Un malestar amargo me persigue, me atrapa, recorre mi cuerpo. Un fuego un inmarcesible combate la pena, un deje de valor y esperanza mueve mi alma. Pensando, deseando que alguna mañana me despierte y ya no sea yo, el yo de hoy y que las cosas ya no se sientan como ahora.
El futuro que se construye aquí, segundo a segundo me fascina y aterra. ¿Viviré siempre deseando dejar de ser esto? ¿La vida me sonreiria si le sonrio? Tengo tanto miedo. De que siempre en mi resida este sentimiento.
Pero soy valiente, tenaz y aventurero. Eso me digo para imaginar que eso creo.
Gotas de lluvia echas por la nubes de mis ojos lamen mi cara.
Gotas de tristeza causadas por la tormenta en mi corazón empapan mis ánimos.
Todo es tan real como es mentira, todo es poesía.
La tristeza palpable se disipa con el hechizo correcto. La alquimia transmuta el tormento en tormenta, la tormenta en lluvia, la lluvia en gotas que se evaporan con el calor que llevo dentro.
La lucha entre los dos lobos, el que se desgarra y el que desgarra crean el mito que vive en mi cabeza, para vivir con las reglas de un dios de leyenda. Rezo por el fin de mi malestar, doy tributo esperando el milagro que me libere de la condena. Pero ese dios no existe y los milagros son tan escasos que el tributo lo devoro yo y los rezos son cantos de guerra que llevo a todos lados, por qué siempre a dónde voy en mi hay pelea.