Hacía mucho que no escribía, mucho menos publicaba algo por aquí. Sin embargo, y en vista de que el tag en Ao3 todavía está algo vacío, decidí que este era el lugar perfecto para publicar mi escrito.
En verdad, es la primera vez en mucho tiempo que escribo algo y lo termino, vaya, sin dejarlo a medias. Se podría decir que Frankelda me sacó del bloqueo de escritora, lo cual encuentro muuuy irónico.
SPOILERS pequeños, pero spoilers, del último capítulo de los sustos ocultos de Frankelda, y obvio Soy Frankelda. Just in case.
En fin, este pequeño escrito lo hice teniendo en mente un escenario en el que Frankelda y Herneval logran escapar y, en el proceso, este recupera su cuerpo físico. ¿Explico por qué? No, mi mayor miedo es que el canon me tumbe la fumadota que podría haberme pegado. Mi idea era llevar a Herneval por la catarsis emocional de recuperar su cuerpo y, por consiguiente, ser capaz de sostener y tocar a Frankelda una vez más.
El título lo saque de Life Eternal, por Ghost. Funciona como acompañamiento al escrito, mas no es obligatorio.
Está de más decir que esta historia tiene como pareja principal, por obviedad, a Frankelda y Herneval. Son 2,232 palabras, para que lo tengan a consideración. No hay contenido explicito, pero chance hago merecida continuación 🫦
Actualización: Ya pude subir mi escrito a Ao3, por si gustan o les es más cómodo leer por allá. https://archiveofourown.org/works/74179006
Sin más, ¡disfruten!
Would you let me touch your soul, forever?
Después de años de tinta y silencio, Herneval creía haber olvidado lo que era ser, una vez más, ruido y piel. Realidad y ficción. No recordaba lo que significaba habitar un cuerpo, mucho menos lo complicado que resultaba sentir los huesos y las articulaciones crujir bajo su piel; sus pulmones llenándose de aire puro, fresco, respiraciones acompañadas por el subir y bajar errático de las plumas sobre su pecho. Parecía un milagro… y uno torpe. Cada movimiento, un recuerdo aprendido a destiempo.
Y es que, con lo abrumador de su sentir, debía ser nada menos que un milagro, un sustil milagro. Algo que solo la Pesadillera Real podría haber resuelto y hecho tangible con tan perspicaz voluntad. Lo que habían sido hojas viejas con aroma acogedor, nuevamente era el cuerpo que años atrás habitó con orgullo. Como un polluelo aprendiendo a dar sus primeros pasos, sentía el peso de sus alas arrastrándolo hacia atrás, como no recordaba haberlas sentido nunca. Era maravillosamente bienvenido: cada incomodidad, cada cosquilleo semejante a un escalofrío. Se sentía eufóricamente vivo.
Años atrás había jurado, en voz alta y con vehemencia, irónicamente con voluntad de papel tintado, que sin importar su apariencia se mantendría junto a Francisca. Nada importaba, aun si eso le arrebataba la oportunidad de siquiera tomarla de la mano una vez más. Ser su mayor herramienta, el portador de sus ideas y sentimientos, para él era el mayor de los honores. Sacrificar su propia existencia física era apenas el comienzo, siempre y cuando Francisca Imelda permaneciese a salvo.
Ciento cincuenta años en su haber como libro le habían hecho soltar toda esperanza, por mínima que fuese, de abandonar aquel lugar junto a su amada. Había acostumbrado su alma y su mente a saciarse a través de los ojos, a mirar con anhelo a la joven escritora mientras esta, sin tener que pedírselo, lo sostenía con ternura.
Hecho al tacto de su mujer y a la tinta de la que ambos dependían; a la sensación de sus delicadas manos delineando lo envejecido de sus páginas y la dureza de su cubierta. Se había jurado que era suficiente.
Vaya mentira.
Nunca, en tan largas noches de sopor, se imaginó siendo capaz de tocarla de vuelta. Y ahora, con la mirada fija sobre sus propias manos y la lucidez de la situación, juraba sentir un calor insoportable desde las palmas de estas hasta las garras: un ansia dominada por la necesidad de tocar y sostener a Frankelda, como ella lo había hecho consigo todos esos años.
Y miedo. Mucho miedo.
Tan inmerso en el sentir de su cuerpo, poseído y con la consciencia envuelta en bruma, que no había escuchado una sola palabra de lo que Francisca intentaba decirle, flotando alrededor suyo. Regodeándose en la libertad, gozosa de lo que podían llamar una victoria contra la mera existencia de Procustes. Su cabello danzaba aun cuando ella misma carecía de cuerpo terrenal. Ahora uno de ellos, una presencia más en el plano de los sustos: consciencia, ilusión y espectro. Como si nada importase, ni el sacrificio ni lo perdido en el proceso. Solo ellos dos.
—¡Herneval!— escuchó a la distancia, y en un parpadeo la protagonista de su apetencia le tomó de los hombros en una eufórica sacudida. Grandes ojos marrón y piel azul viéndolo de frente, pestañas largas y esa sonrisa repleta de malicioso asombro. No existían pesadillas suficientes para expresar lo que aquella mujer evocaba en su interior.
—Frankelda— respondió, su voz apenas un murmullo. Manos inmóviles ante el inherente temor de que todo aquello fuese su propia pesadilla, diseñada para hacerlo pagar por sus actos contra su pueblo, contra su amada, los cuales habían resultado en su encierro. Aterrado de que aquello fuese un crudo relato de la autoria de Procustes, en el que, ni bien pusiera sus manos sobre Frankelda, su alma y consciencia regresarían al libro.
Pero... ¿era acaso tan malo dejarse engañar? Si su destino era volver al libro, no podía hacerlo sin intentar tocar.
—Hey... ¿está todo bien? Luces... pálido, asustado me atrevería a decir—. La voz de Frankelda, socarrona e incrédula, daba vueltas en su cabeza. ¿Era posible verse pálido? No recordaba lo que era mirar su verdadero reflejo.
Su respiración era apenas un vaivén torpe entre lo sutil y lo aterradoramente humano. Todo era claro, tan claro como el día en que decidió buscar ayuda con una humana, su humana. Frankelda permanecía allí, flotando a unos centímetros del suelo, dando la vaga ilusión de llevarle un par de centímetros de ventaja. Hablándole a la cara con esa familiaridad con la que lo había envuelto desde que eran niños, y durante esos ciento cincuenta años. Dolía, en cada pluma de sus alas. Todo mientras Herneval la miraba sin atreverse aún a romper el hechizo, con los dedos crispados contra sí mismo y un nudo colosal en la garganta.
No era la primera vez que la veía a los ojos. De vuelta a las páginas, mirarla más de la cuenta era rutina, necesidad. Siempre a merced de la dulce voluntad de la escritora. Ella era quien le daba razón de ser, quien lo abría y pasaba página tras página. ¿Él? Mera existencia.
Pero no más.
Aun cuando seguía siendo un joven y despistado príncipe, sus acciones, más que propias, eran motivadas por necesidades ajenas. Movido por el deseo de los demás, por las órdenes de quienes clamaban saber más. Por primera vez, al igual que el día en el que decidió regresar al plano terrenal en busca de Frankeldita, desafiando a sus padres en el proceso, sus impulsos no provenían de otros. Provenían de él.
—Estás asustándome...—
Extendió las manos, temblorosas y extrañamente heladas, sin saber si tocar a Frankelda sobre la poca piel expuesta o buscar el calor de sus prendas. Escalofríos que bien podrían ser miedo, anticipación o un poco de ambas. ¿Acaso se hallaba tan carente de contacto que la simple idea de dar el primer paso lo aterrorizaba?
Y cuando la piel de sus manos hizo contacto con la de Frankelda, garras hundiéndose con ligereza en la piel azulada, no hubo bullicio. Silencio infinito, más allá del gimoteo reprimido en la garganta del príncipe. Hubo calma. Procustes jamás bajó a reírse en su rostro; su cuerpo permanecía intacto, y el libro en el que por tanto tiempo habitó seguía inamovible a varios metros. Sus plumas se alzaron con vida propia, estremecidas por la emoción creciente.
—Herneval...— Y cuando Frankelda estuvo a punto de apartarse, de mover sus manos de donde el príncipe las quería, entendió que todo aquello era real. Un verdadero milagro. Años reprimiendo deseos y anhelos culminaban en el poder tocar a su escritora fantasma de vuelta.
—¡Frankelda!— sollozó, envolviéndola en un torpe impulso de brazos y plumas, alzándolos al cielo como si la propia Frankelda no fuese capaz de hacerlo por voluntad propia. Un vuelo débil, pero repleto de significado. Dando vueltas en la habitación, con los ojos cerrados y el rostro escondido entre el cuello y el hombro de la escritora. Su cabello rizado haciéndole cosquillas, y su delicado aroma tan presente que podría adormecerlo al instante, si no estuviese tan concentrado en consumir a Francisca. Atreviéndose a existir, no al calor de la tinta, sino al de su piel.
Nada importaba; el Topus Terrentus, sus padres, su pueblo, los sustos o el plano de la existencia. Verdad y ficción carecían de significado cuando lo único que en verdad añoraba se encontraba entre sus brazos. No cuando todo cobraba sentido. Frankelda había sido su inicio, y deseaba que fuese su único final.
Suspendidos en el aire, encontrando su propio ritmo, adaptándose a su primer y precipitado vuelo, Frankelda tomó distancia. Sin apartarse de sus brazos, pero obligándolo a alzar la cabeza de su escondite. Ella buscaba sus ojos, inquisitiva, quizá en busca de una emoción desconocida para su mente.
—Mi príncipe, ¿he hecho algo para hacerlo llorar?— Aun cuando la dulce voz rozaba lo juguetón, el título lo tomó desprevenido, pero fue la afirmación la que terminó de desconcertarlo.
Manos pequeñas lo tomaron del rostro, sin separar sus cuerpos, delineándolo como quien aprende a leer con la yema de los dedos, con una suavidad que solo ella poseía. Frankelda dejó que sus dedos vagaran por el entrecejo de Herneval, deshaciendo la sombra del gesto que lo mantenía anclado al temor, como si al tocarlo pudiera enseñarle, otra vez, a respirar en calma.
—También me da gusto verte.— Responde la escritora, a lo que el príncipe tiembla, asintiendo repetidamente en su lugar. Lágrimas nublando sus ojos y el constante vibrar de sus alas como recordatorio de que todo aquello podía ser considerado nuevo. No había forma de ocultar lo evidente. —Ahora bájame, Herneval. Así puedo besarte. Temo que si lo hago ahora, dejarás de aletear.—
Una risa fue lo primero en abandonar su garganta después de haber pronunciado el nombre de Frankelda, momentos atrás. Descendiendo con lentitud, hasta que sus pies se afianzaron a la tierra. Frankelda flotaba, casi de manera imperceptible.
—Lo siento.— Su voz fue apenas un hilo. Sobre la emoción, aún yacía la culpa.
Frankelda sonrió.
—¿Qué sientes?— rió, como quien no puede creer lo que escucha. —No hay un solo momento o acción que, de poder, cambiaría. Todo me llevó hasta ti, aun cuando tuvimos que cumplir penitencia en mi consciencia. Tus equivocaciones y las mías nos hicieron quienes somos. Día tras día, no hubo minuto en el que no extrañara mirarte a la cara y, aun así, siempre... siempre, Herneval, me fuiste suficiente. Más que suficiente.—
Herneval, preso de la vergüenza que sus propias emociones evocaban, baja la mirada.
—Mi libro, mi susto, mi príncipe. Si lo sientes, que sea esto. Siénteme a mí, no al pasado.—
Y con esas palabras, Herneval decidió dejar de atormentarse. Sabía que era real, que todos sus errores los había pagado entre páginas, incapaz de acercarse como quería al amor de su vida. Ahora, saldada su deuda, nada anhelaba más que cobrar aquel beso que los había apresado en primer lugar.
La unión llegó sin aviso, como un temblor que nació entre las alas y terminó en los labios. Herneval no alcanzó a pensarlo más de lo debido; solo sintió. El primer roce cálido, húmedo, y demasiado real para un corazón que creía haber olvidado cómo latir. El príncipe la tomó con la suavidad de quien teme romper algo sagrado, pero el toque entre ambos cuerpos arrastraba la urgencia de los años perdidos, de las palabras jamás dichas y los anhelos guardados entre páginas.
El aire espesaba. La respiración de ambos confundiendose con la del otro, y cada exhalación un juramento. El príncipe se aferró con garras inclementes a la cintura de la escritora, incapaz de distinguir si la atraía por miedo o por deseo; solo siendo capaz de reconocer que el calor que emanaba de ella lo abrasaba, y que cada segundo sin ese contacto le resultaba insoportable. Su piel ardía bajo el roce, su cuerpo temblaba, y en su mente no quedaba espacio para otra cosa que no fuese ella.
Ella, ella y solo ella.
Cuando los labios de Frankelda se apartaron, apenas un suspiro de distancia, el eco de sus respiraciones pesaba al igual que sus alas. Herneval mantuvo los ojos cerrados, solo un segundo, con el aliento entrecortado y el sabor de Frankelda aún ardiendo en su lengua. Consciente de que no podría vivir un instante más sin ello.
—Eso fue mucho... mucho mejor de lo que había imaginado —confesó Frankelda, hecha un manojo de risas y sonrojos, dejándose sostener una vez más por sus alas.
Herneval rió, apenas un sofoco, admirando lo que tantas emociones reprimidas habían hecho con los dos.
—¿Ya habías pensado en esto? —preguntó, dejando que lo tibio de su aliento rozara la mejilla de su amada, plantando besos sonoros alrededor de su piel antes de volver a sus labios.
—Cuando tu primer beso es también el último, Herneval, una no tiene más que el consuelo de su imaginación.—
Lo que era valentía se transforma en vergüenza, haciendo sentir al príncipe un calor sin igual, recorriendo desde la boca de su estómago hasta su pecho y rostro.
—Quizá sea algo digno de relatar, futura Reina de los Sustos, y actual Pesadillera Real.—
—Escribo horror, no romance. ¿Y como que futura Reina de los Sustos? Me debes un anillo, Herneval.—
—Te debo todo, Frankelda— toma un suspiro, ante la necesidad de encontrar las palabras correctas. —Un anillo, un trono y mi vida entera, devota, a tu lado. Demostrarte no solo en tinta, pero en piel, todo lo que siempre he sentido por ti.—
Una vez más, el silencio se apoderaba del lugar: denso y cálido, apenas interrumpido por la respiración entrecortada de ambos. Las alas de Herneval relajándose poco a poco, cayendo a su alrededor como un manto protector. Frankelda, acunada en su pecho, con los dedos dibujando trazos invisibles sobre las plumas que cubrían su corazón. Dejándose arrullar por el aroma y la presencia que emanaban de ella. Su único hogar.
Y Frankelda ríe, el tipo de risa que brota cuando el alma encuentra alivio.
Apoyando su frente contra la de la escritora, tanto el plano de los sustos como terrenal parecían desvanecerse en un suspiro compartido.
No había temor a despertar a nadie, incertidumbre, mucho menos dolor. Solo el eco suave de dos seres que, al encontrarse, recordaron lo que significaba existir y amar sin limitaciones.













