Reflejo
—¡Ayúdame! —escucho sobre mi cabeza. Cuando levanto mi mirada no hay nadie, el agua del charco iluminado por mi linterna se ve agitada.
El piso está frío húmedo, siento la tierra y el polvo que han marcado mi mejilla que estaba contra el suelo.
«¿Dónde estoy?»
Me levanto, mi ropa está mojada y sucia, me duele todo el cuerpo y tengo hambre. Tomo mi linterna y miro alrededor, todo está desolado. Estoy en las ruinas de un edificio.
«Centro Comercial Aurora» dice en una pared amarillenta y descascarada.
Vago por los pasillos húmedos y oscuros buscando una salida.
«Boutique Corset», «Zapatería los tres Ríos», «La casa de los muebles» veo en las paredes mientras busco cualquier cosa que pueda indicar una salida. Estoy desorientado entre letreros y señales.
—¿¡Hola!? —El eco de mi voz resuena por las paredes hasta desaparecer en la nada. No hay respuesta.
Después de caminar entre los pasillos y locales por un tiempo que no puedo contar, veo una luz salir de un pasillo recóndito, que se filtra por el suelo y las paredes en pequeños hilos brillantes. Apresurado me muevo con la esperanza de que sea una salida, la luz parece venir de la puerta de un local: «El reflejo» dice en el pequeño letrero de madera podrida, la luz escapa a través de hoyos en la puerta cerrada. El resplandor no me deja ver lo que hay del otro lado de los agujeros. Intento abrir la puerta.
—¡Maldita astilla! —El ardor del pedacito de manera en mi dedo aumenta hasta ser un fastidio.
Ya en el interior del local, que es una especie de antiguo salón privado con bibliotecas de grandes tomos de cuero, veo un símbolo común en todos los objetos del lugar.
∞
—El infinito —susurro para mí, viendo el tatuaje que me hice en mi muñeca cuando era un joven imprudente a las modas. Luego me miro el hombro cubierto por el sucio abrigo que llevo—. ¿No habrá Mandalas por aquí, o sí?
La luz parece venir de otra puerta al fondo del local, la ceguera que produce su brillo no me deja ver lo que hay al cruzarla por más que esté abierta.
Es la única salida que veo probable.
Al cruzar el umbral, me encuentro en un lugar que me es familiar, ilumino las paredes para orientarme.
«Boutique Corset», «Zapatería los tres Ríos», «La casa de los muebles».
—Por aquí ya pasé —me digo frustrado.
Bajo el haz de mi linterna y veo a un hombre en el suelo, tiene una linterna encendida a unos centímetros de su mano derecha y lleva un sucio abrigo marrón. Está muerto o desmayado. Avanzo hacia él para asegurarme y piso un charco, el agua verdosa se mete entre mis botas dándome un escalofrío.
Bajo mi mirada con asco hacia mi pie mojado. De pronto veo una mano pálida salir del agua y tomarme del tobillo. Me tumba al suelo y me hala hacia el charco que ahora parece infinitamente profundo.
—¡Ayúdame! —le grito desesperado al hombre tirado con la esperanza de que reaccione y me ayude.
Sin remedio me sumergo.
El piso está frío húmedo, siento la tierra y el polvo que han marcado mi mejilla que estaba contra el suelo.
«¿Dónde estoy?»...













