A Certain Romance y una noche sólo en la playa
You know, siempre he tenido estos pensamientos, estos momentos, en el que son tan breves que no admiten espacio para más que lo que son y para un poco de historia. Son momentos que, aunque existen en el mundo real, no pueden ser vividos en su máxima expresión al instante pues nuestra mente es tan caprichosa como para entrometerse al instante y desdibujar la experiencia en su estado más puro. Pero esos momentos existen y no sé si será un producto del acto de soñar, de la imaginación o del aburrimiento, pero cuando uno se encuentra en ese estado tan especial en el que el momento ocurre, la existencia te brinda una sensación única.
En mi caso, a mí me suele pasar con canciones; y esta vez es A Certain Romance de Artic Monkeys. Pero siendo más detallista, los escenarios ocurren de manera especial en la vida de cada quien. Pues esta canción la estoy escuchando en un apartamento de una gran ciudad con una brisa agradable nocturna y, además, tengo mis recuerdos de mi viaje hacia las islas holandesas del Caribe. Entonces, siento que es un momento especial y que cada uno de estos momentos ocurrirá en espacios diferentes aunque sea la misma canción o el mismo lugar; simplemente, se sentirá diferente.
Esta vez me embarco a una isla, o por lo menos una península, en donde las casas son de madera y están dispuestas en barriadas ordenadas con calles llenas de arena. Es de noche y las estrellas arriba parecen tan distantes e incontables. Y si uno estuviese en el tejado de una de esas casas, acostado en una silla reclinable y con una manta cálida, o el calor de una fogata cercana con su aroma maderera a arce, podría quedarse a mirarlas toda la noche con el sonido de las olas que se impulsan contra la arena amarillenta, y con el refrescante viento marino chocar contra tu piel.
Una de las tienditas del pequeño pueblo está hecha de madera y tiene toda característica de un local comercial de la zona: letrero decorado con pintura azul, fondo blanco y diseños de surf; tablas de surf por fuera recostadas contra la pared, por dentro, tendidas encima del mostrador; un mediano refrigerador a la mano izquierda de la entrada con puerta transparente y luces internas blancas, enseñado refrescos en envases de vidrio; y las decoraciones curiosas de características tribales y culturalmente diferentes: una confección de hilos gruesos con diseño de patrones geométricos y cuadros enmarcados con paisaje de playas y carros.
Es de noche también y las luces dentro de la tiendita dan un color anaranjado navideño, con un tenue toque rojo por una lámpara cubierta de tela carmesí ubicada en el mostrador. No hay nadie; solo estas tú, y puedes sentir el aire de la madrugada deslizarse por el umbral de la puerta, y estás consciente del frío metálico de las bisagras, del olor a sal del mar mezclada con el de antigüedad de las tablas a tus pies.
Y sabes que si cruzas por la puerta, a tu derecha están las escaleras de madera para llegar a pisar arena fría y encontrarte con una calle vacía, iluminada por poste de luz con foco color naranja, que llega directamente a la costa en unos minutos a pie.
Con eso, sabes que hay, enfrente de la tiendita, una casa llena de plantas bajo experimentos hidropónicos y no puedes evitar pensar en el frío que sentirías al tocar sus hojas y del agua helada que pasa por los tubos y tanques de PVC; allí, dentro de esa casita de madera, bajo las estrellas y oculto en la oscuridad de la noche.
Sales de la tiendita, bajas los escalones y, mirando en dirección a la playa, respiras profundamente el olor de palmeras, pipas, cocos, concha, arena y mar; mientras cierras os ojos y guardas, con suficiente esfuerzo, aquel momento especial para ti.