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@blanchetemptation
Paul Blow
.
Puedo ser sin tabaco, sin esa elegante continuación de mis dedos. Puedo ser sin alcohol, sin la sensación de no sentir, también puedo. Puedo ser sin estupefacientes y puedo ser sin luz ni oscuridad. Puedo ser sin ti. Pero no puedo ser sin música, fotografías, cine y un bolígrafo para ensuciar el papel. Yo no puedo ser sin ser yo, ¿entonces quién sería?
Un beso bastó.
No podía quedarme sin un beso suyo, no es la típica historia de amores platónicos de instituto, no, yo simplemente sabía que su boca era veneno y mis instintos suicidas me llevaron hasta ella. Y allí estaban frente a mí sus labios susurrando unas palabras que no escuché y sus ojos ámbar mirándome fijamente y mi corazón palpitante y mis ganas candentes y mi mirada perversa y su sonrisa diabólica y ese "me gustan las chicas malas" agarrado a sus manos. Nos portamos mal. Me bastó esa noche para saber que ya nada sería como antes. Le bastó un beso para enloquecerme, sabía que con uno no tendría suficiente y así la hice mía. Después traviesa susurró "de ti nada me basta" y volví a tenerla bajo mis piernas juguetonas. Un beso bastó.
Ciarra, 21, University of Michigan
http://ciciross.tumblr.com/
Photo by: Mike Frieseman
Jewelry by: Masai Tribe in Tanzania
Body Suit by: asos.com
Te estoy buscando.
Estoy buscando en el fondo del cenicero qué me falta para ser feliz y empiezan a preocuparme las imágenes que prometen completar mi felicidad. Todo una suerte de amaneceres que no he vivido contigo, de noches de cama y paseos por la playa que jamás existieron, de vómitos de palabras que jamás nos dedicamos, de besos que no nos hemos dado, de sueños que no hemos compartido, de promesas y preguntas que no hemos formulado, de ruegos que nunca han sido necesarios, de peleas con reconciliaciones por todo lo alto que jamás hemos gritado. Estoy buscando en el cenicero qué me falta para ser feliz y empieza a preocuparme lo que me he encontrado. Ahora busco en tus ojos qué me falta para ser tuya y me responde tu mirada que no mira, y me responden tus labios que no besan y tus manos que no acarician y tus ganas que no me esperan y tus noches que no me sueñan y tus libros que no me escriben y tu vida sin mí, tu vida entera y las promesas que no cumpliste.
Llegas.
Llegas. Llegas y ya te deseo. Llegas y ya esperaba verte, siempre te espero. Llegas y te ríes sin más, yo te eché en falta los tres cuartos de las noches que faltaste. Llegas y te alegras de verme tan guapa como siempre. Llegas, me miras con esos ojitos y ya te quiero desnudar. Llegas y recuerdo lo bien qué sabes. Llegas y ya quiero intimidad. No hay nada mejor que mi intimidad contigo, no hay nada mejor que tenerte en mi cama. Llegas y ya es primavera. Llegas y negaría que has venido, pero llegas y me moría porque vinieras. Llegas y ya te has ido. Llegas, menos mal que llegas.
Yo te lo hago.
Yo te lo hago como las estrellas del rock,
como si tus gritos fueran la mejor melodía,
como si las guitarras gimieran igual que tú,
yo te lo hago dejándome la garganta en tu boca,
yo te lo hago quedándome sin voz,
yo te lo hago rugiendo como una loca,
yo te lo hago porque me muero si no,
yo te lo hago como sé hacerlo,
arañando, mordiendo, ganando y perdiendo,
yo te lo hago ardiendo,
yo te lo hago jugando con fuego,
yo te lo hago porque quiero hacértelo.
XIV
No quiero dormir,
si duermo no te tengo,
si sueño no te tengo,
si te beso, si te beso ya eres mía.
Y si no te beso me queda ese recuerdo.
El más bello recuerdo,
el más preciado silencio,
el más bello conjunto: nuestros cuerpos.
Mátalas.
Cállate, ya has gritado más de la cuenta,
cállate, nos van a ver,
bésame, no, mírame, ¿lo ves?
Yo sabía que podía hacerte estremecer,
yo sabía que podía probarte bien,
yo sabía que podía sonrojarte,
yo sabía que me sabrías hacer.
Las sábanas no se callan todavía,
lávalas, mátalas, cambíalas.
Sé mía, hoy solo mía, mañana de alguien más.
Ámbar y carmín.
Ojos ámbar, labios de carmín,
yo te besaba, yo te besaba a morir.
Más rápido, más fuerte, más salvaje, sigue así.
Mas mía, menos suya, más de ti para mí.
Gime y no calles, princesa,
muerde y hazme gritar.
Sigue y no pares, princesa,
sigue y hazme sangrar.
Una de tantas.
Se quedan mis labios mirando a los suyos,
no sé si besarla, no sé si fallar.
Acarician mis miedos su mirada,
no sé si morderla, no sé si probar.
Qué bien nos haremos sangrar en el infierno,
ella dice que allí sería feliz
y yo solo quiero ser con ella.
Para hacerla gritar, para hacerla gemir,
para nunca cambiar, para dejar de odiar,
para manchar mil sábanas más.
Una de tantas que te tendré a mi lado,
una de tantas que haremos daño,
una de tantas que jugaremos a escondernos,
una de tantas que nos haremos.
Calibre 43
No tenía miedo de sus ojos malva, no tenía miedo de sus manos manchadas con la sangre de las inocentes almas de mis compañeros de instituto, quizá no tan inocentes. No les echaba en falta, no necesitaba nada que ellos me pudieran dar, eran insignificantes, sin embargo ella, esa sombra gélida que paseaba entre los cuerpos sin vida danzante cual experta bailarina, ella, esa sonrisa sádica y satisfecha, ella me había elegido. ¿Cómo iba yo a satisfacerla si no era con sangre? Sangre tenía, demasiada. Las taquillas ahora eran rojas con ligeras motas de gris marengo, las losas de los pasillos, algunas estalladas, compartían ese mismo color, los miembros separados de sus originarios cuerpos se entrelazaban formando una grotesca obra de arte y yo estaba en medio, esperándola, viendo que su sombra se acercaba y temblando. Momentos antes había oído los gritos que aún se escuchaban en un escalofriante eco de miseria y muerte, momentos antes ella había empuñado el arma, y las balas calibre 43 habían agujereado los frágiles cuerpos de los superfluos y frívolos estudiantes de aquella prisión que como conformistas almas sin salvación caminaban mancillando los escasos fragmentos de aire fresco procedentes de la ventana, había sido testigo de su liberación, pero no conocía nada más referente a mi cometido. Ella los había despellejado y descuartizado después como símbolo de la inutilidad de esas horribles y superficiales prisiones a las que llamamos cuerpos, muestras de la fragilidad de nuestras almas. Cuánta belleza desprendía aquella joven. Se acercó y me miró fijamente, sonrió y susurró mi nombre, "eres como yo", dijo. Callé, necesitaba sentir su calor. Recogió una bala del suelo ensangrentado. Dibujó mis labios con ella, me provocó a saborear la sangre, en seguida noté que mi entrepierna se humedecía y mis braguitas se fundían con ella. Con la misma bala descendió por mi discreto escote, marcando su trayectoria con sangre y comenzó a desabrochar los botones de mi blusa uno a uno, con destreza y elegancia. Sus labios aún no me habían rozado pero se entreabrían con mueca de satisfacción. Dejó mis pechos desnudos y los acarició dulcemente, la bala también los acarició. Era una sensación cercana al placer lo que yo sentía, lo que yo había esperado sentir, pero entonces, sus manos se dejaron caer por mis muslos, y lo que hay más arriba de estos, sus dedos jugaron conmigo, pero cerré los ojos y gemí desesperada cuando sentí el calibre 43 dentro de mí, y la sangre extraña se mezcló con la provocada por sus uñas en mis muslos. Ahora si me besó. Me cogió fuerte del cuello cortándome la respiración para devolvérmela con su aliento, me mordió los labios y me hizo sangrar, probó mi sangre y se relamió. Me cogió el pelo, me obligó a bajar mi nariz hasta el suelo, y me susurró que lamiera la sangre derramada, así lo hice. Continuó guiándome hacia el bajo de su vestido, incitándome a probarla a ella. Y también lamí para probar su sabor, sus muslos, sus deseos. Me palpitaba el vientre y tenía cada vez más sed de ella. Pero el malva de sus ojos se oscureció. Me hizo rogarle que me liberara, pero yo no quería ser liberada en ese momento en que era más suya que mía, yo no lo deseaba, tan lejos llegaban mis instintos de poseerla, tan lejos llegaba mi oscuridad que tomé el arma entre mis pequeñas manos y apunté a su perfecto pecho. "¿Lo harás?". Yo solo quería que fuéramos libres juntas, pero ella me encomendó su propia muerte. Ni siquiera tirité antes de apretar el gatillo. Me encontraron con una bala calibre 43 entre las manos. Todos dando gracias a que yo hubiera sobrevivido a la tragedia. Les miré espantada cuando llegaron, pero algo en mí se encendió y entonces la escuché. "Libéralos".