Estaba tomando tranquilamente un café, sentado a una mesa junto a un enorme ventanal que da a la plaza del pueblo, viendo ir y venir a la gente de un lado para otro, como hormiguitas de lunes casi aplastadas por el peso de sus quehaceres diarios. Me gustan los lunes, y no sólo porque para mí no son laborables (aunque sobre todo es por eso). El lunes es como el comienzo de todo, como el borrón y cuenta nueva, como el uno de infinitas posibilidades. Además, yo nací un lunes.
Los lunes equivalen a relax, a olvidarse de despertadores y de teléfonos. Los lunes son el día para mí. Y un café tranquilo, junto al ventanal que da a la plaza con gentes que viven otros lunes muy distintos, me hace sentir en otro mundo.
Pero hoy, dos señoras de cierta edad (no diré mayores porque, ¿a qué edad se es mayor?), se han sentado en la mesa de al lado a desayunar y su conversación me ha traído de vuelta a la realidad. Quiero aclarar que no me gusta escuchar conversaciones ajenas. Me resulta muy violento. Pero hay veces que, por mucho que intentes evitarlas, te resulta imposible porque parece que estuvieran hablando para ti.
Voy a intentar transcribir esa conversación, según mis recuerdos, lo más fielmente posible.
– Otro que han pillado [se refería a Francisco Granados, cuya detención se acababa de conocer]. Yo no sé a dónde vamos a llegar.
– Déjalos, que caigan todos. Los de las tarjetas, los que ponían la mano para llevárselo por detrás, los que se han gastado todo nuestro dinero y más en cosas inútiles. Mira la bandera esa, que han puesto en no sé qué rotonda, y que ha costado un dineral [la bandera de España adquirida por el ayuntamiento de Ciempozuelos, en Madrid]. Con las necesidades que hay ahora.
– Dímelo a mí. Ya me dirás qué hago yo con 500 euros de pensión y teniendo que mantener a mi hija y a mi nieta. Pero es que, hija, una ya no va a saber a quién votar.
– Tú siempre has sido muy del PP, ¿no?
– Sí. Pero en las próximas, que me esperen sentados.
– Lo mismo me pasa a mí con los Socialistas. Mira: ya al Rubalcaba no lo voté. Voté a la Rosa Díez. Pero, chica: ahora han echado a ese que salió para Europa [hablaba de Sosa Wagner]. Y el hombre no hizo nada malo. A mí me gustaba, ya ves. Me parecía que hablaba muy bien.
– Si es que al final son todos iguales. El otro día me enteré en las noticias que hasta los comunistas estaban en el ajo de las tarjetas [las tarjetas opacas de Caja Madrid]. ¿Y el Pujol? Mira el Pujol, todo lo que tenía escondido por ahí.
– Claro que sí. Y de lo que no nos enteraremos. Porque, al final, se tapan entre ellos. Por mucho que digan de que van a echar, de que si van a hacer limpieza, de que no van a tener a ningún corrupto dentro… Mentiras. Echan a los dos o tres desgraciados que no pintan nada. Pero a los peces gordos, a los que saben cosas del partido, a esos no los echan. Te lo digo yo.
– Al final sólo nos va a quedar el de la coleta [Pablo Iglesias]. El muchacho parece que está preparado, y dice verdades como puños. Aunque, claro, todavía no lo hemos visto gobernar. A lo mejor se vuelve como todos una vez que tenga el poder.
– Sí. Ese chiquito está bien. Pero yo he escuchado que no se presenta a las elecciones que vienen, ¿no?
– ¿Que no? ¿Estás segura? Entonces, ¿para qué quiere el partido?
– Pues yo qué se, chica. Yo ya no entiendo nada.
Se me acabó el café. Y me pareció feo seguir sentado allí con la oreja puesta. Así que me levanté, pagué y me fui. Y allí se quedaron las dos señoras de cierta edad discutiendo sobre las cosas que, según muchos, no interesan. Me pregunto si esta escena, esta conversación de café, es un hecho aislado, o si se repite a diario en muchos puntos del país. Si ocurre esto último, creo que los partidos considerados tradicionales tienen un problema. Y ese problema va más allá de utilizar la palabra “populismo” con desprecio y despreocupación. Porque el populismo auténtico, desengañémonos, lo utilizan todos cuando se acercan unas elecciones. Propongo como tarea revisar las decisiones que se tomen en ayuntamientos, comunidades autónomas y ministerios durante los próximos meses, sin olvidar que en 2015 hay elecciones de todo tipo. Y una vez revisadas, decidan si quieren llamarlas “electoralistas”, “populistas” o como mejor consideren. Al fin y al cabo, la intención es la misma, aunque el grado de “populismo” lo marca, sin duda, la convicción y el momento en el que esas medidas se adoptan. Tal vez después les pase como a mí, y se hagan esta pregunta, principio y final de todo: “¿es que se piensan que soy tonto?”.