Jaco no era la persona más entusiasta cuando se trataba de arena y agua salada, pero no podía desaprovechar la oportunidad de visitar un lugar tan bonito como Santo Domingo. De modo que, había decidido dar un paseo por la playa y ni siquiera se había dado cuenta como es que en ese momento había terminado arrodillado en la arena, ayudando a unos niños a construir un elaborado castillo. El haber aprendido a hablar español, y ser tan infantil a veces, le facilitaba mucho la comunicación en ese lugar y en poco rato había hecho dos nuevos amiguitos dominicanos—. Vamos a adornar la entrada con esto —le sugirió a los pequeños, mientras buscaba pequeñas conchas por ahí y comenzó a ponerlas donde había dicho, pero un inesperado invitado llegó a su construcción, dejándola completamente destruida. Los niños y el adolescente se quedaron en silencio por unos segundos, volviendo a reaccionar cuando la pequeña niña comenzó a llorar—. Ay, no. No llores, Ania, ven aquí —le dijo a la niña y la abrazó, entonces observó al rubio con cierta diversión, pero la suprimió y frunció el ceño—. ¡Caleb, acabas de destruir nuestra obra de arte! —se quejó.
— Y-yo... me gustaría recalcar que soy inocente pero como no es así les debo un castillo nuevo y, ¿que les parece un helado también? —balbuceó, mordisqueando su labio inferior con nerviosismo infiltrado al sentir como el llanto de la pequeña alimentaba cada vez con más potencia sus oídos.— Hey, no es tan malo, a su castillo le hacía falta un príncipe —agregó con una sonrisa penosa.— Y aquí está —levantó los brazos, con fingido entusiasmo, y suspiró, sabiendo que las palabras no serían suficientes para convencerlos. Jamás se salvaba de las consecuencias que implicaba un problema, con menos razón saldría intacto de esta.








