El otro Borges. Mariana Lirusso
Estoy sentada en el piso frente al lavarropas como en trance, el movimiento circular me apacigua. Temo ser hipnotizada por el aparato blanco. No me importa. La muerte es una vida vivida, digo en voz alta.
Mientras intento recitar el verso del verdadero, recuerdo el día en que el otro llegó a casa. Lo trajo una mujer con buenos modales y mal aspecto. Apenas lo vi, empecé a proponer nombres. Pasé de Roma, con Nerón, Augusto y algún otro más, a los más triviales como Mishi, Pompón o Pelusa. Luego mi mente, rebosante de letras, —a eso me dedico (o intento)— me llevó a un repaso veloz de la literatura universal.
—¡Borges! —grité entusiasmada, pensando que no hacía falta vagar por países lejanos.
La buena señora preguntó con una gran sonrisa de dónde había sacado ese nombre tan raro mientras me contaba que recogía gatos abandonados, los castraba y “regalaba” a cambio de un módico precio. Tendría un Borges asexuado.
Cuando ella se fue, el gatito gris encontró rápidamente un lugar seguro para pasar sus primeras horas: detrás del lavarropas. Había observado al instante los rincones de la casa, con una sagacidad desconocida para para mí, y ese le pareció el mejor sitio para protegerse.
Le puse comida y le confirmé su nombre.
—Te llamarás Borges —dije en forma solemne sin dejar de sonreír.
Borges amaba a los gatos, yo amaba a Borges y ese bautismo era mi humilde homenaje. Beppo no alcanzaba.
Los primeros días fueron de llantos nocturnos, lánguidos y tristes, que me hicieron enternecer y estremecer al mismo tiempo. Era mi primera experiencia con felinos. Luego de cuatro días intensos, logró juntar coraje y salir de su escondite. Ningún sector quedó sin explorar, todo fue examinado por esos ojos amarillos letales.
Pronto se convirtió en el rey de la casa. Yo lo dejaba hacer, obsesionada como estaba en ¿reacomodar? mi vida y amigarme con la soledad. Nunca supe si era la palabra correcta, pero prefería esa a la espantosa frase de empezar de nuevo. Sonaba a fracaso y no me gustaba, aunque recordé las palabras del Maestro y me sentí mejor: nadie fracasa tanto como se cree. Muy adentro de mí, no estaba tan segura. En esas transiciones de la vida, que algunos crédulos llaman crisis porque crisis significa oportunidad y qué bueno es tener la oportunidad de cambiar, etc, etc, no existe mejor elixir que las amigas, o, mejor aún, las amigas con vinos. Vivía recibiéndolas en casa para paliar la soledad, la crisis, la transición y todo eso que me pasaba por esos días. Por eso el gato, por eso, también, las cartas natales y los registros akáshicos.
Empecé a notar que a Borges no le gustaban las chicas, el bullicio, la alegría que traían a este reducto silencioso y triste. Su gesto cambiaba y nos miraba de un modo extraño, caminaba despacio alrededor nuestro, observaba, si podía tiraba alguna copa. Yo sonreía, inocente aún, en cualquier situación presentía una historia para contar, la escritora que no triunfaba. Vana, entusiasta y ridícula.
Recién cuando comprobé que el gato entendía el lenguaje humano, me preocupé. Sus ojos se achicaban y hasta su ceño se fruncía si escuchaba algo que no le gustaba. Si yo hablaba por teléfono, él estaba allí, si charlaba con mis amigas en el living, él estaba allí. Lo mismo si dormía o iba al baño.
Empecé a evitarlo, pobre ilusa, pensando que no lo advertiría. Eso lo hizo enojar cada vez más. Sus iras eran nocturnas, descargaba su furia contra libros, diarios y revistas, aunque estaba especialmente ensañado con mis libros. Fue destruyendo los clásicos preferidos con dedicación y maestría: El Juguete Rabioso sufrió más que ninguno, Aguafuertes Porteñas dejó de ser libro a las pocas noches.
Para aniquilar mi débil paciencia, también cambiaba cosas de lugar. No había dudas de que era un gato inteligente. Bah, como todo gato, según lo que me habían contado. Malo, malazo, como decía el otro.
Cada mañana algo faltaba en mi mesa de luz: un aro, el papel de un caramelo o una muestra de crema. Todo era llevado a su primer escondite, al que llegaba bajando por la escalera del dúplex a velocidad de la luz. Detrás del lavarropas estaba la mitad de mi vida. Quizás por eso no le encontraba la vuelta. A la vida.
Aquella madrugada que me levanté al baño y se me ocurrió observar la escalera, me aterré. Sobre un escalón estaba mi linterna nocturna, la que guardaba debajo de mi almohada. Encendida y apuntando contra el retrato de mi padre, el maligno.
No me animé a bajar, la dejé allí hasta el día siguiente, ambos, gato y padre, me asustaban. Cuando me levanté, mal dormida a pesar de la dosis aumentada de ansiolítico, ya no estaba en el escalón, tampoco detrás del lavarropas. Ya aparecerá, pronuncié fuerte, intentando demostrarme y demostrarle que no me afectaba.
Cuando fui a tender la cama, encontré la linterna debajo de mi almohada.
—¡Ay dios! — grité agarrándome la cabeza, aunque no creo en dios.
Perdí la poca paz que tenía, corrí, busqué a Borges por la casa, lo miré fijo y entendió. Ya no lo quise nada y él lo supo. Caótico define bien lo que siguió. ¿Y si le daba mis ansiolíticos? Por qué no se robaba la media pastilla en lugar del aro o del anillo fino.
A partir de ese día, cerré con llave el dormitorio, temí que me observara mientras dormía. Lo había hecho seguramente, lo imaginé tan cerca que me dio escalofrío. No solo eso. Revisaba el lavarropas cada día, hablaba en clave con mis amigas, dejaba todas las luces prendidas. No pude dormir más a pesar de la media pastilla que ya no sobraba.
Sus maullidos eran agudos, crueles, inundaban la noche silenciosa como una catarata gutural que lo envolvía todo. Caminaba por la planta alta con pasos casi humanos, o bien, intentaba abrir la puerta manoteándola con toda su fuerza. Como no lo lograba, empujaba contra ella su cuerpo, provocando golpes secos que retumbaban en mi cabeza dopada.
Acabo de levantarme al baño, es de madrugada. Vuelvo a encontrar la linterna en el mismo escalón, encendida y apuntando a la cara de ese hombre que fue mi padre. No soporto más, bajo corriendo, la agarro y la tiro contra la pared, intento estrellarla contra el retrato y no puedo. Me hubiera gustado. Me miro en el espejo, soy tan parecida a él, aunque no me reconozco. Pelo enloquecido, ojos desorbitados, mueca heredada.
Aparece Borges con su mirada escrutadora, me observa indulgente, tiene otra hoja de mi libro en la boca. Lo persigo hasta arrinconarlo en el lavadero y se la saco con bronca.
—¡Bioy no se toca! —grito enloquecida. Por suerte, Silvina se salvó, solo fue lamida.
No me animo a agarrarlo, temo a sus garras, miro a mi alrededor. ¿Con qué le puedo pegar? ¿Quizás ponerle un fuentón encima y dejar que se ahogue?
El juego de sábanas blanco está para lavar, puede servir. Las rescato del canasto suavemente y se las tiro encima, lo mareo y envuelvo. Tomo el bulto y lo sostengo con firmeza, se mueve enloquecido. Por suerte no maúlla.
Lleno el cubículo con mucho jabón de color rosa. Pongo las sábanas con fuerza y presiono decidida el botón de lavado intenso.
Acá sigo, sentada en el piso. El cigarrillo me sosiega, lo aspiro lento, igual que el movimiento circular. Sonrío, pienso que a Borges siempre le gustó el lavarropas. Y que en cambio no le gustaba Carver. No pude salvar nada de Catedral.
—Paff! —apoya su pata en el vidrio y logro ver sus ojos desencajados. Es solo un segundo porque al instante desaparece entre las sábanas, que se tiñen de a poco de otro tono de rosa. No es el jabón.
El color aumenta de intensidad y me maravillo. La sangre me refresca la mente, o será la venganza, no sé, pero logro recordar parte del poema del verdadero. Lo recito en voz alta, cual ofrenda a los dioses: No son más silenciosos los espejos, ni más furtiva el alba aventurera…digo al compás del fiel lavarropas.
Fumo y fumo mientras miro como hipnotizada. Todos los días alguien nace, todos los días alguien muere, se escucha en la tele. Pienso en mi corazón lleno de rejas, lloro con el botón de intenso.
La vida es una muerte que viene. Alguien sueña y, aunque a veces quisiera, no soy yo.