay días nublados. Otros más grises. Algunos llenos de rabia y resentimiento. Otros donde ni siquiera sabes dónde estás parada.
Pero eso también es la vida.
Seguir, incluso cuando todo parece perder sentido.
Tan intenso como siento ,tan profundo como un beso💫.....
Eso es lo que anhelo ,una conexion verdadera
Un amor de verdad ,un compañero que me sostenga
Que me acompañe a caminar.
En este mundo tan gris y tan vacío lleno de falsas figuras y falsas ilusiones.
🌌
Capítulo I — El espejo que arde (Fragmento de una historia en proceso)
Era una tarde de muchas promesas, llena de risas y alcohol. Ya nos encontrábamos en el preámbulo de nuestra velada cuando lo noté agobiado, casi vencido por el efecto del licor.
De repente, su sombra pálida y tenue se confundió con la mía; su cabeza descansó en mi hombro y, con una voz suave, me preguntó:
—¿Sabes qué siento cuando hablo contigo? Que eres el espejo que un día encontré, la gota de agua que me hará reflexionar.
Yo lo miré y no tuve que preguntar nada. Ambos sabíamos lo que significaba sostener una sonrisa falsa cuando por dentro todo se derrumba.
Habíamos aprendido a usar el sarcasmo como escudo, para que nadie notara el miedo que seguía ahí, escondido.
—Es extraño —respondí—, es como si fuéramos dos pétalos de la misma rosa, con espinas que ya sangraron, pero que vuelven a encontrarse.
Él sonrió. Yo también.
Y entre silencios compartidos, entendimos que éramos parte del mismo fénix: que habíamos ardido en ansiedad, depresión y estrés, hasta reducirnos a cenizas, solo para renacer de nuevo.
—Conocemos el inicio y el fin —susurró él. —Sí —contesté yo—. Y aún así, seguimos aquí.
Quizá nunca supimos si lo nuestro era un comienzo o un cierre. Pero en ese instante, fuimos exactamente lo que necesitábamos ser:
dos almas que se reconocieron entre ruinas, y que eligieron mirarse para recordar que, incluso en las cenizas, la vida sabe volver a empezar.
Tan perdida estaba la niña
que no sabía qué camino elegiría.
En el oscuro sendero no podía ver la luz;
muchas ramas y hojas le dificultaban encontrar la salida.
Llegó a un punto medio
donde se podían observar dos caminos:
uno con flores y colores,
y otro con rocas, más estrecho,
que parecía tenebroso al inicio
y muy largo para terminar.
El primero tenía muchas flores de colores,
hojas verdes relucientes
y un camino muy amplio.
Era fácil escoger ese.
La pequeña niña estaba confundida;
en ese momento, lo único en lo que pensaba
era en salir de la oscuridad.
Quería deshacerse de esas hojas y ramas,
ser libre por fin.
“Tomaré el camino fácil” —pensó—
y sin voltear, decidió ir por ahí.
Nadie podría imaginar
que las flores que se veían tan hermosas
y con hojas relucientes
tenían tantas espinas,
y que sus hojas eran venenosas.
Su veneno era de ese que saciaba,
que hacía sentir comodidad,
y una vez cautivado por él
sería difícil salir de ahí.
Pero sus hojas relucían tanto
que parecían hermosas gemas,
tan verdes como la esmeralda,
capaces de hipnotizar a cualquiera…
incluso a esta niña que se sentía tan perdida.
Tan deslumbrada estaba
con aquellas hojas brillantes
que no se dio cuenta del peso
que comenzaban a dejar en su pecho.
Cada paso era suave al inicio,
como si el camino la arrullara,
pero poco a poco notó
que la tierra se volvía pegajosa
y sus pies parecían hundirse.
Las flores, que antes eran hermosas,
empezaron a cerrarse sobre sí mismas,
dejando ver espinas
que lastimaban su piel.
La niña sintió miedo,
pero a la vez una extraña calma:
ese veneno que corría en el aire
le hacía olvidar por instantes su dolor,
aunque en el fondo
sabía que algo no estaba bien.
Entonces recordó el otro sendero,
aquel que se veía oscuro y lleno de rocas.
Pensó en lo difícil que sería atravesarlo,
en lo mucho que le costaría avanzar…
pero también recordó
que nada brillante puede ocultar
para siempre la verdad de lo que es.
Se detuvo, respiró hondo,
y por primera vez se preguntó:
—¿Quiero solo comodidad,
aunque me atrape para siempre,
o quiero un camino que, aunque duela,
me devuelva la libertad?